La tarde en la piscina que lo cambió todo con mamá
Marisol era una mujer madura que se conservaba mejor de lo que cualquier hombre habría imaginado. Tenía la piel dorada por demasiados veranos al sol, el pelo castaño recogido en un moño flojo y un bikini azul cobalto que apenas contenía dos pechos enormes y firmes. El culo, redondo y carnoso, era el detalle que terminaba de inclinar la balanza: difícil de creer que esa mujer tuviera dos hijos y un marido al que casi nadie miraba.
Esa tarde, el sol caía oblicuo sobre la piscina del jardín y Marisol jugaba con Tomás, su hijo menor, en la parte poco profunda. El pequeño chapoteaba con sus flotadores y reía mientras ella lo hacía girar entre sus brazos.
En el borde opuesto, sentados con los pies dentro del agua, Néstor e Iván observaban la escena. Néstor era el hermano del marido de Marisol; Iván, el hijo mayor de la pareja, recién cumplidos los dieciocho. Tío y sobrino bebían cerveza fresca y fingían mirar cualquier otra cosa.
—Ya te diste cuenta, ¿verdad? —dijo Néstor sin girar la cabeza.
—¿De qué, tío?
—Vamos, no te hagas. Los dos sabemos perfectamente de qué estoy hablando.
Iván sintió el calor subiéndole por la nuca. Miró hacia su madre justo en el momento en que un hombre maduro pasaba caminando por el borde de la piscina y se quedaba dos segundos más de la cuenta admirando aquellas tetas que el agua hacía rebotar.
—¿De mi madre? —preguntó al fin.
—De tu madre. Todos los tipos que pasan giran la cabeza. Llevo media hora contando.
—Eso parece.
—¿Y a ti no te incomoda?
Iván tardó en responder.
—Un poco, sí. Pero no sé qué se supone que tengo que hacer.
—Claro que sabes —Néstor sonrió de medio lado—. Eres su hijo. Decírselo es lo más natural del mundo.
—No, tío. ¿Cómo le voy a decir eso a mi madre? No me corresponde.
—¿Y entonces a quién? ¿A tu padre? Tu padre es un celoso de manual. Si se entera, la mete en casa y no la deja salir hasta septiembre.
Tiene razón en eso al menos, pensó Iván.
—Anda, ve y díselo —insistió Néstor, dándole un empujoncito en el hombro—. No pierdes nada.
Iván dudó unos segundos más. Luego, casi sin decidirlo, se deslizó dentro del agua y nadó hacia el otro extremo.
—Mamá.
—¿Qué pasa, cielo? ¿Dónde anda tu padre, que no lo veo desde hace rato?
—No tengo ni idea. Quería decirte una cosa.
—Dime, mi amor. ¿Algo grave?
Iván tomó aire.
—Es que… siento que los hombres que pasan te miran demasiado.
Marisol dejó al pequeño Tomás flotando un par de metros más allá y se giró hacia su hijo mayor. La sonrisa con la que jugaba con el niño se había convertido en otra cosa.
—¿Cómo dices?
—Que cada vez que pasa un tipo se queda mirándote. Las…
—Tomás, mi vida, nada un poquito tú solo con los flotadores, que mami está hablando con tu hermano —dijo ella sin apartar los ojos de Iván—. A ver, ahora sí. ¿Me ven qué?
—Mamá, no me hagas decirlo.
—Siempre te he enseñado a ser directo. ¿Me ven qué?
—Las…
—Dilo, Iván.
—Las tetas, mamá. Te miran las tetas todo el tiempo y tú no haces absolutamente nada por evitarlo.
La carcajada de Marisol fue corta, grave, sin pizca de incomodidad.
—Si me las miran será porque tu madre aún se conserva bien, ¿no te parece?
—Mamá…
—¿Qué quieres que haga? ¿Que me ponga una toalla en plena piscina?
—No sé. Que te cubras un poco. Me dan celos.
Marisol arqueó una ceja.
—¿Celos? ¿De que un señor cualquiera me mire dos segundos?
—Me dan celos, sí.
Ella se acomodó la tira del bikini sin disimular el gesto, lo que provocó que los pechos se le agitaran y el escote se le abriera un dedo más.
—A ti también se te va la mirada, ¿o me vas a decir que no?
—¡Mamá!
—Tranquilo. No te estoy regañando. Me halaga. A las mujeres también nos halaga.
—¿De verdad?
—De verdad. Y, ya que estamos, a tu tío Néstor también se le desvían los ojos cada vez que cree que no lo veo.
—Pero es hermano de papá.
—Eso no le quita lo hombre.
Iván tragó saliva. La conversación se le había escapado de las manos hacía rato y ya no sabía hacia dónde llevarla.
—Mami, ¿de verdad no te molesta?
—Para nada. A veces, hijo, a las mujeres nos gusta un poco. Porque si vosotros pensáis cosas que rozan la falta de respeto, quiere decir que os gusta lo que veis. ¿O me equivoco?
—No te equivocas.
—Pues entonces no hay nada que perdonar.
***
Iván bajó la mirada un instante y la dejó descansar abiertamente sobre los pechos de su madre. Esta vez ya no fingió que miraba otra cosa.
—Son muy bonitos, mamá. Perdón.
—¿Te gustan?
—Demasiado.
—Pues míralos cuanto quieras, mi amor. Si los desconocidos pueden, no veo por qué mi propia sangre no.
—¿Hablas en serio?
—Hablo muy en serio. Y dile a tu tío que se relaje también. Ya lo cacé hace rato. Que mire tranquilo.
—Mamá…
—¿Qué? Si la gente cualquiera me ve, ¿por qué la familia no?
Iván dudó si la pregunta era retórica o no. Marisol seguía sin alejarse. El agua le llegaba justo por encima de la cintura y el bikini azul cobalto se le pegaba al cuerpo como una segunda piel.
—Mami…
—Dime.
—¿Y la abuela también pensaba así?
—Tu abuela Carmen me enseñó a complacer al hombre, hijo. Decía que el hombre es el sostén del hogar, y que si encuentra placer en una, hay que dárselo.
—¿Y a la abuela tampoco le incomodaba que la miraran?
—Le encantaba. Provocaba a tu padre con vestidos imposibles. Aunque, claro, ella tenía con qué provocar.
—Joder, mamá. Con ese culo que se cargaba…
—¡Iván! —Marisol soltó otra carcajada—. Suéltalo, ya que estamos.
—Pues eso. Que la abuela tenía un culazo de los que ya no se hacen.
—¿Tanto te gusta el culo de mi madre?
—Mucho. Y el tuyo se parece bastante, por cierto.
Marisol se mordió el labio inferior. La sonrisa ya no era de halago. Era otra cosa.
—Mira tú qué hombre se ha vuelto mi niño.
—Lo siento, mamá. Se me escapan las cosas.
—No te disculpes. Lo que sí me sorprende es lo caliente que te has puesto, Iván.
—¿Cómo?
—Que llevas un buen rato rozándome la pierna por debajo del agua. Y no es la rodilla.
***
Iván bajó la cabeza y miró a través del agua de la piscina. Su miembro estaba completamente erecto dentro del bañador y, en efecto, le tocaba el muslo a su madre.
—¡Ay, mamá! Perdón. Lo siento, no era mi intención.
—Tranquilo, cielo. Es una reacción natural. Estamos hablando de culos y de tetas, ¿qué esperabas?
—Aun así, eres mi madre. No debería ponerme así contigo.
—Tu cabeza te dice que está mal, pero tu cuerpo te dice otra cosa, ¿verdad?
Iván no contestó. Marisol se acercó otro paso. El agua se movió alrededor de ella y los pechos parecieron flotar un instante por encima del nivel del bikini.
—¿Quieres hacer una prueba? —dijo ella en voz baja.
—¿Qué prueba?
Marisol juntó los codos y, con el gesto, presionó los pechos uno contra otro hasta convertir el escote en un canal estrecho y profundo. Iván sintió que se le secaba la boca.
—Mami, no los juntes…
—¿Te gustan?
—Muchísimo. ¿Puedo decir palabrotas?
—Puedes.
—Cuando los juntas se te ven unas tetas que no son normales, mamá. Son una barbaridad.
—¿Quieres verlas saltar?
—¿Me dejarías?
—Mi propia sangre tiene más derecho que un desconocido. Si los demás pueden mirar de lejos, lo justo es que tú disfrutes de cerca.
Marisol comenzó a dar pequeños saltos dentro de la piscina. Los pechos rebotaban arriba y abajo, golpeaban contra el agua y volvían a subir, agitándose como si tuvieran vida propia. Iván se mordió el puño para no decir una estupidez.
—Madre santa. ¿Y todo eso lo disfruta papá?
—Todo entero. ¿Le tienes envidia ya?
—Un poco. ¿Le has hecho alguna vez una rusa?
—¡Iván!
—No puedo dejar pasar la oportunidad de saberlo.
—Sí, mi amor. Sí le he hecho. ¿Te gusta meterla entre las tetas?
—Lo he probado pocas veces. Pero con las tuyas debe ser distinto.
Marisol se quedó callada un momento. Lo miró fijo, con esa mirada que él ya no podía sostener.
—Pues a lo mejor —dijo ella— el que más derecho tiene de probar las tetas de mamá eres tú.
—Mami…
—Pero te voy a pedir una cosa a cambio.
—La que quieras.
—¡Néstor! —gritó ella, levantando la mano hacia el otro extremo de la piscina.
***
Néstor cruzó la piscina con dos brazadas largas. Cuando llegó junto a ellos, Marisol ya tenía la respuesta preparada.
—¿Qué pasa, cuñada?
—Llevo rato queriendo preguntarte una cosa. Y necesito que me la respondas sin vergüenza.
—Dime.
—¿Te gustan mis tetas?
Néstor giró la cabeza hacia su sobrino. Iván asintió sin decir palabra.
—Cuñada, no sé qué responder.
—La verdad. De aquí no sale nada. ¿Verdad, hijo?
—Nada, mamá.
—Pues entonces, ¿por qué tantas miraditas? ¿Qué te imaginas cuando me ves?
—Sería un hipócrita si te dijera que no me fijo, Marisol. Estás de muy buen ver. Es imposible no mirarte.
—¿Y mi culo?
—Pero está Iván delante.
—Iván ya sabe.
Néstor tragó saliva.
—Tu culo también, cuñada. Tu culo también.
—¿Tienes ganas de saber cómo es por dentro?
—Me pones en un dilema.
—Solo contesta sí o no.
—Sí.
Marisol respiró hondo. La conversación había cruzado un umbral del que ya no se podía volver.
—Hoy es vuestro día de suerte —dijo—. Iván ha pedido las tetas. A ti te toca el culo. Tomás está al otro lado con los flotadores y no entiende nada. Si guardáis silencio, esto queda entre los tres.
—Por mí, sellado —dijo Néstor.
—Por mí también, mami.
—Iván, siéntate en el borde de la piscina con los pies dentro del agua. Néstor, ponte detrás de mí como si me estuvieras abrazando.
***
Iván se izó hasta el borde de cemento. El sol le caía en la espalda y el bañador, todavía mojado, se le pegaba al cuerpo. Marisol se colocó entre sus piernas, casi a la altura de su cintura, y le bajó el bañador con una sola mano. El miembro de Iván salió a la luz, hinchado hasta doler.
—Ay, hijo.
—¿Qué pasa, mami?
—Que la tienes preciosa, Iván.
—¿Te gusta?
—Te respondo así.
Marisol se inclinó y se llevó el miembro de su hijo a la boca. Iván no se atrevió a respirar. Ella no preguntó nada más: bajó la cabeza despacio hasta hacerlo desaparecer entero, lo sostuvo allí un instante y empezó a moverse con un ritmo lento, profundo, sin prisa.
—Mamita…
Iván le puso la mano en la nuca casi por instinto. El moño se le había deshecho ya y el pelo castaño le caía sobre la frente, mojado en las puntas.
Detrás, Néstor le apartó la braga del bikini hacia un lado y se hundió en ella de una sola embestida. Marisol soltó el miembro de su hijo con un jadeo.
—Hijo de perra, ¿qué me has metido?
—Toda mi polla, cuñadita. Toda entera. ¿Te gusta?
—Santo Dios. Pensaba que ibas con más cuidado.
—Disfrútalo.
El agua empezó a chocar contra el borde de la piscina con cada empujón. Marisol volvió al miembro de Iván, esta vez con más urgencia, mientras Néstor la sujetaba por la cintura y embestía con un ritmo sordo y constante.
—¿Qué tal está mamá por dentro? —preguntó Iván sin reconocer su propia voz.
—Apretada como una cría —respondió Néstor entre jadeos—. No parece que haya parido dos veces.
Marisol gimió contra el sexo de su hijo. La vibración hizo que Iván se aferrara al borde con las dos manos.
—Mamita, no voy a aguantar mucho así.
Ella levantó la cara un momento, los labios brillantes, el rímel apenas corrido.
—Pues no te aguantes, mi amor. Para eso estoy.
—Quiero la rusa que me prometiste.
—Ahora mismo te la doy.
***
Marisol se incorporó un poco. Tomó el miembro de su hijo y se lo metió entre los pechos, todavía contenidos por el bikini azul. Iván empujó con las caderas y el agua hizo el resto: el sexo se deslizó entre aquellas dos tetas enormes como si llevara horas esperándolo.
—Ay, putita —dijo Iván sin pensarlo—. Qué blandas las tienes.
Marisol abrió mucho los ojos y, lejos de incomodarse, sonrió.
—Llámame así otra vez.
—Putita.
—Otra.
—Mi putita.
Detrás, Néstor cambió de ritmo. Marisol notó cómo se retiraba un segundo y, sin avisar, le acomodaba el sexo en otro sitio.
—¡Néstor! Ahí no.
—Iván lo pidió.
—¿Yo? —Iván jadeó, sorprendido por su propia osadía—. Sí. Yo lo pedí.
—Hijo… —Marisol se mordió el labio y echó la cabeza hacia atrás.
El agua de la piscina disimuló casi todo. Néstor empezó a entrar y salir del culo de su cuñada con una facilidad que sorprendió a los tres. Marisol soltó un quejido largo, ronco, que después se transformó en otra cosa muy distinta a una queja.
—No aguanto, hijo. No aguanto.
—Aguanta, mami. Eres una hembra. Aguanta.
—Soy tu putita.
—Eres mi putita.
—Y soy tu perra.
—Y eres mi perra.
Iván empujó más fuerte entre los pechos. El bikini se le clavaba en la piel a su madre y a él no le importaba. Le importaba el ritmo del agua, le importaba el modo en que Marisol miraba hacia arriba mientras Néstor la partía por detrás, le importaba que Tomás siguiera al otro extremo de la piscina con los flotadores y los ojos en sus propios juegos.
—Me corro, mamá.
—Encima de las tetas de mami, mi amor. Aquí. Para eso son.
—Yo también, cuñada.
—Lléname, Néstor. Lléname el culo. Lo llevas queriendo desde que me casé con tu hermano.
—Toda la vida.
Néstor hundió las uñas en las caderas de Marisol y la sujetó con las dos manos. Iván agarró el moño deshecho de su madre y dio dos embestidas más entre el escote. Los tres se vinieron casi a la vez, cada uno por su lado, cada uno sin saber muy bien qué iban a contar luego en la cena.
El semen de Iván cayó en el cuello, en la cara y en los pechos de su madre. El de Néstor se diluyó en el agua antes de que nadie pudiera verlo. Marisol, todavía jadeando, miró a uno y a otro y sonrió.
—A partir de ahora —dijo, recolocándose el bikini con una mano y limpiándose la cara con la otra—, los baños familiares se hacen aquí. ¿Estamos?
—Estamos —respondieron los dos a la vez.
Desde el otro lado de la piscina, Tomás levantó la cabeza un segundo, sonrió sin entender nada, y volvió a perseguir sus flotadores.