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Relatos Ardientes

Mi hermana entró en mi cuarto a las tres de la madrugada

Somos una familia muy normal. Mi padre trabaja como ingeniero técnico en la planta automotriz del pueblo desde hace casi treinta años, y mi madre, dos años menor que él, es diseñadora de carrocerías en la misma empresa. Una vida estable, sin sobresaltos. La clase de familia que cualquier vecino describiría como aburrida si la viera desde fuera.

Con mi hermana Renata nos llevamos apenas un año. Siempre fue la típica niña insoportable: estirada, presumida, listilla. Una de esas personas que te corrigen la forma de sostener el tenedor en la cena. Pero era mi hermana, así que aguantarla formaba parte del paquete.

Lo que no podía ignorar, por más que me costara reconocerlo, era que se había puesto buenísima. La natación, que llevaba haciendo desde los nueve años, le había moldeado un cuerpo que cualquiera notaba al pasar. Y había heredado los rasgos finos de mamá: pómulos altos, boca grande, ojos color miel. Vivir al lado de ella era una tortura permanente, sobre todo porque mis padres me habían encargado acompañarla a todos lados desde que íbamos juntos al instituto.

Pero esto no va de mi hermana. Al menos, no todavía.

Renata tenía la costumbre de traer amigas a casa por la tarde, oficialmente para estudiar. Eran tres normalmente, todas igual de coquetas, todas con esa mezcla de timidez fingida y descaro que tienen las chicas de diecisiete años. Y todas, sin excepción, encontraban cualquier excusa para llamar a mi puerta.

—Andrés, ¿me echas una mano con esto?

—Andrés, ¿tienes una calculadora?

—Andrés, ¿sabes resolver esta ecuación?

Entre las cinco y las seis de la tarde, mis padres todavía no habían vuelto del trabajo. Esa hora era mía. Mía y de mis pajas, normalmente. Tenía mis páginas favoritas, mis preferencias claras —los pechos grandes me ponían enfermo— y un ritual bien afinado. Hasta que un miércoles cualquiera, mirando una de esas fotos, se me ocurrió la idea.

Camila era la más preguntona del trío. Siempre era ella la que llamaba primero. Así que la siguiente vez que la oí decir desde el otro cuarto que iba a consultarme algo, dejé la pantalla del ordenador abierta a propósito. Una mujer de pechos enormes ocupando todo el monitor.

—Andrés, ¿puedo pasar?

—Pasa.

Camila entró con su carpeta apretada contra el pecho, los labios ya entreabiertos en su sonrisa de siempre. Me miró, miró el ordenador, volvió a mirarme. No cerré la imagen.

—¿Sabes calcular esta ecuación?

Me acerqué a su silla como si nada y le puse la mano en la espalda mientras le explicaba el procedimiento. Mis ojos no estaban en el cuaderno. Estaban en su escote. Ella se dio cuenta y, lejos de apartarse, se inclinó un poco más hacia mí.

—Oye, veo que te gustan los pechos —dijo en voz baja, mirando hacia la pantalla.

Fingí pánico.

—Ay, joder, qué idiota soy, ni me había dado cuenta de que estaba abierto —cerré la ventana con un gesto teatral y bajé la mirada—. No le digas nada a Renata, por favor. Es mi debilidad, no puedo evitarlo.

—¿Y los míos qué tal?

Lo dijo sin parpadear. Y antes de que yo pudiera responder, se levantó la blusa, se bajó el sujetador y dejó dos pechos pequeños y firmes a la altura de mi cara. Pezones rosados, erizados de golpe. Yo no había hecho absolutamente nada y la chica ya estaba medio desnuda en mi habitación.

—Son perfectos —murmuré, y era verdad.

Le pedí permiso solo con la mirada y los acaricié primero con las yemas, después con las palmas. Mis manos temblaban, pero el temblor era calculado. Necesitaba que me viera nervioso, inofensivo, agradecido.

—No te hagas el inocente, Andrés —se rio—. En el instituto se cuentan cosas de ti.

No contesté. Bajé la boca y le cubrí un pezón. Camila echó la cabeza hacia atrás y soltó un sonido que tuve que ahogar con un beso. Besaba mejor de lo que esperaba. Me levanté un segundo, eché el pestillo y volví.

En la cama nos desnudamos sin hablar. Su cuerpo era un milagro de adolescencia: caderas estrechas, piel tirante, una mancha de bronceado donde había llevado el bikini ese verano. Me coloqué sobre ella al revés, los dos boca abajo, y dejé que me la chupara mientras yo le lamía despacio. Lo hacía mejor de lo que cabía esperar de alguien que se hacía la tonta en clase.

Tuve que concentrarme para no terminar en su boca demasiado pronto. Trabajé su clítoris con paciencia, con la lengua plana primero, después en círculos pequeños, hasta que sentí cómo sus muslos me apretaban la cabeza y se quedaba muda. Justo en ese momento le solté la carga en la boca. Se la tragó entera. Yo hice lo mismo con ella.

Nos vestimos en cinco minutos. Le puse el dedo sobre los labios.

—Ni una palabra. Es nuestro secreto.

Ella asintió. Pero yo sabía que esa misma noche se lo iba a contar a sus amigas. Era exactamente lo que necesitaba.

***

El miércoles siguiente no había entrenamiento. Las tres vinieron a casa después del instituto y se metieron en el cuarto de Renata. A los quince minutos llamaron a mi puerta. Esta vez era Daniela.

—¿Puedo pasar?

—Adelante.

La pantalla del ordenador volvía a tener una foto de pechos. Daniela ni siquiera fingió interés por la tarea que llevaba en la mano.

—Andrés, ¿tú crees que las mías son más grandes que las de Camila?

Se quitó la blusa antes de que terminara la pregunta. Y sí, eran más grandes. Mucho más grandes para su edad. Pero no iba a entrar en esa competición absurda, así que me arrodillé delante de ella y se las besé con calma, primero una, después la otra, igualándolas.

—Son tremendas, Daniela. Y son tuyas. Eso es lo único que importa.

Cerré con pestillo. Nos desnudamos. Esta vez ella tomó la iniciativa: se la metió en la boca con una urgencia que me obligó a apartarla a los pocos minutos.

—Espera, espera, que me corro.

—Déjame seguir un rato.

—Después. Ahora te toca a ti.

La tumbé y bajé. Lamí despacio, sin prisa, hasta que empezó a moverse contra mi cara.

—Ay, qué bien lo haces, cabrón… se nota que tenéis algo en la familia —murmuró entre dientes.

El comentario me pasó por encima en ese momento. Estaba demasiado concentrado en encontrarle el orgasmo. Pero la frase me quedó grabada en algún sitio. Algo en la familia.

La levanté, la apoyé contra el borde de la cama y la rocé sin entrar todavía.

—Te voy a follar.

—Sí, pero no termines dentro. ¿Tienes condón?

—No.

—Mejor.

Entré despacio, después rápido. No era virgen. Sus paredes me apretaban con una experiencia que no encajaba con su cara de buena estudiante. A los pocos minutos los dos hacíamos un ruido que seguro se oía desde el cuarto de mi hermana. Salí justo a tiempo y le terminé encima de la cara. Se relamió sin pudor.

—Ni una palabra —volví a decirle.

Ella sonrió, asintió, y se fue.

***

Esa noche, en la cena, Renata estaba rara. No me miraba. Hablaba con mamá del entrenamiento pero con los ojos fijos en el plato. Yo, hasta ese momento, no había pensado en ella de esa manera ni una sola vez. Pero la frase de Daniela seguía rondándome —algo en la familia— y por primera vez la miré como se mira a alguien que sabe.

Después de la serie, mis padres se fueron a dormir. Renata me agarró del brazo cuando me levantaba del sofá.

—Quédate un rato.

Volví a sentarme. Le traje un vaso de agua. Ella sostenía el suyo con las dos manos, como si pesara.

—Mis amigas se han portado bien, ¿no? —dije, tanteando.

—Andrés, no sé cómo decírtelo.

—Son unas salidas tus amigas, ya lo sé.

—Llevan años pensando cómo seducirte. No me extraña lo que pasó.

Se quedó callada un segundo y le devolví la pelota.

—¿Y tú, hermanita? No te conozco ningún novio.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Que a tu amiga se le escapó un comentario hoy. Algo de que vosotras tres compartís cosas que no son precisamente apuntes.

Se puso roja. Empezó a parpadear muy rápido y a los pocos segundos se le saltaron las lágrimas. Renata, la presumida, la perfecta, llorando en mi sofá por primera vez en años.

—No pasa nada —le dije, y la abracé—. Pásatelo bien con quien quieras. Yo no voy a juzgarte.

—Mi única relación con un chico fue un desastre. Y con Camila y Daniela… encontré algo que no había sentido nunca.

La abracé más fuerte. Olía a champú de coco y a sudor de natación, y yo, sin quererlo, sin pedirlo, empecé a endurecerme contra su muslo. Seguro lo notó. No dijo nada. Yo tampoco.

—Venga, a dormir. Y tráeme más amigas, ¿vale?

Nos reímos. Una risa nerviosa, demasiado fuerte para la hora que era. Le di un beso muy cerca de la comisura de los labios y le sequé las lágrimas con el pulgar. Después subí a mi cuarto, me desnudé entero y me masturbé pensando en ella. Solo en ella. Las amigas, esa noche, no existían.

***

Eran las tres de la madrugada cuando noté que las sábanas se movían.

Al principio pensé que estaba soñando. Una presión cálida, una boca húmeda. Alguien me la estaba chupando. Levanté las sábanas y vi su pelo iluminado por la luz que entraba de la calle.

Renata.

La subí hasta mi cara y le besé la boca antes de que pudiera decir nada. Empezamos con besos pequeños, después con lengua, después como si quisiéramos comernos el uno al otro. Era la primera vez que besaba a alguien sintiendo que no tenía que portarme bien.

Bajé por su cuello. Le mordí los hombros, los pechos, el ombligo. Me salté el sexo a propósito y le lamí los muslos por dentro hasta que empezó a temblar. Le lamí los pies, dedo a dedo, mientras ella aguantaba la respiración como si estuviera reteniendo un grito.

—Andrés, qué me estás haciendo… voy a correrme.

Se arqueó entera y me clavó las uñas en los hombros. Pero no había terminado. La giré boca abajo y le lamí el culo despacio, con paciencia, abriéndola con los dedos al mismo tiempo. Ella se giró sobre mí y me lo devolvió. Nunca me lo habían hecho antes y me lo estaba haciendo mi hermana. La cabeza me iba a estallar.

Pasamos un rato así, comiéndonos uno al otro, los dos haciendo el silencio más imposible. La cama estaba empapada de saliva y la mía había chorreado varias veces sin que ninguno la tocara. Renata había llegado al borde al menos dos veces seguidas.

—Hermanita —le dije al oído cuando volvió a tumbarse encima mío—. El culo es mío. Pero será otro día. Ahora te voy a follar como llevo días imaginando.

—Sí, sí, sí. Por favor.

Se sentó encima y se la metió ella misma. Apretaba más que cualquiera de sus amigas. Marcó el ritmo desde el primer segundo, lento, profundo, como si quisiera memorizar la sensación. Yo le sostenía las caderas y la acompañaba sin forzar. Quería que lo hiciera a su manera.

A los pocos minutos empezó a soltarse. Cada embestida le arrancaba un sonido ahogado contra mi cuello. Se corrió encima de mí y me empapó los muslos. Volvió a correrse otra vez. Y otra. Yo aguanté hasta que ya no pude más y le solté todo dentro sin avisar. Ni siquiera pensé en lo que estaba haciendo. Para entonces ya daba igual.

Se quedó tumbada sobre mí un rato largo, su respiración ralentizándose contra mi pecho.

—Qué tonta he sido durante tanto tiempo —susurró—. Pienso disfrutar de esto, Andrés. Sin tapujos.

Me besó una última vez, se levantó, y caminó descalza hasta la puerta. Me lanzó un beso al aire desde el umbral, como si fuera la cosa más natural del mundo, y desapareció en el pasillo.

Me quedé mirando el techo. Las sábanas hechas un desastre. La boca con su sabor todavía.

No voy a encontrar a otra mujer como ella en mi vida, pensé.

Y de hecho, no la encontré.

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Comentarios (1)

Marcos_RV

increible relato!! el titulo solo ya te atrapa, y el desarrollo no defrauda

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