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Relatos Ardientes

Mi hermano y mi compadre se turnaron a mi esposa

Era miércoles por la tarde y, después de pasar por la oficina de Carolina para llevarla a casa, me soltó la noticia con esa voz tranquila que usa cuando sabe que va a calentarme.

—Mauricio me pidió permiso para sacarme el viernes —dijo, mirando por la ventanilla—. Quiere llevarme a un motel que abrieron a la salida de la ciudad.

Mi compadre Mauricio y mi hermano Andrés llevaban meses metiéndose en la cama de mi esposa con mi consentimiento. Unas veces uno, otras el otro, a veces con alguno de ellos y conmigo en un trío. Pero esa tarde, la sola idea de imaginarla otra vez con Mauricio, en un motel que ninguno conocíamos, me puso la verga dura antes de llegar a casa.

Esa noche cogimos como animales. La interrogaba sobre lo que pensaba ponerse, sobre lo que le iba a dejar hacer, sobre si lo iba a recibir por la boca o solo por la vagina. Cada respuesta nos calentaba más. La noche siguiente fue igual. No hablábamos de otra cosa.

El viernes al mediodía me llamó al trabajo con la voz apurada.

—Andrés acaba de pedirme verme hoy también. Por la tarde.

—¿Le dijiste que sí?

—Le dije que después de las siete y media, en el estacionamiento del centro comercial. ¿Estoy loca?

Estábamos los dos locos.

No iba a desaprovechar la coincidencia. Le expliqué cómo armar el rompecabezas. A sus compañeras de oficina les diría que yo estaba fuera de la ciudad y que Mauricio, su compadre, la pasaba a recoger. Él la dejaría después en el centro comercial cercano al motel, a las siete, porque teníamos otro compromiso. Andrés la recogería ahí mismo a las siete y media. Mauricio y mi hermano no se conocen. Nunca se han visto la cara. Lo único que comparten es el interior de Carolina.

Dejé a los niños con la chica que los cuida todos los días. Mi suegra los pasaría a buscar después para llevárselos a su casa hasta que volviéramos «del cine». Los viernes íbamos al cine bastante seguido, así que nadie haría preguntas.

***

A las siete menos cuarto ya estaba estacionado en el centro comercial, con la verga semierecta dentro del pantalón y los nervios en el estómago. Por el retrovisor vi entrar el coche de Mauricio. Encendí las intermitentes para que me ubicara. Carolina bajó del coche, se despidió de mi compadre con una sonrisa de niña buena y caminó hasta mi camioneta como si volviera del supermercado.

Subió, cerró la puerta y se acercó a besarme. La besé con la lengua adentro, buscando.

—Sabes a verga —le dije.

—No lo voy a negar —contestó, y me pasó la lengua por el labio.

Le metí la mano por debajo de la falda. La tela del calzón estaba tibia y empapada. La aparté con dos dedos, los hundí dentro de ella y los saqué blancos y pegajosos. Me los llevé a la boca. El semen de Mauricio tenía un sabor más espeso que el mío, casi salado. Volví a meter la mano y le bajé el calzón hasta las rodillas.

—Quítatelo del todo —le dije—. Que Andrés se la encuentre así.

Lo guardé en la guantera como un trofeo.

Vi llegar el coche de Andrés a las siete y media en punto. Volví a encender las intermitentes. Carolina me dio un último beso, abrió la puerta y caminó hacia mi hermano sin calzón, con los muslos todavía pegajosos. Diez y media. Esa era la consigna.

***

Me quedé en la camioneta mirando cómo se alejaban las luces del coche. La verga me chorreaba dentro del bóxer. Por un momento pensé en sacármela ahí mismo y aliviarme al amparo de la oscuridad del estacionamiento. Le di tres jalones y la guardé. Quería llegar a casa con todo el aguante para usarlo en ella.

Me metí al bar del centro comercial y pedí tres cervezas. Comí unas alitas frías que ni saboreé. En la pantalla había un partido que no me importaba. Lo único que pasaba por mi cabeza era la imagen de Carolina arrodillada frente a uno y luego frente al otro. La idea me daba ganas de reírme solo.

***

Llegaron antes de las diez y media. Vi el coche entrar, frenar a unos metros de la camioneta y a Carolina inclinarse para besar a Andrés en los labios. Después caminó hacia mí. Subió, se acomodó, me besó a mí también y antes de que dijera nada me sacó la verga del pantalón y empezó a acariciarla con los dedos.

—Vámonos antes de que me arranque la blusa aquí mismo —dijo, riéndose.

En el camino le metí la mano entre las piernas. Estaba sin calzón, claro, y lo de adentro era una mezcla viscosa que se le escurría por los muslos hasta el asiento. Casi me corro ahí mismo, pero apreté los dientes y aguanté.

***

Llegamos a casa pasadas las once. Mi suegra nos esperaba en la sala, dijo que los niños habían cenado y se habían dormido temprano, agarró el bolso y se despidió en menos de cinco minutos. Apenas escuché el motor de su auto alejarse, cerré la puerta con llave y empecé a desnudarla en el pasillo.

Dejamos la ropa tirada entre la sala y la habitación. La empujé sobre la cama, prendí la luz de la mesa de noche y le abrí las piernas. Quería verla entera. Tenía los labios de la vagina enrojecidos, hinchados, brillantes. Tenía los pezones marcados por dedos que no eran los míos. Tenía un chupetón pequeño en la cara interna del muslo izquierdo.

—Cuéntame todo —le dije, y le acerqué la boca a la entrepierna.

Empecé por chuparle la vagina. Sabía a una mezcla de los tres. Le pasé la lengua despacio mientras ella, tendida, me iba contando con voz entrecortada.

—Andrés acaba de descargarme la última leche en el culito —dijo—. Empezó por besarme el cuello, después me bajó hasta abajo y me mamó hasta que tuve el primer orgasmo. Después me pidió que se la mamara mientras me la metía entre los pechos. Se subió encima de mí, con los huevos apoyados ahí, y le di la mejor mamada que le he dado en mi vida. Se descargó en mi boca y en mi cara.

—¿Y después?

—Después se acostó al lado mío y nos besamos un rato largo, hasta que se le paró otra vez. Me pidió que me pusiera de perrito y se la metió por la vagina, con fuerza, hasta el fondo. Mientras me cogía, me iba mojando el ano con un dedo, con la mezcla de los dos. Cuando me la sacó y me la apuntó al culo, me acordé de aquella vez que ustedes dos me lo abrieron juntos.

—Qué buena noche aquella —murmuré.

—Tu hermano fue tierno como aquella vez. Casi no me dolió. Me agarraba de las caderas y me la metía entera. Yo me tocaba sola. Cuando se vino dentro, fue como si me clavaran un cable a la columna. Me temblaron las piernas un buen rato.

Le metí dos dedos mientras hablaba, los empapé y me los chupé. Después le metí la verga. Necesitaba estar adentro de ella ya. Empujé hasta el fondo y empecé a moverme despacio, sin dejar de escucharla.

—¿Y Mauricio?

—Ese es un cabrón de primera —dijo, y soltó una risa que casi me hace correrme—. Apenas salimos de la oficina, me metió la mano entre las piernas con el coche en marcha. Me masturbaba mientras manejaba. Me mostró el bulto, se sacó la verga ahí mismo, a plena luz del día, y me empujó la cabeza contra ella. Se la mamé un rato, pero me daba miedo que chocáramos, así que el resto del camino se la fui acariciando con la mano.

—¿Aguantó hasta el motel?

—Apenas. Cuando entramos al cuarto, ni se molestó en quitarse los zapatos. Me arrodillé y se la mamé hasta que se descargó toda en mi boca. Te juro que la leche del compadre es más espesa que la de Andrés. Eso sí, tu hermano descarga más cantidad.

Esa frase me hizo descargar a mí. Eyaculé dentro de ella sin querer, antes de tiempo, mientras la imagen de Carolina arrodillada en el cuarto del motel me golpeaba la cabeza. Salí, me acosté a su lado, jadeando.

—Sigue —le pedí.

—Después se acostó de espaldas y me subí encima. Tú sabes cómo me gusta clavarme en la verga gruesa de Mauricio en esa posición. Me la voy metiendo de a poquito, hasta que la siento toda adentro, y me balanceo despacio para que el roce me toque el clítoris. En esa postura yo manejo el ritmo, porque él es de los desesperados, y así solo me agarra las nalgas y los pechos. Me clavé sobre él hasta que le saqué hasta la última gota. Lo dejé seco.

***

Le di la vuelta y la puse de perrito otra vez. Le pasé la verga por entre las nalgas, deslizándomela con la mezcla de los tres que todavía le chorreaba entre los muslos. Se acomodó sola, con la cabeza apoyada en la almohada y el culo en alto.

—¿Quieres? —pregunté.

—Métemela —dijo—. Andrés ya me la abrió.

Tenía el ano rojo, marcado por la última cogida de mi hermano. Empujé despacio. No hubo resistencia, no hubo dolor. Cada embestida sacaba un líquido blanquecino que le rodeaba la base de mi verga.

—Es la leche de tu hermano —murmuró cuando se lo dije.

Esa frase me dejó sin aire. Le agarré las caderas con las dos manos y empecé a embestirla con todo. Carolina empujaba hacia atrás como si quisiera más.

—Te faltó verga, ¿verdad? —le dije.

—Sí —contestó—. Hubiera aguantado a otro y a otro más. No sé qué tengo hoy.

Le descargué la última leche en el culo, la tercera de la noche para ella. Después la di vuelta, le mamé la vagina hasta que se vino otra vez y se quedó dormida con la cabeza sobre mi pecho.

Antes de cerrar los ojos, me di cuenta de que estaba sonriendo.

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Comentarios (5)

Rodrigo_Sur

Tremendo relato!!! lo lei de un tiron, de los mejores que lei en mucho tiempo

SebasRio22

Esperando la segunda parte, me dejaste con ganas de saber mas jaja

Hernan_baires

Que cabeza tiene este hombre, no cualquiera se anima a algo asi. Bien narrado y se siente muy real

Diegote84

Me recordo a algo que me contaron hace tiempo pero que nunca crei del todo. Ahora lo veo diferente jaja. Buenisimo

CuriosaNocturna

Y despues como quedaron los tres? alguna vez lo repitieron? me dejo con muchas preguntas jaja

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