Mi prima Camila volvió y se quedó en mi cama
Camila era mi prima desde que los dos teníamos uso de razón. Crecimos en la misma cuadra, en las mismas mesas familiares. Su madre y la mía eran hermanas y se hablaban tres veces al día, así que cualquier excusa servía para una reunión: un cumpleaños, una graduación, una mudanza. Hasta los catorce años casi no recuerdo un fin de semana sin ella.
Después se fueron. Mi tío encontró un trabajo en otra provincia, lejos, en uno de esos lugares a los que solo se llega en avión, y un día de marzo nos despedimos en el aeropuerto sin saber que iban a pasar cuatro años hasta el siguiente abrazo.
Las cosas no les salieron bien. Mi tío empezó a beber, después a llegar tarde, después a no llegar. Cuando mi tía finalmente se decidió a separarse, no había mucho que repartir. Volvió con una maleta y con Camila, y mi madre les abrió la puerta llorando.
Mis padres organizaron una bienvenida ese mismo sábado. Cuando Camila bajó del taxi, no la reconocí. Se había convertido en otra persona. Yo recordaba a una niña flaca y siempre con el pelo en la cara; la que me abrazó esa tarde tenía dieciocho años, una cintura marcada y una manera nueva de mirar a los hombres a los ojos.
—Estás enorme —me dijo, y se rió.
—Tú también.
Esa noche, en la fiesta, hablamos durante horas. Recuperamos cuatro años en cuatro horas. Le conté de mis novias, de la facultad, de la moto que me había comprado con mis primeros sueldos. Ella me habló de su antigua escuela, de las amigas que dejaba atrás, del padre al que ya no quería ver. Pero no hablamos de sexo. No esa noche. Ese tema seguía siendo un territorio que no nos pertenecía.
***
El lunes siguiente mis padres me dieron la noticia.
—Tu tía tiene que volver para firmar los papeles del divorcio —dijo mi madre—, y vamos a aprovechar para irnos los tres unos días al sur. Quince, en total.
—Bueno.
—Y Camila se queda contigo. No quiere ir.
—¿En casa?
—¿Dónde si no?
Faltaban cinco días para que empezaran las vacaciones de la facultad. Quince días, los dos solos, con el verano por delante. La idea me pareció genial y peligrosa al mismo tiempo, aunque entonces no supe bien por qué.
***
Los dejamos en el aeropuerto un viernes a las ocho. Volvimos en la moto, despacio, sin apuro, porque la noche estaba tibia y porque Camila apoyaba la cabeza en mi espalda y no quería que ese momento terminara. Pasamos a comer una pizza por el camino y llegamos a casa cerca de las once.
—Esto es enorme —dijo, mirando el living como si nunca lo hubiera visto.
—Es la misma casa de siempre.
—Sin ellos parece otra.
Tenía razón. Sin mis padres, la casa parecía haberse multiplicado por dos. Cada cuarto pesaba más. Cada silencio se notaba.
—Te preparé el cuarto de mi madre —le dije.
Ella se tiró en el sillón y se sacó las zapatillas con los pies.
—¿Te puedo pedir una cosa?
—Lo que quieras.
—No me gusta dormir sola. Nunca pude. ¿Me dejas dormir contigo?
Lo dijo sin mirarme, jugando con un cordón de la zapatilla. Yo le contesté que sí antes de pensarlo, y enseguida me di cuenta de que tenía un problema.
—Tengo que avisarte algo.
—Dime.
—Yo duermo desnudo. Siempre. No soporto la ropa de noche.
Ella se rió y me miró por primera vez desde que se había sentado.
—Yo también. Así que estamos iguales.
—Igual… si se me para, prometo apuntar para el otro lado.
Soltó una carcajada y me tiró un almohadón a la cabeza.
—Eres un idiota.
***
Subimos al cuarto pasada la medianoche. Antes nos quedamos un rato en la cocina tomando una cerveza, y poco a poco la conversación fue cambiando. No sé quién la corrió primero, pero terminamos hablando de lo único que nunca habíamos hablado.
Me contó que se había acostado por primera vez con un tipo de veintiséis. Ella tenía dieciséis. Una historia que conocemos todos: él insistió, ella aceptó por curiosidad, duró tres minutos y la dejó dolorida y con la sensación de que algo no había estado bien. Después tuvo un novio normal, que la trataba bien, pero con el que el sexo nunca llegó a ser nada del otro mundo. Hacía casi un año que no estaba con nadie.
Yo le conté lo mío también, porque me parecía justo. Una novia larga, unas cuantas cortas, alguna noche que se me había escapado. Mientras hablaba, no pude evitar mirarla. Había aprendido a sentarse de un modo que mostraba la curva de la cadera, y tenía la costumbre de morderse el labio inferior cuando escuchaba. La camiseta blanca le marcaba el sostén y cualquier pretexto le servía para echarse el pelo hacia atrás.
Dejé de verla como a mi prima.
—Vamos a dormir —dijo ella, levantándose—. Es tardísimo.
***
En el cuarto, apagué la luz grande y dejé encendida solo la lámpara del escritorio. No era pudor, era un intento desesperado de sostener la idea de que la situación todavía era normal. Le di la espalda mientras me sacaba la ropa, pero antes de meterme en la cama me di vuelta.
Camila estaba parada del otro lado, completamente desnuda.
No me había preparado para verla así. La piel apenas más clara en los lugares donde el bikini la había protegido del sol, los pechos firmes, el pelo cayéndole por encima de los hombros, y una sonrisa que no tenía nada de inocente. Sentí cómo el cuerpo me respondía sin pedirme permiso.
—Bueno —dijo, con la voz más baja de lo necesario—. Me acordaba de un primo más chiquito.
—Y yo de una prima con frenillos.
Nos metimos debajo de la sábana al mismo tiempo. La sentí respirar a quince centímetros de mi cara, pero ninguno de los dos dijo nada durante un rato largo. Yo cerré los ojos y traté de pensar en cualquier otra cosa: el examen final, el partido del domingo, la cuota de la moto. No me funcionó.
Hacía un calor desgraciado. A los diez minutos los dos nos destapamos sin decir nada.
—¿Sigue ahí? —preguntó ella, sin girar la cabeza.
—¿Quién?
—Tu amigo.
Bajé la vista. La tenía durísima, apoyada contra el muslo.
—Sigue.
—Piensa en otra cosa.
—Estoy pensando en muchas cosas.
—Se nota.
Se rió bajito. Yo también.
—Camila.
—¿Qué?
—Esto está mal.
—Sí.
—Somos primos.
—Sí.
—Casi hermanos.
—Casi.
***
Pasaron unos minutos largos, y la creí dormida. Despacio, casi sin moverme, bajé la mano y empecé a tocarme. No iba a poder dormir si no. No la oía respirar fuerte, así que me tomé el tiempo. Hasta que su voz me cortó como un reflector.
—No puedo creer lo que estás haciendo.
Me quedé inmóvil.
—Perdóname.
—Tienes a una mujer en tu cama y te la jalas.
—Es que…
No me dejó terminar. Sentí cómo se daba vuelta y, antes de que pudiera reaccionar, su mano reemplazó a la mía. La movía despacio, con una seguridad que no le había escuchado en la voz. Después se inclinó y la puso en su boca. Tuve que morderme el dorso de la mano para no gritar.
Cuando sintió que ya casi no aguantaba, apretó la base con la otra mano y me miró desde abajo.
—Todavía no.
Tiré de su brazo hasta acomodarla a mi lado. Le besé el cuello, los hombros, los pechos. Tenía los pezones pequeños y oscuros y se le ponían duros con apenas tocarlos. Bajé despacio, recorriéndola, y cuando llegué entre sus piernas la encontré completamente depilada. Estaba tan mojada que apenas necesité hacer nada para que empezara a temblar.
—Mira lo que me haces hacer —murmuró, pasándome los dedos por el pelo.
***
La di vuelta. Le pasé la lengua por la espalda hasta el final, y cuando llegué al borde más bajo, la entreabrí con las dos manos. No esperaba lo que hice. Sentí cómo se sacudía, cómo enterraba la cara en la almohada, cómo decía mi nombre por primera vez en esa noche. Le metí dos dedos mientras la seguía con la lengua hasta que ya no pudo más.
—Ven —pidió, dándose vuelta otra vez.
Saqué un preservativo del cajón. La acomodé con las piernas en mis hombros y entré despacio, milímetro a milímetro, mirándola a la cara. No quería perderme nada. Ella me clavó las uñas en los antebrazos. Era la primera vez que me importaba tanto el ritmo.
Probamos varias formas. De costado, ella encima, contra el respaldo de la cama. La mejor, al final, fue la primera otra vez: con sus piernas dobladas hacia el pecho y la espalda contra el colchón. Tan profundo que me pareció imposible. Me terminé con un gemido ronco y la cabeza enterrada en su cuello.
—No me digas que se acabó —dijo ella, sin abrir los ojos.
—Dame un minuto.
***
Le di más de uno. Le besé la espalda mientras le cambiaba el preservativo. Ella se acomodó contra la pared, en cuatro, y me dijo despacio:
—Por el otro lado.
—¿Estás segura?
—Hace mil que quiero probar.
Fui de a poco. Le pasé saliva primero, después le hice masajes con el pulgar, después entré con cuidado, tres milímetros, tres más. Ella respiraba en ráfagas largas. Cuando estuve adentro entero, se quedó quieta unos segundos. Después empezó a moverse ella sola, a empujar contra mí, y entendí que no necesitaba que tuviera más cuidado del que ya tenía.
Terminamos los dos al mismo tiempo. No supe en qué momento exacto.
***
A la mañana siguiente me despertó la lengua de Camila en el cuerpo. No abrí los ojos hasta que ya no pude más. Me terminé en su boca y ella se rió con la boca llena, como si fuera la cosa más divertida del mundo.
Hicimos el amor antes del desayuno y después del almuerzo. La segunda noche fue más larga que la primera. La tercera empezó en el sillón del living y terminó en la cocina, contra la encimera. La cuarta no la cuento. La quinta los dos amanecimos con la piel rozada y los músculos doloridos.
Hicimos una tregua de tres días. Pedimos comida a domicilio, miramos series tirados en el sillón con las piernas enredadas, dormimos doce horas seguidas. Después volvimos a empezar, más despacio esta vez, como dos personas que ya saben lo que les gusta.
Cuando mis padres llamaron al final de la segunda semana para avisar que volvían el domingo, los dos nos miramos sin decir nada.
—¿Y ahora? —preguntó ella.
—No sé.
—Yo tampoco.
Lo único que supimos es que esos quince días no iban a ser los últimos.