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Relatos Ardientes

Espié a las tres hermanas y todo cambió en mí

Hace cinco años pasó algo que todavía no me he atrevido a contarle a nadie. No voy a usar mi nombre real ni el de las personas que aparecen en esta historia, pero les juro que cada palabra es cierta. Necesito sacarlo de adentro de alguna forma, aunque sea entre desconocidos en una pantalla.

Me casé jovencísima, a los veintiún años, con mi esposo Ernesto. Tengo dos hijos ya mayores que viven más pendientes de él que de mí. Nos fue bien con los negocios: rentamos varios departamentos en la ciudad y tenemos una finca grande en las afueras, con muchísimo terreno alrededor. Es ahí donde pasamos la mayor parte del año, en una casa de tres pisos rodeada de pinos y caminos de tierra.

Un día le llegó a Ernesto el aviso de que había gente metida en una zona alejada de la propiedad. Fue a ver y volvió esa noche con la historia: una familia entera había levantado una casita de tablones entre los árboles. El padre había caído en el alcohol y habían perdido todo. Tenían seis hijos: tres varones pequeños, entre los cinco y los nueve años, y tres muchachas mayores. Llevaban más de un año escondidos en nuestro terreno y nunca nos habíamos enterado.

Mi esposo no es mala persona. Dialogó con ellos, les dio un plazo para irse y al mismo tiempo les ofreció trabajo: al padre para reincorporarlo, a la madre y a las hijas más grandes para que hicieran limpieza en los departamentos de renta o en la casa principal. Aceptaron de inmediato. Nos pareció lo correcto, ayudarlos a salir adelante mientras los íbamos sacando con dignidad de la tierra.

Pasaron unos días y decidí ir a conocerlos. Manejé hasta donde se podía y después caminé un trecho. La madre me recibió con una amabilidad que me desarmó. Era más joven de lo que esperaba, bonita aunque con la ropa raída, y me presentó a los hijos cuando volvieron de la escuela. Las muchachas eran las que más me llamaron la atención: las tres se parecían entre sí y a la madre, sencillas, con la piel tostada por el sol y unos ojos enormes. Me despedí pensando que había hecho una obra de caridad y nada más.

Una semana después salí a caminar por la propiedad. No era algo que solía hacer. Me sorprendía cómo esa familia había logrado vivir tanto tiempo sin que nos diéramos cuenta y quería revisar si podía pasar otra vez. Manejé hasta donde terminaba el camino y seguí a pie. El silencio era completo, solo el crujido de las hojas bajo mis zapatos.

Entonces escuché voces.

Me detuve en seco. Estaba lejos de la casita de los invasores, así que pensé en lo peor: ladrones, otros okupas, alguien que no debía estar ahí. Avancé pegada a los troncos, despacio, mirando por dónde pisaba. Las voces se hicieron más nítidas y entendí que no eran voces. Eran gemidos.

Detrás de un grupo cerrado de pinos asomé la cabeza con muchísimo cuidado.

Las tres hermanas estaban ahí. Desnudas, sobre una cama improvisada con su propia ropa. La mayor estaba boca arriba, con las piernas abiertas, y la del medio tenía la cara hundida entre sus muslos. La más chica, arrodillada al lado, le lamía los pezones a la mayor y de vez en cuando bajaba la mano para tocarse a sí misma. Después se inclinaba a besarla en la boca y volvía a los pechos.

Esto no puede estar pasando. No puede ser lo que estoy viendo.

Pero estaba pasando. Y lo peor —o lo mejor— era que estaban tan sincronizadas que era evidente que no era la primera vez. Se notaba en cómo se anticipaban, en cómo cada una sabía exactamente dónde tocar a la otra. La del medio levantó la cara brillosa y le metió dos dedos a la mayor. La masturbó con fuerza, con la muñeca tensa, y la hermana acostada empezó a contorsionarse, a empujar las caderas contra esa mano. Gritó. La vi temblar entera. Se vino delante de mí, con los dedos de su propia hermana adentro.

Yo no podía moverme. Sabía que tenía que irme. Sabía que si me descubrían iba a ser una catástrofe. Pero un peso me había bajado al vientre y se me había instalado entre las piernas. Quería seguir mirando. Necesitaba seguir mirando.

Las dos menores se besaron despacio, con la cara todavía húmeda de la otra. Se arrodillaron frente a frente y se acariciaron las vaginas al mismo tiempo, los dedos enredados, los gemidos apagados contra los labios de la otra. En un momento se detuvieron y la del medio se acostó al lado de la mayor. La más chica se subió encima, montándola, pero sin penetración, frotando vagina contra vagina, deslizándose hacia adelante y hacia atrás con un ritmo cuidadoso para que sus clítoris se rozaran. Los gemidos cambiaron, se volvieron más graves, más viscerales. Las dos se vinieron casi al mismo tiempo, se rieron por lo bajo y las tres se unieron en un beso de tres lenguas que vi como en cámara lenta.

***

Tendría que haberme alejado en ese momento. En cambio me quedé porque las escuché decir que querían hacerlo otra vez. Saqué el celular sin pensar, pero me dio miedo que la pantalla las alertara. Lo guardé. Solo iba a mirar.

Volvieron a empezar. Esta vez las dos mayores le lamieron la vagina a la menor a la vez, peleándose la lengua con una risa contenida. La chica se retorcía. Cuando le tocó al medio, se arrodilló sobre las ropas, con el trasero levantado, y las hermanas se turnaron para lamerla y meterle los dedos. Gemía como si le doliera. Cuando le tocó a la mayor, pidió expresamente que fuera la pequeña la que la lamiera, y ahí entendí que conocían los gustos de cada una con un detalle escalofriante.

Yo estaba más allá de toda excitación. Me había metido la mano dentro del pantalón sin darme cuenta y me estaba tocando el clítoris para aliviar la presión. Las pantis estaban empapadas. Nunca en treinta y cinco años de vida me había excitado tan rápido. Cuando la mayor empezó a gemir su orgasmo, me metí dos dedos y tuve el mío, mordiéndome el dorso de la otra mano para no hacer ruido. Imaginé que eran sus dedos los que estaban dentro de mí.

Después me alejé. Esperé a estar lo suficientemente lejos y eché a correr.

***

Llegué a la casa todavía temblando. Esa noche me acosté con Ernesto como no me acostaba hacía años. Me subí encima y me moví duro, con los ojos cerrados, imaginando que las hermanas me lamían, que me masturbaban entre las tres. Me vine dos veces. Mi esposo se quedó dormido con una sonrisa que no le había visto en mucho tiempo.

Pero la cosa no terminó ahí. Pasaron los días y yo no podía sacarme aquella imagen de la cabeza. Me masturbaba todas las mañanas y todas las noches. Volví al bosque varias veces, pero no había nadie. Estuve a punto de pasar por la casita a preguntar por ellas, pero ¿qué iba a decir? Tenían escuela, tenían que ayudar a la madre. Solo podían escaparse cuando estaban libres las tres a la vez.

Hasta que una tarde, caminando otra vez por la zona, vi un movimiento de tela entre los árboles más adelante. El corazón se me subió a la garganta. Me acerqué pegada a los troncos, igual que la primera vez, conteniendo la respiración.

Eran dos: la mayor y la menor. Las voy a llamar Liliana y Catalina, aunque esos no sean sus nombres. Estaban vestidas pero con las faldas levantadas por delante. A Catalina las pantis le colgaban de un tobillo. Liliana la apretaba contra un árbol y empujaba su vagina contra la de ella, las dos moviéndose deprisa, con esa urgencia de quienes saben que tienen poco tiempo. No dejaban de besarse.

Esta vez sí saqué el celular. Las grabé. Por dentro me hervía algo que no era solo deseo: era una idea. Una idea torcida que estaba empezando a formarse.

Cuando terminaron y se fueron corriendo entre las matas, me quedé un rato largo sin moverme, con el video guardado en una carpeta oculta del teléfono. Llegué a la casa, me encerré en el baño y me masturbé viéndolo dos veces seguidas, hasta que tuve que sostenerme de la pared para no caerme.

***

El plan se armó solo en mi cabeza. Le dije a Ernesto que necesitaba ayuda con la limpieza profunda de la casa, en especial con el clóset del segundo piso, y que iba a llamar a una de las muchachas. Le pareció buena idea. Le mandé un mensaje a la madre pidiéndole que enviara a la mayor al día siguiente. Aceptó enseguida.

Esa tarde mis hijos llegaron de la universidad y se encerraron en sus cuartos con sus pantallas. Ernesto andaba en uno de los departamentos resolviendo un problema con un inquilino. El único peligro real era que volviera antes de tiempo, pero me arriesgué. La excitación no me dejaba pensar con claridad.

A las tres en punto sonó el timbre.

Liliana entró con la sencillez de siempre, vestida con una falda larga y una blusa de algodón blanco. Me saludó con una sonrisa tan limpia que por un segundo dudé. Nadie habría podido sospechar nunca lo que esa chica hacía con sus hermanas en el bosque.

La hice subir al cuarto. Le hablé de tonterías mientras caminábamos, palabras que ni yo entendía. Cuando llegamos al clóset, cerré la puerta a mis espaldas. Ella me miró sin entender. Yo tampoco entendía del todo lo que estaba a punto de hacer.

—Te vi —dije al fin, con la voz más firme de lo que esperaba—. Te vi en el bosque con tus hermanas.

Se le congeló la sonrisa. La piel se le puso del color del papel.

—No entiendo, señora —contestó, pero los ojos se le habían llenado de lágrimas.

Saqué el celular. Le mostré el video.

—Esta fue la segunda vez. La primera vez estaban las tres.

Pensé que se iba a desmayar. Le temblaba el labio. Reaccioné rápido, antes de que se quebrara del todo.

—No, no llores. No voy a decir nada. Te lo juro.

Di un paso hacia ella. Después otro. Se quedó quieta, mirándome con esos ojos enormes que ya no eran de inocencia, eran de pregunta. Le toqué el costado del muslo por debajo de la falda. Despacio. Subí la mano por la cadera, por la curva del trasero, hasta meter dos dedos por encima de la goma de las pantis.

Sentí su pubis. Mi propia vagina se cerró de golpe sobre el vacío. Nunca había tocado a otra mujer en mis treinta y cinco años. Bajé los dedos un poco más y palpé el borde de su vulva. Estaba mojada. Ella también estaba mojada.

—Señora —murmuró.

No la dejé terminar. La besé. Le metí la lengua y ella me la devolvió, primero dudando y después con un hambre que me cortó la respiración. Le bajé las pantis hasta los tobillos. Me subí el vestido y me bajé las mías. Pegué mi vulva a la de ella, igualito a como las había visto hacer en el bosque.

Me partió un rayo en dos. No supe si era el placer, el miedo, la adrenalina o todo junto. Ella entendió antes que yo lo que tenía que hacer. Me agarró las nalgas con las dos manos y empezó a moverse contra mí, mostrándome el ritmo. Gemí dentro de su boca.

Y entonces oí la puerta de la casa.

—¡Marisol, ya llegué! —gritó Ernesto desde abajo.

Nos separamos como dos cables que se cortan. Bajé el vestido, ella se subió las pantis, las dos respirando como si hubiéramos corrido un kilómetro. Mi vagina seguía palpitando con un orgasmo a medio camino que me dejó de un humor pésimo. Pero le agradecí en silencio a Ernesto haber avisado. Si entra sin avisar, me encuentra montada sobre la muchacha del servicio.

—Esto lo terminamos pronto —le susurré a Liliana mientras me acomodaba el pelo—. Tengo unas ganas locas de seguir contigo.

Ella asintió en silencio. Le di un beso corto, intercambiamos números antes de bajar y le inventé a Ernesto una historia sobre cortinas y closets que él aceptó sin sospechar nada. Liliana se fue caminando por el sendero y yo me quedé al lado de mi marido, sonriéndole como la esposa que siempre había sido.

Esa noche me masturbé dos veces más, con el video del bosque y el recuerdo del cuerpo de Liliana en mi mano. Lo que pasó entre Liliana y yo unos días después, y todo lo que vino después con sus dos hermanas, prometo contarlo si alguien quiere leerlo.

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Comentarios (4)

TangoNoche

Tremendo!!! me atrapo desde la primera linea y no pude parar. De los mejores que lei ultimamente en esta categoria.

Pablox99

Por favor seguí con esto, no podes dejarnos asi jaja. Necesito saber que pasa despues con las tres

CarlaFuerte

Lo lei dos veces. La forma en que describis ese momento de descubrirse a una misma es increible, se siente muy autentico y nada forzado.

Elchato77

excelente!!!

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