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Relatos Ardientes

La madrastra de mi marido lo esperaba en la cocina

Habían pasado cinco días desde la última transmisión cuando me llegó el aviso al móvil. Mateo acababa de salir hacia la oficina y todavía olía a café en la mesa de la cocina. Encendí el monitor del estudio, escribí la clave que mi suegro me había dado meses antes y la pantalla se llenó con la imagen de la cocina de su casa, en alta definición, con un pequeño contador de tiempo en la esquina inferior.

Mariana estaba apoyada contra la encimera de mármol blanco, descalza, con una camiseta de tirantes pegada al cuerpo y una tanga negra que apenas le cubría nada. Era la mujer por la que Esteban había dejado a su esposa ocho años antes, y aunque tenía cuarenta y dos, su cuerpo seguía pareciendo el de una chica de treinta. La cámara la captaba desde un ángulo alto, escondida en algún punto entre los azulejos y los focos del techo.

—Esto no debería excitarme tanto —me dije en voz alta.

Y, sin embargo, ahí estaba yo, sentada en el sillón con el camisón subido hasta el ombligo.

La puerta lateral de la cocina se abrió y entró Aldo, el encargado de mantenimiento de la finca. Era un hombre de cuarenta años, fornido, con los antebrazos marcados por años de trabajo manual. Llevaba una camiseta vieja y los guantes colgando del cinturón. Dejó una factura sobre la mesa y se quedó parado a un metro de Mariana, esperando.

—Buenos días, señora —dijo él, con una formalidad que sonaba ensayada.

—Buenos días, Aldo. Hoy te toca tu regalo del mes, ¿no es cierto?

Tardé tres segundos en entender lo que estaba escuchando. Aldo dejó los guantes sobre la mesa, se acercó a ella sin prisa y la besó en el cuello. Mariana cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, ofreciéndole más piel. Las manos de él subieron por debajo de la camiseta y le sacaron los pechos, pequeños y redondos, con los pezones ya tensos por el aire frío de la mañana.

Yo no podía apartar la vista. Apoyé la mano libre en el muslo y empecé a respirar más despacio, contando las veces que ella se mordía el labio.

—Llevo dos semanas pensando en esto —murmuró Mariana.

—Yo también, señora.

Él se arrodilló, apartó la tanga con dos dedos y empezó a comerle el sexo con una concentración que daba envidia. Ella se aferró al borde de la encimera. Movía las caderas hacia adelante, despacio, como dirigiendo una orquesta. La cámara captaba cada detalle: la lengua de Aldo trabajando, el muslo tembloroso, una vena marcada en su cuello.

—Despacio —pidió—. Quiero que dure.

Pero no duró. Mariana se corrió en menos de cinco minutos, mordiéndose el dorso de la mano para no hacer ruido. Esteban estaba en el despacho, dos pisos más arriba, leyendo informes de la viña.

Cuando Aldo se levantó, ella ya tenía las rodillas dobladas y le bajaba el pantalón con las dos manos. Él se quedó quieto, dejándose hacer. Mariana se la metió en la boca como quien prueba un postre y empezó a chuparla con una técnica que delataba años de práctica.

—Con permiso de la señora —dijo él al cabo de un rato.

La levantó, la sentó sobre la encimera fría y le rompió la tanga de un tirón seco. Yo solté un jadeo en mi propio salón. Mateo se había llevado el coche; nadie iba a aparecer. Aldo la penetró de pie, con las manos en sus caderas, y Mariana le rodeó la cintura con las piernas y le clavó los talones en la espalda.

—Hoy te quiero entera —le dijo él al oído.

—Pues tómame entera.

***

Lo que siguió no se lo conté nunca a nadie, ni siquiera a la psicóloga con la que iba dos veces al mes. Aldo le dio la vuelta, la inclinó sobre la encimera y le pasó la lengua entre las nalgas un buen rato antes de penetrarla por detrás, despacio, con una mano en su nuca. Mariana mordió el paño de cocina para no gritar. Yo, desde el sofá del estudio, me corrí casi al mismo tiempo que ella, y eso me asustó más que cualquier otra cosa.

Cuando terminaron, Aldo limpió la encimera con un trapo, recogió sus guantes y salió por la puerta del jardín como si solo hubiera venido a dejar unas cuentas. Mariana se quedó un minuto entero mirando al techo, con la camiseta arrugada en una mano y el pelo pegado a la frente. Después se irguió, se vistió con calma y empezó a preparar tostadas.

La transmisión se cortó.

***

Pasaron cuatro días antes de que volviera a recibir el aviso. Esa vez fue por la tarde. Mateo seguía en la oficina, como siempre. Esteban, según supe luego, había salido de viaje a Mendoza por temas de la viña. Y Mariana se había quedado sola en aquella casa enorme.

Encendí la pantalla con el corazón en la garganta. La imagen era la misma cocina, pero la luz era distinta: una luz de tarde, más amarilla, más íntima. Mariana llevaba una blusa azul abierta en V y unos jeans del mismo tono. Estaba sirviéndose un café cuando sonó el timbre.

Era Mateo.

Casi grité en mi salón. Mi marido estaba ahí, en la cocina de su madrastra, con una carpeta en la mano y cara de quien viene a despachar un trámite y largarse cuanto antes.

—Tu padre me pidió que te trajera estos papeles —dijo, sin mirarla del todo.

—Gracias, Mateo. ¿No te quedas a tomar algo? Hace meses que no hablamos como adultos.

—No tengo nada que hablar contigo.

Mariana dejó la taza sobre la encimera, la misma encimera que cuatro días antes había recibido a Aldo. Se acercó a Mateo despacio, con esa manera de moverse que ya empezaba a reconocer. Yo me llevé las dos manos a la boca.

—Sé que te dolió que tu padre dejara a tu madre por mí —dijo ella, ya muy cerca—. No fue justo, lo sé. Pero llevas ocho años evitándome y los dos sabemos que no es solo por tu madre.

—No empieces.

—Yo no voy a ser nunca tu mamá, Mateo. Pero podría ser otra cosa.

Y le besó.

Mateo se quedó congelado tres segundos. Tres segundos en los que yo dejé de respirar. Después la apartó con la mano izquierda, retrocedió un paso… y volvió. La agarró de la nuca y le devolvió el beso con una violencia que no le conocía. Yo, en mi sofá, sentí algo entre rabia y excitación que no sabía nombrar.

No estaba celosa. Era otra cosa. Era saber que mi marido, al que yo veía cansado todas las noches, todavía guardaba aquello dentro.

***

Mariana se quitó la blusa sin dejar de mirarlo. No llevaba sujetador. Mateo se inclinó y le mordió un pezón con una suavidad rara, casi tímida, como si no estuviera seguro de si aquello podía deshacerse en cualquier momento. Ella le pasó los dedos por la nuca, igual que le hacía a él de pequeño, según me había contado una vez. Esa imagen sí me dolió, brevemente, antes de volver a calentarme.

—¿Aquí, en su cocina? —murmuró Mateo.

—Aquí. Donde él desayuna todos los días.

Mateo se desabrochó el cinturón con dedos torpes. Mariana se bajó los jeans hasta las rodillas, dejó la tanga puesta y se arrodilló frente a él. Le sacó el sexo con la misma calma con la que había recibido a Aldo, pero esta vez la cara cambió. Esta vez había algo más. Lo miraba desde abajo, fijamente, como diciéndole algo que yo no alcanzaba a oír.

—Esto puedes tenerlo siempre —dijo ella—, si dejas de tratarme como si fuera tu enemiga.

Y se la metió en la boca.

Mateo cerró los ojos. Apoyó la mano en la encimera, justo donde Aldo había estado cuatro días antes, y dejó que su madrastra le hiciera lo que ninguna mujer le hacía desde hacía meses. Yo me había llevado la mano dentro del pantalón sin darme cuenta.

—Mariana —dijo él, con la voz tomada—, párame.

—No.

—Si no me paras, voy a follarte aquí mismo.

—Pues fóllame.

Ella se puso en pie, terminó de quitarse los jeans y la tanga, y se inclinó sobre la encimera con una pierna apoyada en el taburete. Mateo se acercó por detrás, le sujetó las caderas y la penetró de un solo golpe. Mariana soltó un gemido grave que parecía contener años. Mi marido empezó a moverse rápido desde el primer segundo, sin darle tiempo a acomodarse.

—Qué suerte tiene Carolina —susurró ella, con la cara contra el mármol.

—Más tiene mi padre.

—Entonces deja de odiarme.

Él no contestó, pero el ritmo bajó, se hizo más pausado, casi reconciliador. Yo me corrí por segunda vez en una semana mirando aquella pantalla, y esta vez no me dio miedo.

***

Cambiaron de postura tres veces. Ella encima de él, sentado en una de las sillas del desayunador, con los brazos cruzados a su espalda. Después en el suelo, con una pierna sobre el hombro de Mateo y la otra abierta hacia un lado. Después de costado, abrazados, con un ritmo más lento que parecía casi una conversación. Yo seguía la cámara como si fuera mi propia historia, atenta a cada gesto de mi marido.

—¿Mi padre te la mete por el culo? —preguntó él en algún momento, con una sonrisa torcida.

—No —mintió Mariana sin dudar.

—Pues hoy lo hago yo.

Ella se inclinó otra vez sobre la encimera, separó las piernas y dejó que él la trabajara despacio, con saliva, con una paciencia que tampoco le conocía. Cuando finalmente entró del todo, los dos soltaron el mismo gemido a la vez. Yo apagué la luz del estudio para verlo mejor. La pantalla iluminaba mi cara y nada más.

Mateo no duró mucho ahí dentro. Cuando notó que se venía, se salió y Mariana se giró rápido, se arrodilló y recibió todo en la boca, en el cuello, en los pechos. Después se quedaron los dos quietos: ella sentada en el suelo, él apoyado en la encimera, jadeando como si hubieran subido una escalera muy larga.

—Gracias —dijo ella, en un tono que no era el de antes.

—No me agradezcas.

—Lo hago igual.

***

La transmisión se cortó cuando Mateo se estaba subiendo el pantalón. Yo me quedé mirando la pantalla apagada un buen rato, con las piernas todavía abiertas y un nudo nuevo en el pecho. Después fui al baño, me lavé la cara, me preparé un té y volví al sofá como si no hubiera pasado nada.

Mateo llegó a casa a las nueve y veinte. Olía a su jabón de siempre y a otra cosa que yo ya conocía. Cenamos pasta. Hablamos del trabajo. Vimos media película en silencio. Cuando se quedó dormido sobre mi hombro, encendí el móvil debajo de la sábana y revisé la aplicación que mi suegro me había instalado meses atrás.

La cámara seguía ahí, apagada, esperando el siguiente aviso. Yo ya sabía que iba a contestar.

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Comentarios (5)

CarlosM84

Tremendoooo!!! me dejo sin palabras, de los mejores que lei en mucho tiempo

Mariela_cba

Por favor seguila, quede con ganas de mas!!! Se hizo cortisimo

PatricioMza

Muy bien narrado, se nota la tension desde el primer parrafo. Sigan subiendo cosas asi

Danilo_SFe

jajaja tremendo el comienzo, me engancho de una

Juancho_BA

Y despues que paso?? no puede quedar asi!!! necesito saber

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