La melliza de mi esposa vino al consultorio sola
Me casé demasiado pronto y embaracé a mi mujer pocos meses después de la boda. Esa fue mi suerte y mi condena al mismo tiempo. Los conflictos que arrastrábamos como pareja quedaron sepultados bajo la urgencia de convertirnos en adultos responsables. De pronto ya no había tiempo para preguntarse si seguíamos enamorados; había que pensar en el bien de los hijos. En plural, sí: tuvimos mellizos al primer intento.
Camila nunca terminó de recuperarse de aquel parto doble. Se abandonó a sí misma poco a poco y, al año, estaba irreconocible. Vivía irritable, contestaba mal, le molestaba cualquier sugerencia que viniera de mí. Lo cierto es que también dejó de excitarme. Primero fue la cuarentena; después, la atención que pedían los chicos; al final, simplemente, ya no nos tocábamos.
La probabilidad de que tuviéramos mellizos era enorme, porque Camila también lo era. Ella y Carla, su hermana, eran prácticamente idénticas. Cuando las conocí en la facultad de medicina parecían un calco: dos morenas de rasgos finos, cintura estrecha y una reputación que las precedía. En el bar de la universidad las definían como dos chicas peligrosísimas por separado y absolutamente devastadoras cuando andaban juntas.
Se decía que engañaban a sus novios y los intercambiaban; que cuando coincidían en un gusto, no había drama en compartirlo. Que una mamada de las mellizas valía un diez en cualquier examen y que sus escenas lésbicas habrían levantado a un muerto. Camila siempre lo negó.
—Se las imaginan ustedes, que son todos unos pajeros —me contestó una tarde en la que le pregunté por aquellas fiestas de fin de año.
Con el tiempo los rumores se diluyeron. La convivencia y la rutina sexual me fueron convenciendo de que mi mujer decía la verdad. De los tres, Camila, Carla y yo, el único que terminó la carrera fui yo. Camila la dejó por el embarazo. Carla, un año más tarde, se casó con un empresario y se metió de lleno en el gimnasio y la vida doméstica.
Pese a la leyenda de las mellizas, ellas no parecían tener esa necesidad mutua que se suele atribuir a quienes compartieron el vientre. Mis hijos cumplieron trece y, hasta hace poco, casi no veíamos a Carla. Pero todo cambió de golpe el año pasado, gracias a una vuelta inesperada de la profesión.
Soy cardiólogo. Por mis resultados terminé siendo un nombre conocido cuando se trata de problemas cardíacos. Ese prestigio se tradujo en un crecimiento económico importante y me permití comprar un departamento cerca del consultorio para atender mis asuntos particulares. Allí llevaba mi vida de soltero. Tenía amantes, ratos largos sin rendir cuentas a nadie, la libertad de moverme por la ciudad sin que Camila pudiera seguirme la pista. Una guardia médica nunca tiene hora de cierre. Esa coartada perfecta sostuvo mi doble vida durante años.
Una noche del año pasado sonó mi celular. Era Carla.
—Vení urgente. Sebastián tiene algo en el corazón.
Le dije que llamara a la clínica para que mandaran una ambulancia, que era lo recomendable. Cuando llegué, el cuadro me descolocó. Carla me abrió la puerta con un conjunto de encaje, medias negras y un body de tul casi transparente. La tela se le metía entre las nalgas y dibujaba una cola redonda y firme, el opuesto exacto del cuerpo abandonado de mi mujer.
Mientras me llevaba al dormitorio no pude evitar comparar. Esa era la mujer de la que yo me había enamorado en la facultad; el tiempo había sido mucho más amable con ella que con su melliza. Traté de concentrarme en el trabajo para no equivocarme.
Sebastián estaba sentado en la cama, tapándose con una sábana, sin nada encima. Le tomé la presión, escuché el ritmo, encontré una arritmia clara y di la indicación de internación inmediata. Me giré hacia Carla y le dije, marcando que la había mirado bien:
—Vestite, así nos vamos.
Llamé a Camila desde el auto y le conté la situación. Le aclaré que no se molestara en venir, que iba directo a terapia intensiva y que no se permitían visitas. Carla iba en el asiento del acompañante, callada, con la cartera apretada contra las piernas y las uñas marcando medias lunas en el cuero. Le hablé suave hasta que se le calmó el pulso. Le aseguré que era un cuadro de rutina y que en dos días estaría de vuelta en su casa.
Cuando terminamos los papeles y se despidió de Sebastián, le pedí que me esperara en mi oficina. Quería hacerle algunas preguntas. Por años de profesión sé que los hospitales sensibilizan a la gente. Y Carla llegó dispuesta a hablar a corazón abierto.
—¿Lo viste nervioso estos días? ¿Pasó algo que pudiera haberlo descompensado?
—Lo único que se me ocurre es que toma Viagra desde hace meses —contestó sin rodeos—. Se la recomendaron en la empresa. Nunca se hizo ver por nadie.
La excusa me dio el pie. Aproveché para soltar el comentario que llevaba media hora aguantándome.
—Entendería el Viagra si estuviera con Camila. Pero con vos, que estás como cuando estudiábamos, es un desperdicio.
Se incomodó un instante. Pero en el fondo le gustó. A partir de ahí todo cambió.
Le ofrecí un café. Le dije que se fuera a casa, que descansara, que volviera al día siguiente para el parte médico. Me contestó que prefería quedarse, que se sentía sola, que era una suerte tenerme dentro de la familia, que quedaba en deuda conmigo por esa noche. La charla se prolongó hasta tarde. Empezamos por los recuerdos de la facultad y, como suele pasar, terminamos hablando de sexo. Sus pezones se marcaban contra el vestido. Me contaba sus intimidades con un tono cómplice. Varias veces me apoyó la mano en el muslo, como confirmando una confianza que en realidad estaba inventando en ese mismo momento.
Quería cogérmela ahí mismo. No sabía cómo.
Me piropeó. Me dijo que me había mantenido bien, que siempre había envidiado a Camila. Me confesó que Sebastián tenía problemas de erección desde hacía años y que su vida sexual era prácticamente nula.
Por supuesto, mentí. Le aseguré que yo no tocaba a una mujer desde que los chicos habían cumplido cuatro años. Cuando se levantó para irse, me abrazó. Nos quedamos así, quietos, varios segundos. Pude sentirle todo el cuerpo contra el delantal. Tenía la verga dura y no dudé en apoyársela despacio para que la sintiera. Sabía que para la mujer de un impotente no había nada más urgente que una verga bien parada.
Sebastián recibió el alta a los dos días. La taquicardia había sido producto del uso desmedido del Viagra. Le indicaron que no probara nada raro hasta tener todos los estudios. Carla se despidió en el pasillo con un beso que aterrizó más cerca de los labios que de la mejilla.
—Te debo una, beba —me susurró al oído.
***
Una semana después, justo cuando estaba por salir de la clínica, me llamó.
—Necesito verte en tu consultorio. Tengo un dolor en el pecho. Quiero que me revises vos.
Pensé que era un pretexto, pero no se lo iba a discutir por teléfono. Citarla en la clínica, con la melliza de mi mujer paseándose por los pasillos, era una locura. La cité en el departamento. Allí también tenía montado un consultorio, justamente como coartada para situaciones como esta.
Llegó puntual. Me saludó con frialdad. Por un momento creí que el dolor era cierto y eso me decepcionó. Pero bastaron tres frases para entender hacia dónde iba la cosa.
—No le dije nada a Sebastián. No quiero meterlo en otra. Acaba de salir de una.
Estaba con un vestido floreado, ajustado a la altura del pecho y suelto en la espalda. Atrás se sostenía con dos cintas finas. Era evidente que no llevaba sostén.
Cuando le pedí que se sentara en la camilla, noté que tenía las piernas recién depiladas. Algunos poros todavía estaban irritados.
—¿No me vas a pedir que me desvista? —tiró, con un tono de golfa que casi me hizo mandar al diablo el papel del médico.
Pero el juego me tenía duro. Quería estirarlo.
—Tranquila. Primero quiero escucharte el corazón.
Le pedí que inhalara y exhalara, y que sostuviera una «m» larga para que yo pudiera auscultarla bien. Cuando le apoyé el estetoscopio se le erizó la piel y se le escapó un suspiro.
—Mmmm, qué bien se siente.
Le advertí que iba a palparle los pechos para descartar un problema mamario. Ella, con un movimiento mínimo de la mano, soltó las cintas del vestido. Las tetas le quedaron flotando frente a mi cara.
Mientras le pasaba los dedos, ella jugaba con la respiración.
—Tengo algo raro, doctor. Siento un dolor también acá, cerca de la entrepierna.
Yo seguí con sus pechos. Con la otra mano le acaricié los muslos. Ella los abrió en automático. Y a mí me aterrorizó pensar que estaba a punto de cogerme a mi mujer, pero a mi mujer de hace diez años. La que me había enamorado.
La besé en la boca. El beso se prolongó hasta que ya no pudimos seguir disimulando. Bajé hasta los pezones y recién ahí descubrí una cicatriz mínima debajo de cada uno: se los había hecho. Ahora tenía unos pechos perfectos, mucho más grandes de lo que recordaba.
—Doctor, le dije que el dolor también está acá abajo. ¿No me podría revisar también allí?
Obedecí. Me hundí entre sus piernas. Estaba empapada. Sus flujos le brillaban en la entrepierna. Le di una mamada larga, tranquila, midiendo el ritmo con los dedos. Mientras la chupaba, acabó dos o tres veces, una atrás de la otra.
Le dije que no tenía nada serio. Me preguntó si aceptaba el pago en especies. Le contesté que sí. Se bajó de la camilla, se sacó el vestido y se puso en cuclillas para chupármela.
Era una maestra. Me hacía desaparecer la verga en la boca y, mientras tanto, se acariciaba el clítoris. Cada tanto la sacaba para hablar, todavía con saliva escurriendo por el mentón.
—Mmmm, qué rica verga. Qué dura está. Necesito que me cojas hasta el cansancio.
Apoyó los codos en la camilla y levantó la cola. Me pidió que la entrara desde atrás. Tenía la concha tan mojada que me deslicé entero hasta que mis huevos chocaron contra sus nalgas.
—Cogeme fuerte, por favor. Cogeme.
La embestía con toda la violencia que el cuerpo me daba. Me aclaró que se cuidaba, que no se me ocurriera sacarla por ningún motivo. Yo estaba enloquecido, enterrado en una mujer en celo idéntica a la mía, pero mejor.
—Enterrámela hasta los huevos.
Acabamos los dos juntos. Algo brutal.
Esa noche cogimos hasta el agotamiento. Carla se fue del departamento con una sonrisa que nadie le había visto en años. Desde entonces, una vez por semana se da una vuelta por mi consultorio para hacerse un chequeo a su medida. Y desde que la atiendo a ella, dejé de pelearme con Camila. Directamente nos ignoramos. Ella no se separa por la plata. Yo no me separo porque le doy placer a su melliza, y eso, en el fondo, también es una venganza dulce.