Mi primo me hizo mujer en aquel motel junto a la playa
Acababa de cumplir dieciocho años el mes anterior, y todavía no había hecho nada con nadie. Algún beso de adolescente en una fiesta, manos sudadas en el cine, un novio de instituto que me había durado tres meses y al que ni siquiera había dejado meterme la lengua bien. Mi padre era de los antiguos: cuando dijo que ese verano no me dejaba ir con mi novio al viaje familiar, no había discusión posible. Y la verdad, una parte de mí lo agradeció.
Lo que no agradecí, al principio, era tener que pasar dos semanas metida en un autobús alquilado con treinta primos, tíos y abuelos. Mi familia es enorme y ruidosa, y cada verano organizan la misma peregrinación al litoral, con casas de campaña, cocina compartida y discusiones por quién barre. Yo prefería mil veces quedarme en Cuernavaca, con mis libros y mi música, antes que aguantar a mis tías opinando sobre lo flaca que estaba.
Pero ese año iba Damián.
Mi primo Damián era tres años mayor que yo, hijo del hermano de mi padre, y vivía en la capital desde hacía mucho. No lo había visto en por lo menos tres veranos. La última imagen que tenía de él era la de un chaval larguirucho con acné, el mismo que de pequeños me llenaba el pelo de arena, me tiraba cangrejos a la espalda y se reía mientras yo gritaba. Lo odiaba con una mezcla rara de odio y fascinación, esa cosa que sienten las niñas por los primos que las molestan.
Cuando entró al autobús esa madrugada, casi no lo reconocí.
Damián medía un metro noventa, tenía el pelo castaño claro recogido en un nudo desordenado y los hombros tan anchos que tuvo que girarse de lado para pasar entre los asientos. Llevaba una camiseta gris pegada al cuerpo, y por debajo se le marcaba todo. Iba al gimnasio, claramente. Mucho. Me miró desde la puerta del autobús como si tampoco él me reconociera, y luego sonrió y me hizo un gesto con la cabeza.
—Hola, prima —dijo, y siguió hasta el asiento delantero, donde le tocaba ir de copiloto con su padre al volante.
Yo me había sentado al fondo, como siempre. Desde ahí podía verle la nuca, la línea del cuello bajando hasta los hombros, y cada vez que él miraba por el espejo retrovisor, nuestros ojos se cruzaban un segundo. Un segundo demasiado largo. Yo apartaba la mirada y fingía interés en el paisaje, en mi teléfono, en cualquier cosa.
No puede ser. Es mi primo. Es Damián.
Repetía esa frase mentalmente, pero el cuerpo no escucha esas cosas.
***
Tardamos casi seis horas en llegar al pinar donde acampábamos cada verano, una franja de arena blanca entre dos formaciones rocosas que la familia consideraba "su playa". Apenas bajamos del autobús, mis tíos empezaron a repartir tareas con la disciplina de un cuartel. A mí me tocó organizar la cocina, una mesa plegable grande bajo una lona, mientras los hombres montaban las casas de campaña.
Damián se había quitado la camiseta para trabajar bajo el sol. Lo vi de lejos clavando estacas con un mazo, los brazos tensos, la espalda brillante de sudor, el abdomen marcándose con cada golpe. Tragué saliva y volví a las cajas de comida.
Estaba acomodando los frascos de café cuando sentí una sombra detrás de mí.
—¿Te ayudo? —dijo, demasiado cerca.
Me giré, y ahí estaba, sin camiseta, con una gotita de sudor bajándole por el cuello hasta la clavícula. Yo tenía que mirar hacia arriba para hablarle. Le llegaba justo al pecho.
—No, ya... ya casi termino —contesté con una voz aguda que no reconocí como mía.
Él se quedó un par de segundos más de la cuenta, sin moverse, observándome con una media sonrisa. Después asintió y se fue. Yo me apoyé en la mesa y respiré hondo. Trágame tierra. Por favor, tierra, trágame entera.
***
A las dos de la tarde, después de comer, mis tías y los críos pequeños decidieron bajar al mar. Me cambié dentro de la casa de campaña. Me puse un bañador negro entero, decente, y encima una camiseta verde holgada para taparme los pechos, que siempre han sido un poco más grandes de lo que me gustaría que mi padre notara. Debajo del bañador llevaba una tanga diminuta que había metido en la maleta a escondidas, por si acaso. No tenía pensado usarla nunca delante de mis tíos.
Pasamos dos horas en el agua. Jugamos a tirarnos, los críos saltando sobre mis hombros, yo aguantando las olas de espaldas. En algún momento salí a tumbarme en la arena para secarme un poco al sol. A los cinco minutos lo tenía sentado al lado.
Damián venía con dos refrescos. Me ofreció uno y se quedó. Y empezó a hablar.
Me contó que llevaba dos años trabajando en una empresa de diseño en la capital, que ganaba bien, que tenía un apartamento pequeño en el centro y que vivía solo. Me preguntó por mis estudios. Le conté que estaba en primero de la facultad, que viajaba cada semana a la capital también, que pasaba tres días allí en casa de una tía abuela. Él entrecerró los ojos.
—Pues si vienes tanto a la capital, no entiendo por qué nunca te has pasado a verme.
—Porque me odiabas de pequeña.
—No te odiaba —dijo, mirando el horizonte—. Te molestaba porque me gustabas. Es lo que hacen los niños tontos.
Sentí que la arena se movía debajo de mí. No supe qué contestar. Me limité a beber el refresco, mirando al frente, sintiendo cómo el corazón se me iba a salir por la garganta.
Damián se levantó y me tendió la mano.
—¿Damos una vuelta? Hay un sitio aquí al lado al que podemos ir a tomar un café.
***
El "sitio aquí al lado" estaba a un kilómetro escaso por la carretera de la costa. Era un edificio bajo, encalado, con un cartel discreto que decía "Hostal Las Palmeras — habitaciones por horas". Yo no era tonta. Sabía lo que era. Pero también sabía que había una cafetería pegada a la recepción, y eso me dio una excusa para entrar sin sentirme una desvergonzada.
La cafetería estaba llena. Todas las mesas ocupadas por parejas que parecían tener prisa por terminarse el café. Damián miró alrededor, después me miró a mí, y se acercó al mostrador.
—Voy a pedir una habitación. Así nos quitamos la arena y nos tomamos los chocolates allí dentro. ¿Te molesta?
—No —dije, sin pensarlo.
Y supe en ese momento, exactamente en ese instante, que sí me molestaba, pero que tampoco iba a decir que no.
La habitación era más bonita de lo que esperaba. Cama grande con colcha blanca, aire acondicionado, una pequeña terraza con vistas al pinar, un cuarto de baño con ducha de obra. Yo nunca había entrado a un motel. No era como en las películas, no había espejos en el techo ni nada raro. Era simplemente una habitación de hotel pequeña y limpia.
Damián dejó las llaves sobre la mesilla y dijo que él se duchaba primero. Se metió en el baño y cerró la puerta. Yo me senté en el borde de la cama, con las manos entre las rodillas, escuchando el chorro de agua y haciendo cálculos mentales. Eran casi las cinco y media. A las siete servían la cena en el campamento. Si nos íbamos en una hora estábamos de vuelta a tiempo. Nadie se daría cuenta.
Salió del baño con una toalla atada en la cintura, el pelo mojado pegado a la frente, el pecho desnudo todavía con gotas resbalándole por la piel. Me miró, sonrió, y me hizo un gesto hacia el baño.
—Toda tuya.
Entré. Cerré la puerta. O eso creí.
***
Llevaba apenas cinco minutos bajo el agua caliente, con los ojos cerrados, intentando no pensar en lo que estaba pasando, cuando sentí la mampara abrirse a mi espalda. Damián se metió detrás de mí, sin decir nada, completamente desnudo, y posó las manos en mis caderas.
—¿Qué haces? —dije, con un hilo de voz, sin atreverme a girarme.
—¿Quieres que me vaya?
No contesté. Negué con la cabeza, despacio.
Él me giró con suavidad. El agua caía sobre los dos. Bajé la mirada un segundo y vi su erección, dura y curvada hacia arriba, rozándome el vientre. Después subí los ojos y me encontré con los suyos. Tenía las pestañas mojadas y la respiración acelerada.
Me tomó la cara con las dos manos y me besó. No fue un beso suave ni de chico tímido. Fue un beso de adulto, denso, con la boca abierta y la lengua buscándome. Yo no había besado así nunca. Sentí que se me doblaban las rodillas, y él me sujetó por la cintura contra su cuerpo. Su piel mojada contra la mía. El agua caliente cayendo en cascada por encima.
—Eres preciosa —murmuró pegado a mi oreja—. Llevo todo el día pensando en esto.
—Yo nunca... —empecé a decir.
—Lo sé.
Cerró el grifo. Me envolvió en una toalla y me llevó casi en volandas hasta la cama. Me tumbó con cuidado, me retiró la toalla, y se quedó mirándome unos segundos antes de inclinarse sobre mí. Yo temblaba. No de frío, aunque el aire acondicionado estaba alto y se me marcaban los pezones. Temblaba de pánico, de deseo, de las dos cosas a la vez.
Me besó el cuello, el hombro, el hueco entre los pechos. Bajó hasta el ombligo con la boca, sin prisa. Me abrió las piernas con la rodilla, y yo se las dejé abrir sin oponer la menor resistencia. Sentí su mano allí abajo, primero los dedos suaves, después su boca durante un buen rato, hasta que toda yo era líquido y mi pelvis se movía sola buscando más.
—Damián, no sé si... —empecé otra vez.
—Tranquila —dijo, subiendo a besarme la boca—. Despacio. Si te duele, paramos.
Sentí la punta presionando, buscando la entrada. Cerré los ojos, apreté las manos en las sábanas. Empujó suavemente. Hubo un pinchazo agudo, brevísimo, y después la sensación de ser ocupada por dentro de una manera que no había imaginado. No dolía exactamente. Era más bien una presión densa, como si me partiera en dos sin romperme.
Se quedó quieto unos segundos, apoyado sobre los codos, mirándome a los ojos.
—¿Estás bien?
Asentí. No me salía la voz.
Empezó a moverse con cuidado, despacio, saliendo casi del todo y volviendo a entrar con calma. Cada embestida me arrancaba un pequeño gemido que yo trataba de ahogar. Sus brazos a los lados de mi cabeza, sus labios buscándome el cuello, su respiración cada vez más entrecortada. Yo nunca había imaginado que algo pudiera sentirse así. No era el dolor lo que me sorprendía: era cómo el dolor desaparecía y dejaba sitio a una corriente que me subía desde el bajo vientre hasta el pecho.
Cuando ya me había acostumbrado, le pasé los brazos por la espalda y le clavé las uñas sin querer. Él lo entendió como una invitación y empezó a moverse más profundo, más rápido. Yo gemía contra su hombro y le mordía la piel para no gritar. Mi cuerpo se movía solo, al ritmo que él marcaba, y cada vez que cambiaba la velocidad sentía oleadas de algo que no sabía nombrar.
—Mírame —dijo, agarrándome la cara.
Abrí los ojos. Lo miré. Tenía las mejillas rojas, los ojos brillantes, los labios entreabiertos. En ese instante entendí que no era un primo. Era un hombre. Y yo había decidido, sin decidirlo, dejarlo entrar.
Aceleró el ritmo. Lo sentí tensarse, contener la respiración, hundirse hasta el fondo con un gemido grave que le salió del pecho. Sentí algo caliente derramándose dentro de mí, y la idea de lo que aquello significaba me cruzó la cabeza un segundo, pero ya era tarde para pensar en nada.
Se quedó encima de mí, jadeando, con la frente apoyada en mi cuello. Yo le acaricié el pelo mojado. Cuando salió, vi un pequeño rastro rosado en la sábana y otro en él. Me dio vergüenza, pero él se rio bajito y me dio un beso en la sien.
—No te muevas —dijo—. Quédate así.
Se tumbó a mi lado. Me abrazó, me besó la frente, me acarició el costado durante un rato largo. Yo no podía dejar de mirar al techo. Tenía el cuerpo entero zumbando, las piernas temblorosas, los pechos todavía duros. Estaba en un sitio del que no sabía cómo se volvía.
—No usamos preservativo —murmuré de repente.
—Ya. Tampoco tomas nada, ¿verdad?
Negué con la cabeza, sin mirarlo.
Se quedó callado unos segundos. Después me apretó contra él.
—Mañana hablamos. Ahora vístete. Tu padre nos va a matar si llegamos tarde a la cena.
Me vestí en silencio, con las piernas todavía tembloronas, sintiéndome a la vez aterrada y tan despierta como nunca lo había estado. Salimos del motel a las seis y media. Volvimos al campamento caminando por la carretera, sin tocarnos, riéndonos como si no hubiera pasado nada. Cuando llegamos, mis tías estaban poniendo la mesa bajo la lona y nadie nos preguntó dónde habíamos estado.
Esa noche, cuando me metí en la casa de campaña que compartía con dos primas pequeñas, me quedé mirando la tela del techo. Pensaba en lo que vendría. En si me bajaría la regla. En cómo lo miraría el resto de las vacaciones. En lo que pasaría cuando volviéramos a la capital y él me mandara el primer mensaje pidiéndome que lo visitara en su apartamento.
Pero esa, esa es una historia para otro día.