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Relatos Ardientes

Aquella tarde con mi primo en la finca de El Romeral

Han pasado muchos años desde aquel verano y, sin embargo, recuerdo la tarde con mi primo Damián como si la hubiera vivido la semana pasada. Yo tenía dieciocho años recién cumplidos y muy pocas horas de cama a mis espaldas. Era una chica de provincias, curiosa, despierta, pero todavía sin saber muy bien dónde estaba la frontera entre la travesura y el desastre.

Vivíamos en una capital del interior, una de esas ciudades manchegas donde el agosto se pega a la piel y no deja respirar. Aquel año coincidieron las fiestas patronales con la visita de mi primo, que vivía a unos ochenta kilómetros, en un pueblo de casas blancas y poca sombra. Damián tenía veinte años, jugaba al fútbol en el equipo del pueblo y llegó a casa con la mochila al hombro y una sonrisa que mi madre celebró sin sospechar nada.

Las fiestas estaban de retirada. Era el último día y los dos arrastrábamos un cansancio raro, hecho de noches cortas, vermús a media mañana y demasiada feria. Sobre las cinco de la tarde, después de una siesta larga, nos sentamos en el banco de madera de la galería, en la única parte fresca de la casa. Mis padres descansaban dentro. Damián fumaba sin ganas y yo lo miraba de reojo, aburrida, sin saber qué hacer con la tarde.

—Vámonos a algún sitio —le dije.

—¿A dónde?

—A El Romeral. Coge la moto de mi padre.

La moto era una vieja Guzzi color burdeos que mi padre cuidaba como si fuera un perro. La habíamos sacado más veces de las que él imaginaba. Damián aceptó sin pensarlo, encantado de quitarse de encima ese sopor pegajoso. El Romeral era una finca del ayuntamiento a unos veintiocho kilómetros, llena de paseos de álamos y plátanos centenarios, con un pozo de agua ferruginosa y, al fondo, una pequeña ermita dedicada a la virgen del Refugio. La fiesta de la virgen se celebraba en septiembre, así que en agosto el sitio estaba prácticamente desierto.

Salimos del centro despacio. Yo iba detrás, agarrada a su cintura como cualquier chica al primo que la lleva de paquete. Pero en cuanto la ciudad quedó atrás y la carretera se abrió entre rastrojos amarillos, algo cambió. Tal vez el viento. Tal vez los kilómetros. Tal vez la falta de testigos.

Me arrimé un poco más. Luego un poco más. Acabé pegada a su espalda con los pechos aplastados contra su camiseta de algodón. Llevaba un sujetador fino y notaba cómo los pezones se me endurecían contra él. Damián no decía nada, pero apretaba la mandíbula. Lo veía por el espejo retrovisor.

En una recta, dejé que mis manos resbalaran por debajo de su cintura y rocé, con todo el descaro del mundo, el bulto de su pantalón vaquero. No fue casual y los dos lo supimos. Damián frenó un instante y volvió a acelerar sin mirar atrás. Yo apoyé la barbilla en su hombro y noté, bajo la tela, cómo su polla se ponía dura.

***

Llegamos a El Romeral media hora después. El paraje estaba vacío, como yo había imaginado. Solo el rumor de las cigarras y un viento perezoso entre las hojas. Dejamos la Guzzi a la sombra de un plátano enorme y caminamos sin rumbo por el paseo principal hasta dejar atrás la fuente y la ermita.

Detrás de un seto bajo, escondido del camino, había un cuadro de hierba mullida y fresca. Damián se tumbó primero, con los brazos cruzados detrás de la nuca, mirándome con esos ojos verdes que en el pueblo le habían dado fama. Yo me dejé caer a su lado.

—Estás muy guapa hoy —dijo.

—No me digas tonterías.

—No es tontería.

Me apartó un mechón de la cara. Yo cerré los ojos un segundo y, cuando los abrí, le besé en la boca. Lo besé yo, con la cabeza fría y el cuerpo encendido, como si llevara toda la tarde planeándolo aunque era mentira.

Damián no se quedó esperando un segundo turno. Me devolvió el beso con una urgencia que no me esperaba. Sus manos se fueron directas a los botones de la blusa y los desabrochó uno a uno sin dejar de mirarme. Me quitó el sujetador con torpeza, pero con prisa, y se quedó un momento en silencio, los ojos clavados en mis pechos.

—No quiero hacer las cosas a medias, prima —murmuró—. Si tú no quieres, lo dejamos.

Quería. Quería tanto que me daba miedo decirlo en voz alta.

Asentí. Esa fue toda mi respuesta.

Bajó la boca a mi pezón izquierdo y lo chupó despacio, alternando con el otro, mordiendo lo justo para hacerme arquear la espalda. Yo sentía un calor nuevo entre las piernas, un calor que conocía solo por mis manos a oscuras y que ahora me llegaba en oleadas, imparable.

—Túmbate de lado —le pedí—. Apoya la cabeza aquí.

Le señalé mi muslo. Él obedeció con una sonrisa golfa y, antes de que yo pudiera reaccionar, se desabrochó el cinturón y se bajó la bragueta lo justo para sacarse la polla. Era grande. Más grande de lo que yo había imaginado en alguno de mis pensamientos prohibidos del verano anterior. Estaba caliente y tan dura que las venas se le marcaban contra el dorso.

—Pruébala —dijo.

Yo, que apenas sabía nada de nada, me incliné y abrí la boca. No me cabía entera. La cogí con la mano por la base y me concentré en la cabeza, lamiéndola como si fuera un helado que se derretía al sol. Damián me acariciaba el pelo y me marcaba el ritmo sin forzar. Cuando se hundía más adentro, me llegaba al fondo del paladar y tenía que retirarme para respirar. Él reía bajito, satisfecho.

—Despacio. No tenemos prisa.

***

Después fue él quien tomó las riendas. Me hizo levantarme y me bajó los pantalones y las bragas a la vez, de un tirón limpio. Yo me dejé hacer, descalza sobre el césped, sin pensar ya en nada que no fuera la tarde, su cuerpo y la curiosidad nueva que me empujaba.

Me tumbó en el banco de madera que había junto al seto. Me abrió las piernas con calma y se arrodilló entre ellas. Le bastó un primer roce con los dedos para confirmar lo que yo no me atrevía a decir en voz alta: estaba mojada, mucho más mojada que cualquiera de las veces que me había tocado a oscuras en mi cuarto.

—Joder, prima —susurró—. Estás empapada.

Bajó la cabeza entre mis muslos y empezó a comerme el coño con una precisión que no tenía derecho a tener un chico de veinte años. Lamía despacio, dibujaba círculos con la punta de la lengua, alternaba con el clítoris. A veces metía un dedo, a veces dos, sin perder el ritmo. Yo apretaba los puños contra la madera del banco y mordía el aire para no gritar.

El primer orgasmo me cogió de improviso. No fue como los míos en casa, rápidos y silenciosos. Fue una corrida larga, en oleadas, que me dejó las piernas temblando y los ojos húmedos. Damián no paró hasta que se me escapó un quejido de rendición y le aparté la cara con los dedos.

—Ven —le dije.

Subió encima de mí. Se colocó entre mis piernas y, con una mano, guió su polla hasta la entrada. Empujó despacio. Yo era nueva en aquello, no virgen pero casi, y me dolió un poco al principio. Damián lo notó y se quedó quieto, dándome tiempo. Cuando empecé a moverme yo, supo que podía seguir.

Al cabo de unos minutos ya iba con fuerza, entrando y saliendo con una furia contenida, mirándome a la cara como si quisiera grabarse la escena. El banco crujía bajo mi espalda. Yo le clavaba las uñas en la espalda y le mordía el hombro para no gritar. La segunda corrida me llegó así, con sus embestidas, y fue todavía más larga que la primera.

***

Pensé que iba a acabar dentro de mí. No fue eso lo que él quería.

Damián se retiró, se sentó un momento en la hierba y rebuscó en el bolsillo trasero del pantalón. Sacó un botecito pequeño de vaselina. Lo miré sin entender al principio, y enseguida entendí.

—Por ahí no he probado nunca —dije.

—No te voy a hacer daño. Te lo prometo.

Me hizo ponerme a cuatro patas sobre el césped, con el pecho apoyado en el banco. Untó vaselina con paciencia, primero un dedo, después dos, dándome todo el tiempo del mundo para que mi cuerpo se acostumbrara. Yo respiraba hondo y procuraba relajarme. La sensación era extraña, nueva, ni del todo cómoda ni del todo desagradable.

Cuando notó que cedía, retiró los dedos y empujó la polla muy despacio. Entró un poco. Se quedó quieto. Entró un poco más. Yo me agarraba al borde del banco con las dos manos. Él me acariciaba la espalda y los costados, sin prisa, hasta que me oyó exhalar de otra manera.

Entonces empezó el vaivén. Lento al principio, más rápido después, sin perder nunca el control. Yo no me corrí esa vez, pero sentí algo distinto, una mezcla de pudor y poder que no sabía nombrar. Damián aguantó lo que pudo y, cuando ya no pudo más, se descargó dentro de mí con un gemido ronco que se quedó atrapado entre los álamos.

***

Después nos fumamos un cigarro tirados en la hierba, pasándolo de una boca a otra. Yo notaba el cuerpo flojo, satisfecho, ligeramente dolorido en sitios nuevos. Damián tenía la mirada perdida en las copas de los plátanos.

—Una más —dijo de repente.

—¿Una más qué?

—Para cerrar la tarde.

Me hizo arrodillarme. Se sentó en el banco con las piernas abiertas y me colocó la polla entre los pechos. Me pidió que se la apretara con las dos manos y que subiera y bajara. Cuando la cabeza asomaba por arriba, me la metía un instante en la boca, como si fuera un caramelo. Damián apretaba los dientes y respiraba por la nariz.

No tardó mucho. Cuando llegó, no se retiró. Se corrió entre mis pechos y me salpicó la barbilla y la mejilla con un chorro caliente que me dejó marcada y, durante un segundo, también orgullosa. Era la primera vez que un hombre acababa así por mi culpa.

***

Nos lavamos como pudimos en la fuente de agua agria, a manotazos rápidos, riéndonos como dos críos que han hecho una trastada. Recogimos la ropa, montamos en la Guzzi y volvimos a casa con el sol bajando por la espalda. En el camino de regreso yo no me arrimé a él. No hizo falta. Algo había cambiado y los dos lo sabíamos sin necesidad de decirlo.

Cuando llegamos, mi madre estaba poniendo la mesa en la galería. Nos miró, miró el reloj y nos preguntó dónde habíamos estado.

—En El Romeral —contesté—. Vimos la ermita y nos tumbamos un rato en la hierba.

Mi madre sonrió, satisfecha.

—Así me gusta, hija. Que disfrutéis de la naturaleza.

Damián bajó la cabeza para que no se le viera la sonrisa. Yo me fui al cuarto a cambiarme, todavía con la piel oliendo a vaselina, a hierba y a primo, y supe que aquella tarde no se la iba a contar a nadie nunca. Y, sin embargo, aquí estoy, tantos años después, contándola por escrito como si volviera a tener dieciocho.

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Comentarios (4)

NachoCba91

Tremendo relato, me dejo sin palabras!!!

SilRios

Por favor continua la historia, quede con ganas de saber que paso despues. Muy buen comienzo

Juanma_Rural

Me recordo a verano en el campo cuando era chico, aunque nada tan picante jaja. Muy bien narrado, se siente real

Luna_de_noche

increible como lo describis, casi me transporta ahi

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