La tarde que mi tía me untó la espalda con crema
Querida tía Renata:
Hace apenas unas horas que te dejé en la estación y ya tengo la necesidad imperiosa de escribirte. Sentada frente al escritorio de mi nueva habitación, con el aire todavía oliendo a pintura fresca y a maletas sin abrir, te confieso que la distancia me pesa más de lo que había imaginado.
Me encuentro bien. El centro universitario que con tanto criterio elegiste para mí supera con creces lo que esperaba. Las aulas son amplias, la biblioteca parece un templo y los compañeros con los que he cruzado dos palabras se muestran amables, casi tímidos. Tengo todo lo que cualquier estudiante podría desear. Lo único que me falta eres tú.
Considera, tía, que es la primera vez que estamos realmente lejos la una de la otra. Antes de esto, en los diecinueve años que llevo respirando, nunca nos habíamos separado más allá de unos pocos días. Y aunque puedo defenderme sola —me lo enseñaste tú—, hay una parte de mí que ya está contando las semanas para volver a verte.
Te he extrañado tanto en estas horas que he comenzado a repasar mentalmente cada uno de los recuerdos que tengo de ti. Y de entre todos, hay uno que se ha impuesto sobre los demás. Tú sabes cuál es. Estoy segura de que tú también lo recuerdas.
Fue aquella tarde, después del retiro estudiantil. Yo tenía dieciocho años recién cumplidos y tú habías insistido en que pasara unos días lejos de casa, en aquel campamento de la sierra que organizaba el colegio. Decías que era hora de que aprendiera a estar sin ti. Lo cierto es que me bastaron tres jornadas para descubrir que prefería tu compañía a la de cualquier otra persona en este mundo.
Volví quemada por el sol. Eso lo recuerdo con claridad. La espalda me ardía como si me hubieran puesto una plancha caliente entre los omoplatos. Cuando me viste entrar por la puerta, soltaste el paño de la cocina y te llevaste las manos a la cara con una mezcla de espanto y ternura.
—Pero criatura, ¿cómo te dejaste así? —me dijiste—. Sube a mi cuarto. Tengo una crema que te va a aliviar.
Subí los escalones de dos en dos. Ni siquiera me detuve a pensar en lo extraño que era ir a tu habitación a desnudarme. En esa época eras para mí una segunda madre, una autoridad que sustituía a la que la vida me había arrebatado demasiado pronto. No había en mi cabeza, todavía, otra cosa que confianza ciega.
Tu habitación olía a jazmín y a algo más, algo cálido que no supe nombrar entonces y que después aprendí a reconocer como tu piel. Entré, me senté en el borde de tu cama y esperé. Tú llegaste con un pequeño frasco entre las manos, te sentaste en un taburete bajo y me indicaste con un gesto que me quitara la camisa.
Lo hice de espaldas, con cierto pudor, no porque sospechara nada, sino porque eras mi tía y no estaba acostumbrada a mostrarme ante ti así, sin la armadura adolescente con que me protegía del mundo.
—También el sostén —dijiste con voz neutra—. La crema se pega a la tela.
Obedecí. Y me quedé inmóvil, esperando.
Tus manos llegaron entonces como un descanso. Frías al principio por la crema, tibias después por tu propia piel. Comenzaste a esparcir el ungüento por mi espalda con movimientos largos, ondulantes, casi musicales. Recuerdo cómo el ardor del sol fue cediendo, cómo cada caricia me devolvía un trozo de cuerpo robado por la insolación.
No parabas de hablar. Me contabas mil cosas a la vez: que la vecina del segundo se había vuelto a casar, que la lavadora hacía un ruido raro, que habías pensado pintar el recibidor de un color distinto. Pero yo apenas oía las palabras. Estaba demasiado ocupada sintiendo tus manos.
Y entonces, en mitad de una frase trivial, dijiste algo que no he olvidado jamás.
—Eres una mujer muy hermosa, Lucía.
Lo dijiste sin levantar el tono, casi como si te hubiera salido sin querer. Después vino un silencio largo que tuve la prudencia de no romper. Tus manos seguían moviéndose, pero algo se había modificado en su recorrido. Eran más lentas. Más conscientes.
Luego me pediste que me girara.
Lo hice despacio. Cuando quedé frente a ti, descubrí que evitabas mirarme el pecho. Tenías los ojos clavados en mi rostro como si te hubieras impuesto una norma. Y, sin embargo, tu mano se aventuró hacia adelante con la crema y me la untó entre los pechos, encontrándose con esa franja de piel pálida que el sol no había alcanzado.
Mis pezones se irguieron al instante. Tú no los miraste. Yo sí miré los tuyos, debajo de la blusa fina, y supe que también ellos respondían a algo que no estaba dicho. Tus dedos resbalaban con la crema sobre la curva de mis pechos y mi respiración se hizo más lenta, más larga, como si cada inhalación tuviera que recorrer un camino mucho más extenso para llegar al pulmón.
No dije nada. Sonreía. Disfrutaba aquellas caricias que, ahora lo sé, fueron las primeras que conscientemente me ofreciste como mujer y no como sobrina.
Después me hiciste girar otra vez. Volví a quedar de espaldas, esta vez de pie ante el taburete en el que estabas sentada. Mi cintura quedaba a la altura de tu cara. Sentí tus dos manos posarse sobre mis caderas, untar de nuevo, descender por la curva de mis nalgas con la misma lentitud premeditada con que habían recorrido la espalda.
***
He vuelto a leer lo que llevo escrito y me da risa pensar cómo describo todo esto con la frialdad de quien recuerda un viaje en autobús. La verdad es que estoy tibia, tía. Estoy escribiéndote en camisón, descalza, y noto cómo el papel se humedece bajo el canto de mi mano. No me detengas. Necesito contarlo, aunque sea para no olvidarlo nunca.
Aquella tarde, mientras tus manos descendían por mis nalgas, yo cerré los ojos. Tus uñas trazaban un dibujo invisible sobre mi piel. Imaginé que esa caricia estaba escribiendo algo en mí, algo que solo tú podrías leer después. Mis muslos comenzaron a apretarse uno contra otro, no por pudor, sino para sostener una tensión que no sabía cómo aliviar.
Y entonces ocurrió. Una de tus manos, la derecha, se aventuró entre mis muslos. No fue un roce ambiguo. Fue una decisión. Avanzó con seguridad y se cerró sobre mi sexo por encima de la fina tela que aún me cubría. Allí se quedó, apenas un instante, pero un instante que partió mi vida en un antes y un después.
Tu otra mano se detuvo también. Tu discurso, que llevaba media hora siendo un murmullo lejano, enmudeció. La habitación entera quedó en silencio. Yo no respiraba. Tú tampoco. Éramos dos estatuas que sostenían entre las dos un secreto demasiado grande.
Cuando por fin me giré, tu rostro me sobrecogió. Tenías las mejillas encendidas como si llevaras horas frente al fuego. Los labios entreabiertos, brillantes, mojados por la lengua. Pero lo que más me impactó fueron tus ojos. Por primera vez en mi vida los vi así: oscuros, hondos, como si una llama hubiera prendido detrás de las pupilas. No podía apartar la vista. Me miraban hasta el fondo, como si pretendieran llegar al centro mismo de mi vientre, que no había dejado de latir desde que empezaste a tocarme.
Te pusiste de pie, tomaste una toalla grande de algodón azul y me envolviste con ella como quien envuelve un objeto frágil.
—Ya está —me dijiste—. Suficiente.
Tu voz temblaba ligeramente. Yo asentí sin entender bien qué era lo que se había acabado, si la cura, la inocencia o algo más profundo.
***
Recordarás, tía, que esa misma tarde te marchaste al centro de la ciudad. Tardaste en volver. Llegaste cuando ya había caído la noche, con paso ligero, perfumada, todavía maquillada como si vinieras de una cita. Te recibí con un abrazo y te pregunté si querías beber algo. Te serví una copa, me serví otra y nos sentamos en el sofá del salón, una frente a la otra, con la lámpara baja iluminándonos solo a medias.
Te miraba como nunca te había mirado antes. Aquella belleza tuya, que siempre admiré con la admiración inocente de quien quiere parecerse a su modelo, había mutado en algo distinto. Era deseo. Reconocí entonces la mirada que durante tantos años les había visto a los hombres cuando te cruzabas con ellos por la calle: ese hambre disimulada, ese imán que no sabías que ejercías y que sin embargo manejabas como nadie.
No sé en qué momento te diste cuenta de que mi mirada había cambiado. Pero te diste cuenta. Lo supe porque dejaste la copa sobre la mesa, te pusiste de pie y dijiste algo que recuerdo palabra por palabra:
—Si yo te he visto desnuda hoy, por primera vez, como mujer adulta, lo justo es que tú me veas a mí.
No esperaste a que yo respondiera. Comenzaste a desabotonarte la blusa con esa serenidad que solo tienen las mujeres que llevan toda la vida administrando su propio cuerpo. Después dejaste caer la falda. Después el resto. Cuando quedaste de pie sobre tus tacones, desnuda, perfecta, no me atreví ni a respirar.
Tu cuerpo, tía. Tu cuerpo era una catedral. Tenías los muslos ligeramente cruzados y la línea de tus caderas dibujaba en el aire una S que me dolió de tan exacta. Tus pechos subían y bajaban casi imperceptiblemente. Tus pezones, oscuros, firmes, eran dos imanes que no me dejaban mirar otra cosa.
Esto no puede ser real, pensé. Esto no puede estar pasando.
Me puse de pie para verte mejor. Te rodeé despacio, sin tocarte, anhelante, descomedida. Cuando llegué a tus espaldas, tus nalgas estaban a un palmo de mi mano. Eran perfectas. Tersas, redondas, con esa hendidura prometedora que dividía dos universos. Cualquier otra hubiera hundido la cara allí. Cualquier otra habría comenzado a recorrerte con la lengua. Yo no me atreví. Estaba demasiado deslumbrada. Te estaba adorando.
Volví a tu frente, te encontré de pie, todavía inmóvil, y me abalancé sobre tu boca.
Tu boca. Fue mi primera lección. No de besos —esos los había recibido antes, torpes, apurados, de chicos que no sabían lo que tenían entre los brazos—, sino de amor. Tu lengua entró en la mía con la pausa de quien tiene tiempo. Tus dientes me mordieron suavemente el labio inferior. Tus manos se posaron en mi nuca con la firmeza tranquila de quien me estaba presentando, por fin, a la mujer que yo iba a ser.
No pasó nada más esa noche. No tenía que pasar. Aquella verdad bastaba para los dos cuerpos. Lo demás vino después, en cuentagotas, durante todos esos meses bendecidos que pasamos antes de que yo me marchara a esta universidad lejana en la que ahora te escribo.
Perdóname este recuerdo tan largo, tía. Tenía que escribirlo. De alguna manera, escribiéndolo, te tengo conmigo en esta habitación.
Te quiero como no he querido nunca a nadie. Te beso despacio, en los párpados, como tú me enseñaste a hacerlo.
Lucía.