Soñé con la hermana de mi novia y desperté roto
Volví a soñar con ella, pero esta vez fue distinto, y no quiero que se me escape de la memoria. Necesito escribirlo antes de que el día lo borre todo, antes de que la rutina lo convierta en otra noche cualquiera. Porque no fue un sueño cualquiera. Fue una vida entera comprimida en una hora.
Esa tarde había llegado del trabajo con la cabeza embotada. En casa había una reunión que mi pareja no me había avisado, primos suyos, amigas de su madre, un par de niños correteando entre las sillas. Saludé con la sonrisa apretada y me escabullí al patio antes de que alguien me preguntara por el trabajo. El sol caía detrás de los tejados y el aire empezaba a oler a humo de barbacoa de otra casa.
Salí a caminar. Encendí un cigarro en la esquina y avancé sin rumbo, dejando que las piernas decidieran. No quería pensar en nada, ni en la gente que me esperaba dentro, ni en el lunes, ni en esa sensación pegajosa que llevaba semanas, esa de estar viviendo la vida de otro.
Acabé en la plaza del barrio, donde habían montado una verbena. Faroles amarillos colgando entre los plátanos, puestos de churros y de tiro al blanco, música cumbiera saliendo de un altavoz cascado. Estaba lleno de gente desconocida, igual que mi casa, pero al menos aquí podía ser invisible. Caminé entre los puestos, dejándome empujar por la multitud, y entonces, entre dos casetas, las vi.
Camila y su hermana, Mariana, jugando al tiro de aros sobre botellas. Camila reía con esa risa suya, fuerte, de pecho. Mariana lanzaba con la lengua entre los dientes. Mariana, la hermana menor de Camila, a la que apenas miraba en las cenas familiares, a la que saludaba siempre con dos besos rápidos y un «cómo te va» de oficina.
Pero esa noche, bajo los faroles amarillos, Mariana tenía algo que jamás le había visto. Un brillo, no sé llamarlo de otra forma. Llevaba el pelo castaño claro recogido en una cola alta, suelta, con mechones que se le escapaban por la nuca. La piel trigueña reflejaba la luz como si fuera oro, y los labios, sin pintar, se le curvaban con una sonrisa que parecía mantenerse sola, sin esfuerzo.
Me quedé clavado, escondido detrás de un puesto de algodón de azúcar. La miré durante minutos, sin querer parpadear. Quería grabarme esa imagen para no perderla nunca: ella riendo, los hombros sueltos, el cuerpo delgado bajo el suéter morado, las manos apuntando con el aro como si lo demás del mundo no existiera.
Y entonces me golpeó. Como un puñetazo en el centro del pecho. Lo que estaba sintiendo era imposible. Era la hermana de mi pareja. La mujer a la que yo había visto en fotos familiares durante años, la que me había abierto la puerta cien veces sin mirarme. No podía dejar a Camila para irme con Mariana. No podía siquiera mirarla así. Y, sobre todo, ella nunca me había dado la más mínima señal. Para Mariana yo era el novio de su hermana mayor, casi un mueble.
El brillo se apagó cuando me obligué a recordar todo eso. Las luces de la verbena perdieron color y los gritos de los niños se volvieron lejanos. Avancé hacia ellas con las manos en los bolsillos.
—Pensábamos que te habías perdido —dijo Camila, dándome un beso rápido.
—Demasiada gente —contesté—. Me costaba avanzar.
Empezamos a caminar las tres en fila. Mariana se desvió un par de pasos y se enganchó a mi brazo, con esa confianza de hermana adoptada. Me enseñó el premio que había ganado: un peluche de oso con un sombrero ridículo.
—Mira lo que conseguí, cuñado —dijo riéndose.
Yo asentí sin mirarla, porque sabía que si la miraba volvería a sentirlo. Pero al final giré la cara. Y ahí estaban sus ojos.
Claros, grandes, con ese cerco más oscuro alrededor del iris. Se clavaron en los míos sin avisar. Y de pronto el ruido se apagó. Camila, los niños, la música, los puestos, la luz. Todo se borró. Quedamos los dos parados en mitad de la plaza, dentro de una burbuja en la que el resto del mundo había decidido no existir.
La miré sin decir nada. Sentía el vacío en el pecho, ese hueco que llevaba semanas, meses, quizá años. Y supe, con la lucidez extraña que tienen los sueños, que ese hueco solo cabía rellenarlo con ella. Que llevaba toda la vida buscándola sin saberlo.
Esto está mal. Esto no puede estar pasando.
Pero pasaba.
Le acaricié la mejilla con el dorso de la mano. Ella no se apartó. Le pasé la otra por la cintura y la atraje despacio, lo justo para sentir su respiración entrecortada en la barbilla. Era más bajita que yo. Tuvo que levantar la cara para mirarme, y yo bajé la mía hasta que nuestras frentes se rozaron.
—No deberíamos —susurré, sin saber a quién se lo decía.
—Lo sé —contestó ella—. Pero llevo años queriendo que me folles.
Y nos besamos.
***
El beso no fue limpio ni elegante. Fue el beso de dos personas que llevan años conteniendo algo sin saber que lo contenían. Le mordí el labio y ella suspiró dentro de mi boca, metiéndome la lengua hasta el fondo, buscándome los dientes, chupándome como si quisiera tragarme entero. Sentí que los pies se me despegaban del suelo y que las luces de la verbena se diluían como si alguien hubiera apagado todos los faroles a la vez. Ya no estábamos en la plaza. Ya no estábamos en ningún sitio.
Cuando volví a sentir algo bajo el cuerpo, era una cama. Una cama con sábanas blancas, en una habitación sin paredes claras, con una luz dorada que entraba de algún lugar que yo no veía. Mariana estaba acostada sobre mi pecho, con la oreja pegada a mi corazón, el pelo desparramado por la camiseta. Le acaricié la nuca, despacio, como si tuviera miedo de despertarla.
Le besé la frente, le olí el pelo. Olía a champú barato y a humo de feria. Pensé que ese olor lo iba a recordar siempre.
Ella empezó a besarme el cuello. Pequeños besos, sin prisa, subiendo hacia la mandíbula. Cuando llegó a mi boca, yo ya tenía la polla dura empujándome contra el pantalón, marcándose contra su muslo. Ella se dio cuenta y sonrió sin separarse.
—Te la noto —murmuró—. Me la vas a meter entera, ¿verdad, cuñado?
La palabra me atravesó como una descarga. La sujeté de las mejillas con las dos manos y le devolví el beso como si me fuera a quedar sin aire al siguiente segundo, mientras ella movía la cadera contra mi bulto, restregándose el coño por encima de la tela.
Bajé la mano por su espalda, lentamente, palpando cada vértebra bajo el suéter morado. Llegué a la cintura del pantalón. Ella levantó una pierna y me la pasó por encima de la cadera, abriéndose, invitándome. Metí la mano por dentro de la tela, le acaricié los muslos, las nalgas, la piel con la carne de gallina. Le bajé las bragas de un tirón hasta la mitad del culo y le colé dos dedos entre las nalgas, buscando hasta abajo. Estaba empapada. Los dedos se hundieron sin resistencia en un coño caliente y resbaladizo que se cerró alrededor de ellos como si llevara horas esperándome.
—Joder, cómo estás —le dije al oído.
—Así me pones tú desde hace años —contestó, y me mordió el lóbulo.
Subí por debajo del suéter con la mano libre. Tenía las tetas pequeñas, calientes, los pezones duros como piedras. Le pellizqué uno con el pulgar y el índice y ella soltó un gemido ronco, largo, empujando la cadera contra mis dedos, follándose ella misma mi mano.
Se incorporó sin separar los labios y se sacó el suéter por la cabeza. Quedó desnuda de cintura para arriba, sentada sobre mí, las costillas marcándose un poco, el pelo cayéndole sobre los hombros, las tetas apuntándome a la cara. Me cogió la mano y se la puso sobre un pecho, apretándomela contra el pezón. Cuando intenté levantarme para llevármelo a la boca, me empujó suavemente para que me quedara recostado, y se inclinó ella hasta que las tetas me rozaron los labios.
Los mamé sin prisa, uno y otro, chupándole los pezones con la boca abierta, mordiéndoselos justo lo suficiente para hacerla gemir más fuerte. Ella gemía despacio al principio, con la frente apoyada en el cabezal de la cama, los secretos saliéndosele por la boca uno detrás de otro, y después empezó a decir guarradas, con la voz cortada.
—Chúpame las tetas… así… más fuerte… ay, cuñado, si supieras cuántas veces me la he tocado pensando en ti…
Se me endureció más al escucharla. Le bajé la mano por el vientre, la metí entre sus piernas otra vez y le froté el clítoris con el pulgar mientras la tenía a horcajadas encima de mí. Ella empezó a moverse, montándome la mano, echándose hacia atrás, ofreciéndome el cuerpo entero.
***
Nos quitamos lo que quedaba de ropa como quien se quita un peso. Cada prenda que caía al suelo era un argumento moral que dejaba de pesarnos. No había culpa, no había Camila, no había feria, no había hermanas, no había barrio. Solo había deseo, y un deseo que no admitía espera.
Cuando la vi desnuda entera me quedé sin aire. El coño depilado, brillante, con los labios hinchados y separados, un hilo de flujo bajándole por la cara interna del muslo. Se tumbó boca arriba con las piernas abiertas de par en par, sin pudor, mirándome fijo mientras se pasaba dos dedos por la raja, abriéndose para mí.
—Ven —me dijo—. Cómemelo. Llevo toda la vida esperando esa boca tuya ahí abajo.
Yo le besé los tobillos, las pantorrillas, las rodillas, los muslos delgados con la piel erizada. Subí despacio, saboreándola, mordiéndole la cara interna de los muslos hasta dejarle marcas rojas. Cuando llegué a su coño, le pasé la lengua entera de abajo arriba, lento, arrastrando el sabor a sal y a mujer, y me detuve en el clítoris para chupárselo con los labios como si fuera una fruta madura.
La lengua le arrancó un grito que me pilló por sorpresa, no un gemido bajo, un grito largo que rebotó en las paredes de esa habitación sin paredes. Se cogió a las sábanas con las dos manos y empezó a mover la cintura siguiendo el ritmo de mi boca, abriéndose, cerrándose, marcándome el compás con los muslos sobre las orejas. Le metí dos dedos mientras seguía chupándole el clítoris, y ella arqueó la espalda entera hasta despegarse de la cama.
—Así, así, no pares, joder, no pares…
Le follé el coño con los dedos, curvándolos hacia arriba, buscándole el punto por dentro mientras le devoraba el clítoris. Ella se agarró de mi pelo con las dos manos y me apretó la cara contra ella, restregándose sin vergüenza, embadurnándome la barbilla y los labios. Se corrió con la boca abierta, sin sonido al principio, con todo el cuerpo temblándole, y después con un aullido largo que le salió del fondo del vientre. Su coño se apretó alrededor de mis dedos, latiendo, expulsándolos casi.
Subí con besos pequeños por el abdomen plano, dejándole el rastro de su propia humedad en la piel, por el ombligo, hasta las tetas otra vez. Hasta el cuello. Hasta la boca. La besé llena de ella, y ella se chupó su propio sabor de mis labios sin asco, gimiendo dentro de mi boca. Le susurré algo al oído que no recuerdo, alguna guarrada, y ella se rió bajito sin abrir los ojos.
—Ahora métemela —me dijo—. Métemela hasta el fondo. Quiero que me la claves como se la clavas a mi hermana.
Cuando entré dentro de ella, lo hice mirándola. Despacio, centímetro a centímetro, sin querer perderme nada, viendo cómo mi polla desaparecía dentro de ella. Estaba tan estrecha y tan mojada que tuve que apretar los dientes para no correrme al segundo empujón. Ella abrió los ojos y me sostuvo la mirada todo el tiempo. No había ni un parpadeo de duda. Cuando la tuve entera dentro, me quedé quieto, sintiendo cómo su coño se acomodaba alrededor de mi verga, latiéndome.
—Muévete —jadeó—. Fóllame ya.
Empecé a moverme lento, en un ritmo que parecía marcado por otra cosa, no por mí, no por ella, por algo que estaba más allá de los dos. Salía casi entero y volvía a entrar de golpe, sacándole un gemido cada vez, viendo cómo se le movían las tetas con cada embestida. Ella me clavó las uñas en la espalda, me levantó las piernas y me las cruzó a la altura de los riñones, obligándome a hundirme más adentro.
Sentí el calor saliéndonos por la piel, mezclándonos. Sentí que dejábamos de ser dos personas y nos convertíamos en una sola idea. Tenía a la mujer perfecta debajo de mí, empalada en mi polla, y por primera vez en mucho tiempo no quería estar en otro sitio, ni con otra persona, ni siendo otro hombre.
La puse a cuatro patas y le agarré la cola del pelo mientras se la metía por detrás, viéndole el culo respingón chocarme contra la ingle con cada envión. Le di una palmada en la nalga y ella gimió pidiéndome más. Le di otra, más fuerte, y le vi la marca roja quedándosele en la piel trigueña. Ella metió una mano por debajo y empezó a tocarse el clítoris mientras yo la embestía, gritando cada vez más alto, sin importarle nada.
—Más fuerte, cuñado, rómpeme, dame con todo…
Nos buscamos de muchas formas. Yo encima, ella encima, los dos de costado, con una pierna suya sobre mi hombro. Se me sentó encima a horcajadas y se dejó caer rítmicamente, apoyándose con las manos en mi pecho, cabalgándome despacio primero y después a un ritmo desesperado, con la boca abierta y los ojos entornados, viéndose entrar y salir mi polla dentro de ella. Se llevó mi mano a la boca y me chupó dos dedos, y después se los llevó al culo, empujándolos ella misma dentro para que la penetrara por los dos lados a la vez.
Sentí que iba a correrme. Ella lo notó también, porque se dejó caer más rápido, apretando el coño alrededor de mí como si quisiera ordeñarme.
—Córrete dentro —jadeó—. Dentro, dentro, lléname entera…
Me corrí con un gruñido largo, hundiéndome hasta el fondo, sintiendo cómo mi semen le salía en chorros calientes dentro. Ella se corrió al mismo tiempo, temblando encima de mí, y se derrumbó sobre mi pecho con la respiración entrecortada, mientras el semen le empezaba a chorrear hacia fuera por los muslos.
Pero en algún momento, mientras ella seguía sentada sobre mi cadera, todavía con mi polla dentro, dejándose besar el cuello, dejé de oírla.
***
Primero fue solo el sonido lejano. Como si me estuvieran bajando el volumen poco a poco. Sus gemidos se volvieron eco, su respiración se diluyó, y al final solo me quedó una palabra suya, repetida y cada vez más débil. «Mi amor». «Mi amor». «Mi amor». Y luego nada.
El cuarto se borró. La cama se borró. Mariana se borró. Quedé yo solo en una oscuridad que no era oscuridad, en un vacío que no tenía paredes ni suelo. No sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados. No sabía si tenía cuerpo.
Cuando empecé a distinguir formas, eran las mías. El armario, la lámpara, el techo de mi habitación. Estaba en mi cama, solo. Camila dormía a mi lado, dándome la espalda, ajena. Cogí el móvil. Las dos y treinta y seis de la madrugada. Tenía la polla dura y pegajosa, el calzoncillo húmedo, y todavía sentía en la boca el sabor del coño de Mariana.
El vacío en el pecho seguía ahí. Más grande que antes, si cabe. Como si alguien hubiera abierto un agujero exacto con la forma de Mariana y luego se hubiera ido sin cerrarlo.
No me moví durante mucho rato. No quería volver a dormir, porque si dormía igual no la volvía a soñar. Y no quería estar despierto, porque despierto ella era solo la hermana de Camila, la chica que decía «cuñado» en las cenas y me ofrecía postre.
***
Han pasado semanas. He vuelto a verla en cumpleaños, en almuerzos familiares, en una boda. Le doy dos besos rápidos y miro al suelo, porque si la miro más de un segundo se me vuelve a poner dura debajo del pantalón. No vuelvo a soñar con ella. Lo intento, me acuesto pensándola, me la casco en el baño repitiendo en la cabeza la imagen de la verbena, los faroles amarillos, el suéter morado, su coño abriéndose para mi lengua. No vuelve.
Desde aquella noche, la realidad se siente como un sueño largo y deslucido, y aquel sueño se ha convertido en mi único paraíso. Un paraíso al que no sé cómo regresar, pero al que cada noche, antes de cerrar los ojos, le pido en silencio una habitación libre.