Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi prima Lucía y el límite que cruzamos esa tarde

Los meses que siguieron a aquella primera vez con Lucía fueron los más intensos de mi vida. Dividía las tardes entre dos camas: la de mi prima, los días que sus padres trabajaban hasta tarde, y la de Camila, mi novia oficial, los fines de semana. Con Lucía todo era a piel desnuda, sin barreras, con la liturgia callada de quien sabe que está haciendo algo prohibido. Con Camila, en cambio, el preservativo apagaba la mitad de las sensaciones, por mucho que la quisiera de verdad.

Esa doble vida no era sostenible y los dos lo sabíamos. Pero ninguno de los dos tenía el valor suficiente para soltar la cuerda.

Un jueves de marzo, después de habernos buscado en la habitación de Lucía durante toda la siesta, nos quedamos enredados sobre las sábanas húmedas. Mi semen seguía goteando despacio por dentro de sus muslos y ella lo dejaba correr sin pudor, casi como una marca puesta a propósito.

—¿Cuál te gusta más, mi cuerpo o el de Camila? —soltó de pronto, sin levantar la cabeza de mi pecho.

Sentí cómo se me secaba la boca. Esa semana Camila estaba con la regla y yo había venido a desahogarme con mi prima, como en los viejos tiempos del verano en la finca de la abuela. Lucía conocía mis rutinas mejor que yo mismo.

Si respondo mal, esta tarde se acaba y la siguiente también.

Pensé un segundo en Camila: su piel canela, el lunar sobre la cadera, la forma en la que cerraba los ojos cuando la besaba. Mi cuerpo reaccionó al recuerdo, pero mi cabeza fue más rápida.

—El tuyo, primita. Siempre el tuyo —contesté pasando la yema del dedo por su clítoris—. Con ella estamos para guardar las apariencias. Tú eso lo sabes.

Usé el resto de mi semen como lubricante y empecé a masajearla despacio, en círculos pequeños, midiéndola. Funcionó. En menos de un minuto Lucía estaba arqueada contra mi mano, mordiéndome el cuello para no gritar.

Me coloqué encima y la penetré de un solo empujón. Ella echó la cabeza hacia atrás. Subí la palma derecha hasta su garganta y apreté apenas, lo justo para que sintiera el peso del gesto. Camila me había enseñado eso semanas antes, y yo llevaba demasiados días con ganas de probarlo en otra piel.

—¿Qué haces? —dijo con la voz frágil, los labios rojos.

—¿Te gusta? —le susurré al oído antes de besarla profundo, para que entendiera que no había peligro, solo control.

—Eres un cabrón —jadeó—. Pero sí, sigue. Soy tuya.

Seguimos durante un rato largo. Ella me clavó las uñas en la espalda hasta hacerme sangrar y el escozor me empujó al límite. Cuando terminé dentro de ella otra vez, me quedé hundido encima, sin poder moverme, hasta que pude volver a respirar.

Y ahí cometí el error.

—Oye, ¿por qué me arañaste tan fuerte? Si Camila me ve marcas en la espalda se va a dar cuenta de que la engaño…

Lucía se incorporó como si la hubiera abofeteado. Me miró con una mezcla de rabia y herida que no le había visto nunca.

—¿Qué dijiste? —su voz se quebró—. Tú a ella no la engañas. Cuando te acuestas con ella, me engañas a mí. ¿Lo entiendes? A mí. Eres mío. Solo mío, Adrián.

Se subió encima sin nada de ternura. Empezó a golpearme el pecho con los puños cerrados, no con fuerza suficiente para hacer daño, pero sí para que entendiera que estaba furiosa de verdad. Le agarré las muñecas en el aire.

—¿Y tú qué? Tú te acuestas con Mateo cada vez que aparece por casa de tus padres. ¿Eso también es para guardar las apariencias?

—No me hables así —chilló—. No soy ninguna cualquiera. Si yo estuviera contigo de verdad no necesitaría a nadie más. Te amo, idiota. ¿Por qué no lo ves?

Pasó del coraje al llanto en cuestión de segundos. Se desplomó sobre mi pecho y empezó a sollozar bajito, con esa rabia silenciosa que tienen las mujeres cuando llevan mucho tiempo aguantándose las cosas.

—No soporto pensarte con ella. No lo soporto. Quiero estar contigo, casarme contigo, tener hijos contigo. Maldito sea este mundo que no nos deja estar juntos.

Le pasé la mano por el pelo enredado y sentí que algo se me cerraba en la garganta. La verdad incómoda era que yo también estaba sintiendo cosas reales por Camila, y eso me hacía sentir miserable. No el sexo —el sexo casi no contaba— sino los planes, los detalles compartidos, la idea de un futuro plausible. Por eso a Lucía y a mí nos costaba tanto.

—Yo quiero lo mismo —le dije besándole la sien—. Pero ahora no podemos, mi vida. Tenemos que mantener la calma. Las apariencias. ¿Me amas?

—Con todo lo que tengo, primo —murmuró hecha un ovillo.

—Y yo a ti, Lucía. A ti.

***

Mi cuerpo volvió a despertarse contra el suyo casi sin pedirme permiso. La idea fue un destello: si tenía que demostrarle algo, tenía que ser hoy.

Bajé hasta sus pechos y empecé a lamerle un pezón, despacio, hasta que se le puso duro contra mi lengua. El otro lo apreté entre los dedos. Ella separó las piernas por puro instinto, esperando que la penetrara otra vez, pero esa tarde yo tenía otro plan en la cabeza.

—Date la vuelta —le dije al oído.

—¿Otra vez por delante no?

—Date la vuelta, primita. Confía en mí.

Se acomodó bocabajo y soltó un suspiro largo, casi rendida. Le besé la nuca, los hombros, el centro de la espalda. Bajé despacio, mordiéndola apenas, dejando que cada beso fuera más lento que el anterior. Cuando llegué a la curva baja de sus nalgas, le di un mordisco más firme. Ella se contrajo y soltó una risita sorda contra la almohada.

—Ay, Adrián, qué rico.

La tomé de las caderas y la guié para que se pusiera en cuatro. Ella me siguió sin preguntar. Pasé mi sexo entre sus nalgas, deslizándolo, dejando que ella lo sintiera contra cada pliegue. Me hundí en su vagina solo para humedecerme, para empaparme bien con ella. Bombeé despacio, una, dos, tres veces, y volví a salir.

Le abrí las nalgas con las dos manos. Ella entendió. La sentí tensarse entera.

—Adrián, espera. Ahí no, ahí nunca…

—Voy despacio, mi vida. Tú me avisas.

Apoyé la punta contra ese otro lugar al que ningún hombre había entrado. Empujé apenas, lo justo para que la cabeza pasara la primera resistencia. Lucía soltó un quejido largo, agudo, agarrándose de la sábana con los dos puños.

—Me arde, me arde —se quejó.

—Respira, primita. Despacio.

Esperé. Le acaricié la baja espalda con la mano abierta, dibujando círculos lentos. Sentí cómo se iba aflojando alrededor de mí, milímetro a milímetro. Avancé otro poco. Ella jadeó, pero no me pidió que parara.

—Me amas, ¿no? —le susurré—. Pues quiero ser el primero y el único aquí. Solo yo, Lucía. Que nadie más sepa cómo eres por dentro de este lado.

—Solo tú —repitió temblando—. Solo tú, cabrón. Solo tú.

Cuando entré del todo, ella enterró la cara en la almohada y dejó escapar un grito ahogado. Me detuve unos segundos, dejando que se acostumbrara, dejándole el control del ritmo. Después empecé a moverme, lento al principio, dejando que cada empuje fuera una promesa más larga que la anterior.

—Te amo —repetí con cada embestida—. Te amo, te amo, te amo.

Su cuerpo dejó de resistirse. Algo se rindió en ella, algo más profundo que el dolor. Empezó a empujarse hacia atrás, a buscar el ritmo, a pedir más con la cadera sin pedirlo con la boca.

—Ay, mi vida —murmuró por fin, con una voz que no le había escuchado nunca—. Sí. Sigue así.

Su culo me apretaba con una fuerza que no había sentido en ninguna otra parte de su cuerpo. Aguanté lo que pude, pero no fue mucho. Cuando me vacié dentro de ella, el orgasmo me sacudió la columna entera. Me quedé encima, dejando que mi peso la cubriera del todo, con la boca apoyada contra su nuca.

—Ahora sí eres mía. Toda —le dije bajito.

—Este lado —respondió ella sonriendo contra la almohada—, este lado va a ser tuyo para siempre. Igual que yo.

***

Nos quedamos un buen rato así, callados, hasta que el ladrido de un perro en la calle me devolvió al mundo. Le pregunté la hora al altavoz que tenía sobre la mesilla. Era más tarde de lo que pensaba. Sus padres podían aparecer en cualquier momento.

Me vestí con prisa. Antes de bajar la besé como si fuéramos novios, en la puerta del cuarto, con las manos en su cara, sintiéndola todavía caliente.

—Te llamo esta noche —le prometí.

—Más te vale.

Llegué a casa con la espalda escociéndome bajo la camisa. Me tiré sobre la cama y abrí el chat de Camila. Estaba en la playa con su familia, esa semana de descanso que llevaba meses planificando.

—Te extraño —escribí.

Me contestó casi al instante, con una foto del atardecer.

—Y yo, guapo. Pero solo son unos días. Cuando vuelva tenemos pendientes muchas ganas atrasadas, ¿eh?

—Las que tú quieras —respondí.

Y era verdad. Amaba a Lucía con la parte sucia, antigua e irreparable de mí mismo. Pero también empezaba a amar a Camila con la parte que sí tenía permiso para existir a la luz del día. Mientras los dos mundos no se tocaran, podía sostenerlos.

Me quedé mirando el techo, pensando en lo que acababa de hacer con mi prima, en la promesa que le había arrancado entre embestidas, y supe que aquella tarde habíamos cruzado un punto desde el que no se vuelve.

Mañana ya pensaría qué hacer con eso. Esta noche, todavía no.

Valora este relato

Comentarios (5)

Marcelo_BA

Tremendo relato, de los mejores que lei ultimamente. Muy bien escrito.

LaLectora22

Que intenso... me quede pegada desde el primer parrafo. Por favor una segunda parte!

CarlosGba

increible como lo contaste, se siente super real. Sigue escribiendo asi!!!

Sergio_PBA

Se hizo corto jajaja. Queria mas pero bueno, estuvo muy bueno igual.

NocturnoCba

Me recordo a una situacion de cuando era mas joven, sin llegar tan lejos claro jaja. Muy bien escrito, me tuvo pegado hasta el final.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.