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Relatos Ardientes

Mi prima Camila y la ducha que lo cambió todo

Aquel domingo se anunciaba como uno de esos días largos y previsibles. Reunión familiar en casa de mis padres, tíos a los que apenas saludaba dos veces al año, abuelos repitiendo anécdotas que ya me sabía de memoria y primos a los que solo reconocía por las fotos que mi madre me enseñaba en el móvil. Yo, con veintitrés años recién cumplidos, tenía pocas ganas de pasar la tarde sentado en el comedor, fingiendo interés por la última cosecha de aceitunas o por las opiniones políticas de mi tío Salvador.

Lo único que me animaba era saber que vendría Camila. Mi prima Camila no era prima de sangre directa: su madre se había casado en segundas nupcias con un hermano de mi padre, pero la habíamos adoptado en la familia desde que ella tenía nueve años. Habíamos crecido juntos, compartido veranos en la sierra, confesiones bajo los pinos y noches enteras hablando por el chat hasta caer dormidos sobre el teclado. Era, sin duda, la persona con la que mejor me llevaba de todo el clan, y la única razón por la que esa tarde me había puesto unos vaqueros decentes en lugar de presentarme en chándal.

Llegó tarde, como siempre. Entró con su sonrisa torcida y un vestido corto de algodón blanco que se notaba puesto a última hora. Me dio dos besos sonoros, me pellizcó el costado para fastidiarme y se sentó al otro lado de la mesa, donde su madre la atrapó para someterla al interrogatorio de costumbre: novio, trabajo, planes de mudarse. Camila contestaba con monosílabos y me buscaba con la mirada por encima de la fuente de croquetas, poniendo los ojos en blanco cada vez que su madre le preguntaba si seguía viendo «a aquel chico tan majo».

Después de comer, mi primo Bruno propuso bajar al campo de fútbol sala que hay a dos calles de casa. Estábamos a principios de septiembre y todavía hacía un calor pegajoso, pero todos preferíamos sudar al aire libre antes que aguantar la sobremesa. Camila fue la primera en levantarse y subir a por unas deportivas viejas que guardaba en el cuarto de invitados. Bajó con una camiseta de tirantes finos y unos pantalones cortos que me hicieron tragar saliva sin querer.

Repartimos los equipos al azar. A mí me tocó de portero, porque siempre me había tocado de portero: era donde menos se notaba que jugaba como un patán. Camila, en cambio, era una delantera de verdad, rápida, con un control de balón que avergonzaba a cualquiera de los hombres de la familia. Jugaba en el equipo contrario, así que durante hora y media me dediqué a intentar pararle los disparos mientras ella me sonreía cada vez que la pelota entraba en la red.

El momento del partido que se me quedó grabado no fue un gol cualquiera. Camila salió en contraataque y se plantó delante del área. Bruno, desesperado por frenarla, la agarró de la camiseta de tirantes con tal fuerza que se la levantó por completo del lado izquierdo. No llevaba sostén. En el espacio de un segundo, le vi el pecho entero, redondo y firme, con el pezón endurecido por la carrera. Me quedé clavado en el suelo, con las manos a media altura y la boca abierta. Ella aprovechó mi paralización, soltó un grito de guerra y me coló la pelota entre las piernas.

***

—Eso no vale —protesté débilmente cuando volví a respirar.

—Vale todo, primo —contestó ella, recolocándose la camiseta con una sonrisa que no era del todo inocente.

Volvimos a casa empapados de sudor. Los mayores seguían sentados en el salón, comentando una boda que iba a haber en otoño. La familia de Camila había decidido quedarse a merendar, así que tenía tiempo de sobra para ducharme antes de bajar a fingir interés por la sobremesa. Subí las escaleras dándole vueltas a esa imagen del pecho descubierto bajo el sol, imaginándomela otra vez, intentando sacudírmela de la cabeza y pensando que el agua fría del baño me la quitaría de un golpe.

Entré en mi cuarto, abrí el armario y saqué una camiseta limpia y unos calzoncillos. Me quité la camiseta sudada por el camino, la dejé hecha un ovillo sobre la cama y empujé la puerta del baño con la mano izquierda mientras con la derecha desabrochaba el botón del pantalón.

Camila estaba dentro.

De pie, frente al espejo, recogiéndose el pelo en una coleta improvisada, vestida únicamente con un tanga fucsia claro que no dejaba nada a la imaginación. Había tenido exactamente la misma idea que yo y, como mi cuarto era el único de la planta que contaba con baño propio, se había metido sin avisar. Nos miramos a través del espejo. Ella tenía las manos todavía en el pelo, los codos levantados, los pechos al aire. Yo me quedé como un poste, con el botón del vaquero a medio desabrochar.

—Perdona —empecé a decir.

—No pasa nada —me cortó ella, sin moverse—. Cierra la puerta, anda. Que entra el frío.

Cerré la puerta detrás de mí, todavía sin saber si tenía que dar media vuelta y meterme bajo la cama hasta jubilarme. Camila se giró despacio, sin esfuerzo por taparse. Le miré el cuerpo entero por primera vez desde que éramos críos. Tenía los pechos un poco más pequeños de lo que había imaginado en el campo, con los pezones oscuros y muy juntos. La cintura estrecha, las caderas anchas, las piernas largas y firmes de jugadora. Un lunar diminuto junto a la comisura de la boca le daba un aire que siempre me había parecido peligroso sin saber por qué. Ahora lo entendía.

—Te ha gustado, ¿verdad? —preguntó.

—¿El qué? —contesté, aunque sabía perfectamente de qué hablaba.

—No te hagas el tonto. —Soltó una risa baja—. En el campo, cuando se me ha salido la teta, te has quedado mirando. Y ahora estás mirando otra vez. Llevo dos minutos contando.

Era verdad. Llevaba dos minutos, o más, sin poder despegar los ojos de su cuerpo. Bajé la cabeza un momento y me di cuenta de que en mis vaqueros se marcaba una erección imposible de disimular. Cuando volví a mirarla, ella ya había seguido la línea de mi vista y sonreía con algo nuevo en la cara.

—¿Te gustaría tocarme? —preguntó, casi en un susurro.

—Camila, somos primos…

—No somos primos. —Dio un paso hacia mí—. No de sangre. Y aunque lo fuéramos, ahora mismo me da bastante igual. ¿A ti no?

***

No contesté. No hizo falta. Ella me cogió de la muñeca, con esa misma confianza que llevaba teniendo conmigo desde los doce años, y se llevó mi mano izquierda hasta su pecho derecho. La piel le hervía bajo la mía. Me cerró los dedos sobre la curva, despacio, como enseñándome a sujetarla. Después me cogió la otra mano y la apoyó en su pecho izquierdo. Yo respiraba por la boca, con un nudo en el estómago, y empecé a acariciarle los pezones con los pulgares en círculos muy lentos.

—Así —dijo ella con los ojos entrecerrados.

Sin dejar de besarme el cuello, bajó la mano hasta el bulto que se me marcaba en el pantalón y empezó a apretarlo por encima de la tela. La sensación me sacudió de arriba abajo. Le solté un pecho para desabrocharme los vaqueros y dejé que cayeran al suelo del baño. Ella tiró del elástico de los calzoncillos hasta sacármelos, y yo, todavía sin terminar de creérmelo, le besé los hombros, bajé hasta los pechos y le mordí los pezones con suavidad. Camila soltó un gemido apagado, agarrándose a mi pelo, separando un poco las piernas para que pudiera meter la mano entre ellas.

Le quité el tanga deslizándolo por los muslos sin prisa. Tenía una mata de vello oscuro recortada, suave, sobre los labios. Pasé un dedo por la rajita y la noté ya humedecida. Ella me empujó con cuidado contra la puerta cerrada, me besó por primera vez en la boca, con una lengua decidida que ya no tenía nada de prima, y me dijo al oído:

—¿Nos duchamos? Al fin y al cabo, era a lo que veníamos los dos.

Abrí el grifo. El agua salió tibia, casi fría, y nos metimos los dos juntos bajo el chorro. El frío de las baldosas me sacudió la espalda, pero el calor que sentía con ella pegada al pecho lo compensaba todo. Camila me agarró el sexo con la mano derecha, con fuerza, y empezó a moverla arriba y abajo mientras yo le sostenía las nalgas y le mordía el cuello. Mi otra mano había encontrado su clítoris y giraba en círculos pequeños, ayudada por el agua que bajaba entre los dos.

Cogí la alcachofa del soporte y, mirándola a los ojos, le dirigí el chorro entre las piernas. Ella saltó con un grito corto, mitad sorpresa, mitad placer, y se apoyó en la pared con los brazos en cruz. Cerró los ojos y dejó que la presión del agua jugara con ella mientras mis dedos seguían buscando el ángulo correcto. Al cabo de un par de minutos noté que las piernas le temblaban. Soltó un gemido largo, ronco, y se mordió el labio para no despertar a media casa.

—Si nos oyen, nos matan —susurró riéndose, con la respiración entrecortada.

—Pues calla —contesté, devolviéndole la sonrisa.

***

Se agachó sin avisar. Me besó el vientre, masajeó mi sexo con las dos manos y empezó a lamerlo desde la base hasta la punta, con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me dejaba caer un chorrito de agua de la alcachofa encima cuando me lo metía en la boca, y la combinación me volvía loco. Tuve que apoyarme con las dos manos en la pared para no caerme. Estuvo ahí un par de minutos, hasta que necesité algo más.

La levanté agarrándola de los hombros. Ella se giró, me dio la espalda, apoyó las manos en los azulejos y separó las piernas. Me dejó la cintura justo a la altura adecuada. Me pegué a ella, le aparté el pelo del cuello para besárselo, y entré en su interior despacio, asegurándome de que cabía todo, sintiendo cómo se ajustaba a mi alrededor. Echó la cabeza hacia atrás y soltó un suspiro que sonó casi como un «por fin».

Empecé a moverme con embestidas lentas, alargando el ritmo, escuchando cómo el agua repiqueteaba contra nuestros cuerpos. Después aceleré. Cada acometida le sacudía los pechos, y yo le pasaba una mano por delante para sentir cómo se le movían bajo mis dedos. Ella me cogía la mano y se la mordía cuando alguna embestida le llegaba demasiado adentro. Cada cierto rato giraba la cara y me besaba como dándome las gracias, como pidiéndome que no parara.

Sentí que estaba a punto de correrme. Le solté la cintura un segundo, me retiré, y ella se dio cuenta. Me miró por encima del hombro, se giró del todo y se señaló el pecho derecho con un dedo.

—Aquí —dijo—. Donde lo viste antes.

Se arrodilló frente a mí, se metió mi sexo otra vez en la boca durante un par de movimientos y, justo cuando noté que ya no podía más, lo sacó y se lo apuntó al pezón derecho. Me corrí con dos sacudidas largas, todo el semen cayéndole sobre la piel y bajándole por la curva hasta el ombligo. Ella se rio y se pasó un dedo para llevárselo a la boca.

—Te he debido gustar mucho —dijo.

—No te haces una idea.

***

No podía dejarla así. La senté sobre la repisa de mármol del lavabo, le abrí las piernas y me arrodillé yo en el suelo, todavía con el agua corriendo a un metro. Le besé la cara interna de los muslos hasta que se le puso la piel de gallina. Pasé la lengua por sus labios suavemente, sin tocar el clítoris al principio, dejándola pedirlo con la respiración. Cuando por fin lo busqué con la punta de la lengua, metí dos dedos dentro de ella, despacio, y empecé a moverlos en un ritmo que ella misma me marcaba con las caderas.

No tardó mucho en correrse otra vez. Me clavó los talones en la espalda, me agarró del pelo y se mordió el dorso de la mano para no gritar. Cuando abrió los ojos, los tenía vidriosos. Me miró un instante largo, soltó una risa cansada y me dijo:

—La próxima reunión familiar va a ser muy interesante.

Nos metimos otra vez bajo el agua, esta vez de verdad, y nos enjabonamos despacio, repartiéndonos las manos por la espalda y los hombros sin ninguna prisa. Salimos, nos secamos, nos vestimos y bajamos al salón intentando no mirarnos demasiado para que nadie sospechara nada. La familia seguía hablando de la boda de otoño como si el mundo no se hubiera salido del eje.

Más tarde, esa misma tarde, propuse dar un paseo. Camila se apuntó la primera. Acabamos otra vez en el campo de fútbol sala, pero a esa hora ya estaba vacío. Lo que pasó allí, sin embargo, es otra historia que también guardo. Lo único que puedo decir es que, desde aquel septiembre, cada reunión familiar es una excusa para encontrar nuestro rato a solas, y siempre, siempre, terminamos recordando aquella primera ducha como el momento en que dejamos de ser solo primos.

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