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Relatos Ardientes

Mi madrastra dormía en el cuarto al lado del mío

Cuando mi padre nos sentó a mi hermana y a mí en el comedor para anunciarnos que se casaba otra vez, ninguno de los dos protestó. La casa era enorme, nuestra madre se había ido hacía años, y supusimos que Camila iba a ser una presencia más a la que acostumbrarnos. Esa impresión duró exactamente hasta el segundo en que cruzó la puerta con tres valijas y un mat de yoga bajo el brazo.

Camila medía un metro sesenta y ocho, tenía las caderas anchas y una cintura estrecha que hacía que cada vestido le cayera como en una percha. Era delgada pero firme, con los hombros separados de una bailarina y un cuello largo que se hacía notar cada vez que se recogía el pelo rubio en un rodete. Cuando se ponía top deportivos para entrenar, se le marcaba la línea de los abdominales y la curva trabajada de los glúteos.

Apenas tenía ocho años más que yo y diez más que mi hermana. Yo estaba por cumplir veintisiete, terminando la residencia de cirugía y pagándome un crédito para mudarme con Lucía, mi novia desde hacía tres años. La llegada de Camila me cambió varios hábitos: dejé de andar en calzoncillos por los pasillos, dejé de bañarme en la tina con hidromasaje del cuarto principal, y dejé de invitar a Lucía los viernes para no cruzármela en bata.

Camila era metódica de un modo casi militar. Se despertaba a las seis, salía a correr cuarenta minutos, desayunaba fruta y café, y se iba a su agencia de publicidad. Volvía a las siete y media de la tarde, hacía una hora de yoga en la sala de juegos del primer piso y recién después se duchaba y bajaba a coordinar la cena. Mi padre viajaba seguido a la cabaña que tenía en la sierra, casi siempre con ella, así que rara vez nos quedábamos solos en casa.

El running y el yoga le mantenían el cuerpo en un punto difícil de creer. Cuidaba lo que comía, elegía la ropa con un criterio que parecía calculado para los espejos: pantalones que le marcaban los muslos largos, blusas que le ajustaban la cintura, vestidos que destacaban sus piernas de bailarina. Tenía las tetas medianas y firmes, los pómulos altos, los labios anchos, y siempre dejaba al pasar una estela de un perfume dulce y caro. Era educada, no se metía en lo nuestro, no preguntaba más de la cuenta. Una mujer atractiva que sabía perfectamente lo que era.

Con mi padre tenían una relación correcta y aburrida. Salían los sábados, se acompañaban a los compromisos, pero la intimidad había caducado rápido. A los pocos meses de mudarse, Camila empezó a dormir en cuartos separados. En cuanto mi padre lanzaba el primer ronquido, ella agarraba su almohada y se mudaba al cuarto de huéspedes, que estaba pegado al mío, separado por una pared finita por la que se escuchaba todo.

Ese detalle me desarmó. Por dos razones: porque su sola presencia ya me inquietaba, y porque a partir de ese momento empecé a calcular cada cosa que yo hacía pensando en si ella podía oírme. Empecé a sentir mucho más que curiosidad por la mujer de mi padre. Tenía apenas unos años más que yo, se movía con una sensualidad estudiada al milímetro, y dormía a treinta centímetros de mi cabeza. En mi cabeza se armaron dos hipótesis: o tenía un amante secreto que disimulaba bien, o estaba acumulando ganas a una velocidad peligrosa. En cualquiera de los dos casos, no me molestaba ser yo el que aliviara la situación.

De a poco fui acomodando mis horarios a los suyos. Cuando volvía de correr y se preparaba el desayuno, ya estaba yo en la cocina con las tostadas «blanquitas» como le gustaban y el café recién hecho. Le hacía preguntas sobre temas que sabía que la entusiasmaban —cine francés, viajes, vinos del sur— para que sintiera que la escuchaba en serio. Y dejaba caer comentarios calibrados, sin pasarme: «hoy estás más linda que nunca», «ese vestido te queda criminal», cuando me ofrecía llevarme algo de comer al hospital.

Con los meses, Camila se aflojó. Reía más fuerte, me pedía opinión sobre cosas que antes resolvía sola, me tocaba el brazo cuando contaba algo. Yo estaba a meses de casarme con Lucía y, lo reconozco, quería tirar mis últimos cartuchos. ¿Y qué mejor escenario que mi propia casa, con esta mujer que cada día se ponía más cerca?

***

Avancé un viernes por la tarde. Mi padre estaba en la sierra, mi hermana en lo de una amiga, y Camila había empezado su rutina de yoga puntual a las siete. Yo bajé a la sala de juegos con el control de la consola en la mano, como si pasara por casualidad. Me senté en el sillón a unos tres metros del mat. Encendí el televisor. Le puse el sonido bajo.

Camila tenía una calza blanca finísima en la que se le marcaban con detalle quirúrgico los pliegues de la entrepierna y los dos cachetes de un culo que se paraba cada vez que estiraba las piernas. Llevaba una remera holgada, sin corpiño, y las tetas se le movían sueltas con cada postura. En cada estiramiento se quedaba unos segundos quieta, suspendida, como si supiera perfectamente que la estaba mirando.

Yo no podía sacarle los ojos de encima. La erección llegó sin pedir permiso. Traté de disimularla con un almohadón en el regazo, pero la tela del short deportivo no daba para mucho.

—Tomás, ¿me ayudás a elongar? —me pidió en una pausa.

Si me paraba iba a delatar el bulto. Pero mi único objetivo en ese momento era exactamente que ella se diera cuenta. Me levanté.

Cuando me acerqué, sus ojos cayeron a la altura de mi cintura y se quedaron ahí más tiempo del necesario. No hizo ningún comentario. Me pidió que me parara frente a ella y, con un movimiento de bailarina, levantó la pierna y apoyó la pantorrilla en mi hombro. La calza blanca le quedó pegada a la concha y mi pija quedó rozándole la entrepierna sin que ninguno de los dos lo dijera en voz alta.

Camila estiró los brazos para tomarse el talón, se levantó en puntas de pie, y al hacerlo se apretó un poco más contra mí. Soltó un suspiro suave. Se quedó así varios segundos, después cambió de pierna, y volvió a frotarse contra mi tronco con la excusa del estiramiento. Sentí el calor a través de la tela. Sentí también cómo le temblaba la pierna que la sostenía.

La tomé de la cintura para estabilizarla. La acerqué un poco más. Sus tetas quedaron casi pegadas a mi pecho. Bajó la pierna y se quedó frente a mí en puntas de pie, mirándome desde abajo. Bajé las manos despacio hasta los cachetes y los apreté apenas. Mi pija volvió a encontrar el calor de su entrepierna empapada.

—Esto no está bien, Tomás —dijo, y se apretó más.

Le pasé los dedos por el borde de la calza, se la corrí un par de centímetros, y le abrí las piernas con la rodilla. Camila se colgó de mi cuello con los brazos cruzados.

—Me estás poniendo demasiado puta —susurró, y me dio un mordisco corto en el lóbulo de la oreja.

Le giré la cara y le comí la boca. Sentí cómo se le aflojaban las rodillas y cómo me clavaba las uñas en la nuca para que la besara más profundo. Metí una mano por debajo de la calza y por primera vez le toqué la piel directa: caliente, firme, perfecta. Camila gimió contra mi boca.

Se dio vuelta y me apretó el culo contra el bulto. Le sobé las tetas por debajo de la remera. Le pellizqué los pezones, que ya estaban duros desde antes. Ella bajó una mano y me agarró la pija por encima del short, y empezó a moverla con un vaivén lento, casi vengativo. Le bajé el short hasta los muslos. La cabeza de mi miembro le rozó la cintura desnuda y reaccionó como si la hubiera tocado con un cable pelado.

Le bajé un poco más la calza. Le separé las piernas con la rodilla. Acomodé el tronco entre sus muslos, justo debajo de su entrepierna, y la dejé apoyarse. Camila empezó a moverse con las caderas, frotándose de adelante hacia atrás. Cada vez que la cabeza de mi pija le tocaba el clítoris, frenaba y se quedaba quieta, esperando que la metiera. Yo la hacía esperar.

—Necesito que me la metas, Tomás —rogó—. Me pusiste muy puta. La quiero entera.

Pero seguí frotándola por afuera, dejándola que se desesperara.

—Cogeme, pendejo, no seas hijo de puta —volvió a pedirme, y me agarró la pija con la mano y se la guio ella misma.

Cuando los labios de su concha rodearon la cabeza, levantó apenas la cola e hizo presión hacia abajo. Mi pija entró sin resistencia, como si hubiera estado esperando ese hueco toda la tarde. Empecé a bombear despacio. Camila, con la mano libre, se buscaba el clítoris cada vez que yo salía hasta la mitad.

—Cogeme bien, hijo de puta, hacéme acabar —dijo, y se inclinó hacia adelante con las manos apoyadas en el sillón. Le agarré las caderas y la empecé a coger con fuerza, escuchando el choque de sus nalgas contra mis muslos en cada embestida.

Yo aguantaba el orgasmo. Quería terminar en otro lado. Le separé los cachetes con los pulgares para entrar más profundo y ella empezó a gritar sin pudor, con la cara medio enterrada en el almohadón del sillón.

—Llenámela, pendejo. Tu padre no me coge hace meses. Estoy harta. Necesito sentirla hasta el fondo —dijo, y otra vez la pija se le metió un poco más. Sentí cómo sus paredes empezaban a darme pequeñas descargas y cómo los jugos le desbordaban entre los muslos. Tuve que frenar para no acabar.

—Partime al medio. Te gusta cogerte a tu madrastra, ¿no? —me dijo, y eso me terminó de fundir el cerebro. Volví a embestir, esta vez con la pelvis pegada a su culo, frotándole el clítoris con la base.

—Ahí, ahí, seguí, me estás haciendo ver las estrellas —jadeó. Y a los pocos segundos se descompuso entera contra el sillón, temblando, con la cabeza colgando y la espalda empapada.

***

Cuando se le pasó el primer orgasmo, todavía con mi pija dentro, me pidió que me sentara. Se arrodilló entre mis piernas y se llevó toda la verga a la boca. La rodeó con los labios, la recorrió con la lengua, escupió un hilo y se la metió hasta la garganta. Le agarré la nuca y la empujé despacio. Tosió una vez, contra mi vientre, y volvió a hundirse.

—Me encanta que me ahogues con esa verga gruesa —murmuró cuando salió a tomar aire—. Dale la lechita a tu puta madrastra.

Le bombeé en la boca con la misma fuerza con la que le había cogido la concha. Camila me masajeaba los testículos con dos dedos, leyendo mi cuerpo como un mapa. Cuando sintió que la base se me ponía rígida, apretó. Acabé en su boca con un chorro largo, espeso, que ella tragó sin abrir los ojos. Después siguió chupándome unos segundos más, despacio, asegurándose de que no quedara una sola gota.

Me dio un beso corto en los labios, recogió la ropa del piso y caminó al baño del cuarto principal sin decir una palabra. La pija se me había bajado a medias. Dejé pasar diez minutos. Después subí.

Camila estaba metida en la tina con hidromasaje, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el borde. Me corrí a un costado para hacerme lugar, sin pedir permiso. Ella entreabrió los ojos y sonrió. El chorro de agua tibia me dio justo en la cintura. La pija se me volvió a poner dura en menos de un minuto.

Era la primera vez que la veía entera, sin ropa, con la piel encendida por el agua. Cuando me vio así, se puso de pie y se inclinó sobre la pija para chuparla otra vez. Después giró y me ofreció el culo a la altura de la cara. Le enterré la lengua en el botoncito tenso y perfumado.

—Ese culo no se lo doy a tu padre —me dijo con la voz quebrada cuando le metí dos dedos para empezar a abrirla—. Hace años que se lo niego.

Camila se sentó literalmente sobre mi pija. Aflojó las rodillas y la verga se le fue metiendo por el culo despacio, milímetro a milímetro, hasta que quedó clavada arriba mío con la cabeza tocándole el fondo. Le acerqué los dedos al clítoris para mantenerla caliente mientras se movía.

Empezó a subir y bajar como si llevara meses planeándolo. Cada vez que sus cachetes chocaban con mis piernas, se las separaba con las manos para sentirla más adentro. Yo le seguía frotando el clítoris. Eso la volvió loca.

—Me vas a hacer acabar de nuevo, pendejo —dijo, y se desplomó sobre mí con todo el peso. Sentí cómo le temblaba la espalda, cómo se le aflojaban los muslos. Tres movimientos más con mis manos en sus caderas y le largué un segundo chorro adentro. Camila acabó al mismo tiempo, gimiendo bajito contra mi cuello.

—Me partiste el culo, hijo de puta —dijo después, riéndose, todavía sentada arriba mío—. Ni a tu padre se lo había entregado.

Después del baño me despidió con un beso corto en los labios y se fue a dormir la siesta. Yo bajé al living, me serví un whisky y me dejé caer en el sillón.

El fin de semana recién empezaba. Mi padre seguía en la sierra hasta el lunes. Y Camila, según todos los pronósticos, ya no era exactamente la mujer de mi padre.

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Comentarios (5)

CarlosLector

increible, de lo mejor que lei en mucho tiempo en esta pagina!!!

MatiasR_2020

por favor una segunda parte!! quedé con muchisimas ganas de saber que pasó despues

ViajeroSolitario

me recordó a una situación parecida que yo viví hace años, esas cosas que no se olvidan nunca... muy bueno el relato

NocturnoPba

que caliente!!! sigan subiendo relatos asi

pepon78

jajaja me quedé enganchado desde el primer parrafo, esto es exactamente lo que necesitaba leer hoy

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