El día que mi hermana me pidió que la examinara
Desde que tengo memoria, el sexo me ha fascinado. No es una confesión que busque escándalo, ni un comentario para presumir: es simplemente la verdad. En cada situación, en cada conversación, en cada mirada cruzada en la calle, mi cabeza terminaba por desviarse hacia el mismo lugar.
Me llamo Mateo, tengo veinticuatro años y acabo de terminar la carrera de medicina. Crecí en una casa donde la profesión era casi un apellido. Mi padre, Esteban, lleva años siendo uno de los traumatólogos de referencia de la ciudad. Mi madre, Carolina, ejerce como cirujana plástica en una clínica privada y es, sin que ella lo sepa del todo, la mujer que más me ha marcado.
A sus cuarenta y ocho años, conserva una figura que hace girar cabezas. Yo crecí viéndola arreglarse para cenas, salir del baño en albornoz, posar con esa naturalidad de quien sabe que es atractiva pero no se molesta en exhibirlo. Fue mi referencia desde adolescente. Fue, también, motivo de incontables noches con la puerta cerrada.
En casa éramos cuatro. Faltaba mi hermana Lucía, veinte años, segundo curso de psicología, novia de los espejos. La llamábamos por el nombre completo porque mamá también se llama Carolina, y dos «Caros» en la misma casa eran demasiado. Lucía tenía el cuerpo de quien sabe cómo la miran los hombres en la calle: cintura estrecha, piernas largas, una sonrisa que se entrenaba frente al espejo del pasillo. Lo único que la torturaba eran sus pechos. Decía que eran pequeños. A mí me parecían perfectos, pero algunas mujeres encuentran un defecto en lo que otros llamarían milagro.
Llevaba meses pidiéndole a mamá una operación. La quería sí o sí.
—Hija, espera a terminar de desarrollarte —le repetía mi madre—. Cuando cumplas veintidós lo hablamos en serio.
—Pero si ya está todo terminado —protestaba Lucía.
—No del todo. Y no quiero retocarte algo que aún puede cambiar solo.
Yo, que disfrutaba metiendo veneno donde nadie me llamaba, soltaba mi parte.
—Mamá, cuando la operes quiero estar en quirófano contigo. Como hombre, puedo aconsejar mejor el tamaño.
—Ni lo sueñes, Mateo.
—Es por ayudarte. Profesionalmente.
—Hija, no le hagas caso a tu hermano y a sus tonterías.
Sabía perfectamente lo que estaba sembrando con esos comentarios. Y sabía que, tarde o temprano, alguno germinaría.
***
Germinó un martes de junio. Mis padres habían salido a una cena con colegas del hospital y nosotros dos nos quedamos solos en casa. Yo estaba en mi cuarto repasando apuntes para el examen del MIR cuando escuché su voz desde el otro lado del pasillo.
—¡Mateo! ¿Tienes un minuto?
Bajé el libro y fui. Lucía estaba sentada en el borde de la cama, descalza, con una camiseta vieja y unos shorts de algodón. Tenía esa mirada de quien ha estado ensayando una pregunta durante horas.
—¿Lo decías en serio? —preguntó.
—¿El qué?
—Lo de ayudarme a elegir el tamaño.
Hice como si pensara la respuesta. La pensaba, pero no en lo que ella creía.
—Claro, hermanita. Eres mi debilidad, ya lo sabes.
—¿Y cómo se calcula el grosor ideal?
—Muy fácil. Pero si quieres lo hacemos bien, en plan profesional.
—Vale. ¿Qué hago?
—Necesito que te quites la ropa.
—¿Tú estás loco?
—Lucía, para tomar las medidas reales necesito ver tu cuerpo entero. Así nos lo enseñaron en la facultad. Si te incomoda, lo dejamos.
Se quedó mirándome unos segundos. Pude ver el dilema completo cruzar su cara y luego ese gesto de cuando una decide aceptar lo que ya quería desde el principio.
—Vale, total, somos hermanos. Y eres médico.
—Te trataré profesionalmente —prometí.
Mentía y los dos lo sabíamos.
Empezó por la camiseta. Después por los shorts. Y después, sin mirarme, también por las bragas. Yo estaba en pijama, sin camiseta y sin nada debajo del pantalón, y mi cuerpo respondió como si llevara meses esperando esa señal. Se notaba tanto que era inútil disimularlo.
—Te estás excitando —dijo, divertida y casi orgullosa.
—Tranquila, lo controlo. Pero menudo cuerpo tienes, Lucía.
Se ruborizó, pero la sonrisa que siguió no era inocente.
Empecé por la cintura. Subí despacio, casi sin presión, hasta el contorno de sus pechos. Los abarqué con la mano y noté lo duros que se le habían puesto los pezones antes de tocarlos siquiera. Me acerqué con la cara, fingiendo el rigor de quien mide, y respiré contra su piel. Sentí cómo se le erizaba el vello de los brazos.
Bajé una mano por su abdomen. No protestó. Llegué al hueso de la cadera y me entretuve allí, midiendo nada, registrando todo.
—Tu cintura es lo que me ayuda a calcular las proporciones —dije, con la voz muy seria.
Ella cerró los ojos y asintió. Le giré el cuerpo con suavidad para tener la espalda frente a mí, apoyé las manos en sus nalgas y las separé con los dedos. Estaba empapada. No hizo falta más. Cuando mi mano pasó entre sus piernas, escuché el primer gemido contenido.
—Esto también cuenta para el tamaño —murmuré contra su nuca.
—Mateo…
—¿Sí?
—Deja de fingir.
Le abrí los labios despacio. Empecé a moverlos con las yemas y noté cómo se le aflojaban las piernas. La giré, la besé. Su lengua estaba esperando la mía como si la búsqueda llevara años. Y, quizá, así era.
La empujé sobre la cama y bajé directo a su sexo. La lamí sin tregua, con la cara empapada, mientras ella me agarraba el pelo y se mordía la mano para no gritar demasiado. Cuando se corrió, lo hizo en menos de un minuto, con las piernas tensas y un quejido largo que terminó en risa.
—Como no me folles ahora, te mato —jadeó.
Lo hice. Despacio al principio, observándole la cara, cómo se le abría la boca cuando entré entero, cómo arqueaba la espalda. Después, sin paciencia. La embestí con todo durante unos minutos hasta que volvió a temblarme la pelvis. Salí justo a tiempo y terminé sobre su vientre.
—Tonto, podías haber acabado dentro.
—No sabía si te cuidabas.
—Llevo tres años con la píldora.
Me reí. Ella también. Nos quedamos tumbados, sudados, mirando el techo.
—Lucía…
—¿Qué?
—Ya sé qué talla necesitas.
—¿Cuál?
—Tendré que examinarte otra vez para confirmarlo.
***
Lo que ninguno de los dos supo es que mi madre había vuelto antes. Mucho antes. Una cita cancelada, una llave en la cerradura sin hacer ruido, una escena que no esperaba ver y que prefirió no interrumpir. Volvió a salir y volvió a entrar haciendo ruido, como si acabara de llegar. Lucía corrió a la ducha. Yo me encerré en mi cuarto fingiendo estudiar.
Al día siguiente, mientras desayunábamos, mamá soltó la frase con la naturalidad de quien comenta el tiempo.
—Mateo, ¿te vienes mañana a la consulta? Tengo agenda llena y me vendría bien una mano.
—Claro, mamá. Encantado.
Yo no sospechaba nada. Para mí, ir con ella era un regalo: aprender de alguien con quince años de experiencia en quirófano valía más que un semestre de prácticas.
Llegamos a la clínica sobre las diez. La secretaria, Sofía, le entregó la agenda del día.
—Diez pacientes, doctora. Dos esperando.
—Dame cinco minutos.
—Ponte la bata —me dijo mamá—. Y no hables si yo no te lo pido.
—Tranquila.
Fueron pasando los casos. Reducciones, aumentos, una rinoplastia, lo previsible. La última cita era distinta. Entró una chica de la edad de Lucía, alta, ojos claros, con esa belleza desordenada de quien no necesita esforzarse para tenerla.
—Pasa, siéntate —le dijo mamá—. Te presento a mi hijo Mateo. Acaba de terminar la especialidad.
—Mucho gusto. Soy Renata, amiga de Lucía. Creo que coincidimos en su cumpleaños del año pasado, doctora.
—Ah, claro —mintió mamá con elegancia—. ¿En qué te puedo ayudar?
—Tengo el mismo complejo que Lucía. Ella me recomendó venir.
—Te diré lo mismo que a ella: aún podéis crecer. No me gusta operar pechos que no han terminado de definirse.
—He oído que en otros países se saltan esa regla. Pensé que usted podría hacer una excepción.
—Pasa al biombo y desnúdate. Te exploro y hablamos.
Renata desapareció tras la cortina. Yo me quedé sentado, esperando instrucciones que no llegaban. Pasaron varios minutos en absoluto silencio. Cuando mamá me llamó, su tono era extraño.
—Mateo, ven. Dame tu opinión. No te importará, ¿verdad, Renata?
—Para nada, doctora.
Crucé la cortina. Renata estaba completamente desnuda, sin sostén y sin bragas. No tenía ningún motivo médico para estar así, y los tres lo sabíamos. Me sostuvo la mirada con una sonrisa que era prima hermana de la de Lucía la tarde anterior.
—Palpa —dijo mamá.
Le toqué los pechos con una calma que me costaba sostener. Le pellizqué un pezón con un gesto que podía pasar por exploratorio y noté cómo se le aceleraba la respiración.
—Son perfectos —dije—. Como los de Lucía.
—¿Y tú cómo sabes cómo son los de Lucía? —preguntó mamá con una dulzura que no engañaba a nadie.
—Porque también me pidió mi opinión —improvisé.
Renata me miró y sonrió. La muy descarada me estaba probando. Y mi hermana, evidentemente, lo había contado todo.
Mamá terminó la consulta con una cita para después del verano. Renata se despidió con dos besos. En el segundo, me susurró al oído:
—A mí también me harás esa exploración cuando quieras.
Salió de la consulta dejándome con una erección imposible de esconder bajo la bata.
***
—Cierra la puerta, Mateo. Y dile a Sofía que ya puede irse. Vamos a repasar los casos.
Hice lo que me pedía. Cuando volví, mamá se había puesto en pie y, antes de que pudiera reaccionar, me agarró con firmeza por la entrepierna.
—Conque te gustan las jovencitas, ¿eh, cabronazo?
—Mamá, ¿qué haces?
—No me hagas el tonto. Cuando tú fuiste, tu madre ya había vuelto.
Se desabrochó la bata. Debajo llevaba una combinación de seda que se quitaba siempre para no arrugar el vestido en consulta. La piel que vi entonces no era la de una mujer de cuarenta y ocho años. Era la de alguien que llevaba demasiado tiempo sin que la miraran como yo la estaba mirando.
—Cuéntame, paso por paso, lo que hiciste con tu hermana.
—Mamá…
—Empieza.
—Bien. Lucía, desnúdate —dije, entrando en el juego.
Se quitó el resto de la ropa sin apartarme la mirada. Y me retó con un silencio peor que cualquier orden.
—Sigue. Quiero la versión completa.
Repetí cada gesto que había hecho con mi hermana. Las manos por la cintura, la pausa en los pechos, la respiración contra el cuello. Y mamá reaccionó como había reaccionado Lucía: primero con un suspiro contenido, después con jadeos que no se molestaba en disimular.
—Mamá —le dije al oído cuando ya tenía la mano entre sus piernas—. Lucía fue un daño colateral. Tú eres mi fantasía desde siempre.
Se rio. Una risa rota, divertida, sin culpa.
—Eres un descarado.
—Y tú una mentirosa. Sabías exactamente para qué me trajiste hoy.
No me contestó. Me empujó contra el diván del biombo, se arrodilló y se hizo cargo de lo que llevaba media mañana esperando. Cuando terminé en su boca, no perdió una sola gota. Y antes de que pudiera ofrecer disculpas, ya me tenía abierto sobre el diván con su cuerpo encima del mío.
—Ahora me toca a mí —dijo.
La comí despacio, mordiéndole el interior de los muslos, jugando con la lengua donde sabía que más le costaba aguantar. Tuvo dos orgasmos seguidos antes de pedirme que parara y exigirme algo distinto. Cuando le di lo que quería, lo hizo ella encima, marcando el ritmo, mirándome desde una altura que no era solo la del cuerpo. Acabamos los dos a la vez, sin avisar, mordiéndonos los labios para no gritar en una consulta con paredes finas.
***
Aquella tarde no terminó con una sola vez. Tampoco terminó allí lo que empezó. Mi madre y yo nos convertimos en lo que ninguno de los dos habríamos confesado en voz alta: amantes. En casa, cuando podíamos. Pero, sobre todo, en su consulta de los miércoles, después de que Sofía se marchara. Mi madre era mucho más perversa de lo que yo había sospechado. Y yo, al parecer, estaba a la altura.
Con Lucía tampoco fue un episodio aislado. Aprovechábamos los sábados, cuando mamá tenía guardia y papá jugaba al pádel. Mi hermana me confesó, en uno de esos sábados, que con sus novios anteriores nunca había sentido lo que sentía conmigo. Yo no supe si halagarme o preocuparme.
Renata cumplió su palabra. Apareció un sábado por la mañana, supuestamente para ver a Lucía, que justo había bajado al supermercado. Nos encontró a medias y, sin un segundo de duda, se sumó. Desde entonces, los sábados se convirtieron en una rutina que exige reservas, paciencia y suplementos vitamínicos.
La conclusión a la que he llegado, después de meses observándolas, es sencilla. La inocencia que algunos hombres atribuyen a las chicas jóvenes no es tal. Y la madurez sexual les llega, muchas veces, mucho antes que a nosotros. Yo creía estar aprovechando un descuido. En realidad, llevaban tiempo esperando que me atreviera.