El día que mi hermana me pidió que la examinara
Desde que tengo memoria, el sexo me ha fascinado. No es una confesión que busque escándalo, ni un comentario para presumir: es simplemente la verdad. En cada situación, en cada conversación, en cada mirada cruzada en la calle, mi cabeza terminaba por desviarse hacia el mismo lugar.
Me llamo Mateo, tengo veinticuatro años y acabo de terminar la carrera de medicina. Crecí en una casa donde la profesión era casi un apellido. Mi padre, Esteban, lleva años siendo uno de los traumatólogos de referencia de la ciudad. Mi madre, Carolina, ejerce como cirujana plástica en una clínica privada y es, sin que ella lo sepa del todo, la mujer que más me ha marcado.
A sus cuarenta y ocho años, conserva una figura que hace girar cabezas. Yo crecí viéndola arreglarse para cenas, salir del baño en albornoz, posar con esa naturalidad de quien sabe que es atractiva pero no se molesta en exhibirlo. Fue mi referencia desde adolescente. Fue, también, motivo de incontables noches con la puerta cerrada, la mano en la polla y su imagen fija en la cabeza, imaginándome cómo sería hundirle la cara entre esas tetas que asomaban por el escote de cada vestido de cena.
En casa éramos cuatro. Faltaba mi hermana Lucía, veinte años, segundo curso de psicología, novia de los espejos. La llamábamos por el nombre completo porque mamá también se llama Carolina, y dos «Caros» en la misma casa eran demasiado. Lucía tenía el cuerpo de quien sabe cómo la miran los hombres en la calle: cintura estrecha, piernas largas, un culo redondo y firme que le tensaba cualquier pantalón, y una sonrisa que se entrenaba frente al espejo del pasillo. Lo único que la torturaba eran sus pechos. Decía que eran pequeños. A mí me parecían perfectos, pero algunas mujeres encuentran un defecto en lo que otros llamarían milagro.
Llevaba meses pidiéndole a mamá una operación. La quería sí o sí.
—Hija, espera a terminar de desarrollarte —le repetía mi madre—. Cuando cumplas veintidós lo hablamos en serio.
—Pero si ya está todo terminado —protestaba Lucía.
—No del todo. Y no quiero retocarte algo que aún puede cambiar solo.
Yo, que disfrutaba metiendo veneno donde nadie me llamaba, soltaba mi parte.
—Mamá, cuando la operes quiero estar en quirófano contigo. Como hombre, puedo aconsejar mejor el tamaño.
—Ni lo sueñes, Mateo.
—Es por ayudarte. Profesionalmente.
—Hija, no le hagas caso a tu hermano y a sus tonterías.
Sabía perfectamente lo que estaba sembrando con esos comentarios. Y sabía que, tarde o temprano, alguno germinaría.
***
Germinó un martes de junio. Mis padres habían salido a una cena con colegas del hospital y nosotros dos nos quedamos solos en casa. Yo estaba en mi cuarto repasando apuntes para el examen del MIR cuando escuché su voz desde el otro lado del pasillo.
—¡Mateo! ¿Tienes un minuto?
Bajé el libro y fui. Lucía estaba sentada en el borde de la cama, descalza, con una camiseta vieja y unos shorts de algodón. Tenía esa mirada de quien ha estado ensayando una pregunta durante horas.
—¿Lo decías en serio? —preguntó.
—¿El qué?
—Lo de ayudarme a elegir el tamaño.
Hice como si pensara la respuesta. La pensaba, pero no en lo que ella creía.
—Claro, hermanita. Eres mi debilidad, ya lo sabes.
—¿Y cómo se calcula el grosor ideal?
—Muy fácil. Pero si quieres lo hacemos bien, en plan profesional.
—Vale. ¿Qué hago?
—Necesito que te quites la ropa.
—¿Tú estás loco?
—Lucía, para tomar las medidas reales necesito ver tu cuerpo entero. Así nos lo enseñaron en la facultad. Si te incomoda, lo dejamos.
Se quedó mirándome unos segundos. Pude ver el dilema completo cruzar su cara y luego ese gesto de cuando una decide aceptar lo que ya quería desde el principio.
—Vale, total, somos hermanos. Y eres médico.
—Te trataré profesionalmente —prometí.
Mentía y los dos lo sabíamos.
Empezó por la camiseta, cruzando los brazos y tirando de la tela hacia arriba con esa lentitud calculada de quien sabe que la están mirando. Debajo no llevaba sujetador. Sus tetas quedaron al aire, blancas, firmes, con los pezones rosados apuntando hacia arriba, más pequeños que las areolas y ya endurecidos por el aire fresco de la habitación. Después vinieron los shorts, que dejó caer al suelo empujándolos con los pies. Y, sin mirarme, también las bragas, unas de algodón blanco que le resbalaron por los muslos hasta los tobillos. La mancha húmeda del centro brillaba a contraluz, delatándola antes de que abriera la boca. Yo estaba en pijama, sin camiseta y sin nada debajo del pantalón, y mi polla, ya durísima, marcaba la tela con una obscenidad que ningún pliegue disimulaba.
—Te estás excitando —dijo, divertida y casi orgullosa, con los ojos clavados en mi bulto.
—Tranquila, lo controlo. Pero menudo cuerpo tienes, Lucía.
Se ruborizó, pero la sonrisa que siguió no era inocente.
Empecé por la cintura. Le rodeé la piel con las dos manos y subí despacio, casi sin presión, hasta el contorno de sus pechos. Los abarqué con las palmas y noté lo duros que se le habían puesto los pezones antes de tocarlos siquiera. Cuando los pellizqué entre índice y pulgar, se le escapó un gemido corto que intentó tragarse tarde. Me acerqué con la cara, fingiendo el rigor de quien mide, y respiré contra su piel. Sentí cómo se le erizaba el vello de los brazos. Le lamí uno, despacio, dibujando un círculo alrededor de la areola antes de chuparlo entero. Ella arqueó el cuello y me hundió los dedos en el pelo.
—Joder, Mateo…
—Sigo midiendo —le susurré con la boca llena de su teta.
Bajé una mano por su abdomen. No protestó. Llegué al hueso de la cadera y me entretuve allí, midiendo nada, registrando todo. Los dedos se deslizaron hacia el pubis, apenas cubierto por una franja recortada y suave, y desde ahí bajé un poco más, rozándole la parte de arriba del coño con la yema del dedo corazón. Estaba ardiendo y empapada. Cuando aparté el dedo lo tenía brillante, hilando un pequeño puente de humedad hasta ella.
—Tu cintura es lo que me ayuda a calcular las proporciones —dije, con la voz muy seria, mientras me llevaba el dedo a la boca y lo chupaba delante de sus ojos.
Ella cerró los ojos y asintió, mordiéndose el labio. Le giré el cuerpo con suavidad para tener la espalda frente a mí, apoyé las manos en sus nalgas y las separé con los dedos. Su culo era un espectáculo: dos medias lunas firmes que se abrían dejando ver el ojete rosado y, más abajo, los labios hinchados de un coño empapado que goteaba. Cuando mi mano pasó entre sus piernas y la ahuequé contra su sexo, escuché el primer gemido contenido. Metí un dedo, sin aviso, hasta el fondo. Ella se dobló hacia adelante apoyándose en la pared.
—Esto también cuenta para el tamaño —murmuré contra su nuca, moviendo el dedo dentro y añadiendo un segundo—. Tienes que estar bien dilatada para que las proporciones cuadren.
—Mateo…
—¿Sí?
—Deja de fingir. Fóllame ya, joder.
Le abrí los labios del coño despacio, separándolos con dos dedos mientras con el pulgar le rodeaba el clítoris hinchado. Empecé a moverlos con las yemas y noté cómo se le aflojaban las piernas y cómo la respiración se le rompía en jadeos cortos. La giré, la besé, y su lengua entró en mi boca como si la búsqueda llevara años. Y, quizá, así era. Mientras nos comíamos la boca, ella me bajó el pantalón del pijama de un tirón y mi polla saltó libre, dura y golpeándole el vientre.
—Dios mío —susurró al mirarla—. Es enorme.
Me la agarró con las dos manos y empezó a masturbarme, apretando fuerte, subiendo y bajando con esa torpeza codiciosa de quien no se cansa de lo nuevo. Se agachó sin soltarme, se puso de rodillas y se la metió entera en la boca de un solo golpe. La sentí chocarle en el fondo de la garganta. Volvió a subir, dejando un hilo de saliva colgando del glande, y volvió a bajar más despacio, chupándome con las mejillas hundidas y los ojos clavados en los míos. Me la mamó como si llevara meses ensayándolo, sacándomela para lamerme los huevos, cogiéndolos entre los labios de uno en uno, y volviendo a tragársela hasta la base.
—Hostia, Lucía, así… así, joder, como una puta.
Ella se sacó la polla de la boca solo para reírse, con la barbilla brillante de saliva.
—¿Te gusta que tu hermanita te la chupe así?
—Me encanta, no pares.
La empujé sobre la cama antes de correrme demasiado pronto. La coloqué de espaldas, con las piernas abiertas, y bajé directo a su sexo. Le separé los labios con los pulgares y le clavé la lengua desde abajo hasta arriba, lamiéndola con la lengua ancha y plana desde el ojete hasta el clítoris. La lamí sin tregua, con la cara empapada, cerrando los labios alrededor del clítoris para chuparlo mientras le metía dos dedos en el coño y le buscaba el punto interior con el gesto de llamar. Ella me agarró el pelo con las dos manos y me estampó la boca contra el sexo, moviendo la cadera contra mi cara y mordiéndose el dorso de la mano libre para no gritar demasiado. Cuando se corrió, lo hizo en menos de un minuto, con las piernas tensas cerrándome la cabeza, un chorrito caliente que se me escurrió por la barbilla y un quejido largo que terminó en risa.
—Como no me folles ahora, te mato —jadeó, todavía con la voz temblando.
Lo hice. Le enganché los tobillos con los codos, doblándola casi hasta las orejas, y encajé el glande contra la entrada. Despacio al principio, observándole la cara, cómo se le abría la boca cuando entré entero, cómo arqueaba la espalda y me clavaba las uñas en los brazos. Se la metí centímetro a centímetro, saliendo casi entera y volviendo a hundirla, para que la sintiera bien. Su coño era estrecho, ardiente, y se cerraba en anillos alrededor de la polla cada vez que rozaba el fondo.
—Estás muy apretada, hermanita.
—Rómpeme, Mateo, no me trates como a una niña.
Después, sin paciencia. La embestí con todo, apoyando las manos en el colchón a los lados de sus hombros, con esos golpes secos que hacían chocar mis huevos contra su culo y sonaban en toda la habitación. La cama crujía. Ella jadeaba en mi oído, mordiéndome el hombro, pidiéndome que se la metiera más fuerte. La giré y la puse a cuatro patas, con la cara aplastada contra la almohada y el culo levantado, y volví a metérsela de golpe. Le agarré una nalga con cada mano y se las abrí para verla mejor mientras entraba y salía, con el coño enrojecido y brillante rodeando mi polla, y el pequeño ojete cerrándose a cada empujón. Le di una palmada seca en la nalga derecha y ella gimió más alto.
—Otra vez, joder —pidió.
La azoté de nuevo y le dejé la marca roja de la mano. Me incliné sobre su espalda, la agarré del pelo tirándole la cabeza hacia atrás y le mordí el cuello mientras seguía embistiéndola. Le pasé la mano por delante y le froté el clítoris con el dedo corazón al ritmo de las embestidas, hasta que la sentí temblar entera y correrse por segunda vez sobre mi polla, empapándome hasta los huevos. Aguanté unos segundos más, hasta que volvió a temblarme la pelvis. Salí justo a tiempo, la giré de un empujón y me hice una última paja rápida encima de sus tetas, terminando en chorros gruesos y calientes sobre sus pezones, la garganta y el vientre. Ella se pasó dos dedos por el pecho, recogió una gota y se la llevó a la boca.
—Tonto, podías haber acabado dentro.
—No sabía si te cuidabas.
—Llevo tres años con la píldora.
Me reí. Ella también. Nos quedamos tumbados, sudados, mirando el techo.
—Lucía…
—¿Qué?
—Ya sé qué talla necesitas.
—¿Cuál?
—Tendré que examinarte otra vez para confirmarlo.
***
Lo que ninguno de los dos supo es que mi madre había vuelto antes. Mucho antes. Una cita cancelada, una llave en la cerradura sin hacer ruido, una escena que no esperaba ver y que prefirió no interrumpir. Volvió a salir y volvió a entrar haciendo ruido, como si acabara de llegar. Lucía corrió a la ducha. Yo me encerré en mi cuarto fingiendo estudiar.
Al día siguiente, mientras desayunábamos, mamá soltó la frase con la naturalidad de quien comenta el tiempo.
—Mateo, ¿te vienes mañana a la consulta? Tengo agenda llena y me vendría bien una mano.
—Claro, mamá. Encantado.
Yo no sospechaba nada. Para mí, ir con ella era un regalo: aprender de alguien con quince años de experiencia en quirófano valía más que un semestre de prácticas.
Llegamos a la clínica sobre las diez. La secretaria, Sofía, le entregó la agenda del día.
—Diez pacientes, doctora. Dos esperando.
—Dame cinco minutos.
—Ponte la bata —me dijo mamá—. Y no hables si yo no te lo pido.
—Tranquila.
Fueron pasando los casos. Reducciones, aumentos, una rinoplastia, lo previsible. La última cita era distinta. Entró una chica de la edad de Lucía, alta, ojos claros, con esa belleza desordenada de quien no necesita esforzarse para tenerla.
—Pasa, siéntate —le dijo mamá—. Te presento a mi hijo Mateo. Acaba de terminar la especialidad.
—Mucho gusto. Soy Renata, amiga de Lucía. Creo que coincidimos en su cumpleaños del año pasado, doctora.
—Ah, claro —mintió mamá con elegancia—. ¿En qué te puedo ayudar?
—Tengo el mismo complejo que Lucía. Ella me recomendó venir.
—Te diré lo mismo que a ella: aún podéis crecer. No me gusta operar pechos que no han terminado de definirse.
—He oído que en otros países se saltan esa regla. Pensé que usted podría hacer una excepción.
—Pasa al biombo y desnúdate. Te exploro y hablamos.
Renata desapareció tras la cortina. Yo me quedé sentado, esperando instrucciones que no llegaban. Pasaron varios minutos en absoluto silencio. Cuando mamá me llamó, su tono era extraño.
—Mateo, ven. Dame tu opinión. No te importará, ¿verdad, Renata?
—Para nada, doctora.
Crucé la cortina. Renata estaba completamente desnuda, sin sostén y sin bragas, sentada en el borde de la camilla con las rodillas ligeramente separadas y el coño depilado a la vista. No tenía ningún motivo médico para estar así, y los tres lo sabíamos. Me sostuvo la mirada con una sonrisa que era prima hermana de la de Lucía la tarde anterior.
—Palpa —dijo mamá.
Le toqué los pechos con una calma que me costaba sostener. Eran algo más grandes que los de Lucía, con los pezones oscuros y anchos. Le pellizqué uno con un gesto que podía pasar por exploratorio y noté cómo se le aceleraba la respiración y cómo se le endurecía bajo mis dedos hasta ponerse como una piedra. Le pasé la palma por debajo, sopesando el peso, y con el pulgar volví a rozarle el pezón haciéndolo girar despacio.
—Son perfectos —dije—. Como los de Lucía.
—¿Y tú cómo sabes cómo son los de Lucía? —preguntó mamá con una dulzura que no engañaba a nadie.
—Porque también me pidió mi opinión —improvisé.
Renata me miró y sonrió. La muy descarada me estaba probando. Y mi hermana, evidentemente, lo había contado todo.
Mamá terminó la consulta con una cita para después del verano. Renata se despidió con dos besos. En el segundo, me susurró al oído, con la mano rozándome el bulto por debajo de la bata:
—A mí también me harás esa exploración cuando quieras. Y con la lengua, si quieres, cabrón.
Salió de la consulta dejándome con una erección imposible de esconder bajo la bata.
***
—Cierra la puerta, Mateo. Y dile a Sofía que ya puede irse. Vamos a repasar los casos.
Hice lo que me pedía. Cuando volví, mamá se había puesto en pie y, antes de que pudiera reaccionar, me agarró con firmeza por la entrepierna, apretándome la polla por encima del pantalón.
—Conque te gustan las jovencitas, ¿eh, cabronazo? ¿Y a tu propia hermana además?
—Mamá, ¿qué haces?
—No me hagas el tonto. Cuando tú fuiste, tu madre ya había vuelto. Os oí. Os vi. Vi cómo se la metías a tu hermana como un animal, y estuve tocándome apoyada en la puerta hasta correrme.
Se desabrochó la bata, botón a botón, sin apartar los ojos de mí. Debajo llevaba una combinación de seda color champán que se quitaba siempre para no arrugar el vestido en consulta. La dejó caer al suelo. Solo quedaron unas medias hasta el muslo y unas bragas negras minúsculas que se le clavaban en las caderas. La piel que vi entonces no era la de una mujer de cuarenta y ocho años. Los pechos, grandes, todavía firmes, apenas caídos, terminaban en unos pezones oscuros y grandes que se le habían despertado con solo tocarme. El vientre plano, con dos hoyuelos junto al pubis. Era la piel de alguien que llevaba demasiado tiempo sin que la miraran como yo la estaba mirando.
—Cuéntame, paso por paso, lo que hiciste con tu hermana.
—Mamá…
—Empieza. Y si te saltas algo, lo notaré.
—Bien. Lucía, desnúdate —dije, entrando en el juego.
Se quitó las bragas sin apartarme la mirada, deslizándolas por las piernas hasta dejarlas colgando de un tobillo. Su coño era el de una mujer adulta, con los labios ligeramente hinchados y una franja fina y oscura de vello sobre el pubis. Ya brillaba de humedad. Y me retó con un silencio peor que cualquier orden.
—Sigue. Quiero la versión completa.
Repetí cada gesto que había hecho con mi hermana. Las manos por la cintura, la pausa en los pechos, cogiéndoselos con las dos manos y apretándoselos hasta que los pezones se abombaron entre mis dedos. Me agaché y le chupé uno mientras con la otra mano le trabajaba el otro pezón, girándoselo, tirando suavemente. Ella dejó escapar un jadeo largo y me agarró la cabeza contra el pecho. Bajé la boca por el vientre, arrodillándome delante de ella, y le abrí los labios del coño con los pulgares. Le lamí el clítoris con la punta de la lengua, círculos lentos, y después con toda la lengua ancha desde abajo hacia arriba.
—Mamá —le dije con la boca pegada a su sexo, respirándole ahí—. Lucía fue un daño colateral. Tú eres mi fantasía desde siempre. Cada noche, desde los quince, con tu foto en la mano.
Se rio. Una risa rota, divertida, sin culpa, mientras me hundía la cara más adentro.
—Eres un descarado. Un enfermo. Y a mí me pone.
—Y tú una mentirosa. Sabías exactamente para qué me trajiste hoy.
No me contestó. Me empujó contra el diván del biombo, me arrancó el pantalón y me bajó los calzoncillos, dejando mi polla dura y tensa apuntándole a la cara. Se quedó mirándola un instante, como quien tasa una joya.
—Es igualita a la de tu padre —murmuró—. Pero más gruesa.
Se arrodilló y se hizo cargo de lo que llevaba media mañana esperando. Me la lamió primero desde la base hasta la punta, siguiendo la vena de abajo con la punta de la lengua, y me chupó los huevos uno a uno metiéndoselos enteros en la boca. Después se la tragó. Y digo tragar: me la metió hasta la garganta, sin arcadas, y aguantó ahí unos segundos con los ojos aguados y la boca abierta al máximo, antes de retirarse muy despacio. Repitió el gesto una y otra vez, escupiendo saliva sobre el glande y usándola para pajearme mientras me chupaba la punta. Me miraba desde abajo con esos ojos verdes suyos, marcando cada embestida contra su boca. Cuando terminé en su boca, con un espasmo brutal que me dobló las rodillas, no perdió una sola gota. Se limpió con el pulgar la comisura de los labios, se lo llevó a la lengua y se lo tragó.
—Rica —dijo—. Como imaginaba.
Y antes de que pudiera ofrecer disculpas, ya me tenía abierto sobre el diván con su cuerpo encima del mío, sentándose sobre mi cara. Me tapó con los muslos y me aplastó el coño contra la boca sin ninguna delicadeza.
—Ahora me toca a mí. Cómemelo bien.
La comí despacio, mordiéndole el interior de los muslos, jugando con la lengua donde sabía que más le costaba aguantar. Le metí la lengua entera dentro del coño, follándola con ella, y luego subí a chuparle el clítoris entre los labios como si fuera un caramelo, envolviéndolo, tirando de él con succión suave. Le clavé dos dedos y encontré el punto interior a la primera, presionando en el gesto de llamar mientras seguía chupándole el clítoris. Tuvo el primer orgasmo casi enseguida, apretándome la cabeza con los muslos y gritando algo que sonó a mi nombre. No la dejé descansar. Seguí lamiéndola con la cara empapada de su corrida, más fuerte, más rápido, hasta que se corrió otra vez, arqueándose sobre mí y agarrando el borde del diván con las dos manos.
—Basta, basta —jadeó, riéndose—. Ya no puedo. Ahora fóllame, hijo. Fóllame como te vi follar a tu hermana.
Se levantó, se giró y se apoyó de espaldas contra la pared del biombo, con las manos apoyadas y el culo hacia mí. Me acerqué por detrás, le abrí las nalgas con las manos y le pasé el glande por la raja empapada, buscando la entrada. Cuando la encontré, se la metí de golpe hasta el fondo. Ella gritó, un grito ronco que se comió mordiéndose el antebrazo.
—Joder, hijo, así, así se folla a tu madre.
La embestí con todo, agarrándola por las caderas, viéndole el culo temblar con cada golpe. Me incliné sobre su espalda para agarrarle las tetas por delante, apretándoselas mientras seguía metiéndosela desde atrás. Le mordí el hombro. Ella movía el culo hacia atrás, buscándome, sincronizando su cadera con mis embestidas.
—Más fuerte —pedía—. Más fuerte, coño.
La saqué, la giré y la subí al diván boca arriba. Le abrí las piernas hasta ponérselas casi rectas hacia el techo, apoyándole los tobillos en mis hombros, y volví a metérsela con esa postura que la partía en dos. Le vi la cara descomponerse de placer, la boca abierta, los ojos cerrados, un hilo de saliva escapándosele de la comisura. Le pellizqué los pezones con los dedos mientras la seguía embistiendo. Después la puse encima de mí, tumbándome yo, y ella tomó las riendas. Se sentó a horcajadas, se agarró la polla con una mano, se la encajó y empezó a cabalgarme mirándome desde una altura que no era solo la del cuerpo. Marcaba el ritmo con las manos apoyadas en mi pecho, las tetas rebotándole hacia mí, la respiración pesada y ronca. Le froté el clítoris con el pulgar mientras subía y bajaba. La sentí apretarme por dentro y supe que se iba de nuevo.
—Córrete conmigo, hijo. Córrete dentro de mamá.
—¿Puedo?
—Puedes todo. Menopausia hace tres años. Llénalo entero.
Acabamos los dos a la vez, sin avisar, mordiéndonos los labios para no gritar en una consulta con paredes finas. Sentí cómo su coño se cerraba en espasmos alrededor de mi polla mientras yo vaciaba dentro un chorro tras otro, mucho más de lo que había echado en la boca. Se dejó caer sobre mi pecho, sudada, con el pelo revuelto. Cuando se levantó, se puso de pie con las piernas ligeramente abiertas, y vi cómo un hilo grueso y blanco le bajaba por la cara interna del muslo. Se pasó dos dedos, se lo recogió y se lo llevó a la lengua sin dejar de mirarme.
—Nada se desperdicia en esta consulta —dijo.
***
Aquella tarde no terminó con una sola vez. Tampoco terminó allí lo que empezó. Mi madre y yo nos convertimos en lo que ninguno de los dos habríamos confesado en voz alta: amantes. En casa, cuando podíamos. Pero, sobre todo, en su consulta de los miércoles, después de que Sofía se marchara. Mi madre era mucho más perversa de lo que yo había sospechado. Me enseñó a follarla por el culo la tercera semana, arrodillada sobre el diván, con lubricante y paciencia, gimiendo como no había gimoteado nunca. Y yo, al parecer, estaba a la altura.
Con Lucía tampoco fue un episodio aislado. Aprovechábamos los sábados, cuando mamá tenía guardia y papá jugaba al pádel. Mi hermana me confesó, en uno de esos sábados, con mi polla todavía dentro y su culo sentado sobre mí, que con sus novios anteriores nunca había sentido lo que sentía conmigo. Yo no supe si halagarme o preocuparme.
Renata cumplió su palabra. Apareció un sábado por la mañana, supuestamente para ver a Lucía, que justo había bajado al supermercado. Nos encontró a medias, con Lucía a cuatro patas sobre mi cama y mi polla entrándole y saliéndole del coño, y, sin un segundo de duda, se desnudó allí mismo y se sumó. Me la mamó mientras yo seguía follándome a mi hermana, y después las dos se turnaron para chupármela juntas, chocándose la lengua sobre mi glande, mientras se magreaban las tetas entre ellas. Acabé sobre las dos caras a la vez, en chorros que les cayeron en los labios y el mentón, y ellas se pasaron el semen de una boca a otra en un beso largo. Desde entonces, los sábados se convirtieron en una rutina que exige reservas, paciencia y suplementos vitamínicos.
La conclusión a la que he llegado, después de meses observándolas, es sencilla. La inocencia que algunos hombres atribuyen a las chicas jóvenes no es tal. Y la madurez sexual les llega, muchas veces, mucho antes que a nosotros. Yo creía estar aprovechando un descuido. En realidad, llevaban tiempo esperando que me atreviera.