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Relatos Ardientes

Mi cuñada me recibió sola la mañana del sábado

Esta historia llevaba dos años guardada en un cajón cerrado con doble vuelta. Ahora que el tiempo borró las culpas y los reproches, puedo contarla sin mirar por encima del hombro.

Hernán era mi cuñado y mi compañero de fútbol los sábados a la mañana. Estaba casado con Marina hacía cinco años y se la pasaba presumiendo de que tenían una pareja abierta. No se cansaba de elogiarla, sobre todo en el vestuario, donde cualquier excusa servía para volver al mismo tema. Que era una fiera en la cama. Que conocía cada truco. Que jamás se había depilado y que esa selva oscura entre sus piernas lo volvía loco.

—Tendrías que verla —decía—. No te imaginás lo que es.

Yo asentía y cambiaba de conversación. Pensaba que estaba fanfarroneando, que era la típica exageración del marido orgulloso. A veces me preguntaba si me la estaba ofreciendo en clave, si ese discurso machacón era una invitación disimulada. Pero nunca tuve el coraje de preguntar, de soltar una indirecta, de averiguar hasta dónde llegaba la propuesta. Era mi cuñada. Era la mujer del hermano de mi mujer. Había una raya que ningún sábado de fútbol justificaba cruzar.

Hasta esa mañana de marzo.

—¿Pasás a buscarme a las nueve? —me había preguntado Hernán el viernes por la noche.

A las nueve menos diez yo tocaba el timbre. Me abrió Marina. Llevaba una bata de raso color crudo, mal cerrada, con el cinturón apenas anudado. Lo primero que pensé fue que se acababa de levantar. Después le miré los pies y vi los tacones. Quien recién se levanta no se calza tacones para abrir la puerta a las nueve de la mañana de un sábado.

—Pasá —dijo, y se hizo a un lado.

Caminó delante de mí hasta el living. La bata le caía hasta las rodillas, pero el escote bajaba hasta el ombligo y dejaba ver el nacimiento de los pechos, blancos hasta el extremo, casi luminosos contra el raso. Las caderas le bailaban a cada paso. No era casual. Ninguna mujer camina así por accidente cuando tiene tacones puestos a las nueve de la mañana.

—Sentate. Hernán ya viene.

Me senté en el sillón. Ella se acomodó en el apoyabrazos del sillón de enfrente, justo frente a mí, como si fuera un trono de ocasión. Cruzó las piernas y, con el gesto de acomodarse el zapato, la bata se abrió un poco más. Lo justo. Lo suficiente para que yo dejara de respirar dos segundos.

No llevaba nada debajo. Y entre las piernas tenía exactamente lo que el marido había estado describiendo durante meses en los vestuarios. Una mata oscura, espesa, que ocupaba todo el triángulo y se perdía hacia abajo, brillante, sin un solo recorte. Algo que yo no había visto en ninguna mujer en años. Las modernas se depilan, se rasuran, se diseñan formas; lo de ella era otra cosa, otra época, otro orden.

—¿Querés un café? —preguntó.

Tardé en contestar. Cuando levanté los ojos me di cuenta de que ella sabía perfectamente dónde había estado mirando.

—Eh… sí. Sí, café.

Se levantó, cerró la bata con una lentitud teatral y se fue a la cocina haciendo crujir el parquet. Volvió con dos tazas, dejó una sobre la mesa baja y se sentó al lado mío. No enfrente. Al lado. La pierna pegada a la mía.

—¿Sabés qué? Casi me olvido. Hernán no está.

Levanté la cabeza despacio.

—¿Cómo que no está?

—Anoche le avisaron que la tía se había muerto en Bahía Blanca. Salió a las once en el primer micro. No vuelve hasta mañana a la noche.

—¿Y por qué no me avisó?

—Se olvidó. O no se olvidó. —Sonrió—. Quizás quería que vinieras igual.

Apoyó la taza sobre la mesa. Se acomodó otra vez en el apoyabrazos del sillón, cruzó las piernas, y la bata volvió a abrirse. Esta vez no fingió cerrarla. Se quedó así, recostada, con la cabeza ligeramente ladeada, mirándome.

—¿Qué pasa? —preguntó al cabo de un minuto, sabiendo perfectamente qué pasaba.

—Nunca vi tanto.

—¿Te gusta?

—Mucho.

—A Hernán lo vuelve loco. ¿Y a vos?

Y a mí también, pensé. Y a mí también, hace rato.

Me quedé mudo unos segundos. La sangre se me había bajado de la cabeza y ya no pensaba con claridad. Pensaba con otra parte del cuerpo, y esa parte me decía que el sábado de fútbol acababa de tomar otro rumbo. Ella esperó. Esperó con la calma de quien ya ha jugado esta mano antes y conoce la respuesta del rival.

Me levanté. Crucé el living en tres pasos. Me paré entre sus piernas, le tomé la cara con las dos manos y la besé.

Fue un beso largo, denso, sin ningún preámbulo. Marina abrió la boca enseguida, me agarró de la nuca, me devolvió todo. Sentí el calor de su lengua y el aliento todavía a café. Le tiré del cinturón de la bata y la prenda se abrió entera. La piel blanca contra el raso crudo. Los pezones grandes, oscuros, casi violetas. La curva del vientre. Y abajo, el peso negro, esa mata que el marido alababa con razón.

***

La cargué en brazos hasta el dormitorio. No pesaba nada. Cuando la dejé sobre la cama, la bata se le quedó debajo del cuerpo, abierta como una alfombra. Se sacó los tacones de un golpe y los tiró al piso. Yo me arranqué la ropa más rápido de lo que me la había puesto.

—Vení. Vení ya —dijo, y me agarró de los brazos.

Me arrodillé entre sus piernas. Le pasé la mano abierta por el monte oscuro y noté la humedad debajo del vello, cálida, abundante. Ella arqueó la espalda y soltó un quejido grave, un sonido más de animal que de persona. Bajé la cabeza. Le pasé la lengua despacio, abriendo paso entre el vello, buscando el clítoris debajo de toda esa fronda. Cuando lo encontré, ella me agarró el pelo con las dos manos y me apretó contra ella.

—Ahí. Ahí no te muevas.

Estuve un rato largo así, comiéndola con calma, sintiendo cómo se le aflojaban las piernas y se le tensaban a intervalos. El primer orgasmo le llegó casi sin aviso. Le subió por el cuerpo como una corriente eléctrica, le sacudió las caderas, le arrancó un grito ronco que me retumbó en el cráneo.

—Ahora vos. Ahora subí —pidió con la voz quebrada.

Subí. Me posicioné entre sus muslos. Entré despacio al principio y después, cuando la sentí ceder, fui hasta el fondo. Marina cerró los ojos, abrió la boca y se quedó así, en silencio, durante tres o cuatro embestidas, como si estuviera procesando algo. Cuando volvió a hablar fue para pedir más.

—Más fuerte. Más. No te frenes, no soy de cristal.

Le hice caso. La agarré del muslo izquierdo, le levanté la pierna y se la apoyé contra mi hombro. En esa postura entraba entero, sin reservas. Marina empezó a gemir distinto, más agudo, más rápido. Las uñas se me clavaron en la espalda y bajaron dejando surcos. Yo no aflojé el ritmo. Estaba en otro plano. Estaba pensando en Hernán, en los vestuarios, en las veces que se había jactado de ella, y cada empujón era una respuesta silenciosa al cuñado ausente.

—No pares. No pares. No pares.

No paré. El segundo orgasmo le llegó con menos aviso todavía y duró más. Se le contrajo todo el cuerpo, se aferró a mis nalgas y trató de meterme más adentro de lo que la anatomía permitía. Yo terminé adentro, sin pensarlo, sin avisar, sin preguntarle nada, y ella me apretó las piernas con los muslos para que no me moviera.

—Quedate ahí. No te salgas todavía.

Me quedé. La frente apoyada contra la suya. Los dos respirando como recién bajados de una caminata por la montaña. Después de un rato se rió bajito.

—Hace meses que no acabo así.

—¿Hernán no…?

—Hernán habla mucho. Eso ya lo sabés.

***

Volvió del baño desnuda, sin la bata, sin los tacones. La luz que entraba por la persiana le marcaba los pechos y, otra vez, esa mata negra que parecía dibujada con tinta sobre la piel blanca. Yo seguía en la cama, todavía sin pensar bien, todavía sin aceptar del todo lo que acababa de pasar.

Se subió de nuevo, pero esta vez de rodillas, con el cuerpo girado. Me empujó la cabeza hacia abajo y se sentó sobre mi cara. Estuve otro rato así, con la nariz hundida en el monte oscuro, oliéndola, lamiéndola, mientras ella me agarraba el sexo con la mano y me lo trabajaba sin apuro. Después se dio vuelta, me lo metió en la boca durante un par de minutos en un sesenta y nueve breve y, sin previo aviso, se bajó y se acomodó boca abajo.

Quedó arrodillada sobre la almohada, las piernas separadas, la espalda hundida, las nalgas elevadas. Esa parte de su cuerpo era el contraste exacto del resto: depilada al milímetro, blanca, sin un pelo. Como si ella misma hubiera querido marcar la diferencia entre lo natural de adelante y la geometría de atrás.

—Vení. Otra vuelta.

Me acomodé detrás. Empecé por el primer lugar, despacio, encontrando otra vez el ritmo. Marina apretaba la cara contra la almohada y soltaba sonidos sofocados. En una de las idas y venidas resbalé. No fue del todo accidente. Ella tampoco lo frenó. La cabeza se metió en otro lugar, en el lugar prohibido, y se hundió un par de centímetros antes de que ninguno de los dos reaccionara.

Marina soltó un grito breve, no de dolor, no del todo. Intentó moverse hacia adelante. Yo le apoyé la mano abierta en la espalda y la mantuve donde estaba.

—Esperá. Esperá un segundo.

—Despacio. Despacio, hijo de puta.

Lo hice despacio. Avancé un milímetro, retrocedí, volví a entrar. Le di tiempo a que se acostumbrara. Cuando estuve adentro del todo, esperé. Sentía el latido de ella alrededor, rápido, descontrolado.

—Mové. Pero despacio.

Empecé a moverme. Despacio, como había prometido, y después un poco menos despacio, y después al ritmo que me pedía el cuerpo. Marina insultaba contra la almohada, una mezcla de puteadas y pedidos contradictorios, pero no se movía, no se escapaba, no me decía que parara.

—Hijo de puta. Cuñado de mierda. Más despacio. Más despacio.

—¿Querés que pare?

—No. No pares. Pero más despacio.

Le pasé la mano por la espalda y le acaricié la nuca. Le aflojé un poco el ritmo. Volvió a ronronear, esta vez largo, satisfecho. Cuando terminé fue ahí adentro, otra vez sin avisar, con una descarga que me dejó sin aire por unos segundos. Marina aulló una última vez y se desplomó sobre la almohada como si le hubieran cortado los hilos.

Quedamos los dos boca arriba en silencio, las piernas todavía entrelazadas. El sol ya estaba más alto y se colaba en franjas por la persiana.

—Tenés las manos marcadas en el culo —me dijo después de un rato, riéndose con la voz quebrada—. Espero que se borren antes de mañana.

—Y si no se borran, decile a Hernán que te caíste.

—Decile vos. A vos no te va a pegar.

Nos reímos los dos. La risa nerviosa, cómplice, esa risa que aparece después de hacer algo de lo que no se vuelve.

—Esta noche estoy sola —dijo cuando me estaba vistiendo—. Por si te aburrís.

No le contesté. Me até los cordones, le di un beso largo en la boca y salí. En el ascensor me miré al espejo y vi en la cara la mezcla exacta de culpa y satisfacción que tenía que ver. Hernán volvía al día siguiente. Quedaba toda una noche por delante.

Volví, por supuesto. Volví esa misma noche y volví muchas otras durante meses, hasta que un día Marina me dijo que era mejor parar y los dos supimos que tenía razón. Hernán nunca se enteró. Sigue jugando al fútbol los sábados, sigue presumiendo de su mujer en el vestuario, sigue diciéndoles a los muchachos que tendrían que verla. Yo asiento y cambio de conversación, igual que antes. Solo que ahora sé exactamente de qué está hablando.

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Comentarios (6)

Morbologo

tremendo relato, me atrapó desde el primer párrafo. Brutal

Karen0910

Por favor seguí!! me quedé con ganas de mas, esto tiene que tener segunda parte si o si

RogelioMx

Muy bien narrado, se siente tenso desde el arranque. La descripción de la entrada ya te deja sin aliento. Excelente trabajo

CaminanteLibre

jajaja el titulo lo dice todo, uno ya sabe donde va esto y aun asi no puede parar de leer

PabloDelSur22

Me recordó a algo que viví hace años, esa tensión cuando sabés que algo va a pasar y nadie dice nada... Buenísimo, ojalá escribas mas

LecturaNocturna7

La imagen de la bata mal cerrada y los tacones ya en el primer parrafo... magistral. Se hizo cortisimo de tan bueno

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