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Relatos Ardientes

Mis primos no sabían que los estaba mirando

Mis primos Mateo y Ricardo eran los únicos parientes con los que realmente me sentía cómodo. Ricardo era el mayor, cuarenta y tres años, divorciado hacía tiempo, con esa calma de quien ya no tiene nada que demostrar. Mateo recién cumplía veintiséis, vivía solo desde los veintidós y siempre traía alguna historia nueva. Los tres habíamos crecido juntos y, aunque la vida nos había llevado por caminos distintos, los sábados por la noche solíamos vernos en casa de Aurelio, mi vecino y amigo de toda la vida.

Aurelio tenía esa casa enorme con patio interior, donde podíamos armar un asado y quedarnos hasta tarde sin molestar a nadie. Aquel sábado de octubre el plan era el de siempre: cerveza, parrilla y alguna película mala para reírnos.

—Voy un momento al mercado, faltan las cebollas y el carbón —dijo Aurelio agarrando las llaves—. No se rompan nada.

—Tranqui, ¿qué vamos a romper? —respondió Mateo desde el sillón.

La puerta se cerró y los tres quedamos en la sala. Yo tenía sed y la curiosidad de siempre por las despensas ajenas, así que me levanté.

—Voy a ver si hay algo para picar mientras vuelve.

Caminé hasta la cocina, abrí la heladera, después la alacena. Encontré unas aceitunas y un paquete de papas fritas que me llevé bajo el brazo. Calculé que estuve ahí cinco minutos, no más. Cuando volví a la sala, no había nadie.

Me quedé parado en el umbral con la bolsa de papas en la mano, mirando los dos cojines hundidos en el sofá. Ningún ruido. Ni pisadas, ni puertas. Y la cocina estaba a metros de la sala, no era posible que hubieran salido sin que yo los escuchara.

—¿Mateo? ¿Ricardo?

Mi voz sonó más débil de lo que pretendía. Repetí, un poco más fuerte. Nada.

***

Dejé las papas sobre la mesa baja y empecé a recorrer la casa. El patio primero. La puerta corrediza estaba cerrada y las luces apagadas. Volví adentro. La habitación de huéspedes, también vacía. Quedaba el baño del fondo, el que Aurelio había hecho remodelar el año pasado y que daba al pasillo de servicio.

Caminé sin hacer ruido, no sé bien por qué. Tal vez por instinto, o porque algo en el silencio de esa casa me decía que no debía interrumpir lo que fuera que estuviera pasando.

A medio pasillo lo vi: un calzoncillo azul oscuro tirado en el piso, justo en el quicio de la puerta del baño. La puerta no estaba cerrada del todo. La tela se había metido entre el marco y la hoja, dejando una rendija de apenas dos dedos.

Me detuve. El corazón me empezó a golpear el pecho de una manera que no recordaba desde la adolescencia. Tendría que haberme dado la vuelta. Tendría que haber tosido fuerte y vuelto a la sala. Pero no lo hice. Di un paso más, despacio, y acerqué la cara a la rendija.

Lo que vi me clavó al piso.

***

Ricardo tenía a Mateo apoyado contra el lavamanos, los dos completamente desnudos, los dos de espaldas a la puerta. La luz blanca del baño hacía brillar la espalda ancha de Ricardo, las pecas en sus hombros, la línea oscura de vello que bajaba por su columna hasta el nacimiento del culo. Mateo era más delgado, más pálido, y su cuerpo desaparecía contra el de Ricardo como si quisiera meterse adentro.

Ricardo lo abrazaba por detrás, una mano abierta sobre el pecho de Mateo, los dedos pellizcándole un pezón, y la otra bajando entre sus piernas. Le tenía la polla agarrada. Se la meneaba despacio, con la muñeca firme, un puño cerrado que subía y bajaba a un ritmo que se me metió en la sangre. Vi cómo la verga de Mateo asomaba y desaparecía en el puño de Ricardo, dura, marcada de venas, el glande brillante.

—Mirá cómo la tenés —le susurró Ricardo al oído, lo suficientemente alto para que yo lo escuchara—. Toda para mí.

Mateo soltó un gemido corto y echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro de Ricardo, y le buscó la boca de lado, torciendo el cuello. Se besaron con la lengua afuera, húmedos, sin disimulo. La mano de Ricardo no paraba de trabajarle la polla a Mateo, y cada tanto le pasaba el pulgar por la punta y le arrancaba un estremecimiento.

No es real. No puede ser real.

Pero era real. Y yo no podía moverme.

Ricardo le dijo algo más al oído, algo que no alcancé a escuchar. Mateo asintió, sin abrir los ojos, y contestó bajito:

—Sí, dale, cogeme ya.

Entonces Ricardo lo giró con suavidad, lo puso de frente al espejo y le hizo apoyarse con las dos manos en el borde del lavamanos. Mateo lo miró por el reflejo, mordiéndose el labio inferior, y le sonrió con una mezcla de complicidad y vergüenza que me derritió. Le abrió el culo con las dos manos, sin dejar de mirarlo, exhibiéndose. Vi el agujero de Mateo apretado, sonrosado, y a Ricardo mirarlo con la boca entreabierta como un animal.

Ricardo se arrodilló un segundo detrás de él y le pegó la boca ahí, sin aviso. Le comió el culo con la lengua afuera, empujándosela adentro, chupándolo, escupiéndole encima. Mateo se dobló sobre el lavamanos y soltó un gemido largo que le tapó la mano.

—Callate —le ordenó Ricardo, con la boca todavía pegada—. Que se te oye hasta la calle.

Se paró de nuevo. Su polla estaba durísima, gruesa, oscura de sangre, apuntándole a Mateo directo entre las nalgas. Ricardo se inclinó hacia el costado y agarró el dispensador de jabón. Se untó la verga con dos bombeadas, se la lubricó también a Mateo metiéndole un dedo, después dos, moviéndoselos adentro con calma hasta que Mateo empezó a mover la cadera para atrás pidiendo más.

—Tranquilo —le oí decir a Ricardo, esta vez sí—. Despacio. Ya te la meto.

***

Entré en una zona de la que no podía salir. Mi cuerpo había decidido por mí. Sentí la erección presionando contra el pantalón, dolorosa, y me llevé la mano al bulto sin pensarlo. Lo apreté por encima de la tela, una vez, dos. La sensación me arrancó un escalofrío que me corrió de la nuca a los talones. Me bajé el cierre lo justo para sacarme la polla y agarrarla con la mano, escondido en la penumbra del pasillo.

Del otro lado de la puerta, Ricardo se acomodó detrás de Mateo. Vi cómo le agarraba la cintura con una mano y con la otra se apuntaba el capullo contra el agujero. Mateo abrió las piernas, las plantó firmes contra las baldosas, y volvió a mirarlo por el espejo.

—Mirame —le pidió Ricardo—. No cierres los ojos.

Mateo no apartó los ojos del reflejo.

La empujó despacio, apretando la mandíbula. Vi cómo el glande de Ricardo se abría paso, cómo el culo de Mateo cedía centímetro a centímetro, y a Mateo soltar el aire de golpe, un jadeo largo y quebrado, la boca abierta en una O muda. La polla entera desapareció adentro de él. Ricardo se quedó quieto, empalado contra su primo hasta el fondo, las manos firmes en la cadera de Mateo. Le dio tiempo. Yo no podía dejar de mirar la cara de Mateo en el espejo: los ojos vidriosos, la boca entreabierta, la lengua asomando entre los dientes.

—Estás apretadísimo —murmuró Ricardo, apretando los dientes—. Mierda, cada vez me apretás más.

—Es tuyo —contestó Mateo bajito, con la voz temblando—. Movete, hijo de puta, movete.

Cuando Ricardo empezó a moverse, lo hizo con un ritmo lento, casi cuidadoso. Sacaba la verga casi entera, dejaba el glande metido, y volvía a entrar hasta el fondo con un empujón sordo de las caderas. Mateo respondió de inmediato, llevando el culo hacia atrás cada vez que Ricardo avanzaba. El choque de los cuerpos era suave, sordo, apenas un golpe húmedo cada pocos segundos. La piel de una nalga contra el hueso de la cadera del otro, un plaf-plaf lento que me martillaba en la cabeza.

Mateo había vuelto a abrir los ojos y miraba a Ricardo a través del espejo con una intensidad que no podía describir. Su propia polla le colgaba dura entre las piernas, goteando sobre el mármol del lavamanos un hilo transparente que se estiraba y se rompía a cada embestida.

Yo me había puesto la mano encima sin darme cuenta. La tenía agarrada firme, y me la meneaba despacio para no perder el ritmo de lo que pasaba al otro lado. Cada vez que Mateo soltaba un gemido, yo apretaba más fuerte el puño. La mancha oscura de mi propio líquido me humedecía la palma.

***

El ritmo cambió. Ricardo le agarró el pelo de la nuca a Mateo, con suavidad pero con firmeza, y le tiró la cabeza hacia atrás. Le habló al oído, esta vez más alto, sin cuidarse.

—¿Te gusta cómo te la meto, primito? ¿Te gusta?

—Sí… sí, papi…

—Decilo bien. Decilo.

—Me encanta que me cojas, dale, más fuerte, más fuerte…

Ricardo le soltó el pelo y le agarró las dos caderas con las manos, hundiéndole los dedos en la carne, y empezó a cogérselo en serio. Las embestidas se hicieron más largas, más profundas, todavía sin perder el control pero con una fuerza distinta. Ricardo no era un hombre que se apurara. Cada movimiento parecía pensado, medido, calculado para arrancarle a Mateo justo lo que quería arrancarle. El culo de Mateo temblaba con cada golpe, las nalgas rebotando contra la pelvis de Ricardo, y las bolas de Ricardo chocaban con las de Mateo en un ruido húmedo que me estaba matando.

Y Mateo se lo daba todo: los gemidos cortos que escapaban a su voluntad, la cadera que buscaba el empuje, la mano que se soltó del lavamanos y bajó a agarrarse la polla. Empezó a machacársela él mismo al ritmo que le imponía Ricardo, la muñeca borrosa de rápido que iba.

—Eso, pajeate para mí —le gruñó Ricardo—. Corrémela toda esa lechita.

Saqué el teléfono del bolsillo trasero con la otra mano, no para grabar —jamás haría eso— sino para ver la hora. Llevaban siete minutos. Aurelio iba a tardar quince, veinte como mucho. Tenían poco tiempo y parecía que ellos también lo sabían, porque algo en la cadencia se aceleró.

Ricardo empujó más fuerte. Le dio una palmada seca en la nalga a Mateo, después otra, dejándole la marca roja de la mano. Mateo soltó un gemido más alto y se mordió el dorso de la mano libre para callarse. Yo apreté los dientes para no hacer lo mismo, con la polla latiéndome en el puño.

—Me vengo —jadeó Mateo—. Ricardo, me vengo…

—Aguantá. Aguantá un poco.

—No puedo, no puedo…

—Juntos. Conmigo. Aguantá.

***

Lo que pasó después ocurrió casi al mismo tiempo. No sé si fue acuerdo o coincidencia, pero los dos llegaron juntos. Ricardo se hundió hasta el fondo, se quedó ahí, y abrazó a Mateo por detrás con las dos manos cruzadas sobre su pecho. Le mordió el hombro con una fuerza contenida, los dientes marcados sobre la piel pálida, ahogando un gruñido gutural entre los dientes. Vi temblar los músculos de su espalda, vi cómo se le tensaba todo el cuerpo durante un momento largo, las nalgas apretadas, y supe que le estaba vaciando la leche adentro. Un espasmo, otro, otro. La polla de Ricardo palpitando dentro del culo de Mateo, descargando corrida hasta el fondo.

Mateo aguantó la respiración un segundo entero. Después soltó el aire en un gemido ahogado contra su propia muñeca, y todo su cuerpo se sacudió hacia adelante. Vi cómo se le doblaban los dedos de los pies descalzos contra el suelo del baño, una imagen que no me voy a olvidar nunca. La primera descarga blanca salió disparada y le salpicó el frente del lavamanos, debajo del espejo. La segunda cayó sobre el mármol. Después vino el goteo espeso, hilos gruesos de semen que le colgaban del glande y se estiraban hasta reventar contra la loza.

—Ay, Dios… ay, Dios… —murmuraba Mateo, todavía sacudiéndose, mientras Ricardo le clavaba una última estocada corta y le mordía el cuello.

Mi propia mano se cerró con fuerza alrededor de mi polla. Sentí la humedad tibia en los dedos antes de entender lo que estaba pasando. Me estaba corriendo yo también, en silencio, apretando los dientes hasta que me dolieron. Los chorros me salieron adentro del calzoncillo, uno tras otro, mientras miraba a Ricardo salir del culo de Mateo con un hilo blanco pegado al glande y una gota espesa asomando entre las nalgas de mi primo. Me había acabado sin apenas tocarme, solo de mirarlos coger.

***

Me alejé de la puerta como si me quemara. Caminé hacia atrás los primeros pasos, después di la vuelta y volví al baño de la otra punta de la casa, el de invitados. Cerré con seguro. Me bajé el pantalón, vi la mancha, me limpié con papel higiénico mojado tan rápido como pude. Por suerte el calzoncillo era oscuro y la mancha no se notaba demasiado. Por suerte había un pañuelo limpio en el bolsillo del pantalón.

Tiré la cadena para disimular y volví a la sala. Me senté en el sofá, agarré el control remoto, prendí el televisor y puse el primer canal que apareció. Una novela vieja, en blanco y negro, una pareja que discutía en un comedor. Subí el volumen apenas, lo justo para tener un fondo.

Mateo y Ricardo aparecieron a los pocos minutos. Venían vestidos como antes, con el pelo apenas húmedo en las sienes. Mateo traía dos vasos de agua en la mano y le pasó uno a Ricardo. Se sentaron a mi lado, uno a cada lado, como si fueran las dos cosas más normales del mundo.

—¿Qué estás viendo? —preguntó Ricardo, mirando la pantalla.

—Ni idea. La encontré así.

—Cambiá, esto es deprimente.

Le pasé el control. Mateo se estiró, agarró la bolsa de papas que yo había dejado sobre la mesa y la abrió. Empezó a comer en silencio, sin mirarme. Pero por el rabillo del ojo lo vi sonreír, una sonrisa apenas, de las que se asoman cuando uno se acuerda de algo que no debería.

Ricardo cambió el canal hasta encontrar un partido de fútbol viejo. Se acomodó en el sofá. Su brazo rozó el mío al apoyarlo en el respaldo, un roce que duró un segundo pero que se me grabó como un sello caliente en la piel.

—Aurelio se está demorando —dijo, sin sacar los ojos de la pantalla.

—Sí —contesté—. Se está demorando.

Mateo me ofreció la bolsa de papas. La agarré con la mano que no había usado, la otra todavía olía a algo que prefería no pensar. Metí los dedos, saqué un puñado, mastiqué sin saber qué estaba comiendo.

Aurelio entró diez minutos después, cargando dos bolsas y quejándose del precio del carbón. Nos pusimos a preparar la parrilla como si nada hubiera pasado, los cuatro en el patio, riéndonos de las viejas historias de siempre. Ricardo me palmeó el hombro al pasar, una palmada larga, y me miró a los ojos un segundo más de lo necesario. Cuando su mano bajó, los dedos me rozaron la parte baja de la espalda, justo por encima del cinturón, y se demoraron ahí una fracción de segundo más de lo que un primo le demora la mano a otro.

Esa noche, en mi cama, no pude dormir. Cerraba los ojos y los veía. La espalda de Ricardo, los dedos de los pies de Mateo curvándose contra las baldosas, el reflejo de los dos en el espejo del baño, la polla dura de Ricardo entrando y saliendo del culo de mi primo. Y la pregunta que no me dejaba en paz, dando vueltas como un eco: si Ricardo se había demorado un segundo más al pasar a mi lado, ¿había sido a propósito?

No tuve respuesta esa noche. Pero al sábado siguiente, cuando Aurelio salió otra vez al mercado, yo no me levanté a buscar nada a la cocina. Me quedé en el sofá. Y esperé.

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Comentarios(9)

GaboMdp

Dios mio que relato!!! me quede sin respiración igual que el protagonista jajaja

LectorCba

Por favor necesito la segunda parte, se hizo cortisimo. Quede con ganas de saber que paso despues

Gonza_Lee

tremendo!!! no me lo esperaba para nada, lo leí de un tirón

fercho_noc

La descripción es muy buena, te mete de lleno en la situación desde el primer parrafo. Muy buen trabajo.

Rafa_Sur

buenisimo!!!

SilencioYNoche

Me encanto como lo narraste, esa tensión que se siente desde el principio hasta el final es increible. Pocas veces un relato me atrapa tanto, segui escribiendo por favor.

NochesMdq

¿Hay continuacion? porque con eso no alcanza jajaja

LetrasYDeseos

Muy bien escrito, la atmosfera que lograste crear engancha desde la primera linea. Saludos desde el sur

moreno28

Excelente, me recordo a una situación que tuve de chico... esas cosas que uno no olvida. 5 estrellas

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