Le quité la virginidad al hermano de mi amiga
Era viernes y yo solo quería irme a casa. La semana en la consultora me había dejado seca: dos clientes imposibles, un jefe que cambiaba de opinión cada cuarenta minutos y mi gata vomitando en la alfombra el martes por la mañana. Mi plan perfecto era pedir comida tailandesa, masturbarme con calma y dormir doce horas seguidas.
Camila tenía otros planes. Me había convencido de salir a cenar prometiéndome un sitio italiano nuevo, pero a mitad de camino, con esa voz que no admite negativas, me dijo que pasáramos antes por una disco del centro porque «alguien importante» estaba ahí. Cuando le pregunté quién era ese alguien, soltó una carcajada y subió el volumen de la radio.
El sitio era un infierno de luces estroboscópicas y gente sudada. La música golpeaba el pecho como un puño cerrado. Los tragos en la barra eran imposibles de disfrutar con el estómago vacío y, además, me los servían tibios. Bendita la hora en que dije que sí.
Estaba a punto de inventar una excusa para huir cuando lo vi entrar. Diego, el hermano menor de Camila. Lo conocía desde hacía años, de las veces que su madre lo mandaba a recogernos cuando salíamos de fiesta. Era el chofer oficial, el que esperaba estacionado afuera mientras nosotras hacíamos desastres adentro. Más de una vez nos había llevado a casa cuando ya no podíamos ni pronunciar nuestro nombre.
Buscó a Camila con la mirada, la ubicó en la pista bailando con un tipo enorme y luego me buscó a mí. Yo me había refugiado en el área de balcones del segundo piso, donde la música por lo menos no perforaba los tímpanos. Diego subió las escaleras con esa torpeza tierna que siempre tenía cuando había mucha gente alrededor.
—Tienes cara de no querer estar aquí —me dijo, acercándose a mi oído para no gritar.
Sentí el roce tibio de su aliento en el lóbulo y la piel se me erizó hasta los pezones. Estaba cerca de mi período y esos días, lo sé bien, son los del trabajo intenso de mis dedos en la cama. Cualquier cosa me prendía.
—Hola, ternura —respondí—. ¿Se me nota mucho o tu hermana ya me delató?
—Se te nota a leguas. Me extraña, porque casi siempre estás riéndote. Es una de las cosas que me gustan de ti.
Levanté una ceja sin querer. Diego nunca había sido tan directo conmigo. Lo recordaba siempre con la mirada en el suelo, contestando con monosílabos y cambiando de tema cuando le preguntaban por novias en los almuerzos familiares.
—¿Y qué otras cosas te gustan, a ver?
Hizo un gesto con los hombros, evasivo, y bajó los ojos. Pero la confianza que tenía conmigo después de tantos años bastó para que no retrocediera ni un paso. Su perfume era nuevo, algo amaderado, nada del adolescente que recordaba de los cumpleaños.
—Diego, te lo digo claro. Tuve una semana de mierda, tu hermana me arrastró aquí contra mi voluntad y solo tengo dos cosas en la cabeza: comer y coger. En ese orden.
Lo dije casi como un suspiro. Lo vi parpadear, mirar a los costados como buscando ayuda en algún testigo invisible y luego, con esa misma voz que parecía cuidar cada palabra, contestó:
—Yo puedo ayudarte con eso.
Se me escapó una sonrisa, la primera de la noche. Le tomé el mentón con dos dedos y giré su cara hacia la mía. Sus ojos color miel, idénticos a los de Camila, se veían vidriosos por las luces estroboscópicas.
—¿Ayudarme con qué exactamente?
Se le tensó la mandíbula. Tomó aire, se irguió y me sostuvo la mirada por primera vez en toda la conversación. La timidez seguía ahí, pero había algo nuevo: una chispa de coraje que no le conocía.
—Con las dos cosas. Si tú quieres.
No me lo esperaba. O quizá sí, pero no de él. Pasé un brazo por su cintura, lo acerqué hasta que mis pechos quedaron contra su torso y le hablé al oído con la voz lo más baja que pude.
—Me encanta la idea. Pero comemos primero. No me gusta hacerlo con hambre.
***
Salimos de la disco entrelazados, esquivando borrachos en el primer piso. Vi a Camila a lo lejos, todavía bailando con el tipo grandote, y le hice señas de que iba a cenar afuera. Ella levantó el pulgar sin dejar de moverse. No le dije nada del resto. Eso me lo guardé para mí.
Diego manejaba con las dos manos en el volante, los nudillos apenas blancos. No dijo una palabra hasta que llegamos a un sitio de hamburguesas que abría hasta tarde. Pedí una para compartir; no quería sentirme pesada para lo que venía después. Él aceptó sin discutir, como quien deja que otro tome todas las decisiones por él.
Le costaba mantener la conversación. Picaba la papa frita, miraba la mesa, miraba la calle por el ventanal y volvía al plato. Le faltaba el aire de a ratos, como si se le olvidara respirar.
—Un peso por tus pensamientos —le dije, acercando mi silla hasta que mi rodilla quedó entre las suyas.
Sonrió a medias y juró que estaba bien. Pero algo en la forma en que evitaba mirarme la falda me dio una pista. Hice cuentas rápidas: nunca le había visto novia, nunca lo escuché contar una historia de fin de semana, nunca lo encontré de la mano con nadie en los cumpleaños familiares.
—Diego, dime una cosa. ¿Es tu primera vez?
Hundió el mentón contra el pecho, los ojos pegados al borde de mi falda como si fuera la única salida posible.
—Sí.
—¿Cómo puede ser? Eres lindo, eres atento, eres educado —me oí decirlo y me di cuenta del tono: parecía la tía solterona del barrio.
—Nunca supe cómo hablarles a las chicas que me gustan. Siempre siento que no les voy a parecer suficiente.
—No me lo creo. Conmigo hablas perfecto.
—Es más fácil contigo. Y con mi hermana. Y con mi mamá.
Estatus de tía oficialmente confirmado.
Me reí en voz baja y le acaricié la rodilla por debajo de la mesa.
—Tranquilo, ternura. No tienes que ponerte nervioso. Esto va a ser lindo para los dos. Termina la cena y compra dos bebidas isotónicas en el mostrador. Vamos a necesitarlas.
Asintió sin entender del todo y se levantó por las botellas.
***
El hotel tenía entrada vehicular, de esos donde el portón se cierra detrás del auto y la mujer de admisión te entrega la llave por una ventanilla baja sin verte la cara. Disfruté ver cómo Diego se trababa al pedir la habitación y la señora, toda profesionalismo, le repetía pacientemente las tarifas. Cuando cruzó una mirada conmigo y vio mi cara divertida, me dedicó una sonrisa cómplice de mujer a mujer.
La habitación era cómoda, sin pretensiones: luz cálida, un pequeño sofá frente a la cama doble, espejo en el techo, sábanas de algodón limpio. Diego se quedó parado en el centro como si fuera parte del mobiliario, los brazos rígidos, sin saber dónde poner las manos.
Giré sobre los talones y me planté frente a él. Intentó decir algo, pero le puse el dedo en los labios. Lo miré despacio, repasando cada rasgo de su cara, y me di cuenta de cuánto se parecía a Camila: la misma curva en los pómulos, la misma boca de labios finos, los mismos ojos amielados. Con la imagen de ella todavía clavada detrás de los míos, posé mi boca en la suya.
—Respira. Tranquilo —le susurré, picoteando despacio la comisura de sus labios.
Recorrí con la lengua el borde de su boca esperando que cediera, y cuando cedió me deslicé adentro con calma. Lo dirigí caminando hacia atrás hasta que las pantorrillas le tocaron el sofá. Esa noche me apetecía estar arriba; intuía que era la mejor manera de manejar la situación sin que él cargara con la presión de mi placer en su debut.
Se sentó como un cadete en formación: piernas cerradas, manos a los costados, espalda recta. Disfruté su mirada cuando me levanté la falda y le mostré los muslos al subirme a horcajadas sobre él. Lo abracé por la nuca y, al sentir el peso de mis caderas contra su erección, le escuché un gemido bajo, entrecortado. Acaricié su dureza por encima del pantalón con un movimiento lento y le respondí con un suspiro para que entendiera que íbamos bien.
—Ayúdame con la blusa —le pedí.
Tomó los pliegues con la punta de los dedos, casi con miedo de romperme. Me reí en su boca y lo besé otra vez mientras él, ya un poco más decidido, deslizaba la prenda por mis hombros. El sostén se fue después, y mis pechos cayeron uno a cada lado de su cara. Sus palmas tibias me cubrieron los pezones y volví a erizarme entera. Sonreía. Empezaba a confiar en lo que estaba haciendo.
—Préstame atención a este beso —le dije, acercando mi boca a la suya—, porque vas a tener que repetirlo paso a paso más abajo.
Asintió con un gesto serio, casi de alumno aplicado. Le tomé el labio inferior entre los míos, le pasé la lengua por toda la extensión de la boca y me detuve en la comisura, jugando un momento con la punta para que registrara el ritmo. Cuando lo solté, fue directo a uno de mis pezones y lo succionó fuerte, demasiado fuerte, como esos videos baratos que se ven en los hoteles a las tres de la mañana.
—Suave, ternura. A mí me gusta que me chupen como si fuera de porcelana.
Corrigió de inmediato, con la docilidad de quien quiere hacerlo bien. Me puse de pie y me llevé su camiseta conmigo. Diego se inclinó al borde del sofá, expectante, con el pecho lampiño subiendo y bajando rápido. Le metí una pierna entre las suyas para obligarlo a abrirlas y me planté frente a él. Bajé la cremallera de la falda, dejé que cayera con un meneo mínimo de caderas y me quedé en bragas blancas, las únicas que tenía limpias esa noche.
—Te toca encargarte de esto.
Enganché los dedos en el elástico y me las fui sacando despacio, viéndolo relamerse sin disimulo. Cuando estuve completamente desnuda, me incliné hacia atrás apoyándome en la mesita baja, abrí las piernas y le ofrecí mi entrepierna a la altura de su boca.
—Practica los besos que te enseñé. Más despacito, sin morder.
Se inclinó hacia adelante, dudoso, y en cuanto su lengua tocó el primer pliegue se me escapó un gemido largo. Tenía buena lengua. Suave, curiosa, sin las prisas estúpidas de los chicos que se creen expertos. Me miró desde abajo pidiendo aprobación.
—Aprendes rápido. Sigue ahí, justo arriba. Sí. Ahí.
La tensión de la semana entera empezó a soltarse desde la nuca hasta los muslos. Lo dejé hacer hasta que sentí que me iba demasiado pronto y le tomé la cara con las manos.
—Ahora mi turno —dije.
Me arrodillé entre sus piernas. Le besé los jugos de su boca antes de bajar a desabrocharle el pantalón. La erección le tensaba la tela del bóxer y, cuando le apreté por encima, perdió el ritmo del beso y se le cerraron los ojos. Cuando le pedí que levantara la cadera para sacarle el pantalón y la ropa interior de un tirón, instintivamente se tapó con la mano.
Hice como que no lo veía. Le quité las prendas, las dejé caer al suelo y me acomodé entre sus piernas con los pechos apoyados en sus muslos. Le sostuve la mirada y le guiñé un ojo.
Le aparté la mano con suavidad. Reclinó la cabeza contra el respaldo del sofá y exhaló largo. Le besé el glande despacio, escuché el gemido bajo, y deslicé la boca por toda la extensión hasta la base. Le tomé los testículos con la mano libre, sin apretar, y los acompañé en el ritmo lento que iba marcando con la cabeza. Con la otra mano me toqué a mí misma, manteniendo la humedad para lo que vendría.
—Lara, ya no aguanto. Te quiero sentir adentro.
***
Era la primera vez que decía mi nombre en toda la noche. Subí, le besé la frente, me trepé otra vez al sofá con una pierna a cada lado. Tenía la mirada hipnotizada en mis pechos, la boca entreabierta. Apoyé el peso del vientre contra el suyo, me acomodé sobre la punta y me dejé caer con cuidado.
Al sentirlo entrar, me recorrió una corriente eléctrica desde el centro del cuerpo hasta las puntas de los dedos. Estaba más mojada de lo que recordaba haber estado en meses. Subí despacio, bajé despacio, marcando el ritmo como si lo estuviera enseñando. Diego me agarró la cintura con torpeza, con dedos demasiado fuertes, y me dejé. A la séptima u octava bajada, sin previo aviso, me explotó por dentro.
Me derrumbé sobre él temblando. Lo escuché preguntar lejano si estaba bien, si había hecho algo malo, si quería parar. Me reí sin poder hablar todavía.
—Diego, ternura, estoy estupendamente. Acabas de hacer venir a una mujer en tu primera vez. Vamos a la cama.
Me costó ponerme de pie. Me agarró del brazo y me sostuvo, asustado, repitiendo que si quería podíamos dejarlo ahí. No quería. Quería que él tuviera lo suyo.
Me tendí en la cama y le abrí los brazos. Se acomodó entre mis piernas con cuidado y volvió a entrar, ahora sin tantear. Después del orgasmo me había quedado ese placer sordo que casi molesta, pero me dejé llevar igual. Diego me recorría con las manos, me miraba como si no se creyera que estaba pasando, encontraba su propio ritmo.
Cuando avisó que estaba cerca, hice memoria rápida. La aplicación me había marcado la ovulación tres días atrás. Le dije que no se preocupara, que podía acabar adentro tranquilo.
Se le entrecortó la respiración. Me apretó contra él. Sentí su calor pulsar adentro, latido a latido, mezclándose con lo mío. Se quedó encima un buen rato, con la cara pegada a mi cuello, recuperando el aire.
***
Después, abrazados, abrimos las bebidas isotónicas y comentamos la noche en voz baja. Le confesé que ya cenada y cogida lo único que quería era dormir. Se ofreció a llevarme a casa y luego volver a esperar a su hermana al estacionamiento de la disco.
Acordamos no decirle nada a Camila, al menos por ahora. Y le confesé, antes de bajarme del auto, que en algún momento durante el sexo los dos rostros se me habían superpuesto en la cabeza y eso me había excitado más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta.
Se rio bajito, sonrojado, y me prometió que la próxima haría exactamente lo que yo le pidiera.
Le dije que sí, que habría próxima. Y la cara que puso al despedirse valió toda la semana de mierda.