Aquella Nochevieja me besé con mi hermano a escondidas
Voy a contar algo que prometí guardarme para siempre, pero ya pasaron tantos años que casi se siente como si le hubiera ocurrido a otra persona. Casi. Por las dudas no voy a dar nombres reales, ni del barrio, ni de mi familia. Lo único que importa es lo que pasó aquella Nochevieja en la casa de mi tía Mariela.
Éramos una familia numerosa. Los primos chicos correteaban entre las sillas, mis tíos abrían cervezas en el patio, las mujeres iban y venían de la cocina con bandejas humeantes. Yo, con mis primas Lucía y Camila, estaba sentada en una mesa apartada del fondo, las tres con copa de vino y ganas de cotillear. Las tres ya pasábamos los veinte y nos hacía gracia poder beber al lado de los adultos sin que nadie nos mirara feo.
Faltaba como una hora para las doce cuando llegó mi tío Andrés con su mujer y mis primos pequeños. Vivían lejos, en otro país, y solo aparecían cada dos o tres años. Se armó un revuelo. Mi tío era el alma de las fiestas, así que se paseó por toda la casa repartiendo abrazos. Cuando me tocó a mí, me levanté, lo abracé fuerte y él me dio un beso en la mejilla tan cerca de la boca que la mitad de nuestros labios se rozaron. Fue cosa de un segundo y ninguno de los dos hizo gesto. Pero yo me quedé un rato pensando en ese pequeño accidente. No voy a mentir: me había gustado.
La noche siguió su curso. Los hombres salieron al patio a fumar, las mujeres seguían en la cocina ultimando la cena y yo, ya con la cabeza un poco liviana por el vino, me reía con mis primas de cualquier tontería. En esas estaba cuando apareció mi hermano Mateo cruzando el comedor con cara de fastidio. Se acercó, me mostró un botón de la camisa que se le había desprendido y me preguntó si podía cosérselo. Mateo siempre fue medio inútil para esas cosas y yo, desde chica, era la que terminaba arreglándole todo.
—No tengo aguja —le dije.
—Yo sí —saltó Lucía—. Mamá guarda todo el costurero en el cajón de la mesa de luz. Suban.
Mateo y yo subimos al primer piso. La música y el griterío de la familia se quedaron abajo, amortiguados por la madera del techo. El cuarto de mi tía olía a perfume dulce y tenía las cortinas corridas. Encontré el costurero en dos minutos, lo abrí sobre la cama y le pedí a mi hermano que se acercara.
—Sentate, no te la voy a sacar —le dije, señalando la camisa.
Mateo se sentó a mi lado, al borde de la cama, y yo me acomodé medio de costado para alcanzarle el cuello. Tuve que pegarme bastante. Sentía el calor de su cuerpo en el brazo, el olor del perfume que se había puesto para la fiesta. Mientras cosía, hablamos de cosas tontas. Que cómo iba el departamento nuevo, que ya hacía tres meses que se había mudado, que extrañaba dormir en su cuarto de siempre.
—Yo también te extraño, tonto —le dije.
Cuando rematé el último punto, él me sonrió, me agradeció y me abrió los brazos. Yo lo abracé, hice el gesto de darle un beso en la mejilla, pero en ese mismo instante él giró la cabeza hacia mí y mis labios aterrizaron justo en los suyos.
Nos quedamos congelados los dos, con los ojos muy abiertos, sin separarnos del todo. Sentí cómo le subía el color a la cara. A mí también, supongo. Por hacer algo, me reí.
—Qué manera más rara de agradecer —dijo, todavía rojo.
—Fue sin querer —contesté, también riéndome.
—Ah, bueno —dijo, y se inclinó otra vez—. Entonces yo también.
Y me dio un pico cortito en los labios. Otro accidente, igual que el de mi tío, pero esta vez en cámara lenta. Después se rio de nuevo.
—Ups, me resbalé —dijo.
Yo le seguí el juego y le devolví el pico.
—Ups, yo también me resbalé.
Él me devolvió otro. Yo le devolví el suyo. Empezamos a darnos picos cortos, uno tras otro, sin decir nada, todavía riéndonos al principio, después ya sin risas, solo recibiendo el beso y devolviéndolo, como un juego que ninguno quería terminar primero.
En un momento dejamos de reírnos. Los picos se hicieron más lentos, más largos. La risa se nos había borrado de la cara. Mateo me apoyó la mano en la espalda, despacito, y yo le subí las dos manos hasta tomarle las mejillas. Sin pensar, le incliné un poco la cara para acomodarla a la mía. La luz de la lámpara de noche era amarilla y tenue. La música seguía sonando abajo, lejísimos.
***
El primer roce de lengua llegó casi sin que nos diéramos cuenta. Mi hermano abrió apenas la boca y yo hice lo mismo, y las puntas de las lenguas se tocaron un segundo. Nos separamos como asustados, nos miramos a los ojos y volvimos a juntarnos.
Esta vez no fue accidente. Esta vez quisimos.
Mateo besaba lento, como si estuviera aprendiendo cada centímetro de mi boca. Me hacía cosas que no se le hacen a una hermana. Y yo se las dejaba hacer. Le sostuve la nuca con una mano, abrí más la boca y entonces sí, su lengua y la mía se enredaron en serio. Recuerdo el detalle de pegar nuestras bocas formando una especie de túnel y dejar que las lenguas se buscaran adentro, sin separarnos, sin respirar. Yo lo apretaba contra mí para que no se le ocurriera retirarse. Lo único que se oía en la habitación era el ruido húmedo de los besos y nuestra respiración entrecortada.
En un momento, jugando, empujé su lengua de vuelta a su boca con la mía. Mateo se rio dentro del beso y empezamos una especie de pelea boba con las lenguas, como cuando éramos chicos y nos disputábamos el control remoto. Él consiguió poner la suya encima de la mía y, sin separarse del todo, me dijo:
—Gané.
—Tramposo. Revancha —contesté.
Y volvimos a la carga. Esta vez ya no había juego. Esta vez había hambre.
Yo no podía creer lo que estaba pasando. Mi hermano. El mismo niño flacucho que me tiraba de las trenzas en el patio del colegio. El mismo que se moría de risa cuando yo me tropezaba en los cumpleaños. Y ahora me estaba besando como si llevara años pensando en hacerlo, y yo le estaba devolviendo el beso con la misma intensidad, sentada en la cama de nuestra tía, en plena fiesta familiar.
Hacía calor en el cuarto. Me saqué la chaqueta de punto que llevaba encima sin pensar y la tiré a un costado de la cama. Debajo tenía una blusa de tirantes blanca, ajustada, de esas finitas que se pegan al cuerpo. Mateo me miró el escote dos segundos más de los que debería haberse permitido un hermano. Después, sin dejar de besarme, me pasó la mano por encima de la tela y me tocó los pechos. No fue un roce tímido. Me los apretó, me los acomodó dentro de su mano como si los conociera de toda la vida.
—¿Te confieso algo? —me dijo al oído, todavía agarrándome.
—¿Qué?
—Cuando vivía en casa, me ponía mal verte salir con estas blusitas. Mal de bien, digo.
—Mentiroso —susurré.
—Te juro. Se te marcaban los pechos y yo no sabía dónde meterme.
Me bajó la boca al cuello y empezó a besarme ahí. Yo cerré los ojos. Su mano dejó mis pechos y se metió por debajo de la blusa, directo sobre la piel del vientre. La tenía caliente. Me acariciaba el abdomen con la punta de los dedos, despacio, mientras me mordisqueaba apenas la piel del cuello.
—Tenés panza linda —murmuró—. Te queda bien esta panza.
—Callate —le dije, pero no quería que se callara nada.
Me metió el índice en el ombligo y me lo acarició como si fuera un punto secreto. Yo arqueé un poco la espalda sin querer. Él lo notó y volvió a buscarme la boca, esta vez con desesperación. Su otra mano me sostenía la cintura, fuerte, como si tuviera miedo de que me arrepintiera y saliera corriendo.
***
No sé cuántos minutos pasaron. La cabeza se me había ido a otra parte. Sentía la mano de mi hermano subiéndome el borde de la blusa, ya a la altura de las costillas, listo para sacármela de una vez. Tenía la boca pegada a la mía, las lenguas trabadas, su otra mano detrás de mi nuca. Yo había empezado a apoyarme contra él, a buscarlo con todo el cuerpo. Estaba segura, segurísima, de que en un minuto íbamos a estar acostados en la cama de mi tía haciendo cosas que después no íbamos a poder borrar de la cabeza.
Y entonces se escuchó el grito.
—¡Feliz año nuevo!
Subió desde el comedor como una bomba. La casa entera estalló de alegría. Bocinas, copas chocando, las primas pegando alaridos, mi padre gritando «¡salud!» con esa voz de fiesta que tenía siempre cuando había vino de por medio.
Mateo y yo nos separamos como si nos hubieran pegado una descarga eléctrica. Los dos nos quedamos quietos, mirándonos, todavía abrazados, con las bocas a un centímetro y el aliento mezclado. Yo agarré el celular con una mano que no me respondía: doce en punto. Habíamos pasado la medianoche dentro de un beso.
—Me voy abajo —dijo él, con la voz tomada.
Se levantó tan rápido que casi se tropieza con el costurero. Se acomodó la camisa, se pasó la mano por el pelo y salió del cuarto sin mirarme. Yo me quedé sola, sentada en la cama de mi tía, con la blusa medio levantada y el corazón a mil. Tardé como tres minutos en poder ponerme la chaqueta y mirarme al espejo. Tenía la boca roja, hinchada, y los ojos brillosos como si hubiera llorado.
Bajé despacio. Felicité a mis primas, a mis tíos, a mis padres, a todo el mundo. A mi hermano no. Mi hermano se había metido en la otra punta del patio, conversando con mi tío Andrés con una sonrisa rara, como si estuviera escuchando un chiste que en realidad no le importaba. Cuando nuestras miradas se cruzaron, él agachó la cabeza y siguió hablando como si nada.
Pasamos el resto de la noche ignorándonos. Yo seguí tomando vino con mis primas, riéndome de cualquier cosa, fingiendo. Él se quedó callado, casi quieto. Y digo, ¿cómo no iba a estar incómodo el pobre, si poco antes había estado a punto de tirar a su hermana sobre la cama de la tía y comérsela en plena Nochevieja?
***
Pasaron años. Mateo se casó, tuvo dos hijos. Yo también armé mi vida. Nos vemos en cumpleaños, en Navidad, en alguna que otra cena familiar, y nos tratamos con el mismo cariño de siempre. Nunca hablamos de aquello. Ni una palabra, ni una insinuación, ni siquiera una mirada larga. Es como si esos minutos en el cuarto de mi tía pertenecieran a otra dimensión, a otra vida.
Pero a veces, cuando se acerca el final del año y veo los cohetes y escucho la cuenta atrás, me viene a la cabeza la mano de mi hermano subiéndome la blusa y su lengua enredada con la mía. Y pienso que si la familia hubiera gritado «feliz año nuevo» tres minutos más tarde, mi vida habría sido otra. Una vida con un secreto mucho más grande que este.
Por eso lo cuento ahora, sin nombres ni lugares de verdad. Para sacármelo aunque sea un rato del pecho. Y porque, en el fondo, hay una parte de mí a la que todavía le gustaría saber qué habría pasado si esa cuenta regresiva hubiera empezado un poquito más tarde.