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Relatos Ardientes

Lo que Hugo no se atrevía a hacer con su madre

Hugo era hijo de madre soltera. Moreno, de ojos oscuros, pelo rizado, alto y delgado, todavía con esa inocencia que algunos chicos arrastran más de la cuenta cuando se trata de mujeres. Era mi mejor amigo desde críos, y desde hacía meses tenía un único tema de conversación: los pechos de su madre.

Aquella tarde de julio estábamos subidos a un cerezo robando fruta. Habíamos dejado el pueblo atrás y la huerta del viejo Lorenzo quedaba a tiro de piedra. Hugo escupió un hueso, se metió un puñado de cerezas dentro de la camiseta y, sin mirarme, soltó la frase de siempre.

—Otra vez estuve a punto de tocarle las tetas a mi madre. Me faltó muy poco.

—Te faltó echarle huevos —contesté.

—Sí, eso me faltó.

—Como siempre. ¿Qué pasó esta vez?

—Le dije que me dolía la cabeza y me sentó en sus rodillas. Me apoyó la cara entre los pechos.

—Grandes y blanditos —dije, burlándome.

—No te rías de mí, joder.

—Bromeaba. ¿Y no te ofreció una aspirina?

—No.

—Claro. Te quería dar el biberón, a ver si se te pasaba el dolor.

A Hugo nunca le hacían gracia mis bromas con ese tema, pero seguía contándomelo todo. Era la única forma que tenía de soltarlo.

—¿Quieres parar de decir tonterías?

—¿Se te volvió a empinar al apoyar la cabeza en ellas?

—Sí. Después me fui a hacerme una paja.

Lo miré desde la rama de al lado. El pobre se mataba a pajas. Yo, que ya andaba con un par de mujeres del pueblo, no entendía cómo no se daba cuenta de la película que tenía delante.

—A ver, alma cándida. ¿Tú crees que tu madre no se da cuenta del bulto que te marca el pantalón? ¿Crees que cuando hace la cama no ve las manchas amarillas que dejas en las sábanas? Tu madre quiere acostarse contigo. Lleva años sola y es joven.

—¿Y la tuya, cuando te acaricia la cabeza, también quiere acostarse contigo, mal pensado?

—Mi madre no se pone escotes hasta el ombligo para andar por casa. Lo sé porque me lo contaste tú.

—Eso es cuando tiene calor.

—Calor tiene, sí, pero abajo.

—¿A dónde quieres llegar, Iván?

—A que te acuestes con tu madre. Te lo está pidiendo a gritos. Y, si se deja, también yo.

Hugo entró al trapo.

—Tú que sabes de esto. ¿Cómo lo haríamos?

—Durmiendo yo una noche en tu casa.

—¿Así de fácil?

—Tienes que dar tú el primer paso. Métele mano y pídele que te enseñe los pechos.

—¿Quieres que me ponga sobre sus rodillas y me caliente el culo con la zapatilla?

Aquello me hizo levantar las cejas.

—¿Todavía te pega con la zapatilla?

—Cuando me porto mal, sí.

—Con el pantalón puesto.

—No. A calzón quitado.

Allí había mucha tela que cortar y Hugo no se daba cuenta.

—Joder. ¿Y acabas empalmado?

—Siempre. Es que…

—¿Qué?

—Que para castigarme más me mete un dedo en el culo. Y a mí me gusta.

—Lo sabes tú, lo sé yo y lo sabe ella. ¿Te mira la polla después de calentarte el culo con la zapatilla?

—Me mira.

—¿Se mordió alguna vez el labio mirándola?

—Varias veces. ¿Crees que le gusta?

—¡Que si le gusta! Se la quiere comer.

—Me estás empalmando, Iván.

—No eres el único. ¿Y qué hace tu madre después de azotarte?

—Sus cosas. Coser, lavar, planchar. Pero por la noche se encierra en la habitación y la oigo llorar.

—¿Llorar?

—Llora y gime. Suspira, gime y al final acaba llorando.

Carmen, la madre de Hugo, se estaba matando a pajas en silencio mientras su hijo hacía lo mismo del otro lado del tabique. Aquello no podía durar mucho más.

—¿Y nunca la viste desnuda?

—Casi.

—¿Casi cómo?

—El mes pasado se compró una enagua de seda. Me llamó desde su habitación para que le dijera cómo le quedaba. Era transparente. Le vi los pechos y el pelo del coño. Se me puso dura, la tapé con la mano y salí corriendo. Qué vergüenza pasé.

—Estas cosas nunca me las habías contado.

—Mi madre dice que lo de los azotes, los escotes, el camisón y otras cosas no las puede saber nadie.

—¿Es que hay más?

—Hay.

Tiré del hilo.

—¿Y la volviste a ver así de provocativa?

—Hace un mes la vi delante del espejo del armario, desnuda de espaldas, tocándose los pechos. Pero eso fue normal.

—¿Normal?

—Sí, hombre. Fue cuando hubo aquella plaga de pulgas.

Casi me caigo del cerezo.

—¿Y a ti te parece normal que tu madre estuviera matando pulgas con las tetas?

—Y con los dedos. Después se llevó una mano al coño. No pensarás que se estaba masturbando.

—Qué va. Las asfixiaba con los pechos, y como las pulgas no saben nadar, las ahogaba en el coño.

Hugo puso esa cara que ponía cuando estaba a punto de entender algo. La mano en la barbilla, los ojos al cielo, la boca torcida.

—Joder. Sí, se estaba masturbando. Tienes razón. Mi madre quiere acostarse conmigo.

—Al fin caes del burro.

—Me acordé también de algo de anteayer.

—Dime.

—Sobre las dos de la mañana fui a mear y la vi desnuda sobre la cama, iluminada por la luna que entraba por la ventana. Se me puso dura como un caballo. Saqué la polla y me la machaqué mirándole los pechos. Mi madre se llevó las manos detrás de la nuca, abrió las piernas y dijo «qué ganas tengo de tener una polla gorda dentro». Me asusté y, antes de que me viera, terminé en el retrete.

—Me mentiste, cabrón. La habías visto desnuda.

—Una mentirijilla. Creo que debí ir a su lado y…

—A la mierda vamos a ir los dos como no salgamos pitando. Ahí viene el loco.

Hugo miró hacia donde miraba yo. Lorenzo bajaba por el caminito de la huerta con la escopeta cruzada, a unos trescientos metros. Bajamos del cerezo a toda mecha y atravesamos las huertas hasta meternos en el robledal. Allí nos comimos las cerezas que habíamos guardado bajo la camiseta, escuchando si el viejo nos seguía.

***

Aquella tarde, Lorenzo se plantó en la puerta de la casa de Carmen con la escopeta apoyada en el hombro y la boina calada.

—Tu hijo y el otro, ese Iván que va de chulo, me rompen las ramas del cerezo.

Carmen tenía treinta y ocho años y un cuerpo que detenía conversaciones. Cruzó los brazos.

—¿Estás seguro de que era mi hijo?

—Estoy seguro.

—Hablaré con él cuando llegue. ¿Hay algo que pagar?

—No. Pero la próxima vez le saco el culo lleno de sal de un cartucho.

Carmen tenía mal genio cuando le tocaban a su hijo.

—Y tú muerto. Fuera de mi vista.

El viejo se fue mascullando. Cuando Hugo llegó a casa ya sabía que Lorenzo había hablado con su madre. Y sabía que, si hacía lo que yo le había dicho, podía pasar de la zapatilla a otra cosa muy distinta. Carmen estaba sentada en una silla de la cocina, frente al fregadero de piedra.

—¿Quieres merendar?

No parecía enfadada. Mala señal o buena, según se mirase.

—Vengo merendado.

—Harto de cerezas, ¿no?

Hugo se acercó. Le quitó la zapatilla derecha, una zapatilla de fieltro negra de las baratas que se vendían en el mercado. Se la puso a su madre en la mano. Se desabrochó el cinturón, se bajó la cremallera y dejó caer el pantalón. La tenía a media asta, gruesa, colgando sobre los huevos hinchados. Le levantó el vestido a Carmen y se echó sobre sus muslos.

—Castígame, madre. Fui malo.

—Mala me estoy poniendo yo, hijo.

Hugo se asustó.

—¿Te mareas?

—Casi. Pero no es el mareo que tú piensas.

Le dio el primer azote.

Carmen no le había pegado nunca así. Sintió la cabeza húmeda de la polla de su hijo rozando la cara interior del muslo y comenzó a mojarse. Le azotaba con la zapatilla y, al mismo tiempo, el coño se le abría y se le cerraba sin parar. Llevaba demasiados años sin probar a un hombre.

—¿Quién te dijo que me provocaras, Hugo?

—Iván.

—¿Le contaste lo de los azotes y los escotes?

—Sí.

—No se cuentan esas cosas, hijo.

—Es mi mejor amigo. Sabe guardar secretos.

—¿Qué busca? Ay, Dios, cómo me estoy poniendo.

—Quiere que me acueste contigo. Y, si se puede, él también.

—Estoy mojada, hijo.

—¿Allá abajo?

—Sí. No te imaginas cuánto.

Tiró la zapatilla. Hugo se puso en pie, le echó las manos a los pechos por encima del vestido y se los palpó con miedo, como si pudieran romperse.

—Aprieta, hijo, aprieta.

Carmen se bajó la cremallera de la espalda, dejó caer el vestido hasta la cintura, se quitó el sujetador. Dos pechos grandes, blancos, con areolas marrones y pezones gordos quedaron al descubierto. Hugo se quedó mudo. Llevaba años soñando con eso.

—Qué bonitos. Qué suaves.

Acarició y mamó con torpeza. Carmen, acariciándole el pelo, le susurró que pellizcara un pezón mientras chupaba el otro. Hugo obedeció, ajustando la fuerza al ritmo de los suspiros. Carmen le cogió la polla y Hugo se corrió de golpe en su mano. Lo que vino después la sorprendió hasta a ella: al notar la leche caliente en la palma y la boca de su hijo en el pezón, Carmen se corrió en silencio, sentada en la silla de la cocina, con las piernas temblando.

(Esto me lo contó Hugo al día siguiente, en el cerezo.)

***

Cuando llegamos a la casa, Carmen estaba lavando cacharros como si nada. Se secó las manos y me miró desde el fregadero.

—No quiero verte más con mi hijo. Eres una mala influencia.

Por un pelo no le suelto una bofetada a Hugo allí mismo.

—Como diga, señora Carmen.

Me di la vuelta para irme cuando oí su voz a la espalda.

—A no ser que lo que me contó de ti no sea cierto.

—Voy a acabar partiéndole la cara.

—¿A quién? ¿A mi hijo? Si le tocas, te corto los huevos.

—Pillado. ¿Qué le dijo?

—Que comes el coño como nadie.

—Mintió. Lo como como yo solo.

—¿Y te acostaste con la mitad de las mujeres casadas del pueblo?

—Eso también es mentira.

—¿Sí?

—Ni a la mitad.

Carmen sonrió de medio lado. Se sentó en la silla pegada a la cocina de piedra y apoyó las manos sobre las rodillas.

—¿Te vas solo por eso?

—Y porque tu hijo se está rifando una bofetada.

Hugo no abría la boca. Pensaba que su madre nos estaba echando. Ninguno de los dos imaginaba que el sermón era teatro.

—Bájame la cremallera, Hugo.

Hugo le bajó la cremallera del vestido. Carmen se levantó, se soltó el pelo, dejó caer la tela hasta los pies y se quedó desnuda en mitad de la cocina. La melena le llegaba a la cintura. Levantó los brazos para desenredarse el pelo y la vi entera: los pechos ovalados, el vello oscuro del pubis, los muslos blancos. Un cuerpo de mujer hecha y derecha, sin un gesto de pudor.

—Ven, Iván.

Me acerqué. Me abrió la bragueta. Cuando me vio a medio empalmar, sonrió.

—Ahora entiendo lo de las mujeres casadas.

No sabía mamar. Apretaba, chupaba y soplaba como si así me hinchara la polla. La besé en la boca y al principio puso cara de extrañeza, pero al momento su lengua ya buscaba la mía. Hugo se había bajado el pantalón y se la meneaba mirándonos.

—Haz que se corra echando chorros, Iván.

Carmen levantó la cabeza.

—Yo solo echo chorros cuando meo, hijo.

—Hoy te vas a correr echándolos.

Mientras la besaba le metí dos dedos en el coño. Busqué el punto G y empecé a hacer el «ven aquí» mientras Hugo le mordía los pezones. Mis dedos chapotearon. Cuanto más insistía, más se encharcaba. Sus gemidos se aceleraron.

—Abre la boca y ponla contra el coño de tu madre —le dije a Hugo.

Hugo obedeció. Saqué los dedos, le acaricié el clítoris en horizontal, a toda velocidad. Carmen iba a gritar y tuve que taparle la boca con la otra mano. El chorro salió como del grifo: el primero le mojó el pelo y la frente a Hugo, el segundo le entró en la boca, el tercero le cayó en el cuello. Tuvo el orgasmo más intenso de su vida. Hugo se bebió el jugo de su madre, otra de sus fantasías cumplidas.

Carmen abrió los ojos despacio.

—Si yo fuera tabernera, por acostarme contigo no te daba tabaco. Te daba la taberna entera.

—Con que me des el coño me sobra.

—Cómemelo. ¿A qué esperas?

***

Lo que yo quería era follarla, pero el que algo quiere algo le cuesta.

—¿Y si pasamos a tu cama?

—Vamos. Pero desnudos.

La casa donde vivían Hugo y Carmen era de alquiler, de una sola planta, de piedra y barro. Tenía tres huecos: la cocina con la lareira, el cuarto de Hugo y el de Carmen, con un armario de roble de dos espejos y una cama vieja con jergón de hojas de maíz. Carmen había retirado la sábana y la había echado contra la pared. Se tiró boca abajo.

—Llegáis tarde. Ya se me fueron las ganas.

Hugo me miró asustado.

—Vámonos. No debemos molestar.

—Eres muy tonto, Hugo. Muy tonto.

Carmen lo confirmó desde la cama, con la cara contra la almohada.

—Sí, hijo, en estas cosas eres muy tonto.

Subí a la cama y me arrodillé detrás de ella. Le acaricié las nalgas, se las junté y se las separé. Lamí desde el perineo hasta el ojete y subí por la columna hasta la nuca. Le besé el cuello. Carmen giró la cara y me besó en la boca. Bajé otra vez por el mismo camino. Volví al culo. Le di una palmada.

Hugo, al lado de la cama, ladró:

—No le pegues a mi madre. Te muerdo.

—Calla, hijo, calla y magréame las tetas —le dijo Carmen.

—¿Te gusta que te pegue?

Le di otro azote, más fuerte.

—Me encanta, hijo, me encanta.

Hugo subió a la cama, metió las manos por debajo del cuerpo de su madre y le amasó los pechos. Yo no paraba de juntar y separar las nalgas y de meter la lengua en el ojete. Froté la cabeza de mi polla contra la entrada. Empujé un poco y entró la mitad.

—Le vas a hacer daño, bruto —protestó Hugo.

—Calla y mete, Iván —ordenó Carmen.

Empujé. Entró la cabeza entera. Carmen mordió la almohada y se llevó una mano al coño. Los gemidos hacían que la polla de Hugo se levantara y bajara mirando al frente. Yo notaba que su madre se iba a correr.

—Métele la polla en la boca, Hugo.

Me miró como si estuviera loco.

—¿Estás loco?

—Mete, hijo, mete —dijo Carmen sintiéndome entrar y salir.

—Te llenaría la boca de leche, mamá.

—Mete, coño. Ay, ay, que me corro.

Hugo le levantó la cabeza a su madre por la nuca y le metió la polla. Fue tocar el glande con la lengua y correrse. Las contracciones del ojete sobre mi polla se aceleraron y después se espaciaron. Carmen tragaba mientras se corría como una bendita. No pude aguantar. Le llené el culo.

***

Hugo se preocupó al ver a su madre con la respiración entrecortada.

—Creo que ya tuvo bastante. Debe tener el culo roto.

—Dale dos minutos y está como una rosa.

Carmen se dio la vuelta y, todavía sin aire, le dijo:

—Pues debías creerlo, Hugo.

A Hugo se le volvió a empinar viéndole los pechos. Yo me eché entre las piernas de Carmen y le abrí el coño con los dedos. Estaba lleno de leche blanquecina. Le di una lametada y se la limpié.

—Juega con mis tetas, Hugo.

Hugo le mamó los pezones mientras yo le comía el coño. Le lamí los labios mayores y menores, le metí la lengua en la vagina, follé el ojete con la punta y le chupé el clítoris hasta que el glande quedó fuera del capuchón. Carmen acariciaba el pelo de los dos con la respiración rota.

—Sigue, Iván, sigue, sigue, no pares. Me corro.

Se corrió arqueando la espalda. Hugo, que había aprendido la lección, le tapó la boca con la mano para que no se enterasen los vecinos.

Al acabar me levanté de la cama. Carmen abrió los ojos.

—¿A dónde vas así?

—A buscar un condón. No hay que jugar con fuego.

A Carmen se le iluminó la cara.

—Ahí le has dado.

Volví con el condón puesto. Hugo estaba sentado sobre su madre con la polla entre los pechos. Me metí en la cama, la cogí por la cintura, la levanté y se la clavé hasta el fondo. A pesar de haber parido, estaba apretada. Llevaba años sin que la penetrara nadie. A los cinco minutos su coño se cerró sobre mí. Carmen se llevó las manos a los pechos y los apretó como si quisiera ordeñarlos. La polla de Hugo quedó atrapada entre ellos. Hugo se corrió como un gorrioncillo. Yo me corrí como un león dentro del condón.

Aquella fue la primera vez que me acosté con Carmen, la costurera del pueblo. La primera de muchas. A Carmen le quedó la boca dulce. A Hugo también.

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Comentarios (1)

Nicki_2407

Dios mio, me quede sin palabras. Que relato tan intenso!!

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