El primo callado que escondía algo más que timidez
Hace algunos años, cuando mi segundo hijo apenas tenía unos meses, recibí una llamada desde Chiapas. Era mi tía Esperanza, la hermana mayor de mi madre, con esa voz cantarina que siempre usaba para pedir favores. Necesitaba que alojara a uno de sus hijos durante dos semanas: el muchacho viajaba a la ciudad a presentar el examen de ingreso a la universidad y no conocía a nadie. Acepté sin pensarlo. La familia es la familia, le dije, aunque entonces no sospechaba qué clase de familia íbamos a terminar siendo aquella tarde.
Cuando le conté el plan a mi marido, sugirió que el chico se quedara en la casita que habíamos construido a un costado de la nuestra. Era un proyecto a medio terminar: una sala con sofá cama, aire acondicionado, televisión y un pequeño refrigerador. El resto seguía en obra negra, con el patio trasero usado por Carmela, nuestra empleada, para tender la ropa al sol. Acordamos que el muchacho comería con nosotros o que yo le llevaría comida cuando hiciera falta. Me pareció lo correcto.
El día que llegó fue un caos. Dejé a mi hija en la escuela, al bebé en la guardería y corrí a la central de autobuses. Llegué veinte minutos tarde. Él, en cambio, había bajado del autobús antes de tiempo y no se había movido de su asiento, con la maleta entre los pies y la mirada baja. Lo reconocí de inmediato. Mateo era el undécimo hijo de la tía Esperanza, y allá en Chiapas, donde la electricidad llega a saltos, los hijos brotan como mazorcas. Acababa de cumplir dieciocho años. Era alto, flaco como un junco, de piel morena y ojos cafés con una tristeza calmada. Para sacarle una palabra había que rogarle de rodillas.
—Tía —murmuró al verme, y se levantó cargando la maleta.
—Vamos, que el calor está peor en la calle —le dije, intentando sonreírle.
En el coche apenas habló. Miraba el paisaje como quien se prepara para no entender nada. Yo le iba contando del barrio, de la casita, de mi amiga Lourdes, que era profesora en la universidad y que aceptaría darle un repaso por las tardes para que llegara mejor al examen. De todos mis primos, Mateo era el único que tenía ganas reales de estudiar. Los demás se conformaban con las parcelas de su padre. Por eso me daba pena que llegara tan apocado: con esa actitud no iba a impresionar a nadie en el tribunal.
Lo llevé primero a casa para que se refrescara. Le serví un plato de arroz con plátano, un vaso enorme de horchata, y lo vi comer despacio, con los hombros encorvados. Yo había hecho compras anticipadas: refrescos, botanas, jamón, pan de molde, todo lo necesario para que estuviera cómodo dos semanas. Cuando terminó, lo llevé a la casita. Le mostré dónde estaba el aire acondicionado, el control remoto del televisor, el patio. Asentía sin hablar.
—Si necesitas algo, me marcas —le dije, y le di un beso en la mejilla. Olía a jabón barato y a viaje largo.
Me marché sin esperar respuesta. Tenía que ir por mi hija.
***
Aquellos meses yo venía cargando una tensión que no le deseaba a nadie. Es una historia larga que ya contaré otro día, pero el resumen es sencillo: me había embarazado de un hombre que no era mi marido, y de ese embarazo nació un hijo al que adoro tanto como a los otros dos. Vivir con ese secreto deja huellas. Tal vez por eso, cuando llegan los últimos días del año, espero con un nudo en el estómago a un hombre que no es mi marido pero que sigue haciéndome temblar dos o tres veces antes de la primera campanada. Para ese momento de mi vida, ya había aprendido que el deseo no le pide permiso a nadie.
A media tarde, después de dejar a los niños con Carmela, agarré unos táperes con la comida que le había preparado a Mateo y crucé el terreno hasta la casita. Estacioné el coche junto a la barda. El barrio estaba vacío, como siempre a esa hora. Yo misma, alguna vez, había aprovechado la soledad del lugar para tomarme fotos atrevidas en el patio, sabiendo que nadie podía verme.
Entré. Coloqué los táperes y dos botellas frías sobre la mesa. El aire acondicionado estaba apagado y el calor parecía haberse acomodado entre las paredes. Mateo no estaba en la sala. Supuse que se estaba bañando. Crucé hacia el patio para asomarme y aprovechar a recoger una toalla seca que se había olvidado Carmela.
Abrí la puerta y me quedé clavada en el umbral.
Mateo estaba ahí, desnudo, de pie junto a la pared de bloques sin terminar, la espalda al sol y la mano subiendo y bajando con una decisión que no le había visto en ningún otro gesto. No se inmutó cuando me oyó. Ni siquiera abrió los ojos del todo.
—¡Dios mío! —solté, y giré sobre mis talones—. Mateo, ¿qué estás haciendo?
Enseguida sentí lo absurdo de mi propia pregunta. Era obvio lo que estaba haciendo. Lo que no era obvio era que un chico tan callado, tan tímido, tan «buenito» como decía la familia, se atreviera a desnudarse y masturbarse al aire libre el primer día en casa de su prima.
Agarré una toalla de la silla y se la extendí sin mirarlo.
—Tápate. Por suerte aquí no pasa nadie.
Pensé que iba a obedecer. Pensé que se moriría de vergüenza y que terminaríamos los dos haciéndonos los locos por dos semanas. Pero Mateo soltó la toalla y, antes de que pudiera retroceder, me agarró la muñeca con una firmeza que no esperaba de aquellos dedos largos. Me sacaba quince centímetros. Su torso flaco brillaba de sudor. Olía a sol, a sal, a chico que acababa de descubrir su propio cuerpo.
Me quedé muda. Yo, que llevaba años respondiendo de inmediato a cualquier provocación, me quedé sin palabras. Lo miré a los ojos por primera vez en serio. Tenía los labios gruesos, todavía intactos. En su pueblo decían en voz baja que tal vez le gustaban los hombres, porque nunca se le había conocido novia. En ese instante, esa teoría se desplomó. Lo que me apretaba la muñeca no era un chico confundido. Era un chico que había decidido, en silencio, que esa tarde iba a pasar lo que iba a pasar.
Llevaba yo un vestido corto de vuelo, rayas verticales negras y naranjas, sandalias de tira fina, el pelo recogido. Me veía bien, modestia aparte. Y por un instante se me cruzó la idea de que él lo había planeado: que se había asomado por la ventana, me había visto bajar del coche y había salido a refrescar el cuerpo sabiendo que yo lo encontraría así.
Me atrajo hacia él y, con una torpeza que tenía mucho de invitación, llevó mi mano hacia su sexo. Estaba duro, no era enorme, pero sí firme, listo. Decidí seguirle el juego. Le acaricié los testículos primero, lentamente, observando cómo cerraba los ojos. Después me agaché en cuclillas sobre la tierra del patio y, sin pensarlo más, me lo metí en la boca.
***
Mateo soltó un quejido que pareció más de susto que de placer. Le subí las manos por los muslos, le sostuve la base con firmeza y le enseñé, sin palabras, cómo se hacía. Cientos de vergas habían pasado por mi boca a lo largo de los años. Sabía perfectamente en qué punto presionar con la lengua, cuándo subir y cuándo bajar, cómo hacer que un hombre se olvidara incluso de cómo se llamaba. Mateo no resistió ni tres minutos. Cuando explotó, lo hizo con un grito que rebotó contra las paredes inconclusas. Sentí su carga en el paladar, espesa, abundante, casi excesiva para alguien de su tamaño. Lo entendí: los muchachos jóvenes acumulan litros de leche por cualquier motivo. Por eso a tantas mujeres nos arrastra el deseo de iniciarlos.
Me levanté, le pasé la palma por el vientre y di un paso hacia la sala. Quise pensar que ahí terminaba todo, que con eso le bastaba para no presentarse al examen con la cabeza nublada. Pero me agarró otra vez del brazo y, esta vez, fue él quien me empujó hacia adentro.
Lo hacía mal. Me toqueteó por encima del vestido como un niño que no se decide entre los dulces. Le aparté las manos con suavidad, dirigí las suyas hasta los broches de mi espalda y me dejé desvestir. La sala estaba caliente, casi irrespirable. Le pedí que se acostara sobre el sofá cama y volví a chuparle el sexo, despacio, mientras él se mordía el labio inferior.
—Quieto —le dije cuando intentó meterme los dedos sin orden ni concierto—. Déjame a mí.
Me hice a un lado la tanga y me senté encima. Él gimió otra vez, casi sollozó, cuando sintió que entraba dentro de mí. Me moví despacio, con las rodillas a los lados de sus costillas, sintiendo la dureza renovada de un chico que apenas acababa de descargarse y que sin embargo estaba listo otra vez. Yo llevaba dos días sin tener sexo. Para mí, eso era una eternidad. Mi cuerpo respondía como una máquina destemplada que vuelve a recibir aceite.
Le pedí que cambiáramos. Quería tenerlo encima, sentirlo empujar. Me preocupé un segundo por el riesgo de quedar embarazada de él y decidí que controlaría el final. Mateo se acomodó entre mis muslos, me penetró otra vez y arremetió con esa torpeza desesperada de quien recién descubre lo que hay del otro lado del mundo. Su olor a sudor joven me revolvió por dentro. Le clavé las uñas en los hombros, le susurré que aflojara, que no se diera prisa.
No me hizo caso. A los pocos minutos volvió a correrse. Esta vez logré apartarme a tiempo y su descarga me cayó sobre el pecho y la barbilla, caliente, espesa, demasiada. Me quedé boca arriba, riéndome bajito, y él me miraba como si acabara de comprender algo que llevaba años pendiente. Lo abracé. Le acaricié el pelo mojado. Y, cuando creí que la tarde había terminado, me volvió a buscar.
La tercera vez fue más larga, más entera. Lo conduje con la mano sobre su cintura, le marqué un ritmo más lento, le enseñé cómo sostener la respiración. Esta vez se vino sobre mi espalda, mientras yo estaba de rodillas mirando hacia la pared. El semen me corrió tibio por la columna. Sentí que me quemaba.
Quiso una cuarta vez. Yo ya no podía más. Había tenido varios orgasmos, tenía las rodillas raspadas, y me di cuenta de que llevaba más de una hora ahí dentro. Carmela estaría buscándome. Mi hija ya estaría preguntando por mí.
—Mañana —le dije, y por primera vez me sonrió. Una sonrisa lenta, tranquila, casi presumida.
***
Mateo se quedó dos semanas exactas. Cumplió con todo: por las mañanas iba a casa de Lourdes a estudiar, por las tardes pasaba yo a llevarle comida, y la mayoría de esas tardes no hablamos demasiado. Aprendió rápido. Aprendió a esperar, a mirarme a los ojos, a no precipitarse. Aprendió a desabrocharme el vestido como si conociera la tela. Para el final de la segunda semana, ese muchacho callado de Chiapas se movía como otra persona.
No pasó el examen. Le faltó muy poco, según me contó después por teléfono, pero le faltó. Volvió al pueblo y estuvo un par de años trabajando con su padre en las parcelas. Después, sin que nadie se lo esperara, vendió lo poco que tenía y se fue a Estados Unidos. Hizo lo que muchos hacen: trabajó turnos dobles, mandó dinero, aprendió inglés a fuerza de no tener con quién hablar. El año pasado consiguió la ciudadanía. Se casó con una mujer dominicana de la que solo conozco una foto.
A veces, cuando mi marido se queda dormido y la casa entera respira en silencio, pienso en aquel patio inconcluso. En la pared de bloques sin pintar. En la mano larga que me sujetó por la muñeca el primer día. En el muchacho callado al que tuve el privilegio de enseñarle el cuerpo de una mujer.
Bien por él, allá lejos.
Y, sin embargo, sigo extrañando aquellas descargas de miel tibia que probé en los días más calurosos de aquel verano.