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Relatos Ardientes

La noche que mi hija me empujó hacia su amiga

Aquella tarde yo no trabajaba. Estaba tranquilo en el salón, con un libro en el regazo y música de fondo, cuando sonó el timbre. Esteban Vidal, cuarenta y seis años, divorciado, en pantuflas: ese era yo aquel día que lo cambió todo.

¿Quién será a estas horas?, pensé mientras me levantaba con pereza del sillón.

Al abrir la puerta, el corazón me dio un vuelco. Era Bárbara, la mejor amiga de mi hija. La misma chica a la que, apenas un par de tardes atrás, había sorprendido con la cabeza entre los muslos de Daniela en ese mismo salón. Sus ojos se abrieron como platos en cuanto me reconoció.

—¿Está Daniela? —preguntó, tan nerviosa que parecía a punto de salir corriendo.

—Daniela… no, no está —respondí, con la voz tan temblorosa como la suya.

Ella ya se daba media vuelta para marcharse.

—Bueno, pues vuelvo otro día —murmuró.

—No debe tardar mucho. Pasa, por favor. Te invito a un té mientras esperas.

—Me dijo que estaría a las siete. No quiero molestar —insistió ella, mirando hacia la escalera.

—No molestas en absoluto. Son las siete y cuarto, ya verás cómo llega enseguida. Pasa, no te quedes en la puerta.

—Está bien, señor…

—Llámame Esteban, por favor.

La acompañé hasta el salón, le recogí el abrigo y el bolso y los colgué en el perchero. Ella se sentó en el filo del sofá, con las rodillas muy juntas, como si quisiera ocupar el menor espacio posible.

—¿Té o café? —pregunté.

—Un té con limón, gracias.

Preparé el té, me serví un café y monté una bandeja con unas pastas de chocolate que guardaba para las visitas. Cuando me senté en el sillón junto a ella, fui plenamente consciente de que era el mismo en el que, días atrás, Bárbara había estado abierta de piernas recibiendo la lengua de mi hija. Tragué saliva y aparté la imagen.

—Me he tomado la libertad de sacar unas pastas. Espero que te gusten.

—No tenías que molestarte —dijo, y tomó una entre sus dedos pequeños y regordetes. Le dio un mordisco mínimo y bebió un sorbo de té.

—Daniela me ha hablado mucho de ti —comenté, por romper el hielo.

—¿Ah, sí?

—Solo cosas buenas. Dice que eres una gran amiga. Y mira, yo valoro mucho la amistad… y lo que surja —añadí, sin poder evitar la insinuación.

Bárbara se puso colorada hasta las orejas.

—No tienes nada de qué avergonzarte —seguí, suavizando el tono—. Daniela me lo contó. Siempre me he considerado un hombre de mente abierta. Esta casa está abierta para vosotras cuando queráis.

Ella deseaba, claramente, que la tierra se la tragase. Empezó a hablar de cualquier otra cosa con desesperación.

—Daniela también me ha contado de ti. Lo de tu divorcio… Mis padres también se separaron, y lo pasé fatal. Engordé como veinte kilos ese año.

—No tenía idea, cuánto lo siento. Para mi hija también ha sido duro. No solemos hablarlo, duele por ambas partes. ¿A ti te ha dicho algo?

—Sí. Dice que eres muy buen padre. Que aunque quiere a su madre, ahora prefiere vivir contigo.

—Vaya —sonreí, conmovido—. Es un halago que hable así de mí.

—Te quiere mucho, Esteban.

—Y yo a ella.

—Ojalá mi padre fuera como tú. Dejó a mi madre por otra y desde entonces apenas sé de él.

—Lo siento de veras. Pero al menos tienes a tu madre.

—Sí, ella me quiere mucho.

—Pues dile que venga una noche a cenar los cuatro. Así nos conocemos.

—¡Claro! Se lo diré.

***

Pasaban ya las ocho y la conversación empezaba a quedarse sin combustible. Los silencios se volvían incómodos.

—Pues sí que tarda Daniela —dijo Bárbara, removiéndose en el sofá.

—Habrá tenido problemas con el transporte. Es hora punta.

—Claro. Bueno, mejor me marcho, que se hace tarde.

—Como quieras. Por mí puedes esperarla el tiempo que necesites.

—Gracias, Esteban. Me ha gustado charlar contigo, pero creo que me voy.

La acompañaba a la puerta cuando esta se abrió de golpe y apareció mi hija, cargada de bolsas.

—¡Bárbara! ¿Llevas mucho esperando?

—Un poco —respondió la otra, midiendo las palabras delante de mí.

—Perdóname, había unas colas eternas en las rebajas. ¡Mira lo que me he comprado!

—Le decía a tu amiga que se le hacía tarde —intervine.

—No pasa nada. Papá, ¿por qué no te quedas a cenar con nosotras? —propuso Daniela, dirigiéndose a Bárbara.

—¿A cenar? —preguntó esta, sorprendida.

—Claro. Ya verás qué cena de picoteo nos prepara mi padre en un periquete.

—Bueno… está bien.

Así, sin más, convenció a su amiga. Las dos subieron al cuarto a revisar la ropa nueva —entre ella, una falda que Daniela había comprado como regalo para Bárbara—. Luego mi hija se metió a la ducha y Bárbara se ofreció a poner la mesa. Le fui indicando dónde estaban los platos, los cubiertos y los vasos.

Cuando Daniela salió de la ducha, envuelta en un fino albornoz, la mesa ya estaba lista. Se sentó a cenar así, sin cambiarse siquiera.

—¿De qué habéis hablado? —preguntó, curiosa.

—De todo un poco —respondió su amiga.

—Digamos que ya nos vamos conociendo mejor, ¿verdad, Bárbara? —dije, guiñándole un ojo.

—Me alegro —rio mi hija.

Abrí una botella de vino espumoso, como acostumbraba, y la conversación empezó a fluir con naturalidad.

—Le he propuesto a Bárbara que invite a su madre a cenar un día. ¿Qué te parece, cariño?

—Estupendo. ¿Te imaginas que los juntamos a los dos? —soltó Daniela, traviesa, para horror de su amiga y mío.

—Vas a incomodar a Bárbara —protesté.

—Tranquilo, no me incomoda —rio ella—. Tu padre es buen conversador, igual que mi madre.

—¡Qué tarde es! Bárbara, ¿por qué no te quedas a dormir conmigo? —se le ocurrió a Daniela.

—No le he avisado a mi madre —objetó la otra.

—Pues llámala. Me apetece que durmamos juntas —insistió mi hija, con otro guiño que no me pasó desapercibido.

—Pero no he traído pijama ni nada.

—Te presto un cepillo de dientes y mi padre una camisa para dormir, ¿verdad, papá?

—Claro. Escoge la que quieras del armario —dije, fingiendo no entender el juego.

Costó un poco más, pero Bárbara terminó cediendo. Llamó a su madre, se duchó y Daniela le pasó la camisa prometida.

***

Yo estaba fregando los platos cuando, de camino al baño, las oí reír detrás de la puerta entornada. No miré. No hacía falta. Conocía demasiado bien esas risas.

Cuando terminé con la cocina, fui a ducharme y me las crucé saliendo del baño, despeinadas y con las mejillas encendidas.

—¿Ya habéis acabado? —pregunté.

—Toda tuya, papá.

—Perfecto.

—Eso, bien limpio. Así nos gustan los hombres, ¿verdad, Bárbara? —dijo Daniela, para escándalo de su amiga.

Todo quedó en una broma. O eso creí yo.

Me duché despacio, intentando ordenar las ideas, y me metí en mi cuarto. La casa era pequeña: la habitación de mi hija quedaba pared con pared con la mía. A través del tabique me llegaban los susurros y, de vez en cuando, una risa ahogada. Apagué la luz y traté de dormir.

No lo conseguí.

***

Al rato, unos golpes suaves en la puerta. Daniela entró sin esperar respuesta, con el albornoz mal cerrado.

—¿Estás despierto, papá?

—¿Qué pasa? ¿Ocurre algo? —me incorporé en la cama, alarmado.

—Bárbara está muy cachonda —dijo, sin rodeos, sentándose en el borde del colchón—. Nos hemos estado tocando un rato. Y el otro día, cuando nos pillaste, te vi la toalla bien levantada al salir de la ducha. No lo niegues.

—Daniela, por favor —protesté, notando que el calor me subía a la cara.

—Le he hablado de ti. Le he dicho que querías probar y ella también. ¿No quería ella estrenarse con un hombre de verdad? Es su oportunidad. Y la tuya.

—Estás loca —dije, aunque la voz no me salió tan firme como pretendía.

—Te la he dejado a punto. Ven —insistió, tirándome del brazo.

—¿Y qué dice ella?

—Está tan nerviosa como tú. Pero los dos lo vais a pasar bien, ya lo verás.

Me resistí. Le repetí que no me parecía buena idea, que esto cruzaba todas las líneas. Pero mi hija no aceptaba un no por respuesta. No cejó hasta que me sacó de la cama y me arrastró, descalzo, hasta su cuarto.

***

La habitación estaba a oscuras. Solo la ventana abierta y la luz mortecina de las farolas de la fachada permitían distinguir las siluetas. Bárbara estaba tumbada en la cama, fingiendo una indiferencia que el temblor de sus manos desmentía.

—Ya estamos aquí —anunció Daniela, todavía tirando de mi brazo.

—¡Ibas en serio! —exclamó Bárbara, entre asustada y excitada.

—Tranquila —dije yo, retrocediendo hacia la puerta—. Ya conoces a mi hija, está un poco loca. Mejor os dejo a lo vuestro y…

—A ver, escuchadme los dos —cortó Daniela, plantándose en medio—. Papá, tú no te comes un rosco desde el divorcio. Y tú, Bárbara, andas dudando de todo porque tampoco encuentras a nadie. Perdonad que sea tan directa, pero es la verdad y no me la podéis negar. Así que dejaos de vergüenzas de una vez.

El padre y la amiga quedamos mudos ante la evidencia. Daniela sería alocada, pero conocía a ambos mejor que nadie.

—Bueno, Esteban —dijo Bárbara al fin, en voz muy baja—. Lo cierto es que estoy caliente. Podemos probar… ¿No te gusto?

—Eres preciosa, cariño. ¿De dónde sacas que no te comes un rosco? Solo es que aún no ha llegado tu momento.

—Vamos, papá, acércate —apremió Daniela—. Está lista. Aunque, si quieres, primero puedes comerle el coño un poco.

—Lo deseo —susurró Bárbara, abriendo las piernas en la penumbra.

De la tensión inicial habíamos pasado a algo casi cómico. Me acerqué, distinguiendo apenas las formas grises de sus muslos, y me arrodillé entre ellos. Empecé por las rodillas, subí por la cara interna del muslo con besos lentos, alternando con mordiscos suaves que la hicieron arquearse. Cuando llegué a su sexo, estaba empapado.

Bárbara gimió alto, demasiado, y Daniela le tapó la boca con la mano mientras yo lamía y succionaba aquel sexo tibio y prieto.

—Está a punto, papá —dictó mi hija con una vocecilla maquiavélica—. No la hagas esperar más.

Me incorporé. Y entonces descubrí, con un nudo helado en el estómago, que mi pene no estaba erecto. Nada. ¿Qué pensará esta chica de un viejo al que ni siquiera se le pone dura antes de empezar?

—Lo siento, chicas —balbuceé—. No puedo.

Salí de la habitación a toda prisa y me encerré en la cocina, lejos de los dormitorios.

***

—¿Qué te pasa, papá? —Daniela me encontró apoyado en la encimera, mirando por el ojo del patio como si en el cielo gris hubiera respuestas.

No contesté.

—Háblame y lo solucionamos —insistió, abrazándose a mi espalda—. Sé que ganas no te faltan. El otro día se te empalmó, ¿recuerdas?

—Lo recuerdo —admití por fin—. Pero hoy se niega a ponerse dura. Y es frustrante. Esa chica está deseando y yo no puedo darle lo que ambos queremos. ¿Lo entiendes?

—Ah, era eso. Bueno, algo podremos hacer. ¿Le pido a Bárbara que te la chupe?

—Ni hablar. Me moriría de vergüenza si se entera de que no se me levanta.

Daniela se quedó pensando. Luego deslizó la mano por mi cadera, hasta rozarme por encima de la tela del pijama.

—¿Y si lo hago yo? —dijo en voz muy baja—. Te la meneo hasta que se ponga dura y entras ahí hecho un toro. Nadie tiene por qué saberlo.

—¿Qué haces, Daniela? —aparté su mano de golpe—. Eso es aún peor. No puedo permitirlo.

Pero ella perseveró. Se abrazó de nuevo a mí, esta vez con el albornoz abierto, su cuerpo desnudo pegado a mi costado, y volvió a buscar entre la tela.

—Tú relájate, papá. Déjame a mí —susurró, y empezó a moverla despacio, luego más rápido.

El miembro no respondía.

—¿Ves? No reacciona —dije, desesperado.

—Esto se levanta sí o sí —replicó ella, terca—. Vas muy vestido. Quítate eso.

Tiró del pijama. Empezó a besarme el pecho, bajó por el vientre. Intuí hacia dónde iba y la sujeté de los hombros.

—Eso no, cariño. Eso no.

Pero ella se incorporó y volvió a abrazarse a mí, piel con piel, su vientre apretado justo donde no debía. Yo me estremecí. Era muy bajita, y el roce de su cuerpo despertó, contra toda mi voluntad, lo que llevaba media hora muerto.

Daniela lo notó enseguida. Y, loca como estaba, se dejó caer de rodillas antes de que pudiera detenerla.

—Daniela, no —imploré, empujándole la frente con la palma.

—Tú relájate y piensa que soy Bárbara —dijo, y me lo metió en la boca.

Desarmado, vencido por una mezcla de vergüenza y de un placer que no había sentido en años, dejé caer la mano. Su boca tibia, sus labios finos cerrándose en la punta, la lengua insistente: en un par de minutos consiguió ponérmela dura como una piedra.

—Ya está —dijo, levantándose y agarrándomela con firmeza—. ¿Listo para Bárbara?

***

Aturdido, me dejé llevar de vuelta al cuarto. Bárbara esperaba inquieta en la cama. No perdí el tiempo: me coloqué entre sus muslos carnosos, froté el glande arriba y abajo sobre su sexo.

—Perdona, tuve un momento de duda —le dije, para no confesar lo que acababa de pasar en la cocina—. Mi hija me convenció de volver.

—Qué grande la tienes —jadeó ella, para orgullo mío y de Daniela.

Entré despacio, centímetro a centímetro. Bárbara gemía y se quejaba, pero arqueaba las caderas pidiendo más. A mi lado, mi hija observaba con una emoción extraña, masturbándose en silencio mientras nos veía tan cerca.

Recuperado el ánimo, me transformé en otro hombre. La tomé primero en el misionero, con sus muslos bien abiertos, mientras Daniela ejercía de maestra de ceremonias: le acariciaba el clítoris a su amiga, le pellizcaba los pezones, e incluso se permitió darme un cachete en las nalgas con cada embestida.

—Así, papá, qué bien la follas —rio, encendida.

—Nunca imaginé que estaría haciendo esto contigo delante —le susurré, embistiendo con fuerza.

Daniela quería más. Se montó sobre Bárbara, le ofreció los pechos a la boca, y al hacerlo su trasero quedó justo contra mi vientre. Sin pensarlo, le sujeté la cintura y empujé; mi hija, atrapada entre su amiga y yo, gimió como si fuera ella quien recibía las embestidas.

Alarmado por lo que estaba haciendo, solté su cintura y busqué de nuevo los muslos de Bárbara. Pero Daniela me tomó las manos y las devolvió a su cadera. Quería que la sujetara mientras follaba a su amiga. Obedecí, y me permití acariciarle el trasero, suave y respingón, separando y juntando las nalgas al ritmo de cada acometida sobre Bárbara, ajena a todo.

—Qué bien nos follas a las dos —rio Daniela.

Perdido ya todo el miedo, saqué el miembro del sexo de Bárbara y lo llevé a su boca. Ella lo chupó sin protestar, saboreando sus propios jugos. Cuando lo retiré, Daniela la besó al instante, robándole el sabor de los labios, y siguió hundiendo los dedos en su amiga mientras esta gemía sin parar.

La pusimos a cuatro patas. Le di un par de azotes en las nalgas; ella gritó de sorpresa y Daniela, divertida, la azotó también. Luego mi hija se sentó sobre la cara de Bárbara para que se la comiera mientras yo la penetraba por detrás.

—Me corro, Esteban —jadeó Bárbara contra el sexo de mi hija.

Arrecié las embestidas y me dejé ir dentro de ella, con un orgasmo que me dobló la espalda.

—Esteban… —gritó Bárbara, sacudida por el suyo.

Y luego, el silencio. Cada uno recuperándose como podía.

***

—Papá, no me lo puedo creer —dijo Daniela, fingiendo escándalo—. ¿Te has corrido dentro? Mira que no quiero ser tía.

—Tranquilas. Me hice la vasectomía hace tiempo. No hay riesgo.

—¿En serio? —ronroneó Bárbara, aún sin moverse—. Entonces puedo disfrutar de sentirte dentro sin preocuparme.

Le pasé una toalla para que no manchara la cama. Ese detalle prosaico que nunca enseñan en las películas; porque el buen sexo, al final, también es desordenado y real.

—Tu padre ha estado increíble —me confesó Bárbara antes de irse al baño a asearse.

Cuando salió, mi hija y yo quedamos solos un momento, tumbados en su cama.

—¿Te ha gustado follarte a Bárbara? —preguntó.

—Ha sido genial. Gracias por… conseguirla.

—A mí me ha encantado verlo. Y hasta me has tocado el culo, ¿sabes? Ha sido de lo más excitante.

—Eso fue un accidente —me excusé, avergonzado—. No sabía de dónde sujetarme.

—Sí, claro —rio ella—. Pues reconozco que me dejaste muy cachonda. Y yo no he probado nada de tu polla.

—Daniela, tú eres mi hija —protesté.

—Lo sé, papá. He disfrutado igual. Lo único que lamento es que tuviera que hacer aquello en la cocina para que se te levantara.

—No fue nada —dijo, y sonrió de un modo que prefiero no interpretar.

En ese momento volvió Bárbara, fresca y desnuda.

—¿Ya estás aquí? Le decía a mi padre que ahora me toca a mí —dijo Daniela, sin pudor—. Me vas a ayudar a terminar, ¿verdad?

—Claro que sí.

—Os dejo, chicas. Bastante he disfrutado ya —dije, levantándome.

—Quédate un poco más, papi —pidió mi hija, tirándome del brazo.

—Qué va. Esto es vuestro.

Antes de salir, rodeé la cintura de Bárbara, que se había acercado, y le besé los pechos despacio.

—Has estado increíble, Esteban —me dijo—. Puedes hacerlo cuando quieras. Estaré disponible.

—No lo dudes —respondí, besándola en la boca—. Volveremos a vernos.

Salí del cuarto y las dejé con sus juegos. Volví a mi cama, me tumbé boca arriba y dediqué unos minutos a recapitular aquella noche imposible. Mi hija y yo habíamos cruzado líneas que jamás creí que cruzaríamos. Casi todas. Le había tocado el cuerpo, había sentido su boca, y por un instante estuve tentado de ir más allá. Pero no lo hice. Esa última raya, al menos esa, seguía intacta.

De momento.

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Comentarios (1)

MikeDelRio

tremendo relato!!! me dejo sin palabras, de verdad

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