Mi hermana esperó a que se fueran nuestros padres
Aquel verano en Tucson el aire ardía hasta dentro de la casa. Mis padres habían salido el viernes por la mañana hacia la cabaña del lago y no volvían hasta el domingo. Yo tenía veinte años. Mi hermana mayor, Marisol, veintidós. Hacía un año que ella había vuelto a vivir con nosotros y, desde entonces, todo en mí se había desordenado.
Marisol era de esas personas que entran en una habitación y bajan la temperatura del resto. Llevaba el pelo teñido de rosa, corto a la altura de la mandíbula, y unos tatuajes finos que le subían por los antebrazos. Vestía siempre con shorts demasiado cortos y camisetas demasiado pequeñas. Yo intentaba no mirarla. Lo intentaba todos los días, y todos los días fracasaba un poco.
El problema, además, tenía nombre: Camila, mi prima. Tenía mi edad, vivía a tres calles y desde mayo aparecía cada tarde a nadar en la piscina. Camila también me gustaba. Le gustaba a cualquiera que tuviera ojos. Pelo lacio hasta la cintura, mirada tímida que un segundo se convertía en otra cosa cuando creía que nadie miraba. Yo me pasaba las noches entre las dos, sin atreverme con ninguna.
Marisol había leído ese silencio mucho antes que yo.
Aquel viernes por la tarde, las dos estaban en la piscina. Camila con bikini negro, mi hermana con uno rosa del mismo color que su pelo. Yo fingía leer en la tumbona, fingía no notar cómo Marisol salía del agua escurriendo de una manera que el bikini se le pegaba a todo. Cuando volvió a sentarse a mi lado, goteando, lo hizo demasiado cerca.
—¿Por qué no te metes? —dijo. Tenía la voz baja, casi un secreto—. Camila se está aburriendo de esperar. Tú tampoco eres de piedra, Mateo.
—Estoy bien aquí —contesté.
Marisol se inclinó. Sus pechos quedaron a cinco centímetros de mi cara. Olor a cloro y a un perfume dulce, los pezones marcados bajo la tela mojada.
—Estás muerto de calor, hermanito —susurró—. Y no precisamente por el sol.
Su mano me rozó el muslo como sin querer y se fue. No me miró más en toda la tarde. Camila se despidió al atardecer. Yo me encerré en mi cuarto antes de que se marchara, porque ya no podía seguir disimulando.
***
Era casi la una cuando oí la puerta abrirse sin llamar.
Marisol entró descalza, en short y una camiseta de tirantes que se le clavaba en el pecho. No traía sujetador. No lo llevaba nunca. Cerró con el pestillo y se subió a mi cama con la confianza de quien ha decidido algo desde hace meses.
—¿Qué haces? —dije, y ya tenía la voz rota.
—Llevo todo el día viéndote disimular. Llevo todo el verano, en realidad. —Se puso a horcajadas sobre mis piernas, encima de las sábanas—. Sé que piensas en Camila. Bien. Pero antes que ella, voy a estar yo.
—Marisol…
—Calla.
Se quitó la camiseta de un tirón. La luz de la calle entraba por la persiana y la rayaba en franjas. Me cogió la mano y se la llevó a un pecho. Estaba caliente, pesado, el pezón ya endurecido. Apretó mis dedos hasta que reaccioné.
—Tócame, idiota. Llevas un año sin atreverte.
Cualquier resistencia que me hubiera quedado se quemó ahí. La atraje hasta mí y la besé. Sabía a vino y al chicle de menta de las películas que veíamos de pequeños. Y, sin embargo, era el beso más adulto que me habían dado nunca. Su lengua entró buscando, sus dedos se enredaron en mi pelo, sus caderas empezaron a moverse sobre las mías incluso antes de que yo me hubiera quitado nada.
—Ya estás duro —se rio contra mi cuello—. Pobrecito. Lo has tenido así toda la tarde.
Me bajó el pantalón corto sin ceremonia. La verga me saltó dura, y ella la miró un segundo entero, mordiéndose el labio.
—Joder —dijo, casi sorprendida—. Y yo perdiendo el tiempo con otros.
Se inclinó. La boca caliente, la lengua subiendo despacio antes de tragarme entero. Sentí el fondo de su garganta al primer envite. Le agarré el pelo, no para empujar, sino porque necesitaba sostener algo. Ella gimió alrededor con la boca llena, sus pechos rebotándome contra los muslos.
—Marisol, voy a…
—Todavía no.
Me sacó de su boca con un sonido obsceno y se trepó otra vez encima. Se quitó el short sin levantarse del todo. Cuando volvió a sentarse, ya no había tela entre los dos. Sólo su sexo mojado contra el mío.
—Mírame —ordenó. Cogió mi verga con una mano, se separó con la otra y se dejó caer despacio. Centímetro a centímetro, con los ojos clavados en los míos. La cara se le fue descomponiendo según bajaba. Cuando me tuvo entero dentro, se quedó muy quieta, jadeando con la boca abierta.
—Joder, Mateo —susurró—. Sí. Esto. Justo esto.
Empezó a moverse. Lento al principio. Sus manos en mi pecho. Sus pechos colgando hacia mí. Yo levanté la cabeza para morder el pezón derecho y ella soltó un grito agudo que tuvo que ahogar contra mi cuello para no despertar a los vecinos. La casa entera estaba vacía, pero seguíamos hablando bajo, como si nuestros padres pudieran abrir la puerta de un momento a otro. Esa idea, en lugar de cortarnos, nos encendía.
—Imagínate que entran ahora —jadeó ella, acelerando—. Que mamá abre y nos ve así.
—Cállate.
—No me digas que no lo has pensado.
Lo había pensado. Por eso no podía hablar.
La giré. La puse boca arriba con las piernas sobre mis hombros y volví a entrar de un empujón. Su espalda se arqueó, las uñas se me clavaron en los antebrazos. La follé duro, sin medirme, sintiendo cómo se contraía cada vez que tocaba el fondo. Marisol se mordió el dorso de la mano para no gritar. Le aparté la mano.
—Quiero oírte.
—Pues fóllame más fuerte —contestó.
Y la follé más fuerte. Y la oí. Y mientras la oía, le susurré al oído lo que llevaba un año sin poder decirle a nadie: que la había espiado en la ducha por la rendija de la puerta, que había olido sus camisetas cuando ella las dejaba sobre la cesta, que me había hecho una paja pensando en ella tantas veces que ya no recordaba cómo era hacerse una paja sin pensar en ella. Lo solté todo, sin orden, contra su oreja, mientras la embestía. Marisol me clavó las uñas en la espalda y se vino la primera vez con la boca pegada a la mía, gimiendo dentro de mi beso.
***
No paramos ahí. Esa noche fue larga.
Después del primer orgasmo, me obligó a tumbarme y se volvió hacia mí con esa sonrisa que le había visto siempre cuando estaba a punto de meterme en un lío de pequeños. Bajó por mi pecho, me besó el ombligo, me chupó despacio hasta dejarme otra vez al límite, y entonces se apartó.
—De rodillas —dijo, levantándose ella—. Detrás de mí.
Se puso a cuatro patas. Me miró por encima del hombro, con el pelo cayéndole sobre la cara.
—Despacio —avisó—. Ahí no he dejado que llegue nadie.
Tardé. Le besé la espalda primero, los riñones, las nalgas. Le pasé la lengua por el muslo interior, le mordí suave la piel debajo del culo. Cuando entré, lo hice como me había pedido: muy despacio, viéndola apretar las sábanas con los dedos, escuchándola respirar entre dientes. Cuando estuve entero dentro, se quedó quieta un minuto largo. Yo también. Sólo me incliné a besarle la columna y a esperarla.
—Sigue —dijo al fin—. Pero mírame mientras lo haces.
Le giré la cara hacia mí, le sostuve la mandíbula, y empecé a moverme. Ella mantuvo los ojos abiertos. Vi cómo se le iban deshaciendo según el ritmo subía. Vi cómo se mordía el labio, cómo soltaba el aire de golpe cada vez que entraba, cómo la mano le bajaba para tocarse y los dedos se le quedaban a medio camino, temblando, sin saber a qué ritmo seguir. Le aparté esa mano y se la sustituí por la mía. Entonces sí, dejó de hablar y empezó a gemir bajo y largo, sin parar.
—Mateo —dijo cuando ya no podía más—, dentro otra vez.
—¿Estás segura?
—Dentro.
Aguanté un poco más. Quería oírla venirse antes que yo. Cuando la sentí cerrarse alrededor, cuando la oí ahogar un grito contra la almohada, dejé ir todo lo que tenía. Me corrí dentro de mi hermana con la boca pegada a su cuello, mordiéndole el hombro, sintiéndome más perdido y más entero a la vez de lo que me había sentido en mi vida.
***
Nos quedamos un rato sin hablar. Ella tumbada de lado, yo abrazándola por la espalda. Mi mano sobre su pecho, su respiración bajando. Por la ventana entraba un poco de aire fresco al fin, después de tantos días de horno.
—¿Y ahora qué? —dije.
—Ahora dormimos —contestó—. Y mañana volvemos a la piscina como si nada.
—Marisol.
—¿Qué?
—No va a poder ser «como si nada».
Se giró. Me besó en la frente, despacio, con una ternura que me desarmó más que todo lo anterior.
—Ya lo sé —dijo—. Pero al menos hasta el domingo, finjamos. Y el lunes lo decidimos los dos.
Me dormí con su pelo rosa contra la cara y su mano en la mía. No volví a pensar en Camila en toda la noche. No estaba seguro de volver a pensar en ella nunca más.