Cuidé a mi hijo tras el accidente y ya no fui la misma
Me llamo Carolina, tengo cuarenta y cinco años, soy morena y mido un metro setenta y dos. Estoy operada de pecho —ciento diez—, no me da vergüenza decirlo, y el cuerpo, con todo lo que pesa la edad, todavía se sostiene gracias a horas de pilates y a una cabezonería heredada de mi madre. Soy divorciada desde hace dieciséis años. Tengo un único hijo, Daniel, de veintiuno, al que en casa siempre llamamos Dani.
Dani juega al fútbol federado desde los seis años, eso es su vida. Por suerte tampoco descuidó los estudios y va por segundo de Ingeniería. Su padre se largó cuando él tenía cinco; se mudó con otra mujer al norte y, salvo dos visitas al año y una transferencia mensual, ha sido como si nunca hubiera existido. Lo crié sola y, sin ponernos sentimentales, lo crié bien.
Todo empezó un domingo de abril. Dani tenía partido en un campo a las afueras y, como yo libraba turno doble en la clínica, decidió ir solo con la moto. No era ninguna bestia con el manillar; iba a treinta y pico, según me explicó después una y otra vez. Un señor mayor cruzó por detrás de un coche aparcado sin mirar, y mi hijo, en lugar de embestirlo, tumbó la moto contra el asfalto. Le salvó la vida al hombre. Salió por la radio local y todo.
El parte médico fue claro: muñeca derecha fracturada, dos dedos rotos en la mano izquierda y una contusión interna en la rodilla. Dos brazos inmovilizados con férula hasta el codo durante quince días. Cuando me llamaron, dejé al paciente que tenía delante a media frase y conduje al hospital tragándome las lágrimas. El traumatólogo me tranquilizó: «Tu hijo está bien, señora. Y, sobre todo, actuó como un valiente». Le firmé la receta de los calmantes y nos fuimos a casa.
Una vez allí me chocó la realidad. Dani no podía ni rascarse la oreja. Le di de comer en la boca, le abrí la cremallera del pantalón para que orinara y, llegada la noche, tocaba ducharlo y meterlo en la cama.
Mi familia nunca fue pudorosa. Mi madre andaba en bragas por casa sin pestañear, y a mi padre, ahora con setenta y siete, todavía le ayudo a entrar en la ducha de vez en cuando porque las cervicales le juegan malas pasadas. En casa, lo mismo. A Dani le había puesto cremas, le había curado fimosis a los nueve, le había aguantado vomitando borracho a los dieciocho. Y él me había visto en ropa interior buscando un sujetador en la lavandería más veces de las que recuerdo. Pero verle el sexo de frente, mirarlo con calma, nunca había ocurrido. No había habido motivo.
Le quité la camiseta, los pantalones, las medias y me detuve en los calzoncillos.
—¿Estos también? —pregunté, intentando que sonara natural.
—Como tú veas, mamá —respondió él, sin mirarme.
—Hijo, si vamos a cambiarte, mejor cambiarte entero, ¿no?
—Vale.
Tiré del elástico hacia abajo y me encontré con algo para lo que no estaba preparada. En reposo, le colgaban cómodamente sus buenos dieciocho centímetros, gruesa, recortada con cuidado, y bajo ella un par de testículos afeitados que parecían pintados. Me quedé un segundo más de la cuenta. No por morbo, juro que no fue por morbo, sino por puro desconcierto: hasta esa tarde, en mi cabeza Dani seguía siendo el crío al que le cortaba la fruta en triángulos.
—Vaya —dije, riéndome para disimular—. Sí que has crecido.
—¿Te incomoda, mamá?
—¿Por qué me iba a incomodar, cielo? Soy tu madre, esto es como cuando te bañaba con dos años. Y, ya que lo dices, tienes una polla muy bonita. No te avergüences nunca de ella.
—Gracias, mami —dijo, y le cambió la voz. Ese leve quiebro que no sabría explicar.
Lo vestí con un pijama suelto, le preparé pasta carbonara y se la di a cucharadas como cuando era pequeño. Al rato volví a su cuarto con una idea más práctica que cualquier otra cosa.
—Dani, mira, he estado pensando. Si te dejo sin pantalón, podrás ir tú solo al baño. Total, en casa estamos los dos.
—Sí, así sería más fácil.
—Pues hecho.
Le bajé el pantalón del pijama y el calzón, y lo dejé tapado con la sábana hasta la cintura. Él fue al baño él solito, se sentó —porque al fin y al cabo no podía sujetarse la polla— y volvió andando despacio.
—Cariño —le dije después—, tengo que escaparme a la farmacia de guardia, la nueva, la que está en la avenida. Igual tardo. No te voy a dejar solo. Voy a avisar a Esther para que se quede contigo un rato.
—¿Y voy a quedarme así, sin nada?
—Hijo, Esther te ha cambiado los pañales y te ha cuidado la varicela. Tiene cincuenta y ocho años y dos hijos médicos en Suiza. No le vas a enseñar nada nuevo. ¿Te molestaría a ti?
—No, si a ti no te parece raro.
—No me lo parece. Ahora vuelvo, mi amor.
Le di un beso en la frente. Esther vivía en el segundo. Es viuda desde hace siete años, cariñosa, ese tipo de vecina que aparece con tuppers de croquetas sin que nadie se los pida. No puso una sola objeción.
—Tú vete tranquila, Carolina. Cuido a mi niño grande y ya está.
—Está echado. Si necesita algo, te llamará.
Tardé en la farmacia más de lo que pensaba. La cola era una bestia. Volví hora y media después con la bolsa de medicamentos y un café tibio en la mano. Esther estaba en el salón viendo un magazine de cocina.
—¿Cómo ha ido?
—Bien, hija, sólo me ha llamado una vez para ir al baño. Le ayudé a sentarse y luego a limpiarse, lo de siempre. Es un cielo.
—Mil gracias, Esther.
—Para lo que necesites.
La acompañé hasta la puerta y, todavía con el abrigo encima, fui al cuarto de Dani a ver cómo estaba. Lo encontré tumbado de espaldas, con la sábana arrugada a los pies y, en la entrepierna, un mástil que no se parecía en nada a lo que yo le había visto un par de horas antes. Recto, palpitante, brillante en la punta. Le calculé veintitrés centímetros largos. Sentí calor en la cara y no fue de vergüenza.
—Cariño… ¿estás bien?
—Sí. Es que Esther, al limpiarme, me ha tocado bastante. No queriendo. Bueno, no sé. Y ahora no se me baja. No puedo ni bajármelo yo, mamá.
—Claro. No puedes aliviarte.
—Eso.
***
Lo miré dos segundos largos. Sólo dos segundos.
—Eso tiene fácil arreglo, Dani.
—¿Qué dices?
—Te alivio yo. Soy tu madre. No es para tanto.
—¿Cómo… cómo me vas a aliviar?
—Hijo, pareces de cuatro años. Con la mano. O con lo que haga falta, hasta que se te pase.
—¿Estás segura, mamá?
—Claro que sí. Mira, hace mucho que no tengo uno de estos a mano —dije señalando aquella cosa imposible—, y hoy nadie nos ve. Lo intentamos con la mano y, si no, probamos otra cosa. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Me senté en el borde de la cama, la agarré con cuidado y empecé a moverla despacio, de la base a la punta. Estaba caliente y dura como nunca había sentido nada en mi vida adulta. Le pasé el pulgar por la corona, le hice círculos lentos. Subí el ritmo. Pasaron cinco minutos. Diez. Nada.
—Hijo, esto no sale.
—Es que tardo mucho, mamá. Y necesito… ya sabes, estímulo. Una imagen, un vídeo. Si pudiera coger el móvil…
—No vamos a meter ningún móvil aquí. Si lo que necesitas es ver, mira.
Me quité el jersey por la cabeza y me llevé las manos a la espalda. El sujetador cayó al suelo. Mis pechos, los pobres ciento diez por los que tantas veces me había gastado el dinero, le quedaron a un palmo de la cara. Le vi tragar saliva.
—Mamá…
—Chist. Concéntrate.
Volví a la tarea con la mano, más rápido, y luego, porque la mano no estaba siendo suficiente, hice una pausa, me incliné y me lo metí en la boca. Lo tomé todo lo profundo que pude, le pasé la lengua por la corona, ahuequé las mejillas. Él gimió la primera vez. Yo, también, sin querer.
Pasaron otros diez minutos y seguía intacto, durísimo, lejos del final. Esta polla no piensa correrse así, pensé.
—Daniel —le dije, separándome con un hilo de saliva en el labio—. Tu polla no quiere bajar de ninguna manera. Voy a probar otra cosa.
—¿El qué?
—Me subo yo. A ver si se baja dentro de mí.
—Mamá… ¿de verdad?
—De verdad. Cierra los ojos si quieres. O no los cierres. Tú decides.
Me terminé de desnudar de pie, sin pudor, sin teatro. Me trepé sobre él con cuidado de no rozarle las férulas. La punta tocó mi entrada y comprobé, asustada, hasta qué punto estaba mojada.
—Mamá, estás empapada.
—Claro que sí, cariño. Tu polla me ha puesto como hace veinte años no me ponía nadie.
Bajé poco a poco. Era enorme. La sentí abrirme centímetro a centímetro hasta que mi pelvis chocó contra la suya. Me quedé quieta unos segundos para acostumbrarme. Él soltó un quejido entre placer y susto. Empecé a moverme despacio, las manos apoyadas en el colchón a los lados de su cabeza, los pechos cayéndole sobre la cara, su respiración golpeándome el escote.
—Aaah, sí, hijo, así.
—Mamá, mamá, voy a…
—Aún no, aguanta. Aguanta un poco más, mi amor.
Aceleré. La cama crujía. Le mordí la oreja, le susurré cosas que no había dicho desde el divorcio. Sentí que la primera oleada me subía por la espalda y se me clavaba detrás de las rodillas.
—Me voy, Dani, me voy…
—¡Yo también, mamá! ¿Dónde…?
—Dentro. Hoy dentro.
Me corrí encima de él con un grito ahogado en su cuello, y él se vació dentro de mí en tres embestidas hacia arriba, las únicas que pudo dar atrapado bajo mi peso. Me quedé quieta, hundida en su pecho, escuchándole el corazón disparado. Dios mío, qué he hecho. Dios mío, qué bien lo he hecho.
***
Nos duchamos juntos. Le enjaboné yo el pelo, el cuello, la espalda. Le besé en la boca, despacio, sin urgencia, como nunca le había besado a nadie. Aquella noche dormí en su cama, con la cabeza apoyada en su pecho y un brazo escayolado encima de mí.
Las quince noches que duró la férula fueron, sin exagerar, las quince mejores noches de mi vida. Cuando se la quitaron y empezó a poder vestirse solo, ninguno de los dos quiso volver al «antes». No hemos vuelto. Y dudo que volvamos nunca.