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Relatos Ardientes

Mi hermana volvió de Málaga y todo cambió esa tarde

Habían pasado dos semanas desde aquella noche con mi hermana Sofía y su marido, y yo no podía dejar de pensar en ella. No en él. En ella. En cómo me había mirado cuando le besé el cuello por primera vez, como si descubriera algo que llevaba años esperando en silencio.

Esa mañana, mientras desayunaba sola en la cocina, decidí llamarla. Daniel estaba de viaje en Escocia por trabajo y no volvía hasta dentro de tres semanas. Sofía había regresado la tarde anterior de Málaga, un viaje relámpago para cerrar unos papeles de la herencia de nuestros padres. Yo sabía que estaba sola en casa, y sabía también que iba a llamarla incluso antes de levantarme.

Tomé el móvil y marqué.

—Hola, hermana —respondió enseguida.

—¿Qué tal el viaje?

—Rápido. Cansado. Pero ya estoy de vuelta. ¿A qué se debe la llamada tan temprano?

—Pensaba ir al centro a hacer unas compras y, como Daniel no está, se me ocurrió que podías acompañarme. Hace tiempo que no salimos solas tú y yo.

Hubo un silencio breve. Apenas medio segundo, pero suficiente para que yo lo notara.

—Claro que sí —dijo al fin—. Me arreglo y voy para tu casa.

—Te espero, mi niña.

Colgué y me quedé un momento mirando la pantalla apagada. Me había llamado mi niña sin pensarlo, igual que cuando éramos pequeñas. Me serví otro café, subí a cambiarme y elegí una falda corta y una camisa amarilla que sabía que me favorecía. No quería preguntarme por qué me arreglaba tanto para mi propia hermana.

***

Media hora después sonó el timbre. Cuando le abrí, Sofía estaba en el rellano con un vaquero ajustado, una camisa blanca y una cazadora ligera. El pelo recogido en una coleta baja, sin maquillaje, como si hubiera salido a comprar el pan. Aun así, no podía dejar de mirarla.

Me besó en la mejilla y entró sin esperar invitación, como hacía siempre.

—Estás guapa —me dijo, repasándome de arriba abajo con una sonrisa que no era del todo inocente.

—Vamos antes de que se llene el centro —respondí, y me adelanté hacia el ascensor para que no me viera la cara.

Pasamos cuatro horas dando vueltas por el centro comercial. Compramos algo de ropa, miramos zapatos, tomamos un café en la terraza de una cafetería italiana. Hablamos de nuestra madre, del jardín que Sofía estaba arreglando, de un libro que ella había empezado y que no le terminaba de gustar. De todo, menos de aquella noche.

Pero la noche estaba ahí, sentada entre las dos. La notaba cada vez que ella me rozaba el brazo al pasarme algo, cada vez que se mordía el labio probándose una blusa en el espejo, cada vez que se reía un poco más fuerte de la cuenta.

***

Cuando volvimos a casa, dejé las bolsas en el recibidor y le pedí que se acomodara en el salón.

—Voy a preparar algo de picar —dije—. No me has dicho si has comido.

—No demasiado —contestó desde el sofá—. Algo ligero estaría bien.

Volví con dos copas, una botella de blanco fresco y una tabla con jamón, queso curado y unos frutos secos. Me senté en el sillón frente a ella, no a su lado. Todavía no me atrevía.

Brindamos sin decir nada concreto. Por el viaje, por la tarde, por nosotras. Ella se quitó las zapatillas, dobló las piernas sobre el sofá y me miró por encima de la copa con esa intensidad que llevaba poniendo toda la tarde.

—¿Piensas alguna vez en aquella noche? —preguntó al fin.

Se me cortó la respiración un instante. Tragué el sorbo de vino más despacio de lo necesario.

—Más de lo que debería —admití.

—Yo también.

Nos quedamos calladas. Se oía el reloj del recibidor, lejano. Sofía dejó la copa en la mesa baja y se levantó. Cruzó los dos metros que nos separaban y se sentó en el brazo de mi sillón. Olía a ese perfume cítrico que siempre llevaba, ahora mezclado con su piel.

—Daniel no estaba pensando en mí esa noche —dijo en voz baja, casi al oído—. Estaba pensando en las dos. Pero yo solo te miraba a ti.

Me incliné apenas hacia ella, y eso bastó. Sofía bajó la cabeza y me besó en los labios, despacio, sin abrirlos. Un beso corto. Después se echó hacia atrás y esperó, conteniendo la respiración.

—Perdóname, no sé qué…

No la dejé terminar. La agarré por la nuca y la besé yo, esta vez en serio. Le abrí los labios con los míos y le encontré la lengua. Ella soltó un suspiro pequeño que noté en mi boca antes de oírlo.

Nos quedamos así, besándonos sin prisa, mientras yo deslizaba la mano por su muslo por encima del vaquero. Sentí que se le erizaba la piel del cuello cuando le rocé con los dedos por encima de la camisa. Le desabroché el primer botón sin pensarlo. El segundo lo desabrochó ella misma, sin dejar de besarme.

—Aquí no —murmuró contra mi boca—. Arriba.

***

Subimos las escaleras sin soltarnos las manos. En el descansillo me apoyó contra la pared y me besó otra vez, mordiéndome el labio inferior, presionando su cadera contra la mía. Empujé la puerta del dormitorio con la espalda.

Dentro, la persiana estaba a media altura y la luz de la tarde entraba en franjas tibias sobre la cama. Sofía me empezó a desabrochar la camisa con dedos torpes. Yo le bajé la cazadora de los hombros, se la quité por los brazos y la dejé caer al suelo. Le sostuve la cara con las dos manos y la miré.

—Si paramos ahora, no volvemos a hacerlo nunca —le dije.

—No quiero parar.

Terminé de desnudarla con calma, prenda por prenda. Sofía siempre había sido más reservada que yo; incluso de niñas se cambiaba de espaldas en el cuarto que compartíamos. Verla ahí, de pie frente a mí, con la respiración acelerada y los pezones tensos por el aire fresco, fue algo que no había imaginado del todo ni siquiera en mis mejores recuerdos de aquella noche con Daniel.

Me quité la falda y la camisa. Ella se acercó y me bajó la ropa interior con cuidado, casi con respeto. Cuando me incorporé, se quedó mirándome el sexo, y luego sonrió un poco.

—¿Te lo has depilado distinto? —preguntó.

—Un corazón —dije—. Daniel ni lo notó la otra noche.

—Yo sí lo noté.

Nos dejamos caer sobre la cama, ella debajo. Le besé el cuello, las clavículas, los pechos. Le tomé un pezón entre los labios y lo sostuve ahí, jugando con la punta de la lengua, hasta que arqueó la espalda. Sofía me agarró del pelo y me lo tiró un poco, no para apartarme, sino para que la mirara.

—No me hagas esperar tanto como aquella noche —pidió.

Bajé por su vientre y le abrí los muslos con las dos manos. Estaba mojada antes de que yo la tocara siquiera. Le pasé la lengua despacio, una vez, y la sentí temblar entera. Le rodeé el clítoris con la punta, sin presionar, mientras le subía las manos por la cintura y le acariciaba los pechos desde abajo.

—Marina —susurró, como si necesitara recordarse a quién le estaba hablando.

Le metí dos dedos despacio. Encontré ese punto interno que se hinchaba al tocarlo y empecé a moverlos con un ritmo lento, mientras seguía con la boca arriba. Sofía gemía bajo, intentando contenerse al principio, hasta que dejó de intentarlo. Me apretó la cabeza contra su sexo y los muslos se le cerraron alrededor de mis hombros.

Cuando se corrió fue un orgasmo largo, ondulado, que la dejó murmurando cosas que no entendí. Subí por su cuerpo y la besé en la boca para que se probara. Ella me devolvió el beso con una intensidad nueva, como si acabara de entender que sí, que había pasado de verdad y que no iba a poder volver atrás.

—Ahora yo —dijo, y me empujó suavemente para que me tumbara.

***

Tardó en bajar. Me besó cada centímetro, sin prisa, casi con reverencia. Cuando llegó a mi sexo, no se lanzó. Me lamió primero la cara interna de los muslos, me sopló contra la piel mojada, me besó por encima del corazón depilado como quien firma algo.

Yo estaba al borde de pedírselo cuando finalmente me pasó la lengua entera. Solté el aire de golpe.

—Sigue así, por favor —le dije, y le agarré la mano libre para entrelazarla con la mía.

Aprendía rápido. Encontró el ritmo en pocos minutos y no lo soltó. Cuando me metió los dedos a la vez que seguía con la lengua, supe que iba a correrme pronto, y no me importó que fuera así, sin alargarlo más. Llevaba dos semanas pensando en esto y mi cuerpo no necesitaba más preámbulo.

El orgasmo me llegó en una ola que me hizo gritar más de lo que quise. Sofía no se apartó. Se quedó conmigo hasta el final, lamiendo despacio mientras yo bajaba, hasta que el cuerpo me dejó de temblar.

Después subió y se tumbó a mi lado, con la cabeza sobre mi hombro. Le acaricié el pelo. Las dos respirábamos como si hubiéramos corrido.

—Quiero probar algo —dije al cabo de un rato.

—¿Qué?

—Lo que hicimos al final con Daniel, pero sin él.

Sofía sonrió contra mi cuello y asintió.

Nos colocamos cruzadas en la cama, una pierna por encima y otra por debajo, hasta que nuestros sexos se encontraron. La primera vez que se rozaron, las dos soltamos el mismo sonido. Sofía me agarró la cadera y empezó a moverse despacio, buscando el ángulo. Yo la ayudé con la mano.

Costaba encontrar el ritmo, pero cuando lo encontramos no quisimos parar. Me llevé las manos a sus pechos. Ella me agarró un muslo y se apoyó mejor. Empezamos lentas y nos fuimos acelerando, mirándonos a los ojos casi todo el tiempo, como si necesitáramos comprobar que la otra seguía ahí.

—No pares —le dije.

—Tú tampoco.

Esta vez nos corrimos casi a la vez, una detrás de la otra, separadas por segundos. Después nos quedamos quietas, mirándonos, con las piernas todavía enredadas y la respiración entrecortada. Sofía tenía las mejillas rojas y un mechón pegado a la frente. Yo le aparté ese mechón con un dedo.

***

Más tarde nos duchamos juntas, sin volver a tocarnos de esa manera, solo enjabonándonos la espalda y riéndonos por lo bajo, como si fuéramos otra vez las dos niñas que compartían cuarto. Le presté ropa interior limpia y una camiseta mía. Bajamos a la cocina y preparé café.

Sofía se sentó en el taburete de la isla, con las piernas cruzadas, y me miró servirlo.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—Ahora te bebes el café.

—Sabes a qué me refiero.

Le pasé la taza y me apoyé enfrente, con los codos en la encimera. La miré un momento antes de contestar.

—Ahora hacemos como si esto no fuera la última vez —dije.

Asintió despacio, sin sonreír, pero con los ojos brillando un poco más de la cuenta. Se llevó la taza a los labios y bebió en silencio.

Cuando se fue, me dio un beso en la boca en la puerta. Corto, casi casto, pero un beso en la boca.

—Mi niña —le dije antes de cerrar—, ha sido un placer follar contigo otra vez.

Ella se rió bajito y bajó las escaleras del portal sin mirar atrás. Cerré la puerta, me apoyé en ella un segundo con los ojos cerrados, y supe que iba a volver a llamarla antes de que terminara la semana.

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Comentarios (4)

Clara_76

increible relato, me dejo sin palabras!!

Gonza_reader

Por favor que haya segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber que paso despues entre ellas

Marisol_Lc

Uff que intenso. Me recordo a cierta situacion con una amiga que mejor no cuento jajaja. Muy bueno

Fercho22

tremendo!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo

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