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Relatos Ardientes

Mi prima Camila volvió y se quedó en mi cama

Camila era mi prima desde que los dos teníamos uso de razón. Crecimos en la misma cuadra, en las mismas mesas familiares. Su madre y la mía eran hermanas y se hablaban tres veces al día, así que cualquier excusa servía para una reunión: un cumpleaños, una graduación, una mudanza. Hasta los quince años casi no recuerdo un fin de semana sin ella.

Después se fueron. Mi tío encontró un trabajo en otra provincia, lejos, en uno de esos lugares a los que solo se llega en avión, y un día de marzo nos despedimos en el aeropuerto sin saber que iban a pasar cuatro años hasta el siguiente abrazo.

Las cosas no les salieron bien. Mi tío empezó a beber, después a llegar tarde, después a no llegar. Cuando mi tía finalmente se decidió a separarse, no había mucho que repartir. Volvió con una maleta y con Camila, y mi madre les abrió la puerta llorando.

Mis padres organizaron una bienvenida ese mismo sábado. Cuando Camila bajó del taxi, no la reconocí. Se había convertido en otra persona. Yo recordaba a una niña flaca y siempre con el pelo en la cara; la que me abrazó esa tarde tenía diecinueve años, una cintura marcada, unas tetas que empujaban el escote de la remera y un culo redondo que le tensaba el jean. Y una manera nueva de mirar a los hombres a los ojos.

—Estás enorme —me dijo, y se rió.

—Tú también.

Esa noche, en la fiesta, hablamos durante horas. Recuperamos cuatro años en cuatro horas. Le conté de mis novias, de la facultad, de la moto que me había comprado con mis primeros sueldos. Ella me habló de su antiguo instituto, de las amigas que dejaba atrás, del padre al que ya no quería ver. Pero no hablamos de sexo. No esa noche. Ese tema seguía siendo un territorio que no nos pertenecía.

***

El lunes siguiente mis padres me dieron la noticia.

—Tu tía tiene que volver para firmar los papeles del divorcio —dijo mi madre—, y vamos a aprovechar para irnos los tres unos días al sur. Quince, en total.

—Bueno.

—Y Camila se queda contigo. No quiere ir.

—¿En casa?

—¿Dónde si no?

Faltaban cinco días para que empezaran las vacaciones de la facultad. Quince días, los dos solos, con el verano por delante. La idea me pareció genial y peligrosa al mismo tiempo, aunque entonces no supe bien por qué.

***

Los dejamos en el aeropuerto un viernes a las ocho. Volvimos en la moto, despacio, sin apuro, porque la noche estaba tibia y porque Camila apoyaba la cabeza en mi espalda y no quería que ese momento terminara. Sentía sus tetas apretadas contra mi espalda en cada curva, y las manos que me abrazaban la cintura se iban acomodando cada vez más abajo. Pasamos a comer una pizza por el camino y llegamos a casa cerca de las once.

—Esto es enorme —dijo, mirando el living como si nunca lo hubiera visto.

—Es la misma casa de siempre.

—Sin ellos parece otra.

Tenía razón. Sin mis padres, la casa parecía haberse multiplicado por dos. Cada cuarto pesaba más. Cada silencio se notaba.

—Te preparé el cuarto de mi madre —le dije.

Ella se tiró en el sillón y se sacó las zapatillas con los pies.

—¿Te puedo pedir una cosa?

—Lo que quieras.

—No me gusta dormir sola. Nunca pude. ¿Me dejas dormir contigo?

Lo dijo sin mirarme, jugando con un cordón de la zapatilla. Yo le contesté que sí antes de pensarlo, y enseguida me di cuenta de que tenía un problema.

—Tengo que avisarte algo.

—Dime.

—Yo duermo desnudo. Siempre. No soporto la ropa de noche.

Ella se rió y me miró por primera vez desde que se había sentado.

—Yo también. Así que estamos iguales.

—Igual… si se me para la verga, prometo apuntar para el otro lado.

Soltó una carcajada y me tiró un almohadón a la cabeza.

—Eres un idiota.

***

Subimos al cuarto pasada la medianoche. Antes nos quedamos un rato en la cocina tomando una cerveza, y poco a poco la conversación fue cambiando. No sé quién la corrió primero, pero terminamos hablando de lo único que nunca habíamos hablado.

Me contó que se había cogido por primera vez con un tipo de veintiséis. Ella tenía diecinueve. Una historia que conocemos todos: él insistió, ella aceptó por curiosidad, la penetró seco, se corrió adentro a los tres minutos y la dejó dolorida, con el coño ardiendo y con la sensación de que algo no había estado bien. Después tuvo un novio normal, que la trataba bien, pero que se venía apenas la tocaba y nunca la había hecho acabar. Hacía casi un año que no cogía con nadie, me dijo, y que las últimas noches se dormía metiéndose los dedos.

Se lo soltó como si tal cosa, mordiéndose el labio, y a mí se me secó la boca. Yo le conté lo mío también, porque me parecía justo. Una novia larga que era una fiera en la cama, unas cuantas cortas, alguna mamada en el baño de un boliche que se me había escapado. Mientras hablaba, no pude evitar mirarla. Había aprendido a sentarse de un modo que mostraba la curva de la cadera, y tenía la costumbre de morderse el labio inferior cuando escuchaba. La camiseta blanca le marcaba el sostén y los pezones duros debajo de la tela, y cualquier pretexto le servía para echarse el pelo hacia atrás.

Dejé de verla como a mi prima.

—Vamos a dormir —dijo ella, levantándose—. Es tardísimo.

***

En el cuarto, apagué la luz grande y dejé encendida solo la lámpara del escritorio. No era pudor, era un intento desesperado de sostener la idea de que la situación todavía era normal. Le di la espalda mientras me sacaba la ropa, pero antes de meterme en la cama me di vuelta.

Camila estaba parada del otro lado, completamente desnuda.

No me había preparado para verla así. La piel apenas más clara en los lugares donde el bikini la había protegido del sol, las tetas firmes y paradas, los pezones oscuros erguidos como si tuvieran frío, el coño depilado a rape con un pliegue rosado y limpio, el pelo cayéndole por encima de los hombros, y una sonrisa que no tenía nada de inocente. Sentí cómo la polla se me llenaba sin pedirme permiso, latiendo, dura hasta doler.

—Bueno —dijo, con la voz más baja de lo necesario, mirándome directo a la verga—. Me acordaba de un primo más chiquito.

—Y yo de una prima con frenillos.

Nos metimos debajo de la sábana al mismo tiempo. La sentí respirar a quince centímetros de mi cara, pero ninguno de los dos dijo nada durante un rato largo. Yo cerré los ojos y traté de pensar en cualquier otra cosa: el examen final, el partido del domingo, la cuota de la moto. No me funcionó. La polla me hacía una carpa en la sábana.

Hacía un calor desgraciado. A los diez minutos los dos nos destapamos sin decir nada.

—¿Sigue ahí? —preguntó ella, sin girar la cabeza.

—¿Quién?

—Tu amigo.

Bajé la vista. La tenía durísima, apoyada contra el muslo, con la punta brillando de líquido.

—Sigue.

—Piensa en otra cosa.

—Estoy pensando en muchas cosas.

—Se nota.

Se rió bajito. Yo también.

—Camila.

—¿Qué?

—Esto está mal.

—Sí.

—Somos primos.

—Sí.

—Casi hermanos.

—Casi.

***

Pasaron unos minutos largos, y la creí dormida. Despacio, casi sin moverme, bajé la mano y agarré la verga. No iba a poder dormir si no me la cascaba. Empecé a moverme la mano lento, apretando la base y subiendo hasta el glande, esparciéndome el líquido preseminal con el pulgar. No la oía respirar fuerte, así que me tomé el tiempo. Hasta que su voz me cortó como un reflector.

—No puedo creer lo que estás haciendo.

Me quedé inmóvil, con la polla latiendo en la mano.

—Perdóname.

—Tienes a una mujer en tu cama y te la jalas como un pendejo.

—Es que…

No me dejó terminar. Sentí cómo se daba vuelta y, antes de que pudiera reaccionar, su mano reemplazó a la mía. Me la agarró entera, midiéndomela con los dedos, y soltó un "mierda" bajito al darse cuenta de lo dura que estaba. La empezó a mover despacio, con una seguridad que no le había escuchado en la voz, girando la muñeca en el glande cada vez que subía. Me escupió en la mano y volvió a agarrarla, y ahora el ruido húmedo de la paja llenó el cuarto.

—Mira cómo la tienes, primo —susurró—. Toda para mí.

Después bajó la cabeza y me la puso en la boca. Sentí primero la lengua rodeándome la punta, después los labios cerrándose apretados sobre el glande, y por último la garganta tragándome hasta la base. Chupaba con hambre, como si llevara meses esperando una polla. Se me hundía en la boca hasta el fondo y volvía a subir con la saliva colgándole del mentón, mirándome desde abajo con los ojos negros. Tuve que morderme el dorso de la mano para no gritar. Me pasó la lengua por los huevos, se los metió uno por uno, y volvió a la polla succionando con las mejillas hundidas.

Cuando sintió que ya casi no aguantaba, que se me tensaban los muslos y se me trababa el aire, apretó la base con la otra mano y me miró desde abajo, con la boca llena.

—Todavía no. No te vengas todavía, boludo. Me quiero comer esa leche cuando yo diga.

Tiré de su brazo hasta acomodarla a mi lado. Le besé el cuello, los hombros, las tetas. Le mordí un pezón, después el otro, se los chupé enteros hasta que se le pusieron rojos y duros como piedras. Se le escapaban unos gemidos ahogados, arqueaba la espalda para meterme más teta en la boca. Bajé despacio, recorriéndole el vientre con la lengua, la mordí a la altura de la cadera, y cuando llegué entre sus piernas la encontré con el coño empapado. Se lo abrí con dos dedos: los labios rosados brillaban de mojado, el clítoris hinchado asomaba entre el pliegue.

—Qué mojada estás, prima —murmuré antes de tirarle la primera lamida larga, de abajo hacia arriba.

—Mira lo que me haces hacer —jadeó, pasándome los dedos por el pelo y apretándome la cara contra el coño.

Se lo comí a fondo. Le mamé el clítoris despacio, se lo chupé como un pezón, le pasé la lengua en círculos hasta que empezó a temblar. Le metí dos dedos y busqué el punto adentro, ese abultado hacia arriba, y se lo froté mientras seguía succionando. Camila se retorcía, gemía sin taparse, me apretaba la cabeza con los muslos.

—Ay, primo… ay, así, así, no pares, chúpame el coño, chúpamelo…

Se vino contra mi boca, apretándome con las piernas hasta que me faltó el aire, un chorro tibio bañándome la cara y los dedos.

***

La di vuelta boca abajo. Le pasé la lengua por la espalda hasta el final, mordí las dos mitades del culo, y cuando llegué al borde más bajo, la entreabrí con las dos manos. Le tiré una lamida ancha desde el ojete hasta el coño y volví hacia arriba. No esperaba lo que hice: se lo comí ahí también, hundiendo la lengua puntiaguda en el agujerito, dando vueltas alrededor, escupiendo y volviendo. Sentí cómo se sacudía, cómo enterraba la cara en la almohada, cómo decía mi nombre por primera vez en esa noche, cómo empujaba el culo contra mi boca pidiendo más. Le metí dos dedos en el coño mientras la seguía con la lengua en el otro lado hasta que ya no pudo más y se corrió por segunda vez, gritándome cosas que no le entendí.

—Ven —pidió, dándose vuelta otra vez, jadeando—. Cógeme ya. Métemela.

Saqué un preservativo del cajón. Me lo puse con manos torpes mientras ella se lamía los dedos, mirándome. La acomodé con las piernas en mis hombros y le apoyé la punta de la verga en la entrada del coño. La froté ahí, arriba y abajo, empapándome, y ella misma metió la mano y me la guió adentro.

—Toda —murmuró—. Métemela toda.

Entré despacio, milímetro a milímetro, mirándola a la cara, viendo cómo abría la boca y cerraba los ojos a medida que se la iba clavando. Estaba apretada, tibia, mojada como para tragarme entero. Cuando le llegué al fondo, se le escapó un quejido largo. No quería perderme nada. Ella me clavó las uñas en los antebrazos hasta hacerme sangrar. Empecé a moverme, sacándomela casi entera y volviendo a hundírsela, y era la primera vez que me importaba tanto el ritmo.

—Más fuerte, primo, cógeme más fuerte…

Probamos varias formas. De costado, con una pierna suya sobre mi cadera y la verga entrando de lado, sintiéndosela raspar de otra manera. Ella encima, cabalgándome, las tetas rebotando en mi cara, tomándome de las muñecas y clavándomelas contra el colchón mientras se movía como si me quisiera partir. Contra el respaldo de la cama, ella arrodillada de espaldas a mí, agarrada del respaldo, y yo cogiéndola parado sobre las rodillas, agarrada de la cintura, dándole con fuerza hasta que las nalgas le chocaban en el vientre y hacían un ruido de bofetada. La mejor, al final, fue la primera otra vez: con sus piernas dobladas hacia el pecho y la espalda contra el colchón, doblada en dos, con el coño apuntando hacia arriba. Tan profundo que le rozaba el cuello del útero en cada embestida, y ella gritaba en cada golpe. Me terminé con un gemido ronco y la cabeza enterrada en su cuello, vaciándome dentro del preservativo con espasmos que no se acababan. Sentí cómo ella se apretaba también, corriéndose una tercera vez, mordiéndome el hombro.

—No me digas que se acabó —dijo ella, sin abrir los ojos.

—Dame un minuto.

***

Le di más de uno. Le besé la espalda mientras le cambiaba el preservativo y le metía otra vez la polla en la boca para que me la dejara dura de nuevo. Me la chupó de costado, sin sacarla, hasta que la tuve otra vez como piedra. Ella se acomodó contra la pared, en cuatro, con el culo levantado y las tetas colgando, y me dijo despacio, girando la cabeza:

—Por el otro lado.

—¿Estás segura?

—Hace mil que quiero probar. Nunca me la metieron por el culo. Ven, ábremelo.

Fui de a poco. Le escupí un buen chorro de saliva entre las nalgas, le abrí las mitades y le pasé el pulgar en círculos hasta que el agujerito se le relajó y empezó a abrirse. Después le metí un dedo, hasta el fondo, y ella gimió y empujó hacia atrás. Le puse un segundo. Le hice masajes con dos dedos girando adentro, mientras con la otra mano le metía otros dos en el coño y le apretaba el clítoris con el pulgar. Estaba resbaladiza por todos lados. Después le apoyé la punta de la verga en el ojete, apreté, y entré con cuidado, tres milímetros, tres más. Ella respiraba en ráfagas largas, con las manos aferradas a la almohada.

—Despacio… despacio… ay, mierda, qué grande…

Cuando estuve adentro entero, con los huevos apoyados contra su coño, se quedó quieta unos segundos, acostumbrándose. Después empezó a moverse ella sola, a empujar el culo contra mí, primero despacio, después más rápido, y entendí que no necesitaba que tuviera más cuidado del que ya tenía. Le agarré la cintura y empecé a cogerla en serio, sacándole toda la verga y volviendo a hundírsela en el culo. Se sentía distinto, más apretado, más caliente. Ella se metió la mano entre las piernas y se empezó a masturbar el clítoris al ritmo mío, con dos dedos rápidos, y a los pocos minutos empezó a temblar entera.

—Me vengo, me vengo, primo, no pares, cógeme, cógeme el culo…

Terminamos los dos al mismo tiempo. No supe en qué momento exacto. Yo sentí cómo el culo se le apretaba en espasmos alrededor de la verga y me arrancaba la corrida de adentro, mientras ella gritaba contra la almohada y se estrujaba el clítoris hasta que no le quedó aire.

Nos derrumbamos al costado, ella con la cara todavía roja y yo pegajoso de sudor, sin decirnos nada. Tardamos un rato en darnos cuenta de que nos estábamos riendo.

***

A la mañana siguiente me despertó la lengua de Camila en el cuerpo. Me estaba lamiendo el vientre, después los huevos, después me la agarró y me la empezó a chupar con la polla todavía blanda. Sentí cómo se me endurecía dentro de su boca, y ella se rió con la boca llena. No abrí los ojos hasta que ya no pude más. Le agarré la cabeza con las dos manos y le metí la verga hasta la garganta, cogiéndole la boca despacio primero y a fondo después. Me terminé en su boca y ella tragó todo, se pasó la lengua por los labios, y se rió como si fuera la cosa más divertida del mundo.

—Buen día, primo —dijo, apoyándome la cabeza en el vientre.

La cogí antes del desayuno, en la cocina, con ella sentada arriba de la mesa y las piernas abiertas, comiéndole el coño mientras esperaba que se hiciera el café, y después penetrándola ahí mismo hasta que se le cayó una taza al piso. La cogí de nuevo después del almuerzo, en el sillón, con ella arriba, moviéndose despacio mientras me mordía la boca. La segunda noche fue más larga que la primera: le comí el coño hasta que se vino tres veces seguidas, y después la cogí de todas las formas que se nos ocurrieron. La tercera empezó en el sillón del living, con ella arrodillada mamándome, y terminó en la cocina, contra la encimera, cogiéndola por atrás con una mano en la nuca apretándole la cara contra el mármol y la otra en su clítoris. La cuarta no la cuento. La quinta los dos amanecimos con la piel rozada, la verga irritada, el coño hinchado y los músculos doloridos.

Hicimos una tregua de tres días. Pedimos comida a domicilio, miramos series tirados en el sillón con las piernas enredadas, dormimos doce horas seguidas. Después volvimos a empezar, más despacio esta vez, como dos personas que ya saben lo que le gusta al otro: dónde tocar, cuándo apretar, en qué momento darle vuelta y en qué momento dejarla arriba.

Cuando mis padres llamaron al final de la segunda semana para avisar que volvían el domingo, los dos nos miramos sin decir nada.

—¿Y ahora? —preguntó ella.

—No sé.

—Yo tampoco.

Lo único que supimos es que esos quince días no iban a ser los últimos.

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Comentarios(8)

RamonH_lector

Excelente!!! de los mejores que lei este mes, sin dudas

Lautaro_noche

Por favor seguilo, quede con ganas de mas. No puede terminar ahi

Maxi_bsas

Muy bien escrito, se siente natural la tension entre los dos. Gracias por compartirlo

ValeriaRio

Me recordo a situaciones de cuando era mas joven, que nostalgia... muy buen relato

Cukitabella

jajaja quince dias con la casa solos... eso tiene su propio suspenso

MatiasR_2020

Hay segunda parte? porque senti que le faltaba un poco mas de desarrollo al final

LecturaNocturna7

Me gusto como fuiste construyendo la tension sin apurarte. Eso es escribir bien. Espero el proximo sin falta

FloresMendoza

tremendo, sigue publicando!!

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