Aquella mañana con mi padre cambió todo entre nosotros
El día anterior recibí su llamada mientras desayunábamos en el balcón. Mateo levantó la vista del diario y supo enseguida quién era por la sonrisa que se me dibujó. Mi padre preguntaba si podía pasar a verme la mañana siguiente. Le dije que sí, que lo esperaba con ganas.
Cuando colgué, Mateo dejó la taza sobre la mesa y me miró con esa picardía suya.
—¿Vas a recibirlo bien? —preguntó.
—Lo voy a recibir como nunca.
Esa misma noche le conté lo que tenía pensado. Quería darle a papá una mañana que no olvidara. Mateo se rio bajito y propuso quedarse en la otra habitación con la puerta entreabierta. Le pareció justo, dijo, presenciar lo que iba a pasar. Yo no le iba a negar nada esa semana.
Apenas amaneció, lo eché de la cama después de hacer el amor rápido y pegajoso. Le pedí que bajara al café de la esquina y trajera medialunas de almendra. Me enloquecen, lo sabe, y siempre las trae sin que se las pida cuando la noche anterior fue larga. Mientras estuvo afuera me metí en la ducha y dediqué el doble de tiempo al cuerpo. Quería estar perfecta para mi padre.
Me puse pantuflas de acrílico transparente con la base de terciopelo rosa pálido. Tanga blanca, finita, hilo dental. Y un corsé under bust de raso blanco con flores diminutas bordadas en hilo rosado. Los corsés under bust dejan los pechos completamente al aire. No los tapan, los enmarcan. Encima me puse una torera de red de seda blanca, abierta al frente, tejida en cuadritos de centímetro. No cubría nada, claro, pero los pezones se asomaban entre los huecos del tejido y el efecto en el espejo me hizo sonreír.
Mateo volvió con la bolsa de medialunas a las nueve y media. Me vio, dejó la bolsa en la mesa de la cocina y silbó.
—Pobre tu padre.
—Pobre nada. Va a ser feliz.
A las diez en punto sonó el timbre.
Abrí la puerta de par en par —error mío, lo admito— y me lancé a abrazarlo. Justo en ese momento un vecino del piso pasó por el palier y se quedó mirando dos segundos antes de seguir su camino. Papá no lo notó. Lo metí adentro de un tirón y cerré con el pie.
Nos besamos contra la puerta. Largo, sin apuro, con las dos manos enredadas en su nuca y la suya bajándome por la espalda hasta el borde de la tanga. Olía al perfume de siempre, ese que mi madre le elige hace décadas. Me apretó las nalgas y soltó un suspiro corto.
—Cada vez te ponés más linda —dijo.
—Hoy sos solo mío, papá. Mateo se va a quedar mirando, pero soy tuya entera.
Lo agarré de la mano y lo llevé al dormitorio. Caminé dos pasos delante de él para que viera la espalda desnuda y la cola apenas cubierta por el hilo. Cuando entramos al cuarto me di la vuelta, lo enfrenté y empecé a desnudarme yo. Despacio, mirándolo a los ojos, soltando el corsé broche por broche.
—Te deseo, hija —murmuró—. No sé en qué momento empezó esto, pero te deseo cada día más.
—Hace meses te resistías. Y mirá ahora.
—Tenía miedo de arruinarlo.
—No arruinaste nada. Vas a ser uno de los que me embarace, ¿te acordás?
—Me acuerdo. Después tenemos que hablar de eso. Tengo una idea.
Quedé desnuda salvo las pantuflas. La depilación del día anterior dejó una franja perfecta sobre el monte y todo el resto liso, suave. Los pezones duros, el pelo suelto cayéndome sobre los hombros. Papá se desnudó él también, lento, pendiente de mí. Cuando estuvo en bóxer le acerqué la mano y sentí el bulto contra la palma. Dura ya, sin necesidad de nada más.
Lo empujé suavecito hacia la cama y me arrodillé entre sus piernas. Le bajé el bóxer. Se la sostuve un segundo en la mano, mirándola, y después acerqué la boca. La quería para mí toda esa mañana. Tenía un plan.
—Hoy te chupo hasta que acabes acá —le dije, abriendo los labios cerca de la punta—. Quiero tu leche en mi boca. Y Mateo lo va a filmar.
Papá soltó una risa nerviosa, contenta, y me hundió los dedos en el pelo.
Empecé despacio. Le corrí el prepucio hacia abajo con los labios, descubrí la cabeza y le pasé la lengua en círculos. Salada, tibia, viva. Después bajé por el tronco con lengüetazos largos, llegué a los testículos y los chupé uno por uno. Le besé el muslo del lado interno, le mordí apenas la piel. Volví a subir. Ya tenía la respiración agitada y todavía no había hecho lo principal.
En algún momento sentí los pasos de Mateo en el pasillo. Levanté la vista sin soltarlo y lo vi entrar con una silla en una mano y una medialuna en la otra. Acomodó la silla a un costado de la cama, se sentó y mordió la medialuna como si estuviera en el cine.
—Hola —dijo papá entre dientes.
—Sigan, sigan —contestó Mateo—. Yo miro nomás.
Volví al trabajo. Me la metí entera, hasta el fondo de la garganta, hasta sentir el reflejo y aguantarlo. Salí, respiré, volví a entrar. Lo escuché gemir bajito. Hay algo en escuchar a tu padre gemir que no se parece a nada, pensé. Es una mezcla de poder y vértigo y algo más antiguo que no sé nombrar.
Mateo se desnudó sin levantarse de la silla. Se la empezó a acariciar suavecito mientras nos miraba. Le hice un gesto con la mano libre, le dije sin palabras que no se acercara todavía. Esto era entre papá y yo.
Seguí. Probé otro ritmo, más lento, con la lengua haciendo presión por debajo de la cabeza. Después rápido, con la mano siguiendo a la boca. Lo escuché agitarse, sentí los muslos tensos bajo mis manos, las venas marcándose en el dorso. Estaba cerca.
—Camila, no aguanto mucho más —dijo.
—Arrodillate.
Lo hice arrodillar al borde de la cama. Yo me arrodillé también, frente a él, sobre la alfombra. Mateo se levantó de la silla, se arrimó con el celular ya en la mano, se puso de costado para no taparme la cara.
—Filmá todo —le pedí.
Volví a tomar a papá en la boca. Él empezó a moverse él mismo, sin ayuda, a meter y sacar despacio mientras yo le sostenía las nalgas. Cuando sentí que estaba al borde, retiré los labios y abrí la boca lo más que pude, a tres centímetros de la punta. Saqué la lengua. Le sostuve la base con una mano.
—Acabá, papá. Acabá en mi boca.
Se la siguió pajeando él mismo. Dos, tres segundos. Y entonces el primer chorro me dio en el paladar, caliente, espeso. El segundo me llenó la lengua. Otros dos, más débiles, terminaron de caer y los recibí abriendo más la boca. Mateo seguía filmando.
No tragué de inmediato. Cerré la boca dos segundos, miré a papá a los ojos, después miré la cámara. Volví a abrir y mostré todo. Mostré la leche de mi padre acumulada en la lengua. Sonreí. Cerré la boca. Tragué.
Después acerqué los labios a la punta y recogí la última gota con la lengua, lentito, con los ojos en los suyos.
—Hija —dijo papá, y se le quebró un poco la voz—. Me dejaste agotado.
***
Mateo bajó el celular y lo dejó sobre la mesa de luz. Se subió a la cama detrás de mí, todavía duro él, y me empezó a chupar la entrepierna mientras yo seguía con papá adelante. Le di a chupar la pija blanda, así, blanda, como un caramelo que se derrite. Papá se reía bajito. Mateo me lamía la concha y el culo con dedicación, me mordisqueaba los muslos, jugaba con cada pliegue. Yo flotaba entre los dos hombres que más quiero en el mundo.
Después de un rato largo así, Mateo me ayudó a recostarme entre los dos. Quedé en el medio. Empezamos a besarnos los tres, con calma, sin urgencia, las lenguas confundiéndose. Papá me besaba un pecho, Mateo el otro. Las manos se cruzaban en el aire. Era lento, era nuestro, era una mañana entera contenida en la cama.
Y entonces Mateo soltó la sorpresa.
—Tendríamos que ducharnos y desayunar bien —dijo—. Después nos vamos.
—¿A dónde nos vamos? —pregunté, todavía media derretida.
—Ayer me llamó Lautaro. Está desesperado. Dice que acumuló dos semanas y media de carga para vos. Le dije que lo esperábamos hoy en la quinta. Y de paso le dije a tu mamá que tu papá se viene con nosotros porque querían chequear cómo va la pileta.
Papá se rio fuerte por primera vez en toda la mañana.
—Sos un caradura, Mateo —le dijo, pero le palmeó el hombro con cariño.
—¿Te molesta que vaya Lautaro? —me preguntó él.
—Sabés que no me molesta. Lo querés tanto como yo —le contesté. Y le besé la sonrisa.
—¿Venís, papá?
—Voy. Y de paso aprovecho el viaje para contarles esa idea que tenía.
Nos duchamos los tres juntos. Después desayunamos las medialunas de almendra que Mateo había traído, con café y jugo de naranja recién exprimido en la cocina, todavía con olor a sexo en la piel. Pasamos por el departamento de mis padres, mamá nos recibió encantada, le preparó a papá un bolso chico con ropa para dos días. Le dio un beso en la frente cuando bajamos al auto. Yo no podía mirarla.
En el camino, sentada atrás con papá, le pregunté lo que me había dicho a la mañana.
—¿Cuál es la idea, papá? Eso que me ibas a contar.
—Pensé que, como hay tantos que quieren participar, deberíamos hacer dos listas. Una de privilegiados, donde me incluyo yo, obviamente. Y otra de gente que apreciás, pero al mejor postor.
Mateo soltó una carcajada al volante.
—Eso es brillante.
Lo pensé un segundo. Me imaginé a los amigos que conocía pujando entre ellos por un lugar en la lista. Me reí también.
—Aprobado. Privilegiados: Mateo, papá, Lautaro, el padre de Mateo y dos más que ya hablaremos. El resto, al mejor postor.
—Acertando el día fértil, alguno de los privilegiados te embaraza seguro —dijo papá.
—Y al día siguiente, por las dudas, los del otro grupo.
Me reí apoyada en su hombro. Él me acariciaba el muslo por debajo del vestido. Mateo nos miraba por el espejo retrovisor y silbaba bajito una canción vieja, una que mi padre le cantaba a mi madre cuando éramos chicos en los viajes a la costa.
A las seis de la tarde llegamos a la quinta. El sol todavía no se había puesto del todo. En la galería, esperando con una cerveza en la mano, estaba Lautaro.
Pero eso lo cuento la próxima.