Encontré la marca de mi primo en mi ropa interior
Hoy, 12 de mayo, subimos al cerro del Picacho con mis tíos y primos. Salimos de la casa de mi tía Marisol cerca de las siete de la mañana, cuando el sol apenas empezaba a filtrarse entre los pinos y el aire todavía tenía algo de ese frescor que se evapora en cuanto se asoma la luz. La subida fue dura. El calor pegajoso, el sudor corriendo por mi espalda, el hambre y una sed que ni el agua tibia de las botellas lograba calmar.
Pero todo valió la pena. Desde arriba se veía el lago partido en dos por el sol, y la adrenalina de haber llegado juntos transformó el esfuerzo en algo parecido a la euforia. Mis primos gritaban tonterías al vacío y el eco se las devolvía deformadas. Iván, el mayor, no dejaba de mirarme cada vez que yo me reía.
Iván tiene veintitrés años, dos más que yo. Siempre habíamos sido cercanos, primos de domingos en casa de la abuela y de vacaciones compartidas, pero desde el verano pasado había algo distinto en cómo me saludaba. Un abrazo que duraba un segundo más de la cuenta. Una mano apoyada en mi cintura para pasarme un plato. Pequeñas cosas que yo fingía no notar y que él fingía no estar haciendo.
Bajamos del cerro exhaustos. Al llegar a la casa de mis tíos comimos algo rápido, un guisado tibio que mi tía había dejado preparado, y pedí permiso para bañarme. Estaba hecha un desastre. El pelo enredado en nudos, la piel pegajosa de sudor y tierra, las uñas con un cerco oscuro. Junté mi ropa limpia y la dejé doblada sobre el banquito del baño. Después salí un momento a la camioneta a buscar mi toalla.
Cuando regresé, la puerta del baño estaba cerrada. Iván ya se había metido.
Me senté en el sillón a esperar. Me molestó al principio. Tardó más de lo normal. Diez minutos, quince, veinte. Cuando por fin salió, llevaba el pelo todavía mojado y una toalla cruzada en la cintura. Me miró un segundo sin decir nada, con esa media sonrisa de quien guarda algo, y se fue por el pasillo sin secarse los pies.
Entré, cerré con seguro y me duché como siempre. El agua caliente me devolvió el cuerpo. Me lavé el pelo dos veces. Cerré los ojos bajo el chorro y pensé en lo rico que iba a sentir la ropa limpia contra la piel limpia. Salí, me sequé despacio, me eché crema en las piernas. Y empecé a vestirme.
Tomé el calzón —el que yo creía limpio, doblado encima del montoncito— y me lo puse sin mirar. Subí la pierna, lo acomodé, y de inmediato sentí algo extraño. Una zona húmeda. No como agua. Más espesa. Más pegajosa. Una baba tibia que se quedaba ahí, atrapada entre la tela y mi piel recién depilada.
Lo separé un poco del cuerpo y lo toqué con los dedos. Era denso, hilaba. Lo olí sin pensarlo, casi por reflejo. Y supe.
Semen. Semen de Iván.
El corazón se me detuvo y después arrancó al doble de velocidad. La cara me ardía. Tenía que ser un error. Tenía que ser otra cosa. Pero la evidencia estaba ahí, en la palma de mi mano, indiscutible. Mi primo se había venido en mi calzón mientras yo estaba afuera buscando la toalla. Y lo había dejado encima del montón de ropa limpia, como si quisiera que lo encontrara.
Pensé en gritarle. Pensé en arrancármelo, lavarlo a escondidas y meterlo en una bolsa. Pensé en muchas cosas en cinco segundos.
Pero no hice ninguna.
Lo que sentí, después de los nervios y la vergüenza, fue una ola de calor que me subió desde el ombligo hasta la garganta. Una excitación tan rara y tan intensa que me dejó las piernas flojas contra el lavabo. Era asqueroso. Era prohibido. Era mi primo. Y precisamente por eso, mi cuerpo respondía como si lo hubiera estado esperando.
Por puro morbo, por lo puerca que me sentí en ese segundo, no me lo quité.
Subí el calzón hasta el final, lo acomodé con dos dedos, y dejé que esa humedad tibia se quedara donde estaba. Recién depilada, tres o cuatro días sin un solo pelo, la piel de ahí abajo era una superficie tan sensible que cada pliegue de tela se sentía como un dedo. Cada paso que daba mezclaba más esa cosa con mi propia humedad. Porque sí, ya estaba mojada. Hacía rato que lo estaba.
Me terminé de vestir como si nada. Una falda de algodón ligero, una blusa blanca, las sandalias. Me miré al espejo y no había nada raro. Solo yo. Una versión mía con un secreto sucio entre las piernas.
Salí del baño. Mi tía estaba en la cocina poniendo elotes sobre la mesa, untados de mayonesa y polvo de chile. Iván estaba sentado, descalzo, jugando con el teléfono. Levantó la mirada cuando me oyó y sus ojos se quedaron en los míos un segundo demasiado largo.
—¿Qué tal el baño? —preguntó, con la voz más neutra del mundo.
—Rico —contesté, y agarré un elote.
Comimos. Platicamos del cerro, de las fotos, de lo que íbamos a cenar al día siguiente en casa de la abuela. Yo iba moviendo las piernas debajo de la mesa, cruzándolas y descruzándolas para no morir. Cada vez que me movía, la tela arrastraba esa mezcla un milímetro más adentro. Iván no me quitaba la vista de encima.
Cuando mi mamá anunció que ya nos íbamos a Monterrey, mi tía nos despidió en la puerta con esa lentitud de despedida de pueblo. Iván fue el último en abrazarme. Me apretó la espalda con la palma abierta y me habló contra el oído.
—Buen viaje, prima.
Tardé en soltarlo. Él tardó en soltarme.
Me subí al asiento de atrás de la camioneta, junto a la ventana. Tres horas de carretera por delante. Tres horas con el secreto pegado a mí, tibio, vivo. Recargué la cabeza contra el vidrio y fingí que dormía. Cada bache era una pequeña sacudida que me hacía apretar los muslos. Cerraba los ojos y veía a Iván en el baño, agarrándose, viniéndose sobre mi ropa, sonriendo con esa misma sonrisa que después me dedicó en el pasillo.
Llegamos a casa de noche. Mi tía Marisol me escribió al ratito.
—Hija, dejaste un gorro y tu ropa interior en el baño.
Me morí de pena. Me morí, pero también me reí sola en el cuarto, en voz baja. Le contesté que el domingo siguiente, cuando vinieran a comer, me los entregara. Y agregué una frase rara, una de esas frases que se escriben con el corazón galopando.
—Por favor, no la lave.
No me preguntó por qué. Mi tía nunca pregunta por qué.
Minutos después, el celular vibró otra vez. Era Iván.
—¿Ya te dijeron que dejaste tus calzones?
Tardé un minuto en responder. Lo escribí, lo borré, lo escribí otra vez.
—Sí. ¿No se te cayó algo cuando entraste al baño? Estaban empapados.
Los tres puntitos aparecieron, desaparecieron, volvieron a aparecer.
—No sé de qué me hablas.
Sonreí en la oscuridad de mi cuarto. Por supuesto que sabía. Y por supuesto que yo sabía que él sabía.
***
Son la una y media de la mañana. Acabo de ir al baño y, al limpiarme, me llegó el olor. Ligero, salado, a sexo que lleva horas ahí mezclado con mi propio aroma. Confirmado. Era de él. Y en vez de asco, lo único que sentí fue más calor. Mucho más.
Estoy empapada. Literalmente. Mientras escribo esto, los dedos me tiemblan un poco. Todos en casa ya duermen. Bajé hace un rato a la cocina en silencio, descalza, con el cuidado de no encender luces. Abrí la heladera buscando algo que me sirviera. No quería un consolador. Quería algo más bruto, más casual, más a tono con el día. Algo que pudiera haber salido de la misma cocina donde Iván sonríe en los almuerzos familiares.
Encontré una zanahoria. Gruesa, un poco chueca. Perfecta.
Subí a mi cuarto sin que crujiera ni un escalón. Cerré la puerta con seguro. Me senté en el borde de la cama, abrí las piernas y empecé a pasármela despacio entre los pliegues, frotándola contra la entrada hasta que se mojó entera. La sentí abrirse paso poco a poco, abriendo mi cuerpo, estirándome con esa forma irregular que roza justo donde más lo necesito. Cada centímetro que entra me obliga a morderme el labio para no hacer ruido.
Que sepa. Que sepa lo que me hizo.
Sigo sintiendo, en algún rincón de la cabeza, la memoria del semen seco mezclado con mi propia excitación. Sigo viendo a Iván saliendo del baño con el pelo mojado y esa media sonrisa. Sigo escuchando la voz de mi tía diciéndome que dejé ropa en el baño. Sigo leyendo, en mi imaginación, el mensaje que él todavía no me mandó.
Porque hoy descubrí que me encanta lo prohibido. Lo cerdo. Lo que no se cuenta. Me siento una cerdita en celo, con un secreto que solo cabe dentro de mí, y mi primo dejó mucho más que un rastro tibio en una prenda olvidada.
El domingo viene a comer.