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Relatos Ardientes

Lo que pasó con mi prima en su gabinete de depilación

Aquel verano cumplí los veinte y andaba metido en la cabeza una idea fija: empezar a competir en triatlón. No para llegar a la élite, sino para correr un par de pruebas en otoño y ver hasta dónde aguantaba. Un compañero del club me había soltado, entre risas, que afeitarse el cuerpo te ahorraba segundos en el agua y a la larga marcaba la diferencia.

Le hice caso a medias. Probé primero con cuchilla. Tres mañanas seguidas frente al espejo del baño, pelos por todas partes y cortes en las rodillas. La cera me daba pánico solo de imaginarla. Las cremas me dejaban la piel como un cartón.

Empecé a darle vueltas a la depilación láser, pero no me atrevía a preguntar. La solución cayó por casualidad. Una tarde de junio, en la cola del supermercado, dos señoras hablaban delante de mí sobre un sitio nuevo. Una de ellas señaló un portal a media manzana de mi casa.

—Primer piso. Discreto. No verás un cartel grande, pero lo tiene —dijo la más joven.

Apunté la dirección mentalmente y al día siguiente, después de entrenar, subí a ver.

Llamé al timbre del 1.º A. Tardaron en abrir. Cuando la puerta cedió, lo primero que vi fue una melena rubia muy larga y una bata blanca que se ajustaba a un cuerpo de mujer madura, curvilíneo, con un escote moderado pero suficiente para que se notaran las formas. La cara me sonaba mucho. Demasiado.

—¿Diego? —dijo ella, y entonces la reconocí.

Era Lorena. Mi prima Lorena. La hija de la hermana de mi madre, la que vivía en otra provincia y a la que apenas había vuelto a ver desde la boda de Andrés, su hermano menor, dos años atrás. En aquella boda había estrenado un vestido palabra de honor que sostenía dos pechos enormes por pura voluntad de la tela. Mis primos jóvenes y yo nos habíamos pasado el banquete apostando a qué hora del baile se le iba a salir un pezón. No se salió. Pero la imagen no se me olvidó.

—Lorena... ¿Tú trabajas aquí?

—Trabajo y mando, cielo. El gabinete es mío. Pasa, anda, que voy a parecer una desconocida.

Me hizo entrar. La sala de espera tenía dos butacas, una mesita con revistas y un dispensador de agua. Olía a aceite de almendras. Lorena me llevó a una salita lateral, cerró la puerta y se sentó en una silla giratoria con las piernas cruzadas. La bata se le abrió un dedo a la altura del muslo. Apartó la vista para que yo no me sintiera obligado a mirar y, claro, miré.

—Cuéntame, primo. ¿Qué haces en mi puerta?

—Quiero depilarme. Para nadar. ¿Tú me lo harías?

—¿Te da apuro que sea yo?

—Me da apuro que sea cualquiera, pero al menos contigo no tengo que explicar quién soy.

Se rio y al hacerlo se le movieron los pechos bajo la bata. Yo bajé la mirada al suelo, fingiendo interés por las baldosas.

—Pues estás en buenas manos. Pero antes cuéntame de la familia, que llevamos años sin hablar.

Le pregunté por su marido. Hizo una mueca. Me contó que estaban medio separados, que él vivía en el piso del centro y ella se había mudado a la trastienda del gabinete por ahora. Que se sentía libre por primera vez en mucho tiempo, que no echaba de menos a un hombre incapaz de freír un huevo. Lo dijo sin amargura, con la calma de quien ya ha llorado todo lo que tenía que llorar.

—Lo siento, prima.

—No lo sientas. Estoy mejor que nunca.

Esa misma tarde me dio la primera sesión. Pecho, brazos, axilas. Yo casi no tenía vello en el torso, así que fue rápido. El láser pinchaba como un pellizco caliente y olía un poco a chamusquina. Lorena trabajaba en silencio, concentrada, con las manos enguantadas y el pelo recogido en un moño bajo.

Cuando me senté frente al espejo para verme, me pasé la mano por el pecho y noté la piel lisa, sin un pelo, como recién nacida.

—Eres una artista, prima.

—Y tú tienes un cuerpo que merece la pena cuidar. No me adules, que aquí la veterana soy yo.

***

Volví dos veces por semana durante todo julio. La rutina se asentó rápido: subía después de entrenar, pasaba por la sala de espera donde casi siempre coincidía con tres o cuatro señoras del barrio que me miraban como si yo fuera la mascota del local, y Lorena me hacía pasar a la cabina del fondo.

Las clientas eran un capítulo aparte. Algunas iban en vestidos de tirantes con escotes generosos. Otras llevaban pantalones cortos y se les marcaba todo cuando se cruzaban las piernas. Más de una me sostenía la mirada un segundo más de la cuenta. Yo, con mis camisetas finas y mis bermudas, también devolvía las miradas. Era un juego mudo, sin consecuencias, una broma de verano.

Pero a quien yo esperaba era a Lorena.

Algo había cambiado en ella desde la primera sesión. Los botones de la bata se le iban abriendo, sesión a sesión, un poco más. Al principio fue el del cuello. Luego el segundo, que dejaba ver el nacimiento del escote. Luego el tercero, que ya me permitía adivinar el borde de un sujetador de encaje cuando se inclinaba sobre mí. Hacía calor de verdad, eso era cierto, y cualquier mujer en su lugar habría aflojado la ropa. Pero el botón del día anterior aparecía abierto al día siguiente, y eso ya no era casualidad.

Un martes apareció sin guantes. Sus manos, calientes y suaves, me rozaban la piel sin barrera de látex. La diferencia me puso la piel de gallina.

—¿No usas guantes hoy?

—Me dan alergia con este calor. ¿Te molesta?

—Para nada.

El jueves de aquella misma semana tocaba la parte trasera de los muslos. Me tumbé boca abajo. Ella se inclinó sobre mí y la bata cedió. Cuando levanté un poco la cabeza para mirarla de reojo, le vi el escote casi entero, un sujetador color crema y una porción generosa de pecho que se balanceaba con cada movimiento. Se me puso dura contra la camilla en menos de un minuto. Por suerte estaba boca abajo y tapado de la cintura para arriba. Por suerte para los dos, porque yo no habría sabido qué hacer.

Lorena no comentó nada, pero estoy seguro de que lo sabía. Lo sabía y le gustaba.

***

El día que le pedí depilarme el pubis fue un viernes a última hora. Yo había aprendido a calcular las citas para ser el último cliente del día. La sala de espera ya estaba vacía. Las cortinas del balcón corridas. La luz, ámbar y baja.

—Estoy pensando en quitarme también el resto. Para llevarlo todo igual. ¿Tú me lo harías?

—¡Pues claro que sí! No serías el primero, aunque puede que sí el más guapo.

—No me adules, prima. Que casi me convences.

—Te quedará bien. Y a la chica con la que andes, mejor. ¿Por qué crees que la mayoría de las señoras que has visto en la sala vienen aquí?

—¿Para eso?

—Para eso y para todo. Algunas porque les gusta a sus maridos. Otras porque les gusta a ellas. ¿A ti no?

—A mí también.

Se hizo un silencio cómplice. Yo me bajé el slip hasta justo debajo del ombligo y me tumbé en la camilla. Ella se acercó, miró, se rio bajito.

—Así no llego, primo. Quítatelo del todo o lo hago yo.

Tiró del slip y me lo sacó por los pies como si fuera una toalla. Me quedé completamente desnudo. La polla, que llevaba media hora a media asta solo de adivinar lo que se venía, se me puso del todo erecta delante de ella. No hubo manera de disimular.

Lorena no apartó la mirada. Al contrario. Acercó la silla giratoria, se sentó entre mis muslos abiertos y, sin dejar de mirarme a los ojos, agarró el láser con una mano y mi polla con la otra para apartarla del pubis.

—Tranquilo. He hecho esto muchas veces. La mano se queda quieta. Tú también.

No me quedé quieto. Su mano no era profesional. Apretaba un poco, soltaba un poco, recolocaba. Cada roce me llevaba al borde de algo. Yo cerré los ojos para no terminar antes de empezar.

—¿Sabes lo que más me pone, primo? —dijo en voz baja, casi al oído.

—Dime.

—Liarme con un chico joven. Y que encima sea familia. Es lo más prohibido que hay.

Abrí los ojos. Lorena se había desabrochado dos botones más sin que yo lo notara. La bata se le abría en el pecho y en el muslo. Llevaba un sujetador de encaje fino y un tanga del mismo juego. Le brillaba la piel por el calor.

Subí una mano y le acaricié el pecho por encima de la tela. El pezón se le marcó al instante.

—Yo también lo había notado —dije.

—¿Qué habías notado?

—Que tú lo habías notado de mí.

Se rio y se sacó los pechos por encima del escote del sujetador, sin quitárselo. Eran grandes, llenos, con la areola ancha y el pezón duro. Me dejó hundir las manos en ellos. Apretar. Amasar. Acercar la boca y morder con suavidad.

—¿No nos van a oír? —pregunté contra su piel.

—He cerrado con llave. Ya no entra nadie. Te he reservado el doble de tiempo del que necesita una sesión normal. Por si acaso.

***

Le solté el cierre del sujetador con un pellizco de dos dedos. Después le bajé el tanga por las caderas, despacio, hasta que cayó al suelo a sus tobillos. Cuando se quitó la bata por los hombros, me quedé sin respiración. Tenía un cuerpo bonito de mujer madura, lleno, con las marcas suaves de la vida. Y el pubis perfectamente depilado, sin un pelo, como el escaparate de su propio negocio.

—Estás impresionante.

—Eres muy amable. Yo me veo mayor.

—Yo te veo estupenda.

Se acercó a la camilla y me empujó con dos dedos el pecho para que volviera a tumbarme. Se inclinó sobre mí y se metió la polla en la boca con la naturalidad de quien lleva tiempo deseándolo. La lengua le bajaba por la base, lamía los testículos, subía por el tronco con una presión justa que ninguna chica de mi edad había sabido encontrar. Cerré los ojos otra vez. Le agarré el pelo con las dos manos.

—Para, prima, o termino antes de empezar.

—Tampoco me importaría —dijo levantando la cara con una sonrisa traviesa—. Pero también quiero lo otro.

—Pues súbete, anda.

Me incorporé un poco. Le besé la boca, le mordí el labio. La pegué a mi cuerpo, piel con piel, ya sin ninguna tela entre nosotros. Su olor era distinto al de cualquier chica de veinte años. Más denso. Más adulto. Más prima.

—La camilla no va a aguantar a los dos —dijo.

—Pues siéntate al borde y abre las piernas. Te toca.

Le pasé la lengua entre los muslos antes de meterme dentro. Estaba mojada de verdad, mojada en serio, con la cara interna de los muslos brillando. Le tracé el clítoris con la punta de la lengua hasta que se le escapó un gemido largo y se arqueó. Le levanté las piernas por encima de los hombros y le lamí todo, absolutamente todo. Hasta el ano. Ella no protestó. Ella agradeció.

—Nene, eres un experto. Me voy a correr otra vez.

—Me gusta hacer bien las cosas.

—Pues ahora métemela.

Me puse de pie. Ella estaba a la altura justa del borde de la camilla. Le sujeté las caderas, le pasé el glande por los labios de la vulva, jugué un momento con el clítoris. Cuando empujé despacio, los dos contuvimos el aliento a la vez. Estaba caliente, apretada, abierta. Empecé a moverme. Ella me cruzó las piernas alrededor de la cintura.

—¡Sí, cielo!... Es perfecta... Más fuerte.

La embestí con ritmo. Le agarré los pechos. Le solté el pelo. Le besé el pie cuando lo levantó hasta mi cara. Estábamos los dos cerca y se notaba.

—Córrete dentro, primo. Yo me cuido.

—¿No me vas a dar más primitos?

—¡Calla y dame!

Me corrí con un jadeo que se oyó hasta en el portal. Ella se rio. Yo me reí. Nos quedamos un rato así, abrazados, sin separarnos, ella sentada en la camilla y yo de pie entre sus muslos.

—Vaya máquina —dijo cuando se levantó—. Ayúdame a bajar, que me tiemblan las piernas.

—Si llego a saber que eras así...

—¿Me habrías entrado en la boda de Andrés?

—Tú sabías cómo te miraba.

—¿Para qué crees que era ese vestido?

***

Esa fue la primera vez. Hubo muchas más. Algunas en la cabina, otras en el piso pequeño que se había alquilado detrás del gabinete. Lorena me apuntaba a la última cita del día cada viernes y se aseguraba de que no hubiera nadie en la sala. A veces, sin embargo, sí había alguien. Y entonces aprendí lo que hacía el gabinete por las noches.

Algunas de aquellas clientas de confianza, las que mejor me miraban desde la primera semana, terminaron pidiéndole a mi prima un favor que ella sabía cobrar. Yo era ese favor. Lorena me las presentaba con una sonrisa, cerraba la puerta y nos dejaba el resto a nosotros, aunque casi siempre se quedaba a mirar y, al rato, a participar.

Terminé la temporada de natación con la piel sin un pelo y sin ganas ya de bajar tiempos. Pero gané otra cosa. Una prima nueva, un negocio en el que echar una mano —y otras partes—, y un secreto de barrio que ninguno de mis tíos volverá a sospechar nunca.

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Comentarios (1)

NachoPzMar

Que arranque tan inesperado!!! me engancho desde la primera linea y ya no pude soltar el relato. Muy bien narrado

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