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Relatos Ardientes

La ducha del hospital y los hermanos italianos

Llegué al hospital en la ambulancia agarrando la mano de Mateo. Mi hermano pequeño no respondía. Respiraba con dificultad bajo la mascarilla de oxígeno y los sanitarios no paraban de pincharle, de revisarle, de hacerle cosas que yo no entendía.

En la sala de espera, mi padre llegó con Nerea. Mi hermana entró en shock.

—¿Qué pasó? —preguntó, con la voz rota.

—Estaba conmigo. La pelota se fue a la carretera y él… —no pude terminar.

—Da igual cómo —cortó mi padre—. Mientras respire, hay esperanza.

Tres horas después, el médico nos dijo que Mateo estaba en coma. Que las próximas horas eran cruciales. Que le habláramos, que le tocáramos, que le hiciéramos sentir nuestra presencia aunque pareciera no escucharnos.

Cuando entré en la habitación y vi su cuerpo de niño cubierto por una sábana, los ojos cerrados y la boca quieta, el alma se me partió en pedazos. Le besé la frente y mis lágrimas cayeron sobre su piel sin que yo pudiera detenerlas.

—Era tu única tarea —me reprochó Nerea desde la puerta—. Una sola.

La rabia me subió desde el estómago hasta la garganta.

—Al menos yo estaba ahí. Tú no te enteras de nada.

Mi padre intervino antes de que aquello fuera a mayores y se la llevó al pasillo. Cuando volvió, me apretó la cabeza entre sus dos manos y me obligó a mirarle.

—Aitor, escúchame. No tienes la culpa de nada. Lo que pasó no es tu responsabilidad. Tu hermana está dolida; ya lo verá. Mamá estaría muy orgullosa de ti.

Necesitaba oír eso más que nada en el mundo.

***

Pasaron los días y Mateo no despertaba. Mis amigos —Gorka, Darío y Tomás— vinieron al hospital varias veces. El veinticuatro de diciembre, Nochebuena, fue Darío quien apareció solo a media mañana. Mi padre había salido a comer con un amigo y Nerea se había escapado a ver a su novio.

Darío me apretó los hombros desde atrás mientras yo seguía sentado junto a la cama. Charlamos un rato y luego le dije que necesitaba ducharme; llevaba dos días sin hacerlo.

—Hay una ducha pequeña para familiares al final del pasillo.

Entró conmigo casi por inercia. Se sentó en el inodoro mientras yo me desvestía. A esas alturas, me daba completamente igual que me viera desnudo.

—Equipo carne, por lo que veo —dijo, intentando sonar gracioso.

—Sí. ¿Y tú?

—Sangre.

Entré bajo el chorro. El agua salió caliente enseguida. Darío me hablaba de algo del instituto, pero yo no le hacía caso. Me sentía solo, vacío, y necesitaba sentir a alguien. Sin pensarlo demasiado, le dije:

—¿Te metes?

—¿Cómo?

—A la ducha. ¿Entras?

Dudó un instante, pero se desnudó en silencio. Su polla, pequeña al principio, creció en cuanto se acercó a la mampara. Entró y se colocó frente a mí, nuestros sexos rozándose. El agua nos caía por la cabeza y reventaba contra los hombros. Reímos los dos como niños.

—¿Qué estamos haciendo? —preguntó.

—No lo sé. Necesitaba esto.

Mi cabeza pensaba en Mateo y mi cuerpo pensaba en lo que tenía delante. Me arrodillé y, con el agua corriendo por mi espalda, empecé a chuparle la polla a mi mejor amigo. Apoyó la mano en mi nuca y acompañó mis movimientos con una suavidad que no esperaba. Sentía el grosor en la boca, la piel mojada en la lengua, el agua caliente mezclándose con la saliva.

Le pasé la lengua por los huevos y lo miré desde abajo. Esa vista, esa cara desde aquel ángulo, me ponía a mil. Se mordió el labio y, decidido, me hizo apoyar la cabeza contra los azulejos. Su mano se transformó en almohada.

—Quédate quieto —pidió.

Obedecí. Empezó a follarme la boca con un ritmo frenético. Sus huevos rebotaban contra mi barbilla con ese ruido característico que el agua amplificaba. Tuve un par de arcadas, pero Darío no aflojó.

—Qué bien la chupas… —murmuró.

Palpé sus nalgas y, en respuesta, me hizo abrir más la boca. Me miró desde arriba, sonrió y dejó caer un escupitajo sobre mi lengua. Tragué sin pensarlo y volví al ataque.

Entonces me hizo incorporarme.

—Te toca cobrar lo tuyo.

Me clavó las manos contra la pared, como si me tuviera encadenado. No buscaba humillarme; al contrario, quería darme exactamente lo mismo que yo le había dado. Sus ojos se cruzaron con los míos desde abajo y abrió la boca con algo de torpeza. Se la metió entera, sin pensar. Era una mamada inexperta, pero el rubio me la estaba comiendo sin que yo se lo hubiera pedido.

Soltó mis manos y se aferró a mis glúteos. Me amasó con avidez mientras me succionaba. Después subió por mi cuerpo besando la piel: el pubis, el ombligo, los pezones que mordió con calma. Su mano seguía pajeándome con un ritmo lento. Cuando llegó al cuello, arqueé la cabeza y me besó la mandíbula, las mejillas, hasta que sus labios encontraron los míos.

Fue un beso pasional, cálido. La práctica que tenía con mi novia Laia me ayudó a seguirle el ritmo sin problemas. Nuestras lenguas se buscaban, se mordían, peleaban como dos luchadores en el ring. Las manos no descansaban: él me pajeaba, yo a él, los dedos resbalaban por la cadera, por las nalgas. Nos separamos un instante para mirarnos, el agua cayéndonos por la cara. Reímos, nerviosos, y volvimos a cerrar los ojos para sentirlo todo.

Nos corrimos casi a la vez. Su semen me manchó el vientre, el mío chocó contra el suyo, y los dos chorros desaparecieron por el desagüe. Me agaché para limpiarle los restos con la boca y sentí cómo su polla se desinflaba poco a poco. Cuando me incorporé, Darío me miró extasiado.

—Joder. Ha sido brutal.

Reí. Salió de la ducha y se vistió mientras yo terminaba de enjabonarme. Al salir, lo encontré en la habitación, hablándole a Mateo como si nada hubiera pasado.

—Darío, lo de la ducha… —empecé. Vi el miedo asomar en sus ojos—. Ha sido lo que necesitaba. Gracias.

Sonrió.

Cuando llegó mi padre, Darío se despidió. Y nos quedamos solos con Mateo. Mi padre se sentó en la silla y, sin apartar la vista de la cama, habló.

—Aitor. Me da igual quién seas. Eres mi hijo. Eso es lo único que importa. Lo sabes, ¿verdad?

Lo miré. No le contesté con palabras. Asentí y sonreí, y algo dentro de mí se reparó por dentro.

***

El cinco de enero, como un regalo adelantado de Reyes, Mateo despertó. Estábamos los tres en la habitación cuando susurró «papá» con una voz rota que apenas se oyó. Mi padre saltó a buscar a la enfermera. Nerea rompió a llorar. Yo me eché sobre la cama y le besé la cara hasta perder la cuenta.

Lo tuvieron unos días más bajo observación y el diez de enero le dieron el alta. En casa lo recibimos como a un héroe: la comida favorita, todas las preguntas respondidas, mi cuerpo pegado al suyo en el sofá. Al día siguiente decidí celebrarlo con mis amigos. Quedamos los cuatro y, después de pasar un rato con Mateo, salimos a jugar al fútbol y cenamos hamburguesas. Yo les conté lo último con Laia: nos habíamos masturbado y nos habíamos lamido por encima de la ropa, pero todavía no la había penetrado. Me insistieron en dar el paso. Gorka me ofreció un condón del lote que su primo le había dado en verano.

—Ahí siguen, sin abrir.

Reímos los cuatro. Hacía tiempo que no estábamos juntos así.

El domingo, Tomás me invitó a su casa. Me escribió que sus padres no estaban y añadió una carita sugerente que me activó la entrepierna al instante. A las doce y media salí hacia su piso.

Me abrió en pantalón corto y camiseta de andar por casa. Hacía un calor agradable; tenía la calefacción a tope y la estufa del salón también.

—Vamos a entrar en calor pronto —dijo, y su mano se coló entre mis piernas.

—¿No está tu hermano?

—De eso quería hablarte.

Nos sentamos en el sofá. Tomás miró al suelo, sonriendo con cierta vergüenza.

—No te lo dije antes porque, con lo de Mateo y todo eso, me parecía fuera de lugar. Pero… —tragó saliva—. Estuvimos unos días en la finca que tenemos en el norte de Italia.

—Ya me lo contaste.

—Y mi hermano sacó el tema. Una noche pusimos una peli en mi cuarto. Salió una escena guarra y, bueno, se me puso un poco dura. De pronto Luca me dice «mira, Tomi» y giro la cabeza y le veo con la chorra al aire, también medio empalmada.

—Joder. Tu hermano no tiene filtro.

Me miró como tanteando el terreno.

—¿Te puedes creer que me puse a tope? Me lo imaginé contigo, ahí, comiéndotela. Y… una cosa llevó a la otra.

—Me estás diciendo —fui montando el rompecabezas en mi cabeza— que tu hermano y tú habéis… ¿Que tu hermano pequeño te la ha chupado?

Asintió. En ese momento apareció Luca por la puerta, que claramente llevaba un rato escuchando.

—Oye, y él a mí también, ¿eh?

—Hostia.

No supe qué más decir. Tampoco hacía falta. Tomás tiró de la cintura de su hermano, que seguía de pie, y le bajó el pantalón y los calzoncillos de un tirón. La polla del pequeño salió rebotada hacia arriba, ya completamente dura. Tomás se acercó con una sonrisa, sin dejar de mirarme, y se la metió en la boca.

Luca era inexperto y dejaba que su hermano llevara las riendas. Tomás le palpaba las nalgas, se las abría y cerraba, le daba algún azote suave mientras le comía la polla. Luca se ajustó las gafas y posó una mano insegura sobre la cabeza de Tomás. Me puse en pie y Luca, con algo de dificultad, liberó la polla de su hermano para meterse la mía en la boca con ganas, como si llevara tiempo esperando este momento.

—Buf —dije, sin saber qué me ponía más: la situación, los hermanos o la prohibición.

Tomás reía con el rabo de Luca dentro mientras este me chupaba a mí. Era evidente que habían practicado: Luca succionaba con fuerza, paseaba la lengua por cada centímetro, dejaba que la saliva resbalara por mis huevos y cayera al suelo.

Tomás se puso de pie y obligó a su hermano a comerle la polla a fondo. Luca se agachó, se quitó las gafas como intuyendo que iban a estorbarle, y dejó que se la metieran hasta el fondo hasta que tosió. Para mi sorpresa, me llamó con el dedo y, casi juntando mi glande con el de su hermano, empezó a turnarnos como en un vídeo porno. Intentó metérselas las dos a la vez en la boca y los dos gemimos al unísono, riendo a continuación.

—Eres un guarro —le dije.

No respondió. Tomás aprovechó para pasar la mano por mi espalda, bajar hasta mis nalgas y apretarlas. Me azotó dos veces. Acercó los labios a mi oído.

—¿Nos lo follamos? —susurró, tembloroso.

La cabeza me daba vueltas. Mi amigo me estaba proponiendo follarnos a su hermano pequeño. Luca nos miró, complaciente.

—Pero con cuidado.

—Buf.

Le agarré de la mano y lo llevé hasta su habitación. Tomás nos siguió; los rabos nos rebotaban entre las piernas. Lo tumbé en la cama. Levantó las piernas y dejó su agujerito al aire sin pudor.

Me acerqué, le besé las nalgas, mordí con suavidad la piel y le pasé la lengua por el ojete, rosado y completamente lampiño. Un sabor extraño me cubrió el paladar, pero estaba tan cachondo que no podía parar. Lo lamí con ganas y Luca empezó a gemir mientras su hermano le comía la polla.

Lubriqué un dedo con saliva y lo metí despacio. Luca lo recibió con sorpresa pero sin queja. El segundo lo recibió con un quejido. El tercero, con dolor.

—¡Ahh!

—Lo siento —susurré.

Los dejé dentro unos segundos, sintiendo el calor de aquel túnel. Cuando los saqué, el agujero se abría y cerraba con cada contracción. Diría que no era su primera visita.

Fui al baño y pillé un bote de crema. Tomás empezó: puso a Luca a cuatro patas, se untó la polla y le untó otro poco al hermano en el ano. Apoyó el glande en la entrada y empujó despacio. A Luca le costó un par de gemidos hasta que la polla de Tomás entró por completo y los huevos chocaron contra sus nalgas.

—¿Te duele? —preguntó Tomás, sorprendentemente cariñoso.

—Un poco. Espera.

Unos segundos después le dio el visto bueno. Tomás empezó a moverse despacio, dejando solo el glande dentro y volviendo a entrar entero. Repitió el movimiento hasta que los quejidos se transformaron en gemidos de placer.

Me subí a la cama y, de rodillas frente a Luca, le hice tragarse mi miembro. Lo hizo con deseo, mirándome desde abajo. Por una vez tenía yo a alguien a mis pies, y aquella sensación nueva me pegó un latigazo en el vientre. Saqué la polla de su boca y le azoté con ella en las mejillas, en la frente, en los labios. Volví a metérsela mientras escuchaba los huevos de mi amigo chocar contra los del pequeño con cada embestida.

—Si sigo, me corro —avisó Tomás, casi sin voz.

Luca no le pidió parar, así que aceleró. Sacó la polla en el último momento y descargó sobre su espalda. Fue por papel y limpió los restos con cuidado.

Me tocaba a mí. Tumbé a Luca boca arriba y le flexioné las piernas hacia el techo, para verle la cara.

—Si te hago daño, me avisas.

Asintió, pero su cara solo reflejaba morbo. Tomás se colocó junto a él y le acercó la polla a la boca; Luca se la metió en cuanto pudo. Coloqué el glande en su entrada. Estaba dilatado por su hermano, pero el mío era algo más grueso. Empujé despacio y entré entero. Cuando mis huevos chocaron contra sus nalgas, solté un gemido. Luca soltó la polla de su hermano un segundo solo para suspirar de alivio.

—Oh —dijo, riendo.

—¿Te gusta, hermanito? —preguntó Tomás, paseándole el rabo por la cara.

Asintió y me miró con morbo.

—Vale. Ya puedes. Pero despacio, porfa.

Apoyé las manos a ambos lados de su pecho. Eché la cadera hacia atrás hasta dejar solo el glande dentro y volví a entrar. Lo repetí varias veces, agaché la cabeza y le mordí el cuello, le besé la clavícula. Cuando intentó buscarme la boca, le negué el beso. Aquello no era para mí.

Tomás me apartó con suavidad y empezó a chuparle la polla a su hermano mientras yo seguía follando. Aproveché para sacar el rabo casi entero y meterlo de golpe.

—¡Ah!

Repetí el movimiento tres, cuatro veces más. Empecé a sentir el cosquilleo en los huevos. Avisé de que estaba a punto. Iba a sacarla para no correrme dentro, pero Luca cerró las piernas alrededor de mi cintura, incitándome a llenarle. Aceleré. Tomás pajeaba al hermano con frenesí, lamiéndole el glande.

Me corrí. Sentí la leche salir directa al interior del hermano de mi amigo. Luca se corrió casi al mismo tiempo y Tomás abrió la boca para recibir el semen del pequeño en la lengua. Se relamió y tragó, divertido.

Saqué la polla, ya medio caída. El agujero se contrajo expulsando un poco del semen que lo había inundado.

—Uff —rio Luca, aliviado.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí. Pero necesito limpiarme. No sé muy bien cómo.

Y Tomás, con los labios todavía manchados, se acercó a su hermano y lo besó en la boca. Me miraron los dos, sonrientes.

—Otro día repetimos, ¿no? —dijo Luca.

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Comentarios (2)

GabrielaBsAs

increible, me quede pensando en la historia un buen rato despues de terminarla. Que buena pluma!

NachoRiv

Por favor la continuacion... quedé con mil preguntas y ganas de mas

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