La tarde que mi sobrina me pidió que le enseñara
Me llamo Andrés y tengo veintiocho años. Lo que voy a contar pasó hace cinco años en Zaragoza, cuando todavía vivía con mis padres y mi cabeza era una mezcla de inocencia y prepotencia, esa mezcla peligrosa que tenemos los chicos a los veintidós.
Hay un momento en la vida de todos en el que la curiosidad pesa más que el miedo. No es un instante exacto: es una franja. La franja en la que aún no has tocado a nadie, no sabes si tus manos van a responder, y el sexo todavía es algo que existe en las películas y en las conversaciones a media voz con los amigos. La mayoría lo atraviesa a tropezones. Mi sobrina lo atravesó conmigo.
Lucía tenía dieciocho años entonces. Era una chica llenita, de mejillas redondas y pelo castaño hasta la cintura. Tenía el pecho grande y lo intentaba esconder bajo sudaderas demasiado anchas. Era guapa, pero no de un modo evidente: había que mirarla dos veces. En el instituto se habían portado mal con ella, le habían puesto motes, y por eso le costaba abrirse a la gente nueva.
Sus padres se habían mudado a Zaragoza por el trabajo de mi cuñado. Ella había venido con la idea de pasar solo un año aquí antes de volver a Pamplona, donde estaban sus amigas y un novio al que llevaba seis meses dándole largas. Vivíamos a cinco minutos andando uno del otro. Hasta entonces, nuestra relación era poco profunda: tres comidas familiares al año, fotos de Navidad, mensajes de cumpleaños.
Mi hermana me llamó al mes de instalarse. Casi me suplicó que sacara a Lucía a la calle.
—Lleva semanas sin hablar con nadie —me dijo—. En Pamplona costó años montarle un grupo. Acá no conoce a nadie. Por favor, Andrés, sácala tú.
Lo intenté. Le presenté a mi pandilla, gente entre los dieciocho y los veinticuatro, una mezcla de la facultad y del barrio. Pensé que con los más jóvenes encajaría. Y encajó, a su manera: callada, atenta, sonriendo desde la esquina del sofá, sin abrirse del todo. Conmigo era distinto. A mí me hablaba.
Empezamos por cosas banales —cómo le iba en la academia donde se había apuntado para repetir selectividad, qué echaba de menos de Pamplona, lo cara que estaba la fruta en el mercado—. Después de unas semanas ya era costumbre: dos cafés a la semana en la cafetería de la esquina, paseos cortos por el Ebro, mensajes de WhatsApp por la noche sobre las series que veíamos a la vez en casas distintas.
Una noche salimos todos al Casco Viejo. Era octubre, todavía templado. Lucía llevaba una falda corta por primera vez desde que la conocía y, aunque seguía con la sudadera, se notaba que algo había cambiado. Se había apuntado al gimnasio que estaba al lado de mi piso, había perdido algunos kilos y ya no caminaba encorvada.
Esa noche, sin embargo, la vi triste. Apagada, ausente. Bebía despacio y miraba a los grupos de chicas que se reían demasiado fuerte a su alrededor con una mueca que no sé describir: ni envidia ni desprecio, algo más parecido al cansancio.
Le pregunté qué le pasaba. Me dijo que prefería hablarlo por el día, no en medio del ruido.
***
Quedamos a la mañana siguiente en el parque del Tío Jorge. Era domingo, había niebla, y los álamos estaban a medio vestir. Bajamos hasta el río y nos sentamos en un banco con dos cafés para llevar. Tardó en arrancar, pero cuando lo hizo no paró.
—No ligo, Andrés —me dijo—. No me ha mirado nadie en seis meses.
Le contesté lo que se le contesta a una sobrina en esa situación: que era guapa, que tenía que darse tiempo, que la gente nueva tardaba en romper el hielo. Negó con la cabeza, despacio.
—No es eso. Es que no tengo experiencia. Con Hugo —su novio en Pamplona— no he hecho nada. Nada de nada. Ni besarnos bien. Y ahora él, que sí ha estado con otras, me pide algo, y yo no sé qué hacer. Le pedí un año. Un año para llegar y saber. Y llevo medio año aquí y no he avanzado ni un metro.
Me quedé en silencio. Ella siguió:
—Tengo miedo de que cuando lo haga no le guste. Que se ría. Que me deje. He pensado en venir aquí y liarme con cualquiera, perder la virginidad con alguien que no me importe para no llegar virgen a Hugo. Pero no me mira ni el camarero del Sicilia.
Se rio sin ganas. Bebió un trago del café y se mordió el labio inferior, una costumbre suya que yo había empezado a notar demasiado.
—Yo te ayudo —le dije, sin pensarlo del todo—. Te presento gente, te llevo a sitios distintos, hablamos de lo que te haga falta. No es cuestión de aspecto, Lucía. Es cuestión de soltarte.
Asintió. Me dio un abrazo corto, formal, de los que se dan para cerrar una conversación incómoda. Volvimos andando despacio y no volvimos a hablar de eso en dos semanas.
***
A primeros de diciembre mis padres se fueron a Tenerife con unos amigos. Diez días de viaje. El piso entero para mí. Lucía se enteró por mi hermana y me escribió esa misma tarde: «¿Me dejas que pase algunos días contigo? En casa están insoportables». Le dije que sí sin pensarlo.
Vino con una mochila el martes. Iba a quedarse a dormir el miércoles también. Su madre, encantada de que su hija saliera de casa, le había dado vía libre.
El miércoles tenía planeado presentarle a Sergio, un compañero de la facultad que me había dicho varias veces que Lucía le parecía interesante. Habíamos quedado los tres a tomar algo y pensaba dejarles después solos. Pero el miércoles cayó un diluvio. De esos que dejan el agua un palmo por encima del suelo en algunas calles del Tubo. Sergio canceló. Nosotros nos quedamos en casa.
Habíamos cenado pasta. Estábamos cada uno con un vaso de vino en el sofá, ella con las piernas cruzadas debajo del cuerpo, yo con los pies en la mesita. Puse una película que me había recomendado un amigo: un drama francés sobre un matrimonio que se desgasta. No le había leído la sinopsis. Resultó que tenía varias escenas explícitas. Yo no las recordaba. Lucía sí las miró.
La primera la dejamos pasar como si nada. Ella se removió un poco en el sofá. Yo carraspeé y bebí. La segunda fue más larga: el marido desnudo de cuerpo entero, el sexo casi sin cortes. Y al cabo de unos segundos Lucía me miró de reojo y bajó la vista hacia mis pantalones.
Me di cuenta tarde. No supe cuándo había empezado. La tenía dura debajo del vaquero, marcada de un modo que no podía disimular. Me moví, intenté cruzar las piernas. Ella ya lo había visto.
—¿Por qué se te ha puesto así? —preguntó. Lo dijo en voz baja, sin morbo, casi como una niña que pregunta por qué llueve.
Pensé en mentir. En decir que tenía algo en el bolsillo. Pero la verdad es que llevaba semanas mirándola distinto y aquella pregunta me desarmó.
—Es lo que pasa cuando un chico se excita —dije—. El cuerpo responde. No es algo voluntario.
—¿Y duele?
—No. No duele. Es molesto si no se va.
—¿Y cuándo se va?
—Cuando deja de haber estímulo. O cuando uno se ocupa de ello.
Lucía no me miraba a la cara. Miraba el bulto. Llevaba tres preguntas más en la boca; se le notaba. La película seguía y ya nadie le hacía caso.
—¿Cuánto mide? —dijo por fin. Y se puso roja hasta las orejas—. Perdón, no… olvídalo.
Me reí. Ella intentó reírse también, pero le temblaba la voz. Se giró del todo hacia mí, dejó el vaso en la mesita, y juntó las manos sobre las rodillas como una alumna a punto de pedir un favor.
—Andrés. ¿Me lo enseñas?
Lo soltó como quien suelta una piedra que lleva horas en la mano. Me quedé sin aire.
—Lucía…
—Solo mirar. Nunca he visto uno. Ni una foto bien. Tengo dieciocho años y nunca he visto un pene en vivo. Y tú… tú no me vas a hacer daño, tú me lo enseñas y ya. Por favor.
Pensé en mil cosas en dos segundos. Pensé en mi hermana. Pensé en mi madre, que me había dejado el piso. Pensé en Hugo, en Pamplona, esperando un año. Pensé también, porque mentiría si dijera lo contrario, en cómo se le marcaba el pecho contra la camiseta y en lo cerca que tenía su muslo del mío.
Al fin y al cabo, mejor yo que un desconocido, me dije, sabiendo perfectamente que era una excusa.
—Solo mirar —repetí—. Y yo te voy diciendo. Hasta donde tú quieras.
—Solo mirar —dijo ella—. Te lo prometo.
Apagué la película. Encendí la lámpara de pie para no quedarnos a oscuras. Me bajé los pantalones hasta los tobillos, despacio, y luego los calzoncillos. Lucía no movió un músculo. Cuando me senté otra vez en el sofá y la tuve a la vista, ella respiró como si llevara minutos sin hacerlo.
No dijo nada en mucho rato. Yo tampoco. La miré desde arriba: las manos en el regazo, los ojos fijos, los labios entreabiertos. Olía a un perfume de fresa que se ponía siempre y que esa noche me pareció una broma del destino.
—Es… —empezó— grande. ¿Es así de grande siempre?
—Es lo normal —mentí, porque sabía que no era pequeño.
Le cogí la mano, despacio. La tenía helada. Se la acerqué y la paré a un centímetro.
—Si quieres.
Asintió. No habló. Movió ella sola los dedos hacia delante y me tocó por primera vez con la yema del índice, como quien toca una superficie que cree que va a quemar. No se quemó. Sonrió de medio lado.
—Está caliente —dijo, y se le escapó una risa nerviosa.
Le respondí con otra risa. Ella se inclinó y me dio un beso muy corto en la mejilla, como un agradecimiento de niña, y enseguida volvió a la mano. Le cerré los dedos alrededor. Le enseñé a sostener, no a apretar.
—Así. Sin fuerza al principio.
Bajó la mano. La subió. Demasiado rápido, demasiado seca. Le sujeté la muñeca y la frené.
—Más despacio. Y… —cogí el bote de crema que tenía en la mesita, una de aloe, y le eché un poco en la palma—. Así resbala mejor.
Volvió a moverse. Esta vez con el ritmo justo. Yo intentaba mirar al techo y no pensar en quién era, pero cada vez que ella subía el pulgar hasta el glande y volvía a bajar la mano, mi cuerpo respondía un poco más. Lucía se mordía el labio inferior, concentrada como si estuviera resolviendo un problema de matemáticas.
—¿Te gusta? —preguntó, sin parar—. ¿Lo estoy haciendo bien?
—Lo estás haciendo perfecto.
Se le encendió la cara entera. Y entonces, sin que yo lo planeara, sin que se lo dijera, se inclinó hacia mí, me cogió la cara con la mano libre y me besó.
Fue un beso torpe, de los primeros que ella daba. Tenía los labios fríos y la lengua tímida. Yo la dejé hacer al principio y después le respondí, despacio, sin querer asustarla. Notaba su pecho contra mi brazo, su mano siguiendo el ritmo abajo, su respiración acelerándose. Le pasé la mano por el pelo y se lo aparté de la cara.
—Sigue —le susurré contra la boca—. No pares.
—¿Vas a acabar?
—Sí.
—¿Aquí mismo?
—Aquí mismo.
Aceleró sin que yo se lo pidiera. Lo aprendió en quince minutos. Volvió a besarme, esta vez con más decisión, y cuando me corrí lo hizo encima de su mano y de la mía, que la sujetaba, y de mi camiseta. Tembló al notarlo. Soltó una exclamación bajita, una mezcla de susto y de orgullo, y se quedó mirándome a la cara como si esperara una nota.
—Joder —dijo.
—Sí.
Nos reímos los dos a la vez. Una risa nerviosa, agotada, de quienes acaban de cruzar una línea y todavía no han decidido qué hacer al otro lado.
Lucía me besó otra vez. Más calmada. Después se levantó, se lavó las manos en el grifo de la cocina, volvió al sofá y se sentó pegada a mí. Apoyó la cabeza en mi hombro. Por primera vez en seis meses, tampoco habló de Hugo.
Diez días duró aquel viaje de mis padres. En esos diez días le enseñé muchas más cosas: a besar con calma, a desnudar a alguien sin prisa, a pedir lo que quería sin disculparse. Pero esa, la primera, la noche de lluvia con la película francesa y la crema de aloe, fue la única que ninguno de los dos olvidamos.
Cinco años después seguimos sin contarle a nadie lo que pasó. Y, de vez en cuando, en alguna comida familiar, cuando mi hermana le pregunta a Lucía si por fin va a sentar la cabeza con Hugo, ella me mira de reojo y se le escapa una sonrisa que solo yo entiendo.