Le mentí a mi tía diciendo que era virgen
Mi hermano mayor llevaba semanas hablándome de la tía Marisol. La describía con un detalle que solo se permite cuando ya conoces a una mujer en la cama: la curva exacta de su cintura, la forma en que mordía el labio antes de venirse, el ronroneo que se le escapaba cuando una mano nueva le subía por el muslo. Yo lo escuchaba en silencio, fingiendo escándalo, calculando.
—Te toca a ti —me dijo una noche, después de la cena, cuando ya estábamos los tres solos en el porche—. Pero te lo vas a tener que ganar.
Mi madre se reía bajito desde la mecedora. Llevábamos unos meses con una dinámica rara y entrañable, donde los secretos ya no eran secretos y todo lo que pasaba en aquella casa se quedaba en aquella casa. Yo tenía veintidós años y un plan.
—Le digo que necesito un consejo —propuse—. De hombre a mujer. Algo íntimo. Le va a picar la curiosidad.
—¿Y qué consejo, listo? —preguntó mi hermano.
—Le voy a decir que soy virgen.
Los dos se rieron a la vez. Mi madre tanto, que tuvo que dejar la copa de vino sobre la mesa para no derramarla.
—Cariño —dijo, todavía riéndose—, eres muchas cosas, pero virgen no.
—Por eso mismo va a colar.
***
La llamé al día siguiente. Le dije que tenía algo que contarle, algo que no podía hablar con mi madre ni con mi hermano ni mucho menos con el tío, y que si podía pasarme por su casa cuando estuviera sola. Marisol me preguntó si estaba todo bien y yo le contesté con esa voz titubeante que sabe poner uno cuando quiere que la otra persona piense que está al borde de algo grave.
—Vente mañana a las cinco —me dijo—. Tu tío llega después de las nueve.
Llegué a las cinco en punto. La urbanización estaba desierta a esa hora, los aspersores haciendo su ruido lento sobre el césped, las contraventanas medio bajadas por el calor de junio. Toqué el timbre con la mano metida en el bolsillo del pantalón corto, asegurándome de que el preservativo seguía donde lo había dejado.
Me abrió la puerta sonriendo, y yo entendí en ese segundo por qué mi hermano hablaba de ella como hablaba.
Llevaba una blusa de rayas blancas y negras, abierta hasta el segundo botón, y una falda negra que terminaba justo por encima de la rodilla. Las medias eran de un tono carne tan fino que casi parecía piel. El pelo recogido a un lado, dejando la nuca despejada. No era una mujer arreglada para recibir a un sobrino con problemas. Era otra cosa.
—Pasa, cariño —me dijo—. Estamos solos.
Me condujo al salón y me ofreció el sofá grande, el de cuero verde oscuro que daba a la ventana del jardín. Ella se sentó a mi lado, no enfrente, y cruzó las piernas tan despacio que no me quedó duda de que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
—Cuéntame —dijo, posando una mano en mi rodilla—. ¿Qué te pasa?
Tomé aire. Hice el papel.
—Tía, tengo veintidós años y nunca he estado con una chica.
Ella levantó las cejas, pero no apartó la mano.
—Quiero empezar a salir, ¿sabes? Y me preocupa una cosa muy concreta. No sé si… —bajé la mirada— no sé si la tengo lo bastante grande. Y no se lo puedo preguntar a nadie más.
Hubo un silencio largo. Marisol se mordió el labio inferior, y por un segundo pensé que se iba a reír. Pero no se rio. Me miró a los ojos como si estuviera midiendo algo.
—¿Y qué quieres que haga yo, cariño?
—Que me digas. Si la ves bien, si crees que va a gustar.
Me levanté antes de que tuviera tiempo de contestar. Me bajé el pantalón corto y la ropa interior de un solo tirón, y me quedé ahí, de pie delante del sofá, mientras ella me miraba sin pestañear.
—Madre mía, niño —murmuró.
—¿Está bien?
—Está más que bien.
—Tía, todavía no la tengo del todo dura. Tócamela un poco. Solo para ver si se pone como debe ponerse.
Marisol se rio, esta vez sí, una risa baja y cómplice.
—Esto que vamos a hacer es nuestro secreto. Si tu tío se entera, nos mata a los dos.
—Te lo prometo.
***
Su mano se cerró alrededor de mi polla con la confianza de quien lleva veinte años haciéndolo. La acarició despacio, de arriba abajo, mirándola y mirándome a la cara alternativamente, como si estuviera comprobando un instrumento. No tardé en estar duro del todo. Ella tampoco apartó la mano cuando lo notó.
Me incliné y la besé. Marisol respondió con una urgencia que me sorprendió. Su lengua entró en mi boca antes que la mía en la suya, y la mano que tenía libre la subió por mi nuca y me sujetó ahí, contra ella, como si llevara meses esperando ese gesto. Quizá los llevaba. Quizá mi hermano tenía razón en todo.
—Tía… —susurré cuando nos separamos un instante—. ¿Por qué no me la chupas? Como se la chupas al tío.
Ella se rio contra mi cuello.
—Al tío hace tiempo que no se la chupo, cariño.
Y se arrodilló en la alfombra.
Lo que vino después fue una clase. No exagero. Marisol se desabrochó la blusa sin prisa, y debajo apareció un conjunto de lencería azul marino que no era para una tarde cualquiera. Me hizo ponerme de pie. Pasó la lengua por toda la longitud, despacio, midiendo mis reacciones, y cuando me oyó gemir —porque me oyó gemir— me la metió entera y subió la mirada para ver si yo estaba mirando.
—¿Te gusta lo que te hace tu tía?
—Mucho —contesté, y era verdad.
Yo había estado con varias mujeres, lo había hecho bien y lo había hecho mal, pero lo que me estaba haciendo Marisol no se parecía a nada. Tenía la lengua entrenada y la paciencia de quien disfruta del proceso tanto como del final. Me lamió como si fuera la única tarea que tenía esa tarde.
—El tío debe ser el hombre más feliz del mundo —le dije, con la voz un poco rota—. Si le haces esto todos los días.
Se separó un momento, sonrió, me miró como si yo fuera un crío adorable.
—El tío hace años que no me toca como te estoy tocando yo. Por eso me gusta tanto.
Y siguió.
***
—¿Quieres que te desvirgue, mi amor?
Me lo preguntó con el mentón apoyado en mi cadera, los ojos brillantes. Yo asentí. No iba a salirme del personaje justo en ese momento. Le indiqué que tenía un preservativo en el bolsillo del pantalón. Marisol lo cogió, me lo puso ella misma, y se levantó.
Se subió a horcajadas sobre mí en el sofá. Notar cómo me bajaba sobre ella, despacio, fue una de esas sensaciones que se quedan grabadas. Estaba caliente por dentro, mucho más caliente de lo que recordaba haber sentido en otras mujeres. Me quedé quieto un momento, dejando que ella marcara el ritmo. Empezó suave y subió la intensidad sin avisar.
Mi hermano no exageraba en nada, pensé.
—¿En qué piensas, sinvergüenza? —jadeó, como si me leyera la cara.
—En que te adoro.
Cabalgó un rato en esa postura. Cuando se cansó, se dio la vuelta sin sacármela —no sé cómo lo hizo, pero lo hizo— y siguió moviéndose de espaldas a mí. Yo subí las manos hasta sus pechos y empecé a acariciárselos, y ahí Marisol soltó una carcajada que me llegó a la cabeza más que a los oídos.
—So mentiroso —jadeó—. Tocas las tetas demasiado bien para ser virgen.
—Me has pillado.
—No me importa. Sigue.
Se corrió encima de mí, en esa postura, con un gemido largo que terminó en una risa nerviosa. Me preguntó si yo había aguantado y le dije que sí, que quería seguir.
—Llévame arriba —pidió.
***
Subimos al dormitorio cogidos de la mano, los dos a medio vestir, dejando la ropa esparcida por la escalera como si fuéramos adolescentes en una casa vacía. La cama era enorme y olía a colonia de hombre, y eso, no sé por qué, me puso todavía más. Marisol se tumbó boca arriba, abrió las piernas y me miró.
—Demuéstrame todo lo que sabes hacer.
Me arrodillé entre sus muslos y bajé la cabeza. Su sabor era denso, salado, suyo. Le pasé la lengua despacio al principio, luego con más insistencia, y la oí soltar un quejido grave, casi animal, cuando encontré el sitio exacto. Me agarró el pelo. Me lo apretó.
—Mi amor, así, así.
Estuve un rato largo, hasta que me empujó suavemente la cabeza hacia un lado y me dijo que ahora le tocaba a ella devolver el regalo. Cambiamos de posición. Esta vez me la chupó tumbado en su cama, en las sábanas de su marido, con una calma que era casi cruel.
—Tía, eres una diosa.
—De joven sí —contestó, sin sacársela del todo—. Ahora soy una señora aburrida que un sobrino sinvergüenza ha venido a despertar.
Abrió el cajón de la mesilla. Sacó otro preservativo.
—Esta vez invito yo.
Me lo puso ella. Se subió encima otra vez, pero con menos prisa que antes, como si esta vuelta fuera para disfrutar y no para demostrar nada. Nos besamos largo rato mientras ella se movía. Notar cómo se corría con mi polla todavía dentro fue, probablemente, el momento más íntimo de toda la tarde.
***
—Espera —dijo, cuando me notó cerca—. Quiero terminarte de otra manera.
Se bajó de la cama, se arrodilló en la alfombra, me hizo ponerme de pie delante de ella. Me quitó el preservativo con dos dedos, sin dejar de mirarme, y me terminó con la boca y con la mano, las dos cosas, lentamente, como si aquello fuera un postre que nadie le había servido en años.
Se tragó casi todo. Lo poco que se le escapó se lo limpió con la lengua sin apartar los ojos de mí.
—Vaya con el niñato virgen —murmuró, sonriendo—. Ya hablaremos tú y yo de esa virginidad tuya.
Pensé que ya estaba. Pensé que después de eso iba a ofrecerme un café y a echarme suavemente antes de que volviera el tío. Pero Marisol me agarró la polla otra vez, y la polla, traidora, le hizo caso. Se rio.
—Parece que esta cosa todavía quiere jugar.
Volvimos a la cama. Esta vez de pie, yo agarrándola por las caderas mientras ella se apoyaba sobre el colchón. Le di con un ritmo que me había enseñado otra mujer mucho tiempo atrás, y ella, entre gemidos, se giró un instante.
—¿Estás cansado, mi amor?
—No.
—¿Te apetece probar otra cosa?
Tardé en entender. Ella señaló con la barbilla por encima del hombro, una mirada muy específica.
—¿Por ahí? —pregunté, haciéndome el sorprendido—. ¿Lo haces así, tía?
—A mí me gusta hacerlo de todas las maneras posibles, cariño.
***
Pidió un bote del cajón. Se lo aplicó ella misma, y a mí, con la misma calma profesional con la que había hecho todo lo demás. Cuando entré, lo hizo con un gemido bajo, retenido, casi un suspiro de bienvenida. Se notaba que aquel cuerpo conocía el camino.
Estuve dentro de ella moviéndome despacio mientras le pasaba dos dedos por delante. Estaba empapada. Marisol gemía con la cara hundida en la almohada, gritó algo que no entendí del todo, y se vino otra vez con una sacudida larga que me llegó hasta las manos.
—Espera —jadeó—. Quiero terminarte yo.
Me hizo tumbarme boca arriba en la cama. No sé cómo logró encajarse encima sin que yo la perdiera, pero lo logró. Empezó a moverse muy despacio, sentada, con las manos apoyadas en mi pecho, mirándome. Era una imagen que no se me iba a olvidar.
—Tía, te adoro.
—Yo a ti también, mi vida. Pero ahora te toca a ti.
Cambiamos de posición sin dejar de estar conectados. Yo encima, marcando el ritmo, intentando alargar lo inevitable. Cuando supe que ya no podía más, la besé en la boca, y ella me besó a mí, y me dejé ir con un gemido que no fui capaz de aguantarme.
Nos quedamos quietos un rato, encajados, respirando.
—Esto se va a quedar entre nosotros, ¿verdad? —dijo, acariciándome la espalda.
—Por supuesto.
—Y lo vamos a repetir.
—Las veces que quieras.
Sonrió contra mi cuello. Cuando bajé las escaleras una hora más tarde, recogiendo la ropa que había dejado por el camino, pensé en mi hermano y en mi madre, en lo orgullosos que iban a estar cuando les contara cada detalle, y en el tío llegando a las nueve a una casa que ya no era exactamente la suya.
No sentí culpa. Sentí, sobre todo, que aquella tarde recién empezaba a darme lo que llevaba años imaginando.