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Relatos Ardientes

Mi madre me esperaba sola en el aula aquel viernes

Mi madre da clases de idiomas en una secundaria del centro. Trabaja los lunes, miércoles y viernes, de doce a una de la tarde, en una escuela pequeña de la colonia Roma. Como yo también estudio, los viernes solía pasar por ella al final de su jornada y nos íbamos a comer juntos a alguno de los restaurantes que conocíamos cerca de ahí. Vivimos en un departamento de la colonia Doctores desde que mi padre se fue, hace más de doce años. Espero que el detalle no incomode: mamá es madre soltera, yo soy hijo único y en casa siempre estuvimos los dos.

Aquel viernes empezó como cualquier otro. Me levanté temprano, todavía con el pelo mojado de la regadera, y entré sin avisar al cuarto de mamá para preguntarle por unos zapatos. La encontré frente al espejo, descalza, en ropa interior. Llevaba una pantaleta diminuta, ni siquiera tanga, que se le ajustaba al pubis y le marcaba las nalgas con una nitidez que esa mañana me cayó como un golpe. Arriba no tenía nada. La había visto desnuda mil veces antes; mamá nunca se hizo problema con su cuerpo dentro de la casa. Pero esa mañana fue distinta.

—Mateo, qué susto —dijo, sin alterarse demasiado—. ¿Qué pasa?

—Mis zapatos cafés. No los encuentro.

—Si tú no sabes dónde dejas tus cosas, hijo, yo menos. Vamos a buscarlos a tu cuarto.

Salió delante de mí tal como estaba. No se cubrió, no buscó la bata. La seguí casi en automático, conteniendo el aire. En mi cuarto se agachó a buscar debajo de la cama y me ofreció, sin proponérselo, la imagen más perfecta de su espalda y de su trasero levantado. Me agaché yo también, fingiendo que la ayudaba, y los zapatos estaban exactamente donde tenían que estar.

—Aquí, mamá. ¿Cómo no los vi antes?

—Qué afición tienes a hacerme perder el tiempo. Aprende a organizarte, Mateo. No siempre voy a estar detrás de ti.

Nos levantamos juntos y sus pechos pasaron a un palmo de mi cara. Por un segundo se me quedaron las piernas tiesas. Ella lo notó, estoy seguro de que lo notó, pero no dijo nada. Salió contoneándose por el pasillo y yo me quedé ahí, viéndola alejarse. Pensé que si no me apuraba a desayunar y a salir, iba a cometer una tontería antes de las nueve de la mañana.

Desayunamos casi en silencio, ella con el periódico, yo mirando la mesa. Antes de salir le pregunté:

—¿Paso por ti a la escuela como siempre?

—Sí, cariño, pero llega puntual. Una amiga me invitó a comer a la Cantina La Romería y, si llega antes ella, no voy a poder zafarme. Si me confirmas que estás afuera a la una, le aviso que no.

—A la una en punto, te lo prometo.

Con eso me bastó. Salí de casa con la sangre todavía revuelta, pero más tranquilo: tenía la tarde con ella. En las clases de la universidad estuve más participativo que nunca, casi ansioso. Quería que el reloj corriera. A las doce y media tomé el metro y a las doce y cincuenta y cinco ya estaba subiendo las escaleras de su escuela.

La encontré sola en el aula. Acomodaba unos exámenes en su escritorio. La clase la había dado por terminada antes, según me explicó, porque les había puesto una prueba escrita y los chicos terminaban a su ritmo y se iban. El salón olía a tiza vieja y a su perfume.

—Hola, mamá. Ya estoy aquí.

—Hola, Mateo. ¿Cómo te fue hoy?

—Muy bien. Participé en todo.

—Me alegra. Cada vez falta menos para que termines la carrera.

Me senté en uno de los pupitres del frente, frente a su escritorio. Ella seguía con sus papeles. Yo no podía dejar de mirarla. La minifalda que llevaba se había arrugado un poco con el día y se le subía cuando se inclinaba sobre los exámenes. La blusa, blanca, dejaba adivinar el sostén. Su piel canela tenía un brillo distinto bajo la luz cenital del aula.

—¿No nos vamos? —dijo, mirándome de reojo—. Te quedas ahí sentado como si tuvieras tiempo de sobra.

—Es que estás muy guapa hoy, mamá. No sé qué tienes, pero estás distinta.

Levantó la vista. No me sonrió todavía.

—¿Distinta?

—Estás deslumbrante. Sensual. Si no fueras mi madre, ya te estaría enamorando.

Soltó una risa baja, casi avergonzada.

—Pero mira lo que dice mi hijo. Hace años que nadie me decía cosas así. Y vienes tú, justo tú, a hacerme sonrojar.

—Es la verdad. Tienes unas piernas preciosas y esa minifalda no ayuda. Y los botones de la blusa dan ganas de desabrocharlos para ver qué se esconde debajo.

Mamá apoyó las dos manos en el escritorio y me miró fijo. La sonrisa que apareció después no era la de siempre.

—Mateo, eres un descarado. Me dan ganas de olvidar que eres mi hijo.

—Pues olvídalo por un rato.

Lo dije sin pensarlo. La frase quedó suspendida entre los dos. Ella respiró hondo, miró la puerta, miró la ventana del aula que daba al patio vacío, y después me miró a mí.

—¿Y si te quitas la falda? —pregunté, con el corazón a punto de salírseme.

—¿Que me quite la falda?

—Sí, mamá. Solo eso. Para verte.

Tardó un segundo. Después se llevó las manos atrás, encontró el cierre y la falda cayó al piso con un susurro de tela. Quedó de pie detrás del escritorio, en blusa y una pantaleta delicada que le marcaba todo. Tenía las piernas más bonitas que había visto en mi vida, aunque las hubiera visto antes mil veces.

—¿Te puedes poner en cuclillas?

—¿Para qué, Mateo?

—Para verte así. Para que se vean tus muslos.

Lo hizo. Se agachó despacio, con las rodillas separadas, y los muslos se le abrieron enmarcando la tela mínima que la cubría. Mi sexo, que ya llevaba todo el día medio despierto, terminó de endurecerse contra el pantalón. Ella lo vio. No dejó de mirarme.

—Ven —dijo, en un tono que ya no era de madre.

***

Me acerqué hasta quedar parado delante de ella, todavía agachada. Sin levantarse, me puso la mano en la entrepierna y apretó por encima de la tela. El estremecimiento me recorrió de la nuca a los talones.

—¿Estás caliente, hijo?

—Estoy ardiendo, mamá. Tú tienes la culpa.

—¿Y qué quieres que haga?

—Lo que se te antoje.

Sonrió. Me desabrochó el cinturón con calma, como quien sabe lo que hace. Bajó el pantalón, después el bóxer, y mi verga saltó hacia ella. Se quedó mirándola un momento, casi con respeto, antes de acariciarla con las dos manos. Después se inclinó y me pasó la lengua, despacio, desde la base hasta la punta.

Cerré los ojos. No quería terminar antes de empezar. Mamá lo notó y bajó el ritmo. Me chupaba con devoción, sin prisa, como si aquello fuera lo único que importaba en el mundo. Sus labios me envolvían entera, me apretaban suave, me soltaban. De vez en cuando levantaba la vista para mirarme, y esa mirada era lo que más me prendía.

—Mamá, voy a venirme si sigues así.

Se separó un momento. Tenía la boca brillante.

—Espera, cariño. Quiero que dure.

Le tomé las manos y la levanté. Le besé la boca por primera vez como no la había besado nunca: largo, hondo, sin vergüenza. Ella respondió con la misma hambre, apretándose contra mí, arqueándose para juntar su sexo con el mío todavía libre. Sentí sus pechos contra mi pecho, la aspereza tibia del sostén, su respiración entrando y saliendo de mi boca.

Le desabroché la blusa botón por botón, sin apurarme. Después el sostén. Sus pezones estaban duros, oscuros, tan hinchados que parecía que dolían. Me agaché y me prendí de uno, mordí suave, succioné. Ella gimió por primera vez, un gemido ronco, contenido por la cercanía del pasillo.

Le metí la mano por debajo de la pantaleta. La encontré empapada, abierta, ardiente. Pasé un dedo por toda esa hendidura y mamá se mordió el labio para no hacer ruido. Apretó las piernas alrededor de mi mano, como si quisiera retenerla.

—Sobre el escritorio —murmuré.

La ayudé a sentarse en el borde, le quité la pantaleta y la dejé en el filo, con las piernas abiertas. Me arrodillé entre sus muslos. El olor de su sexo me llegó antes que el sabor: tibio, denso, real. Le pasé la lengua entera, de abajo hacia arriba, y ella echó la cabeza atrás. Le abrí los labios con los dedos y la besé adentro. La lamí despacio, recogiendo cada gota de lo que ya estaba escurriendo. Cuando llegué al clítoris y lo succioné, mamá me agarró de la cabeza y apretó.

—Así, Mateo. Por favor, así.

Seguí sin parar. Le metí la lengua, después dos dedos, después la lengua otra vez. Sentía cómo se contraía, cómo se preparaba. Cuando se vino, lo hizo con un gemido ahogado, mordiéndose el dorso de la mano para que no la oyeran desde el patio. Su cuerpo entero tembló sobre el escritorio. Yo seguí lamiéndola hasta que me apartó, sensible, sonriente, agitada.

—Ahora tú —dijo.

***

Me levanté. Le puse las manos en las rodillas y se las abrí más. Acerqué la punta de mi verga a su entrada y la rocé. Estaba tan mojada que no hizo falta nada: entré de un solo empuje, hasta el fondo. Mamá se arqueó y soltó un quejido que se le escapó a pesar del cuidado.

Empecé a moverme despacio, pegando las caderas contra el borde del escritorio. La veía debajo de mí, la blusa abierta, los pechos bailando con cada empuje, la boca entreabierta. No podía creer lo que estaba pasando. Y al mismo tiempo no podía creer que hubiera tardado tanto.

—Mamá, esto es una locura.

—Lo sé, mi amor. No pares.

Aceleré. Le agarré una pierna y se la levanté para entrar más profundo. Ella se llevó las manos a los pechos y se los apretó, mordiéndose otra vez el labio. Vi cómo le subía un nuevo orgasmo desde el vientre. Cuando la sentí contraerse alrededor mío, casi me arrastra con ella. Me detuve en seco, dentro, con la verga palpitando, y aguanté.

—Date la vuelta.

Bajó del escritorio con las piernas todavía temblando. Se inclinó sobre la madera y me ofreció el trasero. Sus nalgas eran perfectas, exactamente como las había imaginado en la mañana. Le agarré las caderas con las dos manos y la penetré de un golpe. Mamá apoyó la frente sobre los exámenes que ella misma había corregido esa tarde y empezó a empujar hacia atrás, marcando ella el ritmo.

—Así te gusta, ¿no? —le dije, sin reconocer mi propia voz.

—Así me encanta. Siempre me ha gustado así.

La cogí con todo. Las nalgas le sonaban contra mi pelvis. Ella se mordía el brazo para no gritar. Sentí que se me venía encima, que ya no podía aguantar más, y le dije:

—Me voy a venir, mamá.

—Adentro.

No tuve que pensarlo. Le clavé el último empuje hasta el fondo y me vacié dentro de ella. Mamá apretó la vagina alrededor de mí y me sacó hasta la última gota, despacio, como si quisiera dejarme sin nada.

***

Nos quedamos un rato así, ella inclinada sobre el escritorio, yo todavía adentro. Después salí despacio. Le pasé la mano por la espalda, le besé un hombro. Mamá se enderezó, se dio la vuelta y me abrazó. Estaba sonrojada, despeinada, con los ojos brillantes.

—No quiero que esto sea solo hoy —dijo, contra mi oreja.

—No va a ser solo hoy.

La ayudé a vestirse. Le pasé la pantaleta, le subí la falda, le cerré los botones de la blusa. Cada vez que le dejaba una prenda en su sitio le besaba la piel que iba quedando cubierta. Ella se dejaba hacer, callada, casi sonriendo.

Cuando estuvo lista, se peinó frente al cristal del armario del aula. Volvió a ser la profesora del último viernes del mes, la madre que iba a comer con su hijo a un restaurante del centro. Nadie habría notado lo que acababa de pasar dentro de esas paredes.

—¿Nos vamos, mamá?

Me miró, se acomodó el bolso al hombro y me tomó del brazo como hacía siempre.

—Vamos, hijo.

Salimos al pasillo. La puerta del aula quedó cerrada detrás de nosotros, y yo supe, mientras bajábamos las escaleras, que ese viernes ya no iba a ser un viernes más.

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