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Relatos Ardientes

Lo que vi de mi hermana en un hotel de carretera

Mi nombre no importa. Para esta historia basta con decir que tengo veinticuatro años y que tengo una hermana que se llama Camila, aunque en casa todos le decimos Cami. Tres años menos que yo, flaca, con el cuerpo de las chicas que cargan la mochila al gimnasio cuatro veces por semana. Casi no usa maquillaje, viste con sudaderas anchas y jeans que disimulan más de lo que muestran. Si alguien la ve por la calle, pensaría que es de las que pasan desapercibidas. Quien la ve en su casa entiende otra cosa.

Nuestra relación nunca fue de hermanos pegados. Hablamos lo justo, coincidíamos en el almuerzo del domingo, en alguna corrida al gimnasio cuando se le rompía el coche, poco más. Por eso me tomó por sorpresa que me pidiera, casi rogando, que la acompañara a la graduación de Renata, su mejor amiga de toda la vida.

—Es en San Esteban, son tres horas en auto. Mis viejos no pueden, está cerrando trimestre la empresa de papá. Por favor, no quiero ir sola.

—Cami, tengo cita con Lucía esa noche. Quedamos en cenar.

—Te prometo que volvemos temprano. La ceremonia es a las diez de la mañana, a las cinco estamos en casa.

Acepté con la condición de no demorarnos. Le mandé un mensaje a Lucía avisando que llegaría a la cena con el tiempo justo. No tenía idea de lo equivocado que estaba.

El cielo se cerró a la altura de Coronel Vargas, a media hora de San Esteban. Una tormenta de esas que apagan los pueblos. La graduación se retrasó tres horas. La fiesta posterior, una hora más. Renata insistió en que comiéramos algo antes de irnos, y aunque le dije que no, mi hermana me hizo cara de cachorro y no pude negarme. Cuando salimos del salón, eran casi las seis de la tarde. Volví a marcarle a Lucía. No contestó.

—Está enojada —le dije a Cami, encendiendo el auto.

—Le explicas y se le pasa.

—No la conoces.

La carretera estaba peor que a la ida. La lluvia caía en cortinas, los faros apenas alcanzaban tres metros. A los cuarenta minutos paré en un hotel de paso a la vera de la ruta, una construcción baja con un cartel rojo que parpadeaba en la oscuridad. No era un sitio bonito, pero tenía techo.

—Esperamos a que afloje y seguimos —dije.

Aflojó dos horas después. Cuando salí a revisar el auto antes de pagar la salida, descubrí que el neumático trasero derecho estaba clavado contra el asfalto. Una rotura limpia. La rueda de auxilio se había quedado en el taller la semana anterior y todavía no la había recuperado.

—El mecánico llega a las siete de la mañana —me dijo el tipo de la recepción, sin levantar la vista del teléfono.

Mi día no podía ir peor. O eso creí.

***

Pedí una habitación con dos camas. Cami se adelantó a la recepción mientras yo cerraba el auto bajo la lluvia. Cuando entré al lobby, me detuve un segundo en el pasillo para sacudirme el agua del pelo. Y desde ahí la vi.

Estaba apoyada de espaldas contra el mostrador, hablando por teléfono con Renata. El vestido azul que se había puesto para la graduación no era corto, pero le quedaba ajustado en los lugares correctos. La tela seguía la curva de la espalda hasta tensarse en las caderas. El recepcionista, un tipo de unos cuarenta, había bajado el celular bajo el nivel del mostrador y lo apuntaba hacia ella sin mover la muñeca. Sin sonido, sin disimulo evidente. Sólo un ángulo y un reflejo.

Me quedé quieto. La reacción correcta era acercarme y partirle la cara. No lo hice. No supe por qué entonces. Hoy sí lo sé.

La estaba mirando como la miraba él.

Me acerqué cuando el tipo guardó el teléfono. Le pedí las llaves con una voz que me sonó ajena, firmé el voucher, recogí a mi hermana del brazo y caminé con ella hacia el corredor. Ella iba contando una anécdota de la fiesta. Yo no escuchaba ni una palabra. Caminaba detrás suyo intentando no mirarle el culo, y mirándoselo cada dos pasos.

***

La habitación tenía dos camas individuales separadas por una mesa de luz, una alfombra raída y un baño con la canilla floja. Tiré el bolso sobre la cama de la ventana y me metí al baño a cambiarme. Cuando salí, Cami seguía sentada al borde de su cama con el vestido puesto.

—¿Qué pasa? ¿No te vas a dormir?

—El vestido es incómodo para dormir. No traje pijama.

—Sácatelo —dije, intentando que sonara natural—. O al menos quítate algo. No vas a dormir con eso.

—No tengo ropa interior decente, idiota. Me da vergüenza.

—Te doy la espalda. Avísame cuando estés tapada.

Me senté en mi cama de espaldas a la suya, mirando la pared empapelada con un patrón verde feo. Escuché el cierre del vestido bajar despacio. El roce de la tela cayendo. Un suspiro corto. El crujido del colchón cuando se metió bajo las sábanas. Cada sonido se me quedaba grabado como si lo estuviera viendo. Cerré los ojos y traté de no pensar.

—Listo. Buenas noches.

—Buenas noches, Cami.

Apagué la luz de la mesa. Quedó sólo el resplandor del cartel rojo del hotel filtrándose por la cortina. Saqué el celular, le mandé un audio a Lucía contándole lo del neumático. No respondió. La conocía: estaba enojada y no iba a contestar hasta el día siguiente. Me puse los auriculares y dejé que sonara música baja, intentando dormir.

No pude. Cada vez que cerraba los ojos volvía la imagen del recepcionista apuntando el teléfono. Y volvía la idea, repugnante y tentadora a partes iguales, de qué había habido bajo ese vestido. Una idea que no se me había ocurrido jamás. Una idea que veinte minutos atrás me hubiera parecido enferma.

Sólo mirarla. Nada más.

Me lo repetí cuatro o cinco veces hasta convencerme de que mirar no era nada. Que era curiosidad. Que las oportunidades como esta no se repetían. Que mi hermana tenía el sueño de los muertos —desde chica mi madre iba a despertarla a los gritos—, que no se iba a dar cuenta. Cualquier excusa servía.

Esperé.

***

La llamé en voz baja dos veces. Después una tercera, con su nombre completo. Nada. Su respiración era pareja, profunda. Me senté en el borde de mi cama y dejé que los ojos se acostumbraran a la penumbra. Encendí la pantalla del celular en brillo mínimo y la apoyé sobre el muslo, apuntando hacia su lado.

Estaba boca arriba, completamente cubierta hasta el cuello. Imposible ver nada. Esperé. Pasaron quince, veinte minutos. En uno de sus movimientos giró sobre el costado, dándome la espalda. La sábana se le bajó hasta media espalda y dejó al descubierto los hombros y el tirante de un sostén color rosa pálido. La piel blanca, sin marcas. Un lunar pequeño cerca del omóplato derecho.

El corazón me latía contra las costillas con una violencia que no había sentido nunca. Respiré por la nariz, despacio, intentando calmarme. Y me arrodillé al lado de su cama.

Levanté la sábana centímetro a centímetro, pendiente del menor cambio en su respiración. Cuando llegó a la altura de las rodillas, me detuve. La vista que tenía me cortó el aire.

Llevaba un short de licra blanco, ajustado, que apenas le tapaba la mitad de las nalgas. Por debajo del short se asomaba el borde brillante de una tanga del mismo rosa pálido que el sostén. Conjunto. La había visto siempre con sudaderas, con jeans grandes, con esa armadura de tela holgada que era su uniforme. Y debajo, todo el tiempo, llevaba esto.

Me tembló la mano. Quería tocar. Quería pasar la palma abierta por la curva de la cadera, sentir si la piel era tan tibia como parecía. Apoyar los labios en la parte baja de la espalda y bajar despacio. Morder. Hacer todas las cosas que un hermano no puede ni debe pensar.

No la toqué. El miedo a que se despertara fue más fuerte que las ganas. En lugar de eso bajé la cara hasta su pelo, a unos centímetros de la nuca, y respiré. Olía a champú de coco y a algo más debajo, algo cálido que no sabría nombrar. Le di un beso muy corto en el hombro, tan suave que ni una mosca se hubiera dado cuenta. Después otro un poco más abajo, sobre las costillas. Después uno en el borde del short.

Ella se movió apenas, un amague de acomodarse, y yo me congelé. Pero no abrió los ojos. Su boca se entreabrió en un soplido lento y siguió durmiendo. Ese pequeño ruido me hizo apretar los dientes. La sangre me golpeaba en las sienes. Me incliné otra vez y deslicé la mano, primero por encima de la sábana, hasta sentir la curva firme del muslo. Luego debajo, con la lentitud de un ladrón, hasta rozarle la piel desnuda.

Estaba tibia. Suave. Más suave de lo que había imaginado. Le recorrí el muslo con dos dedos, desde la rodilla hacia arriba, y noté cómo los músculos se aflojaban bajo mi mano. Seguí un poco más, cada centímetro más alto me parecía una decisión sin retorno. Cuando llegué al borde del short, lo toqué con la yema del pulgar y sentí el elástico ceder. No había nada entre esa tela y el calor de su cuerpo.

Levanté apenas la pierna para acomodar la sábana y, al hacerlo, el short se subió un poco más. El triángulo de la tanga quedó a la vista, pegado a la hendidura entre las nalgas. Tragándome la respiración, pasé el dedo por encima, sin llegar a meterlo, sólo rozando la tela fina. La reacción fue instantánea: un temblor breve, mínimo, pero real. Cami emitió un murmullo y frunció la ceja. Me aparté como si me hubieran quemado.

Me quedé quieto, mirando su espalda subir y bajar, esperando que abriera los ojos. No lo hizo. El pulso se me había desbocado tanto que me sentí mareado. Volví a acercarme, esta vez por arriba, y apoyé la palma en su cintura. Quise retirar la mano al instante, pero no pude. La tenía ahí, hundida apenas en la carne blanda del costado, sintiendo el vaivén de su respiración.

Después, con una lentitud casi insoportable, me atreví a bajar más. El borde de la tanga era una línea rosada perdida entre la piel y la tela blanca del short. Tiré de ese borde con dos dedos, apenas lo suficiente para liberar un poco más de tejido. El resto lo hizo la gravedad y su propio cuerpo, acomodándose en sueños. Lo que apareció fue una franja de piel húmeda por el calor, la curva más íntima de su trasero y la unión cerrada de sus muslos.

Me quedé mirándola como si me hubiera quedado sin idioma. La boca seca. La polla dura como una piedra dentro del pantalón. Me arrodillé todavía más cerca, tan cerca que el calor de su cuerpo me pegaba en la cara. Y entonces, con una mezcla de culpa y hambre que me dejó hecho mierda, apoyé los labios en ese punto donde el muslo se encontraba con la cadera. Un beso, dos, tres. Cortos al principio. Después más largos. Más húmedos.

Ella suspiró otra vez, esta vez más claro, y se dio vuelta apenas sobre la espalda. La sábana cayó hasta su abdomen. El vestido azul ya no estaba; lo había dejado colgado en la silla. Sólo quedaban la remera ajustada que no traía y el conjunto de ropa interior, visible bajo la penumbra rojiza del cartel. Tenía los pechos pequeños, firmes, sostenidos por un corpiño rosa que marcaba el borde de los pezones. Me quedé mirándolos con una fijación sucia, como si fueran lo único sólido del cuarto.

Quise meterle la mano debajo del corpiño. Quise bajar el tirante, sacar un pecho afuera, chuparle el pezón hasta que despertara con un gemido. Quise abrirle las piernas de un empujón y meter la cara entre los muslos hasta que me faltara el aire. Quise tanto que me dolieron las manos.

No lo hice. No podía. O no todavía.

En vez de eso, deslicé los dedos por el centro de su abdomen, muy abajo, hasta el borde de la tanga. La tela estaba un poco húmeda de sudor. Rozarla me dio una descarga. Y cuando presioné ahí mismo, sobre el pubis cubierto, Cami arqueó apenas la espalda, como si el cuerpo le hubiera respondido antes que la mente. Abrió la boca en un suspiro más largo, dulce, indecente. Ese sonido me partió en dos.

—¿Mmm…? —murmuró, todavía dormida, con la voz rota de sueño.

Me quedé inmóvil, con la mano clavada donde estaba. No había vuelto en sí. Sólo había hecho ese ruido. Pero a mí me había bastado. El miedo ya no me frenaba; lo que me frenaba era la certeza de que si seguía, no iba a haber vuelta atrás. Miré el montículo suave bajo la tanga, la línea húmeda en la entrepierna, el pecho subiendo y bajando por la respiración profunda, y sentí una necesidad brutal de que abriera los ojos y me mirara.

Deslicé entonces dos dedos por dentro del elástico, apenas un centímetro, y encontré calor. Nada más. Sólo calor y la textura lisa de la piel. Pero fue suficiente para que se me cortara el aliento. La oí gemir bajito, un sonido casi infantil, y me incliné para cubrirle la boca con la mía antes de que se oyera más. El beso fue torpe, tembloroso, una mezcla de saliva y respiración contenida. Ella no despertó, sólo giró la cabeza buscando aire y me dejó seguir.

La mano me siguió sola. Bajé la tanga con cuidado, un poco, hasta dejar al descubierto la curva húmeda de sus labios. La piel ahí era más cálida, más blanda, y olía a ella de una forma que me emborrachó. La contemplé un segundo entero, sin tocar. Después acerqué la boca y le di un lametazo lento, de abajo hacia arriba, sintiendo el sabor salado de su excitación y de mi propia culpa mezclados en la lengua. Cami se estremeció con violencia, esta vez sí despertando a medias, con un jadeo que le salió de entre los dientes.

—¿Qué…? —dijo, entre confusa y dormida.

No le respondí. Le aparté la tanga del todo y metí la cara entre sus piernas como si hubiera estado destinado a eso desde siempre. El coño estaba mojado, abierto por la respiración entrecortada, y mi lengua entró con hambre, lamiendo de arriba abajo, buscando el centro donde el calor se volvía más espeso. Ella me agarró del pelo con una mano floja primero, luego con más fuerza cuando la sacudí con la punta de la lengua contra el clítoris. Su cadera se levantó sola, ofrecida, y el gemido que soltó ya no tuvo nada de sueño.

—Joder… —susurró, todavía con los ojos cerrados, sin entender del todo—. ¿Qué me estás haciendo?

No contesté. La estaba comiendo como un animal, sosteniéndole una nalga con la mano mientras la otra le separaba mejor las piernas. La lengua se me llenó de ella. El olor a sexo me mareaba. Chupé más fuerte, le metí dos dedos dentro con cuidado, sintiendo la humedad apretarlos, y después otro más cuando arqueó la espalda y me clavó las uñas en el cuero cabelludo. El sonido que salió de su garganta fue limpio, agudo, un gemido de verdad, y me excitó tanto que estuve a punto de venirme en el pantalón.

—Seguí… —dijo, ya despierta del todo, respirando rápido, con una voz que no reconocí al principio.

Levanté la cabeza. Tenía los ojos medio abiertos, brillantes en la penumbra, la cara desordenada, la boca húmeda. Me miró durante un segundo largo sin apartarse, como si estuviera decidiendo si el horror o el deseo era lo primero que iba a nombrar. Después me tiró de la camisa y me besó con la misma hambre con la que yo le había lamido el coño. Fue un beso sucio, abierto, lleno de saliva, de dientes chocando, de respiraciones rotas. Ya no había nada dormido en ella. Sólo una necesidad feroz.

Le bajé el corpiño de un tirón y le metí un pezón en la boca. Lo chupé hasta ponerlo duro, jugando con la lengua alrededor, mientras ella me raspaba la espalda por debajo de la remera. El otro pecho lo apreté con la mano, sintiendo el calor redondo, el pulso de la piel contra mis dedos. Cami se arqueó, jadeando, y se abrió más para mí sin decir una palabra. Le pasé la mano por el vientre, bajé otra vez al centro, y ella me recibió con las piernas completamente abiertas, empujando la pelvis hacia mi boca como una puta desesperada por más.

—Metemela —me dijo al oído, con una urgencia temblorosa que me dejó la polla todavía más dura—. Quiero sentirte adentro.

Me bajé el pantalón a medias, saqué la verga palpitante y me acomodé entre sus muslos. La punta rozó sus labios mojados, luego entró despacio, apenas un poco, y ella gimió tan fuerte que tuve que taparle la boca con la mano para que no se oyera en el pasillo. El coño me apretó con una fuerza caliente, húmeda, deliciosa, y cuando empecé a empujar de verdad, los dos soltamos un ruido parecido a un sollozo. Cada embestida hacía crujir el colchón. Cada golpe de cadera me arrancaba la respiración. Ella se aferró a mi cuello, me mordió el hombro, me pidió más con la voz rota.

—Más, hijo de puta… más hondo… así…

La seguí hasta que se le pusieron las piernas temblando. La habitación entera parecía latir con el ritmo de nuestros cuerpos. La tanga colgaba a un lado, empapada. Mi verga entraba y salía de ese coño apretado mientras yo le abría más las piernas con las rodillas, buscándole el fondo con golpes duros y cortos. Cami gritó una vez, fuerte, sin poder contenerse, y se corrió con una convulsión que me apretó todavía más adentro. Sentí cómo me mojaba la base de la polla, cómo el espasmo le recorría el cuerpo entero, y esa visión me hizo perder el último resto de control.

—Me voy a correr —le dije, apenas pudiendo hablar.

—Hacelo —me respondió, mordiendo la almohada—. Corréte adentro. Quiero todo.

Fue la frase que me terminó de romper. Le agarré la cintura, enterré la verga hasta el fondo y me vine con un gemido ahogado, largo, brutal, soltándole la corrida caliente dentro mientras ella seguía estremeciéndose por su propio orgasmo. Me quedé apoyado encima de ella, sudando, con el cuerpo temblando y el corazón a punto de salirme por la boca. Ella me acarició la nuca despacio, como si hubiera pasado nada más natural del mundo.

Después me miró con una calma obscena y sonrió apenas, con la boca hinchada y las piernas todavía abiertas.

—Ahora ya no vas a poder mirarme como antes —me dijo.

Volví a subirle la sábana hasta el pecho, me aparté de su cama con las rodillas flojas y me quedé un segundo de pie, respirando como un animal. El cuarto olía a sexo, a sudor y a esa mezcla rara de perfume barato y piel que no se iba a ir en mucho tiempo. Cami se acomodó el cabello, recogió la tanga del suelo y volvió a ponerse el short con una tranquilidad que me dio escalofríos.

***

Volví a mi cama con las piernas flojas. La almohada me parecía dura, las sábanas ásperas, el aire de la habitación viciado. Me la imaginé en un loop: el short de licra, la línea brillante de la tanga, el lunar del omóplato. Terminé masturbándome bajo las cobijas con la cara enterrada en la almohada para no hacer ruido. No me imaginaba a Lucía. Ni siquiera me imaginaba a una mujer cualquiera. Me imaginaba a Cami arriba de mí, las manos contra mi pecho, sus uñas, sus caderas marcando un ritmo que yo seguía con las mías.

Me dormí destrozado. No de cansancio. De lo otro.

***

Me despertó ella, sacudiéndome el hombro.

—Hermanito, ya está el mecánico. Tenemos que salir.

Estaba completamente vestida, con el vestido azul puesto otra vez, el pelo recogido en una cola alta. Olía a champú nuevo y a pasta de dientes. Como si nada hubiera pasado. Porque para ella, no había pasado nada.

—Voy en cinco minutos —dije con la voz pastosa.

—Te traje café del lobby.

Me dejó la taza en la mesa de luz y salió del cuarto cantando algo en voz baja. La miré salir. La miré como nunca antes la había mirado. Como una mujer. No como mi hermana. Y supe en ese segundo, con una claridad que no me hizo orgulloso, que aquello no se iba a quedar en una madrugada de un hotel de carretera. Que esa imagen del short de licra blanco se me iba a venir encima cada vez que la viera bajar a desayunar en pijama. Cada vez que cruzáramos la cocina al mismo tiempo. Cada vez que se inclinara sobre el sillón a buscar el control remoto.

***

El mecánico cambió la rueda en cuarenta minutos. Pagué, dejé propina, no le di los buenos días al recepcionista que había mirado a la mujer que estaba a mi lado.

En la ruta, Cami hablaba sin parar. Me contaba detalles de la graduación, anécdotas viejas de Renata, planes para el próximo verano. Le contestaba en monosílabos. Pensaba en otra cosa. Pensaba en cómo iba a hacer para acercarme un poco más, sin asustarla, sin que sospechara. En qué excusa iba a inventar para que volviera al gimnasio conmigo. En cómo iba a empezar a tocarla en pequeñas dosis, como si fuera natural, como si siempre lo hubiera hecho. Una mano en la cintura para pasar por la cocina. Un masaje en los hombros si decía que estaba cansada. Un abrazo más largo al saludarnos.

—Te quedaste callado —me dijo mirándome—. ¿Estás enojado por lo de Lucía?

—Un poco —mentí.

—Le hablo yo si quieres. Le explico que fue mi culpa.

—No, déjalo. Ya se le va a pasar.

Me sonrió de costado y volvió a mirar el camino. Yo le miré los muslos cubiertos por la tela del vestido, y ya sabía exactamente lo que había debajo. Y supe también, con la misma claridad, que no iba a parar hasta llegar más lejos. Aunque me costara la novia. Aunque me costara la cordura. Aunque fuera mi hermana. Sobre todo porque era mi hermana.

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Comentarios(9)

lecturaNocturna

Por favor que haya segunda parte!! quede con ganas de mas

ElCuervo

La tension del primer parrafo esta muy bien lograda. Se nota que sabes escribir.

HectorBaires

Me atrapo desde el principio, lei todo de un tiron

Pato_Cba

excelente!!!

RobertoQuilmes

Me trajo recuerdos de un viaje largo con un familiar, esa incomodidad extraña de compartir cuarto... lo capturas muy bien en el relato

juanmarcos

Buenisimo! Espero que sigas escribiendo

Angie_lect

Como siguio la cosa al dia siguiente? Eso es lo que me quedo dando vueltas

PERTINAXVILLA

El contexto esta muy bien armado: la lluvia, el hotel de carretera, el silencio. Eso es lo que hace intenso al relato sin necesidad de apresurarse. Muy buena escritura.

Luli_Cordoba

Lo lei dos veces jeje, muy bueno en serio

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