La cámara que mi suegro olvidó apagar esa tarde
Llevaba tres semanas espiando aquella casa sin que nadie en la familia lo sospechara. Todo había empezado por accidente, una noche en la que el servidor de seguridad de la empresa de don Rafael, mi suegro, dejó abierta una sesión sin contraseña en mi navegador. Cámaras ocultas detrás de los cuadros del despacho. Otras camufladas en los apliques de la cocina del chalé de mi cuñado Tomás. Don Rafael las había instalado para vigilar a sus hijas, a sus yernos y a quien hiciera falta. Yo solo me limitaba a mirar.
Aquel jueves la pantalla parpadeó sola. El salón del despacho. Sillones de cuero gastado, la lámpara verde de banquero encendida, una botella de coñac abierta sobre la mesa. Don Rafael estaba de pie, con el chaleco desabotonado. Frente a él, muy recta, en el filo del sillón, estaba Camila. La rubia. La hija más aplicada, la directora financiera, la que jamás levantaba la voz en una reunión.
Pero esa tarde mi suegro no parecía contento con ella.
—Estoy harto, hija —empezó él, sin saludo, sin preámbulo—. Harto de que seas la cornuda de la empresa.
Camila levantó la cabeza despacio.
—Papá…
—El imbécil de Andrés se acuesta con todas las que se le cruzan por el pasillo. Las becarias, las clientas, la chica del catering. Y tú, tan compuesta, comiéndote la rabia en silencio.
—¿Y qué quieres que haga? —respondió ella, casi en un susurro—. ¿Que me divorcie?
—De ninguna manera. Tu matrimonio le viene muy bien a la familia. Su apellido pesa, sus contactos pesan más. Divorciada no me sirves.
—Entonces no sé qué pretendes, papá.
Don Rafael rodeó el sillón con una calma fría. Se detuvo justo a su espalda. La miró desde arriba, con esa expresión que ella había aprendido a temer desde niña.
—Si él te pone los cuernos, pónselos tú a él. Con todo el que puedas.
Camila tragó saliva.
—Papá, eso es una locura.
—Es más —la cortó él—, vas a empezar ahora mismo. Conmigo.
Antes de que ella pudiera reaccionar, las manos de don Rafael ya estaban sobre sus hombros. Una bajó hasta abrirle la blusa, dos botones que cedieron como si los conociera de toda la vida. La otra le buscó el muslo por debajo de la falda recta de oficina. Camila se tensó.
—Papá, soy tu hija.
—Ni hija ni nada —dijo él, con la voz pegada a su cuello—. O me das gusto, como una buena puta con un buen cliente, o mañana mismo Andrés y tú estáis fuera de la empresa. Tú decides.
Vi cómo a Camila se le quebraba algo por dentro. No era miedo exactamente. Era una rendición lenta, casi consciente, como si parte de ella llevara mucho tiempo esperando aquella excusa. Llevó una mano hasta la bragueta de su padre, con dedos que temblaban menos de lo que deberían. Le bajó la cremallera. Le sacó la polla.
—Veo que vas comprendiendo —murmuró él.
Don Rafael se sentó en el sofá, se quitó los pantalones y los calzoncillos. Camila se arrodilló entre sus rodillas. No puedo creer que esté haciendo esto. Pero su boca ya se cerraba en torno al miembro de su padre. Lo chupó despacio, sin mirarlo, concentrada como en cualquier informe trimestral.
—Mi niña —gimió él—, el cabrón de tu marido tirándose a cualquier puta y tiene en casa una mamadora excepcional.
Ella no contestó. Aceleró el ritmo. Don Rafael cerró los ojos un momento, y luego le tiró suavemente del pelo para apartarla.
—Suficiente. Quiero follarte.
Camila se incorporó. Se desabotonó el resto de la blusa con dedos rápidos. No llevaba sujetador. Se quitó las medias, el tanga negro, todo con la eficiencia de alguien que ha decidido que, ya que va a hacerlo, lo hará bien. Se subió a horcajadas sobre su padre, le cogió la polla y se la metió hasta el fondo de un solo movimiento.
El gemido que se le escapó no fue de teatro. Fue largo, sucio, real.
—Mi niña —dijo don Rafael, agarrándole las caderas—, me encanta estarte ayudando a descubrir tu lado más perra. Esto le va a dar mucho dinero a la familia.
—Papito —jadeó ella, ya cabalgándolo con un ritmo que la sorprendía a ella misma—, nunca pensé que con alguien de la familia fuera a sentir esto.
—Pues acostúmbrate. Cuando termine contigo, seguirás con tus hermanos.
Ella no protestó. Se dio la vuelta sin sacarse la polla, se inclinó hacia adelante apoyando las manos en las rodillas de él, y volvió a moverse, esta vez de espaldas. Don Rafael le acariciaba los muslos, le rozaba el clítoris con dos dedos, y los dos jadeaban con una intensidad que no encajaba con la calma de aquel despacho.
—Lo que me he estado perdiendo —murmuró él, casi para sí mismo— por no entender lo putas que podéis ser las hijas y lo bien que se disfruta de vosotras.
La hizo levantarse. La dobló sobre el escritorio, contra los papeles, y la penetró por detrás con un golpe seco. Camila se aferró al borde de la mesa.
—Papito, esto es divino. Mucho mejor que con Andrés.
—Pues ya sabes —respondió él, embistiéndola con fuerza—, conviértelo en el cornudo más grande de la ciudad.
Cuando ella estuvo a punto de correrse, don Rafael la tumbó sobre la alfombra persa y se colocó encima. Le abrió las piernas, se hundió otra vez. Camila gritó. Un grito largo, que se parecía a la liberación.
—Papito, me corro.
Y se corrió, con el cuerpo arqueado, las uñas clavadas en los hombros de su padre. Él aguantó unos segundos más, hasta que se vació dentro de ella, sin sacarla, sin avisar.
Estuvieron unos minutos en silencio, recuperando el aire. Después don Rafael volvió al sofá, todavía desnudo, todavía firme. Le hizo una seña con dos dedos.
—Aún no he terminado contigo, mi niña.
Camila se acercó sin discutir. Se arrodilló entre sus piernas y volvió a metérsela en la boca. Esta vez con menos vergüenza. Esta vez incluso con una sonrisa pequeña.
—Cariño —dijo él entre gemidos—, deberías hacerle esto a los chicos del consejo. Para incentivarles.
Ella siguió chupándole, sin contestar. Cuando él volvió a tener ganas, la tumbó en el sofá, le abrió las piernas y la folló otra vez, despacio, mirándola a los ojos. Camila ya no apartaba la mirada. Se corrió antes que él. Después se corrió él, vaciándose otra vez dentro.
La pantalla se quedó en negro.
***
Pasaron casi cuatro días hasta que el sistema volvió a conectarse. Esta vez la cámara estaba en otra parte: la cocina del chalé de Tomás, mi cuñado. Encimera de mármol negro, azulejos hexagonales, un ramo de tomillo seco colgado del techo. Daniela, la mujer de Tomás, estaba allí. Y con ella, Camila.
Las dos cuñadas se habían propuesto una tarde de cocina conjunta. Hacía meses que apenas se hablaban, desde aquella discusión absurda en la cena de Navidad, y aquello era un intento simbólico de reconciliación. Iban a hacer canelones. Daniela picaba cebolla, Camila pelaba zanahorias.
—Cuñadita —dijo Camila de pronto, dejando el cuchillo—, vaya culo tienes.
Daniela se rio, sin volverse del todo.
—¿Perdón?
—Que vaya culo tienes. Ya entiendo por qué Tomás está tan loco contigo.
Antes de que Daniela pudiera responder, Camila ya estaba detrás de ella. Le levantó la falda. Le apartó el tanga a un lado con dos dedos. Y, sin pedir permiso, le hundió uno de esos mismos dedos hasta el fondo.
—Camila…
—Habíamos quedado en arreglar lo nuestro, ¿no? —murmuró Camila contra su nuca—. Pues se me ocurre una manera mejor que los canelones.
Daniela no contestó. No retiró las caderas, no apartó la mano, no dijo no. Camila lo interpretó como invitación, como probablemente lo era. Le bajó las bragas hasta los tobillos, le subió una pierna sobre el taburete alto de la encimera, y se arrodilló entre sus piernas.
El coño de Daniela quedó completamente abierto. Camila empezó a masturbarla con dos dedos, lentos, deliberados, alternando lengua y manos.
—Dime, cuñada —jadeó Camila, levantando la cabeza un instante—, ¿mi hermano solo te folla con la polla, o también te lo hace con los dedos?
Daniela ni siquiera intentó contestar. Tenía los ojos cerrados, la cabeza apoyada contra el armario, una mano agarrada al canto de mármol. Estaba a un paso de correrse cuando, de repente, Camila se levantó.
—Espera ahí. Vuelvo en un minuto.
Salió de la cocina y volvió enseguida. Traía algo en la mano. Un consolador de silicona, color piel, con arnés de cuero negro. Lo dejó sobre la encimera con un golpe seco.
—Date la vuelta —ordenó—. Hoy voy a follarte como te folla mi hermano.
Daniela obedeció sin decir palabra. Apoyó las dos manos en la encimera, separó las piernas. Camila se ajustó el arnés sobre los vaqueros, se acercó por detrás, alineó la punta del consolador con el coño abierto de su cuñada y se lo metió de una embestida.
Daniela soltó un gemido grave que rebotó contra los azulejos. Camila la agarró por las caderas y empezó a embestirla con un ritmo firme, casi marcial.
—Dime, cuñadita —jadeó—, ¿te gusta más esta o la de mi hermanito?
Daniela no respondía. Solo gemía. Pero el gemido cambió de tono, se volvió más agudo, más sucio, y a Camila se le iluminó la cara. Sabía perfectamente lo que significaba.
—Nunca me había imaginado que esto fuera tan adictivo —murmuró Camila, mirando cómo se movía el aparato—. Ahora entiendo a los hombres. Meterle algo dentro a una mujer y oírla gemir así es alucinante.
Daniela se corrió contra la encimera, con un grito que se le quedó atrapado en la garganta. Cuando recuperó el aliento, se dio la vuelta y abrazó a Camila por el cuello. Le dio un beso largo, sin prisa.
—Gracias, cuñada —susurró—. Hacía mucho que no me lo pasaba tan bien.
—Aún no he terminado contigo —respondió Camila, sonriendo.
—Déjame a mí ahora.
Daniela se arrodilló, le bajó los vaqueros y el arnés a Camila, y le devolvió todo lo recibido con la lengua. Camila, apoyada contra la encimera, los brazos cruzados sobre el pecho, gemía con la cabeza echada hacia atrás.
—Daniela, comes el coño mejor que nadie. Andrés en su vida me lo ha hecho.
—¿En serio?
—Ese se cree que el sexo oral es solo para él.
Cuando Camila se corrió, agarrada al pelo de Daniela, las dos se quedaron un momento apoyadas la una contra la otra, riéndose como adolescentes que han hecho una travesura.
—Subamos arriba —propuso Daniela—. Quiero enseñarte una cosa.
***
El dormitorio de matrimonio. Sábanas de lino claro, mesilla con un libro de tapa dura, una foto de Daniela y Tomás en la playa el verano pasado. Las dos se subieron a la cama, se besaron otra vez, se desnudaron del todo. Daniela sacó una caja de debajo del somier. Dentro, varios juguetes. Eligió un vibrador grande, plateado, con varias velocidades.
—Túmbate —dijo—. Esto te va a gustar.
Camila se tumbó boca arriba, abrió las piernas. Daniela apoyó el vibrador contra su clítoris, lo encendió en el nivel más bajo. Camila se arqueó al instante.
—Cuñada, esto es mucho mejor que cualquier polla.
—Te lo decía.
Daniela fue subiendo la intensidad despacio. Le metió el vibrador entero, lo sacó, lo volvió a meter, jugó con el ritmo. Camila no podía quedarse quieta. Las sábanas se arrugaban bajo sus puños.
—Te adoro, cuñada. Sigue, no pares.
Cuando Camila se corrió, fue largo. Tres oleadas, una detrás de otra, mientras Daniela mantenía el aparato pegado a su clítoris. Después la besó otra vez, con una ternura que era nueva entre ellas.
—Tenemos que hacer las paces más a menudo —murmuró Daniela.
—Yo creo que ya las hemos hecho —respondió Camila.
La pantalla parpadeó. Se quedó en negro. El sistema se desconectó solo.
Yo cerré la tapa del portátil despacio, con las manos algo temblorosas. Me serví un coñac. Pensé en lo que acababa de ver, en las dos mujeres a las que conocía desde hacía años, en el hombre al que llamaba suegro. Pensé en mi propia mujer, dormida en el piso de arriba, ajena a todo.
Y supe, con una claridad que me dio frío, que en cuanto la próxima cámara se conectara, yo volvería a estar delante de la pantalla.