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Relatos Ardientes

Mi madre me esperó desnuda con dos cervezas frías

Aquella mañana, después de despertar entre los brazos de mi madre, salí de su cama corriendo, antes de que Lucía regresara del mercado. Si no se le hubieran olvidado las llaves del piso, nos habría encontrado dormidos, desnudos y enredados como si lleváramos años así.

Lucía subió sin avisar, con esa ligereza de ropa que siempre se ponía nada más cruzar la puerta. Olfateó el aire del salón, frunció el ceño y soltó la primera de muchas frases que recordaré toda mi vida.

—¿Aquí ha pasado algo? Que lo digo yo. Hay un olor raro que no sé de qué me suena.

Mi madre apareció desde el pasillo, despeinada, con cara de haber dormido poco.

—Nada, hija. Diego ha hecho ejercicio en el salón. Ha sudado como un animal.

Yo me escabullí al baño con la toalla en la mano. Lucía se asomó a la puerta entornada y se quedó mirándome sin hablar, como un detective que acaba de encontrar la pista que le faltaba.

—¿Qué te pasa, Lucía? ¿Te gana el pis?

Ella no contestó. Cerró la puerta despacio y oí cómo sus pasos se alejaban por el pasillo. Me metí bajo el agua sin ganas, más por compromiso que por necesidad. Quería conservar el olor de mi madre pegado a la piel, como si así pudiera grabar para siempre lo que había ocurrido aquella madrugada.

***

Pasó una semana entera sin que ninguno de los dos dijéramos una palabra. Mi madre se movía por la casa como si nada hubiera ocurrido, sirviendo el desayuno, llamando a mis hermanas, cambiando el canal del televisor. Empecé a pensar que lo había soñado todo. Que no iba a volver a tenerla. Cada noche me acostaba esperando oír sus pasos descalzos en el pasillo, esperando ver aparecer en mi puerta uno de aquellos camisones transparentes que a veces se ponía sin medir el efecto que tenían. Pero nada. La casa entera dormía sin sobresaltos, y yo me iba volviendo loco de a poco.

Hasta que un miércoles me llamó al móvil.

—Diego, ¿puedes pasar a buscarme al metro de Colón? He estado de compras y vengo cargada.

La esperé al lado del quiosco de la entrada, mirando pasar a la gente de la hora punta. La vi aparecer entre el gentío con dos bolsas grandes colgando de los brazos, el pelo recogido en una coleta floja y los labios pintados de un rojo discreto. Me dio un beso en la boca al llegar, breve pero firme, y nadie alrededor pareció notarlo.

Bajamos al andén. El vagón venía hasta los topes. La empujé hacia adentro con la mano en la cintura y entré detrás de ella, pegándome a su espalda porque no había otro sitio donde meterse. La gente entraba y salía en cada parada, y cada vez quedábamos más apretados.

Su culo, redondo y firme bajo el vestido fino, me quedó justo a la altura. No hizo falta nada más. Mi polla se levantó sola, sin permiso, y se acomodó entre las dos curvas como si las conociera de toda la vida. Mi madre no se apartó. Al contrario: se acercó un poco más, hasta sentirla entera. Y entonces empezó a moverse.

Era un balanceo mínimo, casi imperceptible, que aprovechaba los frenazos del vagón para disimularse. Yo la sujetaba por la cintura con las dos manos y miraba al techo intentando pensar en otra cosa, sin éxito. En cada parada subía más gente y yo aprovechaba el empujón para meterme más entre sus nalgas. Ella respiraba hondo y echaba la cabeza hacia atrás, apoyándola un instante en mi hombro.

—Diego —me susurró en algún momento, sin volverse—. Esta noche tu padre se va con sus amigos. Tus hermanas también salen. Quédate en casa.

—No puedo. He quedado con Noelia.

—Plántala. Dile que ha terminado contigo. Tu madre necesita caña.

Nos pasamos de parada. Llegamos a la siguiente, bajamos al andén casi vacío y volvimos a subir en sentido contrario. Cuando por fin nos sentamos uno frente al otro, ella me miró con la sonrisa más tranquila del mundo, como si no acabara de prometerme la noche entera.

***

Mi padre salió a las nueve, vestido como si fuera a un bautizo, oliendo a colonia cara. Carmen se fue media hora después con su grupo de la facultad. La última en marcharse fue Lucía. Se paró en el recibidor, se ató una zapatilla y me miró con la cabeza ladeada.

—Diego, hazme un favor. Esta noche no hagáis ejercicio en el piso. Luego no puedo dormir pensando en el ejercicio que hacéis.

—Lucía, no digas tonterías. Noelia me ha dejado. Hoy paso de todo.

—Vale, vale. Pensad lo que os apetezca pensar.

Cerró la puerta sin volverse. Yo me quedé en el pasillo unos segundos, mirando el felpudo, antes de respirar otra vez.

Mi madre se había metido en la ducha. La oí canturrear algo, una sevillana, mientras yo descorchaba un par de botellines en la cocina. Cuando salió, llevaba una toalla pequeña alrededor del pecho y los hombros llenos de gotas. Pasó por delante de mí sin pararse, sin mirarme, y se metió en su habitación dejando la puerta entreabierta.

—Diego, ¿me traes una cerveza? Y otra para ti.

Cogí los dos botellines y crucé el pasillo. Empujé la puerta con el codo.

Estaba tumbada sobre la cama, completamente desnuda, con las piernas abiertas. Se había afeitado por la tarde, eso se notaba: la piel del pubis estaba lisa, brillante, y los labios se le veían hinchados, como una flor a punto de abrirse del todo. Tenía los ojos cerrados y una sonrisa idéntica a la del metro.

—Madre, te va a hacer falta apagar el fuego con esto —dije, dejando las botellas en la mesilla.

No contestó. Levantó la pelvis muy despacio, ofreciéndome la boca de su sexo sin una sola palabra. Me arrodillé al borde del colchón. Abrí uno de los botellines, di un trago largo y dejé caer un hilo fino de líquido frío sobre su coño. Soltó un gemido grave, casi un gruñido, y se arqueó por completo.

Bajé la cabeza antes de que la cerveza se derramara más allá. La lamí entera, despacio, recogiendo la espuma con la lengua, mordiéndole los labios hasta que dejó de poder estarse quieta. Me agarró del pelo con las dos manos y me apretó contra ella.

—Más, Diego. Échame más.

Le volqué otro chorro. Esta vez gritó tan fuerte que pensé en los vecinos del rellano. Le metí dos dedos sin avisar y los giré despacio, sintiendo cómo se contraía alrededor. Su clítoris estaba hinchado, duro como un guijarro pequeño, y se lo cogí entre los labios con cuidado, jugando con él, soltándolo, mordiéndolo con la punta de los dientes.

Se corrió en mi boca casi sin avisar. Un orgasmo largo, denso, que le sacudió las piernas durante un buen rato. Tenía la cara empapada de espuma y de jugo, y la habitación entera olía a sexo y a malta.

***

Cuando levantó la cabeza, me miró con los ojos vidriosos y me hizo un gesto con la barbilla. Una sola palabra muda: «ven».

Me subí encima sin desvestirme del todo. Me bajé el pantalón hasta media pierna y me la metí de un solo empujón. Se la tragó entera, hasta el fondo, con un chasquido que sonó como una boca abriéndose. Otra vez ese «aaah» suyo, largo, que parecía no acabar nunca.

Empecé a bombearla despacio, sintiendo cada centímetro. Ella me clavaba las uñas en los hombros y se retorcía debajo, sin poder estarse quieta. Le mordí los pezones, primero uno, después el otro, hasta dejárselos rojos. Sus pechos se movían con cada empujón, y yo no podía dejar de mirarlos.

—Diego, ponme a cuatro patas. Quiero verte así.

La giré como una muñeca. Se apoyó en los codos, con el culo levantado, y yo me volví a meter de un golpe seco. Sentí cómo se le tensaba la espalda entera. Le agarré la melena con una mano, no para tirar, sino para sostenerla. Con la otra le subí la cintura un par de centímetros hasta encontrar el ángulo justo.

—Así, así, así.

Estuvimos así no sé cuánto tiempo. Yo iba bombeándola fuerte, sin parar, y ella iba pidiendo más entre cada respiración. Le metí un dedo en el culo, despacio, y entonces sí que se volvió loca. Empezó a gritar y a empujarme hacia atrás con las nalgas, ensartándose ella sola en lo que le diera la gana. Yo apretaba los dientes para no correrme. Quería que aquella noche durara una semana.

Me hizo tumbarme boca arriba y se montó encima dándome la espalda. Veía cómo desaparecía mi polla entera dentro de ella, cómo subía y bajaba con las piernas tensas, sosteniéndose en mis muslos. La piel de su espalda se le perlaba de sudor. Cada vez que bajaba hasta el fondo, le temblaban las nalgas un poco.

Se cansó de cabalgarme y se dejó caer hacia un lado. Antes de que pudiera respirar, ya tenía su boca en mi polla. Me la metió entera, hasta el fondo de la garganta, una y otra vez, mientras me miraba con los ojos pegados a los míos. La saliva le caía por la barbilla y se mezclaba con lo que me iba sacando ella misma con la lengua.

—Mi Diego —dijo separándose un instante—. Esta noche eres mío. Me has hecho la hembra más caliente del mundo.

La volví a tumbar de espaldas. Me coloqué encima, le pasé las dos piernas por los hombros y me la metí hasta el fondo. Le sujeté las muñecas contra la almohada. Empecé a moverme rápido, sin pausa, mirándola a la cara. Ya no aguantaba más. Ella tampoco.

Nos corrimos casi al mismo tiempo, con un grito largo que se nos escapó a los dos. Yo me vacié dentro y ella me apretó por dentro a cada chorro, como si quisiera sacarme hasta la última gota. Tardé un rato en poder retirarme. Cuando lo hice, me besó muy despacio, primero en la boca y después por todo el cuello.

***

Y entonces los oímos.

Pasos. Pasos rápidos en el pasillo, alejándose. Una puerta que se cerraba despacio, demasiado despacio, intentando no hacer ruido. Mi madre se llevó un dedo a los labios y los dos nos quedamos quietos, escuchando.

Pasaron varios minutos. Luego oímos a alguien moviéndose en el cuarto de mis hermanas. Y al rato, en voz baja pero clara, una sevillana. La misma que mi madre había canturreado en la ducha.

«Hoy desperté de un mal sueño, y tuve ganas de ti…»

Mi madre se giró hacia mí. No estaba asustada. Estaba seria.

—Diego, nos ha pillado. Lucía nos ha visto.

—¿Cómo lo sabes?

—Por la canción. Lucía no canta esa sevillana porque sí.

Yo no supe qué contestar. Me quedé mirando el techo, escuchando a Lucía moverse al otro lado del tabique, intentando recordar si había cerrado la puerta del dormitorio al entrar con las cervezas. No la había cerrado. Estaba seguro. La había dejado entornada, como mi madre antes.

—Mañana hablo yo con ella —dijo mi madre, apoyando la cabeza en mi pecho—. Pero esta noche no te vayas. Quédate aquí.

Me quedé. No dormí. Tenía a mi madre desnuda sobre el costado izquierdo y a mi hermana al otro lado del tabique, despierta, sabiéndolo todo. Lo que vendría a partir del día siguiente era otra historia entera, y yo aún no estaba preparado para imaginarla.

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