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Relatos Ardientes

El día que mi familia decidió compartirme

En los relatos anteriores conté cómo terminó el harén que comparto con las tres mujeres más importantes de mi vida: mi madre, mi madrastra y la hija de ella. Esto, en cambio, es la precuela: el día concreto en el que todo empezó.

Yo me llamo Mateo y, hasta hace dos veranos, vivía una vida ordinaria en una casa con piscina a las afueras de Guadalajara. Mi madre, Carolina, se había casado años atrás con Renata, una mexicana de Monterrey con una hija de mi misma edad. Camila era guapa, mandona, y había convertido en deporte buscarme la pelea. Acababa de cumplir veintidós y mi mundo, hasta esa tarde de julio, era de manual.

El termómetro del jardín marcaba treinta y ocho grados.

—Qué calor más insoportable —se quejó Carolina, abanicándose con una revista vieja.

—A mí me encanta. Me recuerda a mi tierra —contestó Renata desde la tumbona, dorándose al sol con esa indiferencia suya.

Camila estaba a mi lado, hundida en una silla de plástico, mirando el celular. Yo intentaba leer una novela.

—Tonto, tráeme un refresco —ordenó sin levantar la vista.

—Ve tú, ni que fuera tu sirviente —respondí.

—Te recuerdo quién manda aquí —dijo, y de un manotazo me arrancó el libro.

—Devuélvemelo, Camila.

—Ya basta, hija —intervino Renata, esta vez seria—. No molestes a tu hermanastro.

Camila chasqueó la lengua y, en lugar de devolverlo, lo lanzó al césped. Me agaché a recogerlo. Y entonces lo hizo. De un tirón limpio, me bajó los shorts hasta los tobillos, y con ellos el bóxer. Me quedé en pelotas, agachado, con la polla colgando entre las piernas a la vista de las tres.

Pensaba que se reirían como siempre. Que me llamarían lento o tonto. Que la broma duraría diez segundos. Lo que ocurrió fue otra cosa.

Las tres se quedaron en silencio.

Levanté la vista despacio y las encontré mirándome con los ojos muy quietos, clavados en mi entrepierna. Mi madre con la revista a medio aire y la boca entreabierta. Renata incorporada en la tumbona, con el escote del bikini agitándose por una respiración que se había acelerado. Camila con la sonrisita borrada de un golpe y la lengua asomando entre los labios. Hubo una fracción de segundo en la que el jardín entero pareció contener la respiración, y yo sentí cómo tres pares de ojos me recorrían la verga con un descaro que jamás les había visto.

Me subí los shorts a tirones.

—¿Están bien? —pregunté, incómodo.

—Sí, sí, todo en orden —dijeron las tres a la vez, demasiado rápido.

No estaban bien.

***

Los días siguientes me convertí en el centro silencioso de algo que no sabía nombrar. Mi madre cambió la forma de agacharse cuando recogía cualquier cosa del suelo, ofreciéndome cada vez ese culo redondo, apretado bajo la falda, que yo intentaba no mirar y que me ponía la polla dura en dos segundos. Renata, que nunca había sido demasiado afectuosa, empezó a abrazarme apretándome la cara contra sus tetas enormes un segundo más de lo normal, dejándome sentir los pezones duros a través de la tela. Camila, en lugar de empujarme cuando me molestaba, me rozaba la polla por encima del pantalón con la palma abierta, en un gesto que pretendía pasar por accidente pero que me dejaba con la verga hinchada durante media tarde.

Yo no terminaba de creerlo. Eran mi familia. Tenía que ser otra cosa.

Hasta que llegó la noche en la que coincidieron las tres en el pasillo, frente a la puerta de mi habitación, las tres en bata, las tres con el mismo plan en la cara.

—¿Qué haces aquí, Carolina? —preguntó Renata, ofendida—. ¿Pensabas ponerme los cuernos con mi propio hijastro?

—Y tú venías a lo mismo, mamá —siseó Camila—. Son increíbles las dos.

—No te hagas la santa, niña —contestó mi madre—. Que tú llevas días tocándole la verga cuando crees que no miramos.

Para que yo no las oyera, bajaron al salón. Me lo contó Renata después. Estuvieron casi una hora.

—Vamos a aclararnos —dijo Carolina—. Las tres queremos lo mismo. Dejemos de fingir. Yo llevo días metiéndome los dedos pensando en la polla de mi propio hijo.

—Y la primera tendría que ser yo —saltó Camila—. Yo fui la que descubrió cómo la tenía. La vi durita y toda entera. Yo me la gané.

—Niña, con ese culito flaco que tienes no estás en condiciones de exigir nada —se rió Renata—. A Mateo hay que darle tetas y culo de verdad, no ese cuerpo de palo tuyo.

—Tu culo no será tan grande cuando termine de patearlo, vieja —respondió Camila—. Y mi coño está más apretado que el tuyo, que ya lo tienes de haber parido.

—Inténtalo, mocosa, que te doy las nalgadas que no te dieron de chiquita.

—Basta —cortó mi madre, plantándose entre las dos—. Somos familia. Las tres somos un desastre, las tres lo deseamos, las tres estamos calientes hasta las orejas, pero la familia siempre va antes que la calentura. Lo compartimos.

Renata levantó una ceja.

—¿Compartirlo cómo?

—Un harén. Un día cada una. La que tenga turno se lo folla como quiera, y las otras dos aguantan. Y nos vigilamos entre nosotras para que ninguna se lo lleve a escondidas.

Camila se echó a reír.

—Están las dos enfermas. Anótenme.

—¿Y quién va primero? —preguntó Renata.

—Piedra, papel o tijera —dijo mi madre.

Ganó Renata.

***

Yo estaba terminando de pasar de página cuando la puerta se abrió de una patada. Renata entró desnuda. Completamente. La cabellera negra suelta, las tetas enormes cayendo pesadas sobre el pecho con los pezones oscuros duros como piedras, el coño depilado, la piel morena brillando con una capa de aceite. No traía bata. No traía nada.

—Es hora de divertirse, niño —dijo—. Vas a ver lo que es una mujer de verdad.

—Renata, qué…

No me dejó terminar. Me agarró por la nuca y me besó. Su lengua entró sin pedir permiso, me revolvió la boca entera, me chupó la mía. Mi cuerpo, ese cuerpo traidor, respondió antes que mi cabeza y la polla se me puso durísima contra el pantalón del pijama. Una de sus manos me apretaba la verga por encima de la tela, apretando y soltando, midiéndome. La otra me sujetaba la nuca con una fuerza que jamás imaginé en ella.

—La tienes bien gorda, cabroncito —murmuró contra mi boca—. Ya sabía yo que no me estaba imaginando cosas.

—Esto está mal —conseguí decir cuando me soltó la boca.

—Está pésimo —contestó—. Y vas a ver lo bueno que es lo que está pésimo. Voy a hacerte cosas que tu mamita nunca se atrevió a decirte.

Me arrancó la camiseta de un tirón, me bajó el pantalón, y cuando mi polla saltó dura hacia arriba se la quedó mirando un segundo, mordiéndose el labio.

—Diosito santo. Camila tenía razón. Esto es una verga, no las porquerías de su padre.

Me cargó al hombro como un saco, me dio una nalgada seca en el culo, y me llevó así hasta el baño. Me dejó de pie en la bañera, abrió el grifo de la ducha, y se metió conmigo bajo el agua caliente.

—Renata, por favor, mamá y Camila nos van a oír —insistí, con la voz ya más floja de lo que quería.

—Tu madre y Camila ya saben. Y tendrás que cogértelas a ellas también cuando llegue su turno. Tranquilo, ya está todo hablado. Ahora cállate y déjate hacer, que llevo meses soñando con esta polla.

Lo dijo mientras me enjabonaba el pecho. Despacio. Con la mano abierta. Bajando poco a poco hasta cerrar los dedos alrededor de mi verga y darle el primer meneo largo, jabonoso, apretando el glande cada vez que subía. Me temblaron las piernas.

Apoyó las manos en mis caderas, me dio la vuelta, me hizo apoyarme contra los azulejos con las palmas abiertas. Sentí sus tetas enjabonadas restregándose contra mi espalda, los pezones duros dibujándome dos líneas mojadas, y al mismo tiempo su mano derecha bajando por delante, encontrándome otra vez, cerrándose sobre la polla y empezando a masturbarme con el ritmo lento y experto de una mujer que sabía lo que hacía. Con la otra mano me separó las nalgas y noté cómo un dedo suyo me rozaba el culo por detrás.

—Aquí también, cabroncito —susurró en mi oreja—. Ya te enseñaré, pero eso será otro día.

Cuando aceleró el puño en mi verga, dejé de oponer resistencia. Me fallaron las rodillas. El gemido que se me escapó fue lo bastante alto como para que lo oyeran desde el salón. Lo supe después.

***

Carolina y Camila se habían quedado en el sofá del salón, frustradas. La voz de Renata, los golpes de agua, mis gemidos, todo se filtraba por la escalera. Mi madre tenía la mano metida por dentro del pantalón corto. Camila se apretaba las tetas por encima de la camiseta.

—Qué envidia —murmuró Camila—. Ella disfrutando de esa verga y nosotras aquí tocándonos solas.

—Si lo que quieres es divertirte —contestó mi madre—, se me ocurre algo.

Y la besó. Largo. Con lengua. Metiéndosela hasta la garganta. Cuando se separaron, un hilo de saliva las seguía uniendo y Camila tenía la respiración cortada.

—Pero qué…

—Si tu madre puede coger con mi hijo, yo puedo experimentar con su hija —dijo Carolina, y le agarró una teta por debajo de la camiseta, buscándole el pezón con los dedos y pellizcándoselo—. ¿No te parece justo?

—Justísimo —jadeó Camila.

Se desnudaron en el sofá, sin prisa, mirándose. Mi madre le arrancó a Camila las bragas de un tirón y le abrió las piernas. Después fue todo manos, bocas y un calor distinto. Carolina había hecho aquello antes con muchas mujeres. Camila, no, y se notaba en su forma de aprender, ávida y torpe a la vez. Mi madre la guió, paciente, como si llevara años esperando aquella tarde. Le mordió el cuello, le chupó las tetas una por una hasta ponerle los pezones morados, le lamió el ombligo, le abrió más las piernas y bajó la cara hasta el coño depilado de mi hermanastra. La empezó a comer con la lengua entera, apretándole las nalgas con las dos manos, chupándole el clítoris con los labios.

—Ay, mamá, ay, no pares —gemía Camila, arqueada, con las manos hundidas en el pelo de mi madre—. Cómelo, cómelo entero.

Cuando Carolina le metió dos dedos y se los curvó hacia arriba mientras seguía chupándole el clítoris, Camila se corrió con un grito que se sumó a los míos en otro punto de la casa. Después se colocaron en tijera, coño contra coño, y empezaron a frotarse la una contra la otra con las piernas entrelazadas, restregándose los clítoris hinchados hasta que las dos se corrieron otra vez, con los sofás resbalando de humedad.

***

De vuelta en el baño, Renata se arrodilló frente a mí. La ducha seguía cayéndonos encima. Levantó la vista, me miró con algo entre el hambre y la diversión, abrió la boca y me sacó la lengua para que le viera lo ancha y rosa que la tenía.

—Madrastra, te lo pido —murmuré—. No.

—Cállate y disfruta, mi cielo. Llevo meses pensando en esta polla dentro de mi boca.

Lo dijo y, sin esperar respuesta, se metió mi verga entera de un tragón, hasta que sentí la punta chocar contra el fondo de su garganta. No tuvo arcadas. Volvió a subir muy despacio, chupando con las mejillas hundidas, y cuando llegó a la punta me sacó la polla de la boca de un plop bien sonoro y empezó a lamer el glande con la punta de la lengua, dando vueltas y vueltas, mientras me masturbaba con el puño.

—Mira lo gorda que la tienes por tu madrastra, cabroncito —dijo mirándome desde abajo—. Mira cómo te la está mamando la mujer de tu padrastro.

Volvió a tragarla. Esta vez empezó a moverse rápido, agarrándome del culo con las dos manos para clavarme contra su cara, follándose a sí misma con mi polla mientras yo me deshacía apoyado en los azulejos. Su lengua me trabajaba el frenillo en cada subida. Con una mano me apretó los huevos.

Gemí más fuerte de lo que pretendía. La culpa y el placer se entremezclaron hasta que dejé de distinguirlos.

No te corras, no te corras, no te corras, me repetía. Me corrí. Le descargué en la boca chorro tras chorro. Renata no apartó la cara. Sentí cada latigazo salir contra su paladar mientras ella seguía chupando, tragando, ordeñándome hasta la última gota. Cuando por fin sacó la polla de la boca, abrió los labios para mostrarme la lengua vacía y sonrió, como si hubiera marcado un punto en una partida que solo ella jugaba.

—Rico, rico, rico —dijo, relamiéndose—. Y esto es solo el aperitivo.

Me llevó al suelo de la ducha, me tumbó de espaldas sobre las baldosas, se subió encima horcajadas y sin usar la mano, restregándose el coño contra mi polla todavía dura hasta empaparla, se dejó caer y me la metió entera. Los dos gemimos a la vez. Estaba caliente, apretada, resbaladiza. Se quedó un segundo quieta, con los ojos cerrados, sintiéndome dentro.

—Diosito, cabroncito, qué llena me la dejas —jadeó.

Y empezó a cabalgarme. Despacio al principio, subiendo y bajando con las manos apoyadas en mi pecho, dejándome ver cómo las tetas enormes le rebotaban con cada movimiento. Con fuerza después, apoyándose en mis rodillas y empalándose de arriba abajo, con el culo golpeando ruidoso contra mis muslos, con el coño chapoteando cada vez que caía sobre mí. Cada embestida me arrancaba un sonido distinto. Me escupía en la boca, me lamía la cara, me mordía el cuello, me decía cosas en mexicano que yo apenas seguía, cosas de puta y de coger y de leche. Mi madrastra, encima de mí, con mi polla clavada en el coño hasta las bolas, en la ducha de mi casa. La frase ni siquiera tenía sentido.

—Mírame, cabroncito, mírame cómo me cabalgo la polla de mi hijastro —jadeaba mirándome a los ojos—. Dime que te encanta este coño. Dímelo.

—Me encanta —gemí—. Me encanta tu coño, Renata.

—Así, así, dilo otra vez.

Se inclinó para meterme un pezón en la boca y yo se lo chupé como pude, mareado, mientras ella seguía botando. Cuando sentí que iba a correrme otra vez le avisé con un gruñido.

—Dentro, dentro, todo dentro —ordenó—. Píntame ese coño de leche.

La agarré de las caderas y descargué dentro de ella con espasmos largos. Renata gimió, quieta, aplastada contra mi pecho, sintiendo cómo mi polla latía dentro de su coño.

—Cómo extrañaba esto —dijo—. Menos mal que me hice ligar las trompas, porque si no, Camila ya tendría un hermanito.

—Renata, ya está, por favor.

—Está cuando yo termine —contestó—. Yo todavía no me he venido. Y tú no te vas a ningún lado hasta que lo haga.

Se dio la vuelta, se subió por encima, se sentó de rodillas sobre mi cara con el coño lleno de mi semen justo encima de mi boca, y no me dejó opción.

—Cómete lo que has dejado ahí dentro —ordenó, agarrándome del pelo—. Todo. Con lengua.

Saqué la lengua y empecé a lamerla mientras ella se restregaba contra mi boca, moviendo las caderas en círculo. Le chupé el clítoris, le metí la lengua entera, tragué mi propia leche mezclada con el flujo de mi madrastra. Renata se apretó contra mí, arqueada, con las tetas en la mano, y cuando se corrió me apretó tanto la cara con los muslos que casi me ahogo. Sentí el coño palpitándome sobre los labios, oí su grito rebotar en los azulejos, y solo entonces me soltó.

***

A la mañana siguiente bajé a la cocina detrás de Renata. Mi madre y Camila estaban dormidas, desnudas, abrazadas en el sofá del salón. Una manta a medio caer dejaba ver un pecho de mi madre y las nalgas apretadas de Camila. La cinturonga que Carolina debía de haber sacado del armario, un consolador negro de arnés, tirada en el suelo con la punta brillante todavía. El olor del salón hablaba por sí solo: coño, sudor y mujer.

—Veo que ustedes también estuvieron ocupadas —dijo Renata, riéndose.

—Reforzando lazos familiares —contestó mi madre, estirándose y dejando ver una teta entera sin pudor alguno—. Le enseñé a mi hijastra lo que es una lengua bien entrenada. Y luego a manejar la cinturonga.

Camila abrió un ojo, me vio, sonrió, y bajó la vista directa a mi entrepierna.

Y entonces me lo explicaron. Las tres a la vez, completándose unas a otras, como si llevaran semanas ensayándolo. El harén. Un día cada una. Yo en el centro. Yo callado.

—Esto es antinatural —protesté, sin demasiada convicción—. No quiero formar parte.

—Demasiado tarde, hermanito —dijo Camila, levantándose desnuda del sofá, con los pezones rosados apuntando hacia mí y el coño depilado brillando todavía—. Ya formas parte. Y hoy me toca a mí. Vamos arriba, que llevo veinticuatro horas oyendo cómo mi madre te chupaba la polla y me toca probarla.

Me agarró del pantalón, directamente por encima de la verga, y me la apretó.

—Déjame al menos desayunar.

—Desayunas después. Y si tienes hambre, ya sabes lo que te ofrezco —dijo, abriendo un poco las piernas para que le viera el coño de cerca—. Aquí tienes desayuno para rato.

Mientras Camila tiraba de mí escaleras arriba, oí a Renata decirle algo a mi madre, en voz baja.

—La idea del harén ha sido lo mejor que se te ha ocurrido nunca, mi amor. Y ese cabroncito folla mejor que su padre, te lo juro.

—Mira a tu hija mandando al mío, ahí subiéndolo del cinturón como si ya fuera su juguete. Eso me ha puesto otra vez. ¿Repetimos antes de desayunar? Tengo ganas de que me montes con la cinturonga.

La risa de Renata y el chasquido de un beso húmedo fue lo último que oí antes de que Camila cerrara la puerta de mi cuarto, echara el pestillo, y se dejara caer de rodillas frente a mí con los ojos clavados en mi bragueta.

Aquel fue el primer día. Y sería, también, el último día de la vida que conocía.

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Comentarios(9)

JorgeDelSur

Increible!!! me quede con ganas de mas, espero que hagas una continuacion pronto

Tomas_88

Por favor una segunda parte, no puede terminar asi...

carlitos_mdq

Esta categoria nunca defrauda y este relato lo confirma jajaja, muy bueno

NachoGBA

No pude dejar de leer de un tiron, muy bien llevada la tension desde el principio. Felicitaciones

Charly_84

jaja el inicio no me lo esperaba para nada. Tremendo arranque

DarioMza

Me quede pensando bastante rato despues de terminarlo, que situacion tan intensa la que describis

LectorCba

Muy buen relato, se nota que sabes como crear tension y mantener enganchado al lector hasta el final. Espero el proximo!

PatriLectora

buenisimo!!! sigue escribiendo por favor :)

ElMalaga33

se me hizo cortisimo, queremos mas!!

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