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Relatos Ardientes

Lo que empezó esa tarde lluviosa con mi primo

Tenía diecinueve años cuando descubrí que el deseo no respeta los apellidos. Era una tarde gris en casa de mi tía, una de esas tardes en que la lluvia tapa las ventanas y nadie se molesta en proponer planes. La rutina familiar mandaba: televisión, mantas y silencio cómodo entre primos.

Mi primo Mateo y yo teníamos la misma edad. Habíamos crecido juntos, viéndonos cada Navidad y cada vacaciones de verano, y existía entre nosotros esa confianza fácil que solo se da entre quienes se conocen de niños. Aquel día caímos los dos en la cama de la habitación grande, cada uno apoyado en una almohada distinta, y encendimos un canal de películas que no le interesaba a nadie más.

—Tapate, que está helado —me dijo, pasándome la punta de la manta.

Me tapé. Pasaron veinte minutos, quizá más. La pantalla parpadeaba sin que ninguno de los dos prestara atención. Entonces sentí que su brazo se acomodaba más cerca, después su pierna, después el peso completo de su cuerpo apoyado contra el mío. No dije nada. Era mi primo. Era la cama. Era invierno.

Su mano subió bajo la manta y me cubrió un seno por encima de la remera. Quise apartarla por instinto, pero no tenía fuerza, ni en el brazo ni en la voluntad. La dejó ahí un instante, midiendo, y cuando entendió que yo no decía nada, bajó la otra mano por debajo de la falda y me recorrió el muslo hasta arriba. Cerré los ojos. La televisión seguía hablando sola.

Sus dedos llegaron hasta mi ropa interior y se quedaron ahí, apenas presionando. Yo moví la cadera apenas, lo suficiente para apoyar el trasero contra él y notar lo duro que estaba. No pasó nada más. No hizo falta. Fueron quizá quince minutos de roce silencioso, una mano sobre tela, mi cuerpo respondiendo solo, y los dos fingiendo que mirábamos la lluvia. Cuando mi tía gritó desde la cocina que bajáramos a merendar, separamos los cuerpos como si nada. Pero algo había quedado encendido. Y no se apagó.

***

Pasaron casi cinco años. En ese tiempo tuve novios, viví experiencias, aprendí lo que era el sexo de verdad. Y, sin embargo, cada vez que me cruzaba con Mateo en una reunión familiar, esa tarde volvía intacta. Era como una deuda colgada en algún rincón del cuerpo. Me prometí que la próxima vez que la vida me diera la oportunidad, no la iba a dejar pasar.

La oportunidad llegó un verano, en forma de mensaje.

—Me compré una casa en el puerto. ¿Te venís unos días?

No lo dudé. Hice una valija y tomé el primer bus que salía a la mañana siguiente.

Cuando llegué, la casa ya estaba llena. Mateo me esperaba con tres amigos y con su novia, Romina, una rubia de piernas largas y sonrisa fácil que me saludó con un beso en la mejilla y un escaneo discreto de pies a cabeza. Había llegado tarde. Me presentaron, charlamos un rato en la terraza, comí algo de lo que había sobrado del asado y, antes de medianoche, me retiré al cuarto que me habían asignado, una habitación pequeña al fondo del pasillo.

Me bañé, me acosté y traté de dormir. No pude. A las dos de la mañana, ya completamente despierta, me llegaron los ruidos. Un quejido apagado. Un golpe seco contra la pared. Otro. Sabía perfectamente lo que era. Salí descalza, bajé el pasillo en puntas de pie y, cuando pasé frente a la puerta entreabierta del cuarto principal, no pude evitar mirar.

***

Mateo estaba de pie junto a la cama. Romina, arrodillada frente a él, le sostenía la base con las dos manos y se la metía entera en la boca, profundo, sin esfuerzo aparente. Mi primo había crecido; tenía un cuerpo que yo no recordaba, hombros marcados, abdomen tenso, y una erección que a Romina le desaparecía hasta la garganta cada vez que ella bajaba la cabeza. Él la miraba desde arriba, con una mano en su nuca, y le murmuraba cosas que yo no llegaba a escuchar.

Me apoyé contra la pared del pasillo, en la sombra. No podía moverme. Romina lo soltó, se subió a la cama y se puso en cuatro. Se lamió dos dedos y empezó a tocarse mientras Mateo la observaba masturbándose. Ella sabía lo que hacía. Sabía que él la estaba mirando, y cada movimiento estaba calculado para llevarlo al límite.

Después él se montó por detrás y la penetró sin contemplaciones. Romina arqueó la espalda, se llevó una mano a la boca, se ensalivó los dedos y se los pasó por el ano antes de empujarse uno adentro. Le dijo algo a él en voz baja. Mateo asintió. Ella se giró, se acostó boca arriba con las piernas abiertas y él se acomodó encima, masturbándose contra sus pechos. Cuando le avisó que estaba por terminar, ella abrió la boca y sacó la lengua. Él acabó ahí, en su boca, y Romina cerró los labios alrededor de su pene como si quisiera limpiar cada gota.

Yo había dejado de respirar. Volví al cuarto despacio, cerré la puerta y me tiré en la cama con el corazón latiéndome en los oídos. Tenía la ropa interior empapada. Me la bajé, me toqué con dos dedos y empecé a moverlos con la imagen de Mateo todavía clavada en la cabeza. Después, casi sin pensarlo, mojé otro dedo y me lo metí lentamente en el ano. El orgasmo me llegó rápido, intenso, y me quedé tirada con la respiración entrecortada hasta que el sueño me venció.

***

A la mañana siguiente, durante el desayuno, Mateo dejó caer la noticia con tono casual.

—Romina y los chicos se vuelven al mediodía. Vos te quedás conmigo, ¿no?

Asentí sin mirarlo. Por dentro, la deuda de los diecinueve años empezó a contar los minutos.

Cuando la casa quedó vacía, propuse algo.

—Llevame a recorrer el puerto esta noche. Quiero que me lleves a cenar.

—Hecho —dijo, sin sospechar nada todavía.

Me arreglé con cuidado. Vestido corto, perfume en el cuello y detrás de las rodillas, ropa interior mínima. Cenamos en un lugar con vista al mar y vino blanco frío. A los postres bajé la mano por debajo de la mesa y se la apoyé sobre el muslo, despacio, midiendo. Él se quedó quieto. Subí la mano un poco más, y un poco más, hasta que la dejé sobre su entrepierna. Lo sentí endurecerse a través de la tela. Volví la mano a la copa como si nada hubiera pasado.

—¿Bailamos? —le pregunté.

En la pista me pegué a él. Ya no había duda posible. Cuando volvimos a la casa, lo abracé en el living, le di un beso largo en la boca y, antes de que pudiera reaccionar, me metí en mi cuarto y cerré la puerta con llave.

—Buenas noches, primito —dije del otro lado.

Lo escuché reírse, y después putear bajito. Sonreí. La cuenta seguía abierta, pero ya por poco tiempo.

***

Al día siguiente me puse una bikini de hilo, mínima, de esas que apenas cubren lo justo. Salí a la pileta y me tiré boca abajo en una reposera. Mateo apareció en pantalón corto, descalzo, y se quedó parado a un metro mirándome sin disimulo.

—¿Te ayudo con la espalda? —preguntó.

—Después. Primero al agua.

Me lancé y él se tiró atrás. Empezamos a salpicarnos, riendo, y poco a poco el juego dejó de ser inocente. Me senté en el borde de la pileta y él se acercó nadando, me agarró por las rodillas y se quedó ahí, entre mis piernas, mirándome desde abajo.

—Disculpame, prima —dijo, y no esperó respuesta.

Me abrió las piernas con las manos, corrió la tanga hacia un lado y enterró la boca contra mi sexo. La lengua subía y bajaba, despacio primero, después más insistente, y yo me agarré del borde para no caerme hacia atrás. Sentía los pechos a punto de reventar, los pezones tensos contra la tela mojada, las piernas temblando. Cuando entendí que iba a acabar ahí mismo, en plena pileta, le tiré del pelo para frenarlo.

—Adentro —le dije—. Vamos adentro.

***

Entramos goteando al living. Lo besé contra la pared, mordiéndole el labio, y bajé sin avisar. Le bajé el pantalón corto de un tirón. Su erección saltó hacia afuera, más grande de cerca de lo que había parecido la otra noche en la sombra del pasillo. Lo tomé por la base, le pasé la lengua por toda la cabeza y me quedé un rato ahí, lamiendo despacio, mientras él me miraba con las dos manos apoyadas contra la pared.

Después me la metí entera. Lo tragué hasta la base, hasta sentir cómo me golpeaba la garganta, y supe en ese instante hasta dónde podía llegar. Subí y bajé varias veces, profundo, mientras una de mis manos le acariciaba los testículos. Él gimió. Yo seguí. En un momento le solté el pene y me bajé un poco más, le pasé la lengua por los testículos y me los metí en la boca de a uno. Estaba haciendo cosas que ni yo sabía que era capaz de hacer, y eso me excitaba más que cualquier otra cosa.

Me levantó del suelo y me recostó en el sillón grande del living.

—Abrí —me ordenó.

Abrí las piernas. Empezó con un dedo. Después dos. Después tres, moviéndolos en círculo, encontrando ese punto que muy pocos habían encontrado antes. Yo ya estaba al borde cuando me dio vuelta y me puso en cuatro contra el respaldo del sillón.

Me la metió de una sola vez. Sus manos en mis caderas tiraban de mí hacia atrás con cada embestida, profundo, sin pausa. En un momento se ensalivó el pulgar y me lo metió en el ano, y con esa mano por fuera y el dedo por dentro me siguió cogiendo. Vi luces. Me vine entera, gritando contra el cuero del sillón, con un orgasmo que me dejó sin piernas.

Caí de costado, jadeando. Él se subió encima, se acomodó sobre mi pecho y me apoyó el pene en los labios. Abrí la boca. Lo sentí crecer y endurecerse aún más mientras lo chupaba, y supe que faltaba poco.

—Tragátelo todo —dijo.

Lo tragué todo. Cada gota. No desperdicié nada. Cuando terminó, casi no podía respirar. Él se dejó caer a mi lado, riéndose bajito, con los ojos cerrados.

—Me debías esta —murmuró.

—Y vos a mí —contesté.

***

Mateo se casó con Romina al año siguiente. No fui a la boda, puse una excusa cualquiera. Desde entonces, en cinco años, volvió a pasar dos veces más: una en un hotel en mi cumpleaños, otra en una reunión familiar a la que ninguno de los dos debió haber asistido. Sigo esperando que un día me llame y me invite a otro fin de semana en el puerto. Estoy segura de que va a llamar. La cuenta entre nosotros nunca termina de cerrarse.

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Comentarios (5)

SantiG92

qué relato... me dejó pensando toda la noche. el final sobre el verano y la novia que se fue, tremendo.

RobertoC_Cba

Por favor una segunda parte! quiero saber qué pasó con ellos después de esos cinco años jaja

lectora_MX_77

me encanto como está narrado, se siente muy real sin ser burdo. seguí escribiendo así

Marcos_BsAs

La tarde lluviosa la imaginé clarísimo desde la primera línea. Muy buena ambientación, no es facil lograr eso.

Vale_BA

increible!! sigue así 🔥

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