Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Aquel verano en el chalet con mi madre y mi hermana

Me llamo Mateo y soy un seductor. Permítanme que se los cuente. Tengo veintiséis años y he perdido la cuenta de las mujeres con las que me he acostado. Hay rostros que ya no recuerdo, nombres que se me confunden. Hace unos meses me escribió una de ellas para recordar nuestra noche y tuve que mentir, porque no la ubicaba en mi memoria.

Soy bastante atractivo y, sí, también estoy bien dotado. Me lo dicen ellas, no yo.

He de confesar algo que no presumo en voz alta. No siempre consigo a las que apunto. Pero si la chica que me gusta no quiere caer, casi siempre termino la noche en compañía de otra menos brillante. Cualquiera que tenga ganas de sentirse mirada, ya me entendéis.

A todas les digo lo mismo: que tengo una novia preciosa pero que no me llena. A unas les funciona, a otras les molesta. Aprendí pronto a leer en sus ojos cuál es la versión que les conviene escuchar.

Pero hay una fantasía que llevo cargando desde antes de empezar a coleccionar nombres. Estar con dos mujeres a la vez. La he intentado de todas las formas posibles y nunca lo conseguí. Ese verano, en el chalet de mi madre, ese deseo me había vuelto a tocar el hombro.

Mi madre tiene cuarenta y siete años. Es delgada, atlética, una mujer que se cuida con la disciplina de quien sabe que mira y que la miran. El pelo lo lleva muy corto, teñido de un rubio casi blanco. Un tatuaje le sube por el brazo derecho hasta el hombro. Se ha divorciado dos veces y desde hace un par de años vive con un hombre al que llamamos don Esteban, aunque ella le dice por su nombre. Es liberal, mucho. Habla de sexo con nosotros sin filtro, y creo que de ahí me viene gran parte del descaro.

Mi hermana Lucía tiene veintiún años. Es la otra cara de la moneda. Pelo castaño largo, ojos color miel, una figura redonda en los lugares justos. Me recuerda a esas actrices italianas de los sesenta, las que aparecían en la pantalla y nadie volvía a respirar igual. Pero al revés que mi madre, ella es tímida. Ha estado con un par de chicos en su vida y ahora no sale con nadie. Espera, dice, al hombre adecuado. Yo, que la conozco, sé que dentro de ese cuerpo prudente hay una hoguera que solo está esperando que alguien le acerque la cerilla.

Estábamos los tres en el chalet de la sierra, pasando la primera semana de agosto. Yo seguía rumiando mi fracaso del último mes. Lucía y yo veíamos una película tirados en el sofá, y mi madre fumaba en la terraza, mirándonos por encima del hombro de vez en cuando. La película tenía una escena sin importancia, una pareja que se besaba en una piscina, y se me puso dura. Cuando me pasa eso delante de ellas suelo cruzar las piernas o cambiar de postura. Esa tarde no lo hice. Dejé que el bulto se notara bajo el pantalón corto y observé sus reacciones.

Ninguna de las dos dijo nada. Mi madre apagó el cigarrillo en silencio. Lucía siguió mirando la pantalla con esa concentración fingida que tienen las mujeres cuando saben que las están mirando.

Esa misma noche bajé al pueblo y me llevé a una chica del bar de la plaza. Carla, se llamaba. Pelo rojo y dos copas de más. La subí al chalet por la escalera de servicio y la metí en mi cuarto. Carla era de las que gritan, y yo me esmeré para que esa noche gritara más fuerte que nunca. Sabía, claro que lo sabía, que mi madre y mi hermana estaban tres puertas más allá, escuchando.

***

A la mañana siguiente bajé a desayunar con Carla aún despeinada. Lucía la trató con dulzura, le sirvió café, le preguntó si quería tostadas. Mi madre sonreía con educación, pero por dentro le hervía algo. La conozco. Esperó a que la chica se metiera en la ducha y me arrinconó en la cocina.

—No quiero a tus conquistas dentro de esta casa —me dijo en voz baja—. ¿No te da vergüenza?

—Lo que tú digas, mamá.

—Así sois los hombres.

—Esa chica no me gusta —respondí, y la miré directo a los ojos—. No me gusta ninguna de las que paso por mi cama.

Mi madre se quedó quieta un instante, con un trapo entre los dedos. Algo le hizo clic dentro, algo que ella misma intentó disimular bajándose el flequillo y mirando hacia la ventana.

—¿Y entonces? —preguntó—. ¿Quién te gusta?

—Solo te puedo decir que ninguna me trata como debería.

Subí, le dije a Carla que se vistiera, que no podía quedarse, que era complicado. Ella se ruborizó al darse cuenta de que mi madre no la quería allí. Cuando se marchó, Lucía me siguió hasta el porche.

—No es justo, mamá nunca cambiará —dijo apoyándose en la baranda.

—Tiene razón —respondí—. Carla iba a lo que iba. No es como tú.

Lucía me miró un segundo de más. Yo tragué saliva y volví dentro con la sensación de haber lanzado un anzuelo al agua quieta.

***

Mi madre fue la primera en cruzar la puerta. Esa misma noche se metió en mi cama. Yo estaba boca arriba, con los ojos cerrados pero despierto, y noté el colchón hundirse a mi lado. No dijo nada al principio. Su mano se deslizó por debajo de la sábana, encontró lo que buscaba y empezó a moverse despacio, con paciencia de quien no tiene prisa.

—Cariño —susurraba—, cariño, ¿qué te he hecho?

No respondí. Me dejé hacer. La sábana terminó manchada y mi madre salió del cuarto sin mirar atrás, descalza, como había entrado.

A los dos días le tocó a Lucía. Pero a ella la tuve que empujar yo. Dejé el pestillo del baño abierto un mediodía, sabiendo que iba a entrar a buscar la pasta de dientes. Yo estaba frente al espejo, masturbándome despacio. Cuando abrió la puerta y me encontró así, no salió corriendo. Cerró el pestillo por dentro, se arrodilló y se la metió en la boca como si llevara meses ensayándolo.

—Qué bueno estás, hermanito —me dijo entre risas, con los ojos brillantes—. Me lo había imaginado, pero no así.

Tiraba con los dientes, sin saber medirse, mezclando saliva y excitación. Me corrí en el lavabo y ella se quedó mirando el chorro como si estuviera asistiendo a un milagro.

***

Esa noche fui yo quien la buscó. Le comí el sexo despacio hasta que apenas podía respirar, y luego me la follé sobre la cama deshecha mientras don Esteban dormía en su casa, ajeno a todo. La sentí debajo de mí distinta a todas las que había tenido antes. Sabía dónde apretar, sabía cuándo callar. Sus jadeos no eran teatro: eran los de una mujer que llevaba mucho tiempo cargando con la lujuria de los demás y por fin se permitía la suya. Me llevó al borde dos veces antes de dejarme acabar.

A la tarde siguiente me tocó preparar a Lucía. Le dije que iba a hacerle lo que yo quisiera y que tenía que confiar. Le pedí que se pusiera un enema, le unté de aceite cada centímetro de la espalda y la tumbé boca abajo en la cama. Entré por detrás muy despacio, vigilando su respiración. Era estrechísima. Le costaba al principio, pero a los pocos minutos empezó a buscar mi cuerpo con las caderas y a tocarse el clítoris ella sola, sin que yo le dijera nada. Cuando salí, ella seguía temblando, con esa mezcla de incredulidad y orgullo de quien se descubre capaz de todo.

***

Pero la tarde que yo esperaba no llegó hasta el cuarto día.

Estaba tumbado en una hamaca al borde de la piscina y Lucía, dentro del agua, me la chupaba apoyada en el bordillo. Mi madre apareció por detrás sin que la oyéramos. Sentí sus manos en los hombros, su boca buscando la mía, su lengua sin pedir permiso. Le acaricié el muslo y quise tirar de ella hacia el agua, pero se zafó y entró en el salón sin mirar atrás.

Lucía no se detuvo. Yo intentaba escuchar los pasos de mi madre dentro de la casa, pero la mezcla de placer y agua me confundía. Cuando saqué a mi hermana de la piscina, fuimos los dos goteando por el pasillo, abriendo puertas, asomándonos a las habitaciones. Mi madre no estaba. Pensé que se había encerrado en el baño grande. Tampoco.

La vi a través de la ventana de la cocina. Estaba en el porche delantero hablando con don Esteban, que acababa de aparecer sin avisar. Los dos venían hacia la casa.

Me llevé a Lucía a mi habitación y cerré la puerta con llave. Volví a follármela mientras la pareja se acomodaba abajo. Oía los pasos de mi madre subiendo, y aceleré el ritmo a propósito. Me corrí justo cuando llegó al rellano, y dejé las sábanas hechas un desastre. Lo hice a propósito.

—Y este es el macho —dijo Lucía con una risa burlona que ella misma no se creía—. Suspira por mí pero acaba en tres minutos.

Mi madre abrió la puerta sin tocar. Lo había visto todo y lo había oído. Me clavó una mirada de hielo.

—Tenemos visita, cerdo —dijo, y volvió a cerrar.

Lucía salió detrás como si yo no estuviera, ignorándome con un orgullo que no le había visto antes. Me dejaron solo en la cama, con el corazón retumbándome y el pantalón a la altura de los tobillos.

Cuando don Esteban se marchó, una hora después, bajé al salón con los ojos enrojecidos como si hubiese estado llorando. No lo había estado. Me había guardado para ese momento. La erección se notaba debajo del pantaloncito de baño y las dos lo vieron al mismo tiempo. Cogí a Lucía de la mano y la llevé al cuarto de baño grande, sin decir nada.

Nos metimos los dos en la ducha. El agua caía a chorro sobre nosotros y ella volvió a arrodillarse.

—¿Qué tal lo hago? —me preguntó mirándome con los ojos turbios.

En ese momento golpearon la puerta. Mi corazón se aceleró tanto que pensé que iba a salirse. Era mi madre. Llevaba solo una bata de seda corta que dejó caer al suelo en cuanto entró, y echó el pestillo detrás. La cogí de la mano y la metí bajo el agua con nosotros.

Los tres bajo el chorro. Mi madre, mi hermana y yo. Se la chupaban por turnos. Primero una, después la otra. Lucía apretaba con los dientes y me daba pequeños tirones que me hacían cerrar los ojos. Mi madre era todo lengua y labios, lenta, con esa paciencia de quien sabe que el placer no se mide en minutos.

Después las dos a la vez. Yo no sabía dónde mirar. Apoyé la espalda en los azulejos y dejé que se repartieran. Hice que mi madre se pusiera detrás y me besara la espalda y el culo. Lucía me succionaba por delante mientras mi madre me lamía donde nunca nadie me había lamido. Cambiaba el orden tirándolas suavemente del pelo. Mi madre jugando con mi miembro en su boca y Lucía enloquecida con mi trasero, lengua y dedos a la vez.

La corrida fue bestial. Las puse perdidas a las dos: la cara, el pelo, los pechos. Después les besé las mejillas con una ternura rara, y me froté contra ellas susurrándoles que las quería. Era cierto, aunque sonara absurdo dicho ahí.

—Es de verdad —les dije—. Es de verdad porque me queréis vosotras también.

Salí de la ducha y, antes de cerrar la puerta detrás de mí, las miré una última vez. Estaban cada una en su rincón de la bañera, masturbándose con los ojos cerrados. Mi madre con una mano apoyada en el grifo, la otra entre las piernas. Lucía con la espalda contra la pared y los dedos buscándose despacio. No me esperaron. No me necesitaban.

Cerré la puerta y me quedé un rato en el pasillo, escuchando.

Aquel verano cambió cómo entendía el deseo. Aprendí, entre otras cosas, que las mujeres no son trofeos y que la fantasía que llevaba años persiguiendo no estaba en ningún bar ni en ninguna discoteca. Estaba mucho más cerca, esperando que alguien tuviera la temeridad de pedirla. Lo que vino después de aquellas vacaciones es otra historia. Pero esa noche en la ducha, con el agua todavía corriendo y ellas dos mirándose de reojo, supe que ya no podría volver a ser el mismo Mateo de antes.

Valora este relato

Comentarios (5)

Martincho87

tremendo!! uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo

DelFin_33

Por favor seguí con la historia, quede con las ganas de saber que paso despues jaja

karina_bsas

Me recordo a unas vacaciones de verano de cuando era chica... esas escapadas siempre guardan sorpresas. Muy bueno el relato

Rulo_Mdq

exelente!!! sigue subiendo

Dani_Lectura

Me gusto que no se apura, va construyendo la tension de a poco. Eso hace que valga leerlo entero

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.