Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que vi esa noche en la casa de la playa

Aquel verano mis padres alquilaron una casa en la costa para pasar la última semana de enero con mi tía y mi tío. Éramos cinco: mi madre Adriana, mi padre Rodolfo, mi tía Marisol, mi tío Damián y yo, que acababa de cumplir veintiún años. Ellos cuatro rondaban los cuarenta y tantos.

La casa era preciosa por fuera y un disparate por dentro. Solo tenía una puerta de entrada y, una vez adentro, las habitaciones estaban separadas por cortinas livianas de lino blanco que el aire de mar movía sin parar. Quien la diseñó estaba pensando en parejas jóvenes sin hijos, no en una familia de cinco.

Aquella primera tarde fue tranquila. Acomodamos las maletas, almorzamos pescado fresco y nos sentamos a jugar al truco en la mesa del comedor. Lo único raro fue que mis tíos se levantaban cada veinte minutos con cualquier excusa —que iban a buscar hielo, que faltaba pan, que se les había quemado algo— y volvían con las mejillas encendidas y conteniendo la risa. Mi madre los miraba de reojo, divertida.

—Estos dos hace veinte años que están casados y siguen como adolescentes —comentó.

—Aprende —le respondió mi padre, guiñándole un ojo.

Cené poco y me retiré temprano a mi habitación. Estaba cansado del viaje y quería ver una película antes de dormir. Me costó concentrarme; el sonido del oleaje entraba por la ventana abierta y me iba arrastrando a otra parte. Cuando terminó la película fui al baño a hacer pis, y al volver pasé frente a la cortina del cuarto de Marisol y Damián.

Y entonces lo escuché.

Una risa baja, contenida. Después la voz de mi tío, ronca, susurrando algo sobre la espalda de su mujer, sobre el lunar que ella tenía justo encima de la cadera. Mi tía respondió con una risita que terminó en un suspiro corto, como si le hubiera fallado el aire. La cortina apenas se movía.

Me quedé clavado en el pasillo. El corazón se me había acelerado de una manera estúpida, como si tuviera doce años y no veintiuno. Sabía perfectamente lo que estaba pasando del otro lado del lino. Sabía también que debía seguir caminando hasta mi cuarto y olvidarme. Pero los primeros gemidos de Marisol —cortos, agudos, mal disimulados— me pegaron a la pared.

No fue una decisión racional. Me acerqué a la cortina y la entreabrí apenas un dedo.

Damián estaba sobre ella, en una postura clásica, con la luz de la lamparita marcando el músculo de su espalda. Mi tía tenía las piernas levantadas y los brazos enredados en su cuello. Se besaban entre embestidas, y cada vez que se separaban un instante ella soltaba ese mismo gemido cortito que la traicionaba.

Yo estaba duro como una piedra. No me había tocado ni una vez, pero ya tenía el pantalón del pijama tirante.

Lo que duró aquello no lo sé. Quizás cinco minutos, quizás veinte. Lo único que recuerdo con claridad es el final: mi tío gruñó algo que no llegué a entender, mi tía mordió la almohada para no gritar, y los dos se quedaron quietos, abrazados como si acabaran de cruzar a nado el mar. Después se besaron despacio, riéndose por lo bajo.

Solté la cortina y me di la vuelta para volver a mi habitación.

Y me choqué con mi padre.

—Pero mira al maldito mirón —me dijo en un susurro, con una sonrisa que no era ni de enojo ni de sorpresa.

—Papá, yo…

—Calladito y a dormir. Mañana hablamos.

Vi de reojo que él también tenía la marca del pantalón. Subió a su cuarto sin agregar palabra y yo me encerré en el mío hecho un desastre. Me masturbé pensando en la cara que tenía Marisol cuando se mordió la almohada. Tardé menos de un minuto en venirme.

***

A la mañana siguiente todos bajaron al desayuno como si nada. Marisol pidió café con leche con la naturalidad de quien no se acuerda ni del menú de la noche anterior. Damián leía el diario. Yo no me animaba a mirar a ninguno de los dos, así que me concentré en mi tostada y traté de actuar normal.

Pasamos la mañana en familia, viendo películas viejas en el televisor del salón. Después del almuerzo, mi padre propuso una salida distinta.

—Esta noche acampamos en la playa —dijo—. Tres carpas, una fogata, vino y dormimos al lado del mar.

A todos les pareció una idea genial. Yo asentí porque no me quedaba otra.

Cuando salimos a comprar leña, mi padre me hizo señas para que caminara con él, lejos del resto. Anduvimos en silencio cinco o seis pasos por la calle de arena y entonces me palmeó el hombro.

—Lo de anoche —dijo sin mirarme.

—Papá, te juro que…

—Tranquilo. No vine a darte un sermón.

Me explicó que cuando él era chico, en el campo donde se había criado, no había mucho que hacer al caer la noche. Su casa era grande, vieja, con paredes de adobe finitas. Decía que aprendió más de la vida espiando a sus tíos y a sus padres por los huecos de las puertas que en cualquier conversación. Lo contó sin culpa, casi con orgullo.

—Es de familia, parece —terminó—. No te asustes. Pero ojo con tu madre, eh. Esto queda entre vos y yo.

Asentí con la boca seca. No supe qué responder.

***

Por la noche armamos las carpas en la arena, cerca de unas rocas que nos protegían del viento. Las parejas se quedaron en sus respectivas carpas y yo en la mía, un poco más apartado. Cenamos a la luz de la fogata, cantamos pavadas, brindamos hasta tarde con un vino tinto demasiado fuerte. Marisol y mi madre se reían como dos colegialas, abrazadas. Mis tíos y mis padres se besaban sin disimulo.

A la una de la mañana cada uno se metió en su carpa.

Yo, en la mía, ya sabía lo que iba a pasar. No tardó.

Los primeros gemidos vinieron de la carpa de mis padres. Mi madre tenía una manera de respirar entrecortada que se filtraba por la lona como si fuera de papel. La escuché y la imagen completa apareció sola en mi cabeza, sin que yo hiciera nada. Después arrancó la carpa de Marisol y Damián. Eran dos audios superpuestos, dos parejas a metros una de otra, compitiendo sin querer.

O quizás compitiendo a propósito.

Porque en un momento dado escuché a mi padre reírse fuerte y decirle algo a mi tío. Damián le contestó con una carcajada. Hubo movimiento, cierres de carpa, voces. Cuando me animé a abrir un poco la mía, vi a los cuatro afuera, en la arena, frente a la fogata casi apagada. Las mujeres apoyadas sobre el tronco que habíamos usado de banco, los hombres detrás de ellas. La luna llena los dibujaba a los cuatro como figuras de tinta.

—A ver quién aguanta más —dijo mi tío.

—A ver quién hace gemir más fuerte a la suya —contestó mi padre.

Mi madre y mi tía protestaron por la forma vulgar en que ellos hablaban, pero no se movieron. Al contrario. Se acomodaron mejor, separaron un poco más las piernas y dejaron que sus maridos se ocuparan.

Yo terminé de abrir la cortina de mi carpa entera. No me importaba ya si me veían. Estaba arrodillado en la abertura, con el pantalón del pijama en los tobillos, y me tocaba como si la mano no fuera mía.

Las mujeres exageraban los gemidos. Eso era obvio. Cada vez que una soltaba un grito, la otra subía el volumen, y los maridos se reían y aceleraban. Era un concurso ridículo y profundamente humano. Marisol miró hacia mi carpa en algún momento, me vio en pleno acto y no apartó la mirada. Sostuvo el contacto unos segundos largos antes de cerrar los ojos y dejarse llevar.

Cuando terminaron, terminaron casi al mismo tiempo. Los cuatro se desplomaron sobre la arena entre risas. Mi padre buscó a mi madre, mi tío buscó a mi tía, se besaron. Yo me terminé en silencio, aún arrodillado, con la cabeza apoyada en la lona.

Después cada uno volvió a su carpa. Nadie dijo nada. Yo no podía dormir, así que me masturbé una segunda vez pensando en cómo Marisol me había mirado.

***

Lo del día siguiente todavía hoy me cuesta contarlo.

Me desperté antes del amanecer porque alguien estaba hablando muy bajito afuera. Salí de la carpa frotándome los ojos. Aún estaba oscuro pero ya se intuía una franja gris en el horizonte. La fogata estaba muerta. Las otras carpas, vacías.

Caminé unos metros hacia las rocas y los vi.

Mi tío Damián estaba detrás de mi madre, sosteniéndola por la cadera. Mi padre Rodolfo estaba con mi tía Marisol, ella apoyada contra una piedra. Las parejas estaban intercambiadas.

Si había una regla familiar inquebrantable, era esa: mis padres no se tocaban con nadie más, mis tíos tampoco. Llevaban décadas dándolo por hecho. Y sin embargo ahí estaban los cuatro, en la primera luz del día, rompiendo el pacto sin demasiado drama.

Me quedé inmóvil. Esperé el grito, el reproche, el «¿qué hacés acá?». No vino nada. Marisol me vio, sonrió de costado y siguió. Mi madre giró la cabeza, me clavó los ojos un instante y no dijo palabra. Damián y mi padre estaban concentrados en lo suyo.

Me bajé el pantalón en el lugar y empecé a tocarme. No fue una decisión. Fue el reflejo de un cuerpo que ya no se preguntaba nada.

Las dos mujeres giraron las cabezas otra vez. Esta vez con intención. Damián salió de mi madre un segundo para que ella se diera vuelta. Mi padre hizo lo mismo con Marisol. Ellas se arrodillaron en la arena, mirándome.

Lo que vino después lo recuerdo en pedazos. La boca de mi madre, después la de mi tía, después otra vez la de mi madre. Las dos temblando porque sus maridos las seguían tomando por detrás. Yo no podía sostenerme en pie. Mi padre y mi tío terminaron primero y se quedaron sentados en la arena, mirando, sin meterse. Cuando yo me corrí, fue tanto que no entendí de dónde había salido. Las dos se lo tragaron mientras se reían bajito.

Volvimos a las carpas en silencio. Nos cambiamos. Pusimos el agua para el mate como si nada.

***

Durante el desayuno hicimos un pacto sin firmar. Las mujeres lo formularon: nadie hablaba de esto, ni en chiste, ni dentro de la familia, ni con nadie. Y, sobre todo, no se repetía nunca más. Marisol dijo que había sido una manera rara de demostrar que éramos una familia unida, que estas cosas pasan cuando hay confianza. Mi madre asintió con cara de alumna aplicada.

Los hombres nos miramos. Sabíamos que en lo último que habíamos pensado mientras pasaba era en familia o en unidad. Pero les dijimos que sí a todo. Le hicimos creer a la conciencia de ellas lo que necesitaba creer.

De vuelta en la ciudad la vida siguió. Mis tíos vinieron a comer a casa el domingo siguiente, mi madre los recibió con un beso en la mejilla y un comentario sobre el calor. No hubo ni una mirada extraña.

Lo único que cambió, en realidad, fue mi padre. Cada tanto, cuando estamos los dos solos en el auto o tomando una cerveza en el patio, me cuenta cosas suyas con mi madre. Detalles que un padre no le cuenta a su hijo. Lo dice como quien comparte un código, no como quien presume. Yo lo escucho.

Y mis tíos, desde aquel verano, dejaron de cerrar la puerta del cuarto cuando voy a visitarlos. A veces los encuentro desnudos en la cocina, riéndose. Marisol me saluda con la mano sin taparse nada, como si fuera lo más natural del mundo.

No volvió a pasar nada con ninguno de ellos. Ni una caricia, ni un beso, ni una palabra fuera de lugar. Era cierto el pacto.

Pero, a veces, cuando se hace muy tarde y la casa queda en silencio, todavía pienso en aquella mañana en la arena. Y todavía termino de la misma manera.

Valora este relato

Comentarios (4)

Tuki_87

bueniiisimo, uno de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

NachoBA

Por favor la segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues

CuriosoNocturno

se nota que esto tiene algo de real, ese clima no se inventa asi nomas

PacoRL

el detalle de las tres de la mañana le da un suspenso increible antes de que arranque todo, muy bien logrado

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.