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Relatos Ardientes

Mi suegra me vio desde el pasillo y no apartó la vista

No suelo escribir sobre lo que me pasa, pero hace tres semanas ocurrió algo que necesito sacarme de adentro y este parecía el lugar adecuado. Lo cuento como lo recuerdo, con los detalles que no se me van de la cabeza desde entonces.

Me llamo Diego, tengo veintiocho años y trabajo en logística nocturna. Mi mujer, Mariana, está embarazada de siete meses, y desde hace un par de semanas su madre vino a quedarse con nosotros para echarle una mano con la casa. Mariana todavía sale a su oficina dos o tres veces por semana, y mi suegra Beatriz se queda planchando, cocinando y ordenando lo que nosotros dejamos hecho un desastre.

Beatriz es una mujer pequeña, no llega al metro cincuenta, pero tiene ese tipo de cuerpo que la ropa siempre disimula. Pechos generosos, ya un poco rendidos por los años, cintura corta, y unas caderas que cuando camina por la cocina hacen levantar la vista del teléfono sin querer. Tiene cincuenta y seis años y un humor seco que me cae bien desde el primer día.

Yo entro al turno a las once de la noche y vuelvo a casa pasadas las siete de la mañana. Llegaba siempre con Mariana ya despierta y con Beatriz preparando café. Esa rutina me daba seguridad: desayunábamos los tres, yo subía a dormir, y cuando me levantaba a media tarde mi mujer ya había vuelto del trabajo.

El cuarto día fue distinto.

Mariana tenía un pendiente con un cliente y salió antes de que yo llegara. Cuando entré por la puerta, la casa estaba en silencio. Solo se oía el ruido del agua corriendo en el baño de arriba. Subí, dejé las llaves en la mesa de noche y golpeé suavemente la puerta del baño.

—Buenos días, señora, ya llegué.

Siempre la traté de señora. Antes de casarme con su hija y después también. Es una costumbre que me sale sola y a ella parece gustarle.

—Hijo, qué bueno —respondió desde adentro, con la voz amortiguada por el vapor—. En cinco minutos te preparo el desayuno.

—No se preocupe, voy directo a dormir.

—Nada de eso. Primero comes algo. Salgo enseguida.

Me senté al borde de la cama a esperar. Tardó menos de lo que yo creía. La puerta se abrió y salió envuelta en una bata corta de toalla blanca, con el pelo todavía húmedo recogido en una toalla más pequeña. Me dio un beso en la mejilla, me preguntó cómo había estado la noche y bajó a la cocina sin pasar por su cuarto a vestirse.

La bata le cubría todo, pero apenas. Cada vez que se estiraba, el dobladillo se le movía dos dedos.

La seguí y me senté a la mesa del comedor mientras ella se movía entre la cafetera y la sartén. Le pregunté si necesitaba ayuda; me dijo que no. Hablábamos de cosas tontas, del tránsito, de un primo de Mariana que se iba a casar. En algún momento se le cayó una espátula al piso.

—Yo la levanto, señora, no se agache.

Pero ya se había agachado. Y al hacerlo, la bata se le subió por completo. No fue un vistazo. Fue una postal.

***

Sus nalgas eran más anchas de lo que la ropa dejaba sospechar, blancas, con una línea suave de bronceado en la parte alta de los muslos. La bata se le había trepado hasta la cintura y, cuando se enderezó, la tela siguió enganchada un segundo más. Yo no pude apartar la vista. No quise.

Beatriz giró, vio mi cara, y se acomodó la bata con manos rápidas. Se puso roja desde el cuello hasta la frente.

—Ay, hijo, qué pena. De verdad, perdóname, no fue mi intención.

—No se preocupe, señora. Tenemos confianza, no es como si la hubiera visto un extraño.

Le sonreí y ella me devolvió una sonrisa nerviosa. Sirvió el desayuno, comimos sin hablar mucho, le agradecí y subí.

Pero esa imagen no se iba.

Me metí a la cama, cerré las cortinas y traté de dormir. No pude. El cansancio del turno me pesaba en los párpados, pero abajo todo estaba despierto. Pensé que masturbarme me ayudaría a desconectar más rápido. Empecé despacio, recordando lo que había visto.

Y entonces se me cruzó una idea estúpida y peligrosa.

Me levanté, abrí la puerta del cuarto, dejé que se balanceara hasta quedar entreabierta y volví a la cama. Me acomodé del lado que se veía desde el pasillo. Cualquiera que subiera la escalera y mirara hacia adentro me iba a ver. Cerré los ojos, pero los entrecerré apenas, lo justo para distinguir movimiento.

Empecé otra vez, más despacio.

***

Pasaron unos cuantos minutos. Escuché la cafetera abajo, el grifo, los pasos en la escalera. Cuando Beatriz subió y pasó frente a mi puerta, paró en seco.

No entró. No habló. Tampoco se fue.

Se quedó parada en el umbral, mirándome. Lo supe porque sentí el cambio en el aire, esa quietud densa que se instala cuando alguien te observa. Yo seguí, fingiendo no notar nada, pero la respiración se me había acelerado y el pulso me golpeaba en las sienes.

Esperaba que entrara. Que dijera algo. Que se tocara desde la puerta, como en los videos que veía a veces. Pero ella no hacía nada, solo miraba. Y de algún modo, eso era peor. O mejor.

Me vine con un golpe seco que me sorprendió incluso a mí. Cayó sobre mi pecho, caliente. Cuando abrí los ojos del todo, ella ya se estaba metiendo en su habitación. No cerró la puerta del todo.

Esa puerta entreabierta fue una invitación.

Me levanté así como estaba, sin taparme, y caminé por el pasillo. Cuando pasé frente a su cuarto, la vi sentada al borde de la cama, mirándose las manos. Levantó la cabeza, me vio desnudo, y pegué un sobresalto fingido. Me cubrí con las dos manos.

—Disculpe, señora, pensé que seguía abajo.

Su voz salió entrecortada.

—No te preocupes, hijo. No pasa nada. Es tu casa, tienes confianza.

—Le iba a pedir un favor, en realidad. ¿No tendrá toallitas húmedas? Me manché.

—Sí, claro. Aquí en la mesita. Espera, te las paso.

—No se moleste, voy yo.

Entré despacio. Bajé las manos. Mi pene seguía a medio camino, todavía sensible. Tomé el paquete de toallitas que estaba al lado del despertador y, en lugar de irme, me quedé ahí, parado al lado de su cama, limpiándome el pecho frente a ella. Beatriz no apartó la vista una sola vez.

No sabía de dónde estaba sacando el coraje. Era como si otra persona estuviera manejando mi cuerpo.

—Señora, ¿le puedo preguntar algo?

—Lo que quieras.

—¿Le gustó lo que vio recién en mi cuarto?

***

Se demoró en contestar. Bajó los ojos hasta mi entrepierna, los volvió a subir, los volvió a bajar. Tenía las mejillas ardiendo.

—Hace mucho que no sentía algo así —dijo al fin, en voz muy baja—. Mi marido y yo dejamos de hacerlo hace años. Pensé que ya no me iba a pasar más.

—¿Y hoy?

—Hoy se me aceleró el corazón cuando te vi. Me dieron ganas de subir a tu cuarto y… —se interrumpió y se llevó la mano a la boca—. No, esto no debería decirlo.

—Dígamelo.

—Me dieron ganas de arrodillarme al lado de la cama. Y hacerlo yo. Pero no puedo, eres mi yerno. Está mal.

—Nadie va a saber, señora. Nadie. Solo dígame qué quiere.

No respondió con palabras. Estiró la mano y me tomó por la cadera. Yo apoyé la mía sobre su nuca, sin apretar, y la guié hacia adelante. Beatriz cerró los ojos, abrió la boca, y mi pene volvió a endurecerse contra su lengua antes incluso de entrar del todo.

—Así, suegrita —se me escapó—. Así.

Se separó un segundo, ya con saliva en el mentón.

—Llámame así. Llámame suegra. No me digas señora ahora, dime suegra.

—Como diga, suegra.

Volvió a metérselo. Era buena. No del modo torpe de alguien que improvisa, sino del modo paciente de alguien que sabe lo que está haciendo y lleva tiempo sin hacerlo. Se ahogaba a propósito, tomaba aire por la nariz y volvía. Me agarré a la cabecera de la cama porque las piernas se me empezaron a aflojar.

La levanté con cuidado, le abrí la bata y la dejé caer al suelo. Tenía el cuerpo más firme de lo que aparentaba: pechos pesados con los pezones grandes y oscuros, la panza apenas suave, caderas anchas, el vello púbico recortado al ras. Le mordí un pezón hasta que arqueó la espalda.

—No pares —me pidió—. No pares.

La acosté boca arriba sobre su propia cama, y bajé. Le besé el ombligo, las caderas, la cara interna de los muslos. Cuando llegué entre sus piernas, la encontré empapada. Empezó a retorcerse desde el primer movimiento de mi lengua.

—Mi marido nunca me hizo esto —dijo, con la voz quebrada—. Nunca quiso. Me gustaba tanto y nunca quiso.

—Hoy se desquita, suegra.

Trabajé despacio, alternando lengua y dedos, hasta que las piernas le empezaron a temblar y se vino con un grito que tuvo que tapar con la palma de la mano. Sentí el chorro caliente contra mi mentón. Mariana nunca había podido hacer eso. Nunca.

—Métemela —me ordenó después, todavía agitada—. Métemela ya.

***

Me subí encima y entré despacio. Ella me clavó los talones en los riñones y me empujó hasta el fondo. Empezamos en misionero, mirándonos a los ojos, y después le pedí que se diera vuelta. La puse en cuatro con la cabeza apoyada en la almohada.

—Así le gusta a su hija —le dije, casi sin pensar.

—Demuéstrame todo lo que le haces —contestó—. Y hazme lo que a ella todavía no le hayas hecho.

Esa frase me pegó como un cortocircuito.

Le mordí una nalga, le di un par de palmadas que sonaron en el pasillo, y volví a entrar. Le agarré el pelo desde la base del cuello, no fuerte, solo lo justo para que sintiera la mano. Beatriz murmuraba cosas que no se entendían del todo, palabras sueltas, pedidos que terminaban a la mitad.

Me tumbé yo boca arriba.

—Ahora súbase —le pedí—. Quiero el postre que casi me dio en el desayuno.

Se sentó sobre mi cara con cuidado, apoyando una mano en la pared. Le chupé desde abajo, todo, sin pensar mucho en qué tocaba con la lengua. Ella se restregaba con los ojos cerrados, y cuando vi que estaba a punto otra vez la levanté con las manos en sus muslos y la volví a poner en cuatro.

Esta vez fui hasta el final. Cuando estaba por venirme, escupí y lo metí en otro lado. Beatriz gimió fuerte, sorprendida primero, después decidida. Mariana nunca había querido eso. Su madre tampoco, según me confesó después; pero esa mañana sí, con su yerno, en la cama de huéspedes, a la luz que entraba filtrada entre las cortinas. Terminé adentro y, cuando salí, me arrodillé al lado de la cama y se lo recogí con dos dedos. Se los acerqué a la boca sin decir nada.

Abrió los labios.

***

Me bañé en el otro baño, el de la planta baja, y me fui a dormir. Dormí cinco horas seguidas, lo cual no había logrado en tres meses. Cuando me levanté, Mariana ya estaba en casa y Beatriz preparaba la cena. Me saludaron las dos al mismo tiempo y mi suegra ni siquiera levantó la vista del cuchillo con el que cortaba la cebolla.

De eso ya pasaron tres semanas. Mariana ha tenido que salir tres veces más a la oficina, y otras tantas se ha repetido lo de la mañana. Beatriz se queda hasta que nazca el bebé, y yo me sigo levantando al mismo horario.

Por las dudas, la puerta de mi cuarto siempre se queda entreabierta.

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Comentarios (6)

Ernesto68

excelente relato, de los mejores que lei ultimamente!!!

PabloMR

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas

Curioso77

La tension de los primeros parrafos te atrapa sin que te das cuenta. Muy bien escrito

Nico_Baires

Ese momento de duda que describe se siente muy real jaja. Este tipo de relatos me gustan porque tienen algo de verosimil que no es tan comun

MiriamPaz

genial!!! sigue publicando por favor

DiegoLec

El excerpt me enganchó de entrada y el resto no decepcionó para nada. Tremendo

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