Mi madrastra y yo dejamos de fingir esa madrugada
Llevábamos seis meses jugando al mismo juego sin reglas claras. Elena era la mujer con la que mi padre se había casado dos veranos atrás, y desde el día en que se mudó a casa con sus dos hijas pequeñas, supe que algo iba a romperse tarde o temprano.
No era solo que fuera hermosa, aunque lo era. Era esa forma suya de mirarme cuando creía que nadie la observaba, la manera en que se demoraba un segundo de más al pasarme la sal en el desayuno, las preguntas que me hacía cuando mi padre se iba de viaje y yo me quedaba estudiando hasta tarde en el comedor.
Una tormenta de otoño nos dejó solos en casa cinco meses después de su llegada. Mi padre estaba en Bilbao por trabajo. Las niñas dormían arriba. Y Elena, sentada en el suelo del comedor con una copa de vino en la mano, me dijo cosas que ninguno de los dos podía retirar después.
Lo que pasó esa noche fue rápido y desesperado, casi un accidente. Al día siguiente ella me pidió tiempo. Necesitaba aclarar lo que sentía, decidir qué hacer con todo. Le di ese tiempo. Y durante semanas vivimos como dos fantasmas que se cruzaban en el pasillo sin tocarse.
Hasta que sus padres vinieron de visita el mes pasado, y la presión de fingir delante de ellos —de fingir que yo era simplemente «el chico mayor», el hijastro que ya estaba en la universidad— terminó de romper algo dentro de los dos. Cuando se fueron, Elena entró en mi cuarto, cerró la puerta con llave y me dijo que ya no podía más.
—Quiero esto contigo, Daniel. No me importa lo que cueste.
***
Esa noche, la que cuento ahora, mi padre estaba otra vez fuera. Una conferencia en Sevilla, dos días enteros. Las niñas dormían a pierna suelta en la planta de arriba, agotadas después del cumpleaños de una compañera del colegio. Y nosotros bajamos al salón con las manos entrelazadas, como si el simple hecho de tocarnos en nuestra propia casa fuera todavía un acto de rebeldía.
—Quiero hacerte el amor cada noche —le dije apoyándola contra el sofá, mi boca rozando la suya—. Quiero que esto no termine nunca. No quiero volver a fingir delante de nadie.
Elena contuvo el aliento. Tenía las mejillas encendidas, y esa manera suya de morderse el labio inferior cuando intentaba ordenar lo que sentía me volvía loco.
—Yo tampoco quiero fingir —su voz tembló un poco, los dedos enredándose en mi pelo—. Pero las niñas... si alguna se despierta...
—No se despertarán. Y si se despertaran, ya saben que estamos juntos. Saben que somos pareja.
Era verdad. Habíamos decidido contárselo a las niñas dos semanas atrás, en un desayuno de domingo. Las dos lo recibieron con la naturalidad casi insultante de los niños que aún no entienden lo escandaloso que es para los adultos. Mi padre seguía siendo el otro frente. El que nos faltaba.
Pero esa madrugada no había padre, no había suegros, no había vecinos curiosos. Solo Elena y yo, y la luz amarilla de la lámpara de pie iluminando una mitad de su cara mientras la otra mitad quedaba en penumbra.
La besé despacio al principio. Quería sentir cómo se rendía, cómo dejaba caer los hombros y se abría debajo de mí. Mis manos viajaron por su cintura, por el algodón fino del camisón corto que llevaba, hasta encontrar la curva tibia de sus muslos.
Elena soltó un suspiro que no era del todo voluntario. Conocía cada uno de esos sonidos. Llevaba meses aprendiéndolos uno a uno, como quien estudia un idioma secreto.
—Daniel...
—Calla, mi vida. Déjame.
Le bajé las bragas con cuidado, sin prisa, y me coloqué entre sus muslos. Ella me miró desde abajo con esa mezcla de pudor y deseo que nunca dejaba de sorprenderme en una mujer de su edad. Tenía treinta y nueve años, doce más que yo, y sin embargo había momentos en los que parecía una chica de veinte descubriéndose por primera vez.
Mis dedos encontraron sus pezones por encima de la tela. Le pellizqué uno con suavidad, lo justo para que se le escapara un gemido corto y entrecortado.
—Mírame —le pedí.
Abrió los ojos. Verdes, enormes, todavía aturdidos por el alcohol del beso. Mientras la sostenía con una mano, me bajé el pantalón del pijama y me liberé. Ella me miró expectante, dejando que la guiara, abriéndose un poco más al sentir la primera presión.
Entré despacio. No había prisa esa noche.
Elena se aferró a mis hombros con las dos manos. Sus dedos se clavaron en mi espalda, sus uñas buscaron tela del pijama y, al no encontrarla, encontraron piel. El mundo entero se redujo al rectángulo del sofá, a la respiración entrecortada que compartíamos y a la sensación de estar haciendo algo que ya nadie podría borrarnos.
—Te quiero —murmuró contra mi cuello—. Te quiero tanto que me da miedo.
Me moví dentro de ella con un ritmo que ya conocíamos los dos. Sabía dónde girar las caderas, sabía cuánto frenar cuando inhalaba bruscamente, sabía dónde poner la mano en su muslo izquierdo para que se le erizara la piel hasta el cuello.
Sus jadeos se hicieron más cortos, más urgentes. Sentí cómo se le tensaban las piernas alrededor de mi cintura, cómo se le iba la fuerza del cuello.
—Despacio —pidió—. Quiero que dure.
—Va a durar.
Bajé una mano y la acaricié justo donde sabía que necesitaba que la acariciara. Elena cerró los ojos y dejó escapar un sonido grave, casi animal, que jamás habría hecho durante una cena familiar, jamás habría dejado salir delante de mi padre. Ese sonido era mío. Era todo mío.
Cuando su orgasmo llegó, lo hizo en oleadas. Se sacudió debajo de mí, atrapada entre el respaldo del sofá y mi cuerpo, y por un instante sus uñas se clavaron tan fuerte que pensé que iba a perforar el tapizado. La sostuve mientras pasaba. Le besé la frente, la sien, el cuello, hasta que el temblor se calmó del todo.
—Eres increíble —susurró con la voz rota, todavía con los ojos cerrados.
No respondí. No hacía falta. Verla así, deshecha por algo que yo le había provocado, me llenaba de un orgullo extraño que no podría haber explicado en voz alta.
***
Cuando Elena abrió los ojos, su sonrisa era distinta. Más relajada, más pícara. Me empujó con suavidad por el pecho hasta que me dejé caer de espaldas sobre los almohadones.
—Mi turno —dijo con voz ronca.
Se incorporó sobre las rodillas. El pelo castaño le caía sobre los hombros desnudos, todavía despeinado por el sofá. Se deslizó hasta el suelo, se arrodilló entre mis piernas y me miró desde abajo con una intensidad nueva, una que rara vez se permitía.
Esto no parece la misma mujer que sirve el desayuno a las siete de la mañana.
—No tienes que...
—Quiero hacerlo. Llevo toda la noche pensando en hacerlo.
Sus dedos me rodearon con una lentitud calculada. Conocía el efecto que tenía sobre mí, y lo usaba con esa pequeña crueldad que solo se permitía cuando estábamos solos. La punta de su lengua me rozó primero, casi de prueba, y luego su boca se cerró sobre mí con una decisión que me hizo cerrar los ojos.
—Joder, Elena...
Murmuró algo que no entendí. La sentí sonreír sin dejar de moverse, una de sus manos firme en mi cadera, la otra acariciándome con un ritmo que sabía exactamente cuándo acelerar y cuándo frenar.
Aguanté lo que pude. Quería que durara, quería que ese instante en el que ella me dominaba desde el suelo de nuestro propio salón no terminara nunca. Pero llevaba meses acumulando todo —el deseo contenido, las cenas mirándola sin poder tocarla, las noches de insomnio sabiendo que dormía a tres puertas de distancia— y mi cuerpo no quiso esperar más.
—Elena, voy a... ten cuidado.
Levantó la vista sin separarse de mí. Sus ojos verdes me sostuvieron la mirada con una calma absoluta.
—No te contengas. Quiero verlo.
Su mano apretó con más decisión, sus labios y su lengua siguieron trabajando con un descaro que jamás le habría atribuido. Cuando el orgasmo llegó, llegó con tanta fuerza que apreté los dientes para no gritar. Solté un gemido grave, sentí cómo se me agarrotaba la espalda contra el sofá, y me dejé ir por completo, sin contenerme.
Elena se echó ligeramente atrás, sorprendida, sin perder la sonrisa. Una mancha le brillaba en la mejilla, otra en el dorso de la mano. No se inmutó. Me miró como si acabara de descubrir un secreto pequeño y privado.
—Brillante —dijo riéndose bajito.
***
Después fue lo más extraño y lo más íntimo. Elena alcanzó la caja de pañuelos del estante bajo de la mesita, sacó un puñado y me limpió con una ternura que no se parecía en nada a la urgencia de los minutos anteriores. Luego se limpió ella, riéndose como una adolescente que acaba de descubrir algo nuevo y travieso.
—Nunca había visto nada así —admitió—. Tu padre nunca... —cortó la frase a tiempo, y los dos nos quedamos quietos un segundo. Se mordió el labio, esta vez con culpa—. Perdón. No quería compararlo.
—No lo compares —dije, y le pasé la mano por el pelo—. Esto somos solo nosotros. No tiene que ver con él.
Asintió en silencio. Me apoyé en el respaldo y la dejé acomodarse contra mi pecho. Tiré de la manta de cuadros que estaba doblada en el reposabrazos y la eché sobre los dos. Era octubre, la calefacción aún no estaba puesta, y el frío empezaba a colarse por las ventanas viejas del salón.
—¿Crees que podremos repetirlo? —preguntó con la voz adormilada, sabiendo perfectamente la respuesta.
—Cada noche, mientras tú quieras.
Apretó la mano contra mi pecho. Su corazón latía contra mis costillas, todavía un poco acelerado, y se fue calmando contra mi piel.
***
Antes de subir a dormir, la llevé a la ducha. El agua caliente nos cayó encima y nos hizo reír a los dos, embobados como si nunca hubiéramos compartido una ducha. Le enjaboné la espalda con calma, los hombros, los brazos. Ella me devolvió el favor con un gesto distraído, deslizando la espuma por mi pecho mientras me miraba a los ojos como si tratara de memorizarme.
—¿En qué piensas? —le pregunté.
—En que no quiero que vuelva el lunes —respondió en voz baja—. Sé que es horrible decirlo. Pero es lo que pienso.
No contesté. La rodeé con los brazos por la cintura y le besé la nuca mojada. No hacía falta decir nada. Yo pensaba lo mismo, y los dos lo sabíamos.
Salimos del baño envueltos en toallas. Nos pusimos los pijamas en silencio, cada uno por su lado de la cama, casi como un pequeño ritual recién inventado. Después nos buscamos en el centro del colchón: ella se acurrucó de espaldas contra mí y yo le pasé el brazo por encima del costado, encajando el cuerpo al suyo como dos piezas que llevaban demasiado tiempo separadas.
—Juntos, Daniel —murmuró—. Siempre juntos.
—No me puedo creer que estemos haciendo esto.
Soltó una risita suave en la oscuridad. Le besé el hombro a través del algodón del pijama y noté cómo su respiración se iba calmando hasta convertirse en un ritmo lento, profundo, casi de niña.
Pensé en mi padre durmiendo en un hotel a setecientos kilómetros, ajeno a todo. Pensé en lo que pasaría cuando volviera el lunes y nos preguntara qué tal el fin de semana. Pensé en las niñas, en sus abuelos, en los vecinos del bloque, en lo difícil que iba a ser todo a partir de ahora, en las miradas, los silencios, las verdades a medias.
Y después dejé de pensar. Apoyé la frente contra la nuca de Elena, sentí su perfume mezclado con el del jabón de la ducha, y me quedé dormido sabiendo que, pasara lo que pasara, esa madrugada ya no podía volver atrás. Tampoco quería.