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Relatos Ardientes

La tarde que inauguré mi oficina con papá y mi suegro

La idea de tener una oficina propia llevaba meses dándome vueltas en la cabeza, pero fue la cara que puso mi jefe cuando le pedí dos horas libres los jueves la que terminó de empujarme. Le había explicado, con la voz más profesional de mi catálogo, que necesitaba ese hueco para almuerzos de trabajo con mi marido y otros directivos de la empresa, ahora que a Diego lo habían ascendido a director. Él me miró por encima de los anteojos como si yo le estuviera pidiendo la mitad del sueldo.

—Si fuera por mí, te diría que no —masculló—. Pero el gerente general te protege. No sé hasta cuándo.

Esa noche lo hablé con Diego mientras cenábamos. Estuvimos de acuerdo: había llegado el momento de acelerar la inversión que veníamos cocinando desde el verano. Una casa pequeña, casi en ruinas, en el casco antiguo de Rosario, comprada a buen precio en septiembre del año anterior. Una arquitecta amiga me había hecho los planos y faltaba poco para terminar las reformas.

La casa iba a cumplir dos funciones, y por eso las condiciones que le había puesto a la arquitecta eran innegociables. Una sala de recepción amplia en la planta baja, dividida con tabique de yeso para crear una pequeña secretaría con sala de espera y mi despacho privado, con baño y kitchenette. Y arriba, una escalera con buen ángulo de visión hacia mi escritorio, que terminara en un balcón interior. Desde ese balcón se accedía a la suite. La placa de la puerta diría «Asesoría Estratégica». Lo que pasara en el dormitorio de arriba era otro asunto.

Maximiliano fue clave en todo eso. El director general de la empresa de Diego, el mismo que un sábado de febrero me había permitido entrar en su cama por primera vez, y desde ese día se portó como un caballero generoso. Me prometió amueblar la oficina entera, y cumplió. Mesas, sillones, lámparas, la cama doble del dormitorio de arriba, hasta los marcos de los cuadros. Todo elegante, sin caer en lo ostentoso.

—No importa que seas la esposa de Diego —me dijo una tarde, mientras pagaba la cuenta del restaurante donde almorzábamos los jueves—. Una putita así merece ser bien tratada.

Y yo, lejos de ofenderme, sonreía.

Para principios de abril ya había renunciado a mi trabajo fijo. La discusión con mi jefe se había vuelto insostenible, y los números eran claros: con tiempo libre podía recibir a más clientes de mi otra agenda, la que ningún currículum mencionaba. La asesoría estratégica iba a apuntar a empresas, sin competir con mis ex empleadores. Mi segundo oficio, el de putifina, lo iba a ejercer desde la planta alta. Cómoda, dueña del horario, dueña del lugar.

***

La oficina tuvo tres inauguraciones, pero la primera es la única que me importa contar hoy. La hice con la familia. Con la real y con la sexual, que en mi caso se solapan más de lo que cualquier psicóloga aprobaría.

Un viernes de marzo me tomé la tarde y los cité a las cuatro. Diego también pidió la tarde libre, aunque eso le costó horas extra el resto de la semana. Mi padre, Eduardo, llegó primero, con una botella de espumante. Detrás vino mi suegro, Hernán. A los dos los recibí con un beso en la boca, lengua incluida, mientras Diego cerraba la puerta con doble vuelta de llave.

Me había preparado para la ocasión. Vestido lila de gasa, sin sostén, sin bombacha, y unos zapatos altos que ya había aprendido a descalzar en tres segundos. Llevaba el pelo suelto, los labios pintados con un rojo discreto y el perfume que más le gusta a Eduardo.

—Dejen los regalos en la mesa de entrada, vengan que les muestro la casa —dije, agarrando a cada uno de un brazo.

Recorrimos la planta baja. Les expliqué dónde iba a estar la secretaría y dónde el despacho, dónde colgaría el cuadro que había comprado en una feria de San Telmo, el escritorio de roble que había elegido Maximiliano, el televisor de setenta y cinco pulgadas montado en la pared frente al sillón de las visitas.

—Es para hacer proyecciones a los clientes —les dije, guiñando un ojo—. Y para otras transmisiones.

Subimos a la planta alta. Les mostré el balcón interior, la barandilla de hierro forjado, la suite con baño en mármol, la cama nueva con sábanas blancas planchadas esa misma mañana. En la mesa de luz había un celular ya encendido y conectado al wifi.

—La cámara va a transmitir en vivo al televisor de abajo —expliqué—. Imagen impecable, lo probé ayer.

Volvimos al salón. Diego sirvió cuatro copas y nos sentamos en el sillón. Yo en el medio, Eduardo a mi izquierda, Hernán a mi derecha. Diego eligió quedarse de pie, con su copa, mirándonos como un director que disfruta el ensayo.

Eduardo me besó primero, lento, mientras me acariciaba el muslo bajo el vestido. Hernán me pasó la mano por el pelo y, cuando giré la cara hacia él, no dudó. Me besó como si fuera la primera vez, aunque hace más de un año que sabe a qué sabe mi boca. Las manos de los dos hombres me iban subiendo por el cuerpo, y el vestido, que casi no era vestido, se rendía con cada movimiento.

—Voy a cambiarme —anuncié de pronto, levantándome.

—¿Cambiarte para qué? —protestó mi padre.

—Para subir como se debe.

Diego apretó un botón del control remoto y la pantalla del televisor se encendió. La cámara del dormitorio nos devolvió la imagen del cuarto vacío, la cama hecha, la lámpara encendida.

—Mírenme bien la subida —dije—. Si no me ven entero el culo, no sirve el vestido. Necesito saberlo para los próximos.

Subí los escalones despacio, una pierna a la vez, con la mano apoyada apenas en la baranda. Sabía exactamente cómo se tensaban mis pantorrillas y mis glúteos en ese ángulo. Sabía que el vestido iba a levantarse a partir del cuarto escalón.

—Esa es mi nena —dijo Eduardo desde abajo.

—Qué piernas, qué culo —agregó Hernán.

Diego aplaudió con una mano en el aire, sosteniendo la copa con la otra.

Llegué arriba, entré al cuarto y me planté frente al celular. Me saqué el vestido sin teatro y lo dejé caer al suelo. Después me coloqué una bata blanca de gasa, tan transparente que solo cumplía la función estética de tener algo encima. Pasé frente a la cámara sacudiendo los pechos, sabiendo que Diego ya estaba sacando capturas para enviarle a Maximiliano, que me había exigido por mensaje «pruebas en tiempo real».

Salí al balcón interior y me apoyé en la barandilla, justo encima del salón. Con el dedo índice les hice la seña de subir.

Eduardo fue el primero. Se desnudó allí mismo, dejando la ropa amontonada en el sillón, y subió la escalera con una urgencia que me hizo reír. Hernán y Diego se sentaron juntos, en bóxer, ya con erecciones evidentes, listos para ver el espectáculo en la pantalla.

—Bienvenido al estreno, papi —le dije a mi padre cuando llegó al balcón.

Nos besamos contra la baranda, a la vista de los otros dos. Mi bata cayó al piso casi sola. Sus manos me recorrían los pechos, la cadera, el vientre. Yo me incliné sobre la barandilla, dejando que mis tetas colgaran apuntando al vacío del salón. Por detrás, Eduardo restregaba su verga entre mis nalgas, a veces rozando los labios húmedos. Diego, abajo, sacaba foto tras foto y las enviaba en tiempo real.

—Vamos a la cama —murmuré.

Cruzamos al dormitorio. Caímos los dos sobre las sábanas, yo de costado para quedar de frente a la cámara. Eduardo se acomodó detrás, pegado a mi espalda, y empezó a acariciarme los pechos y la concha con la calma que solo da la seguridad de tener todo el tiempo del mundo. A veces yo giraba la cabeza y nos besábamos con la lengua, con esa intimidad que tantas veces me confunde y tantas veces me reconforta.

Me arrodillé después y bajé la cara hasta su pija. La besé despacio, deslizando los labios arriba y abajo, asegurándome de quedar siempre del lado bueno de la cámara. Después me acosté boca arriba y le pedí que se sentara sobre mi cara para lamerle los huevos. Lo guie a comerme la concha durante unos minutos largos, hasta que estuve a punto de explotar, y entonces lo monté.

Sentada sobre él, de perfil al celular, subía y bajaba como si me pagaran por hacerlo. Él me agarraba las tetas, me las apretaba, a veces me tiraba del pezón y yo me arqueaba como una gata. En un momento me bajé y nos pusimos en cucharita, los dos de frente a la cámara, mi pierna izquierda colgando sobre su cadera. Su verga entró otra vez en mí, totalmente lubricada, y empezó un vaivén que fue creciendo en velocidad.

—No te salgas —le pedí cuando lo sentí más duro—. Quiero todo adentro.

Tensó las piernas, gruñó y me dejó la leche bien profundo. Siguió bombeando unos segundos más, mientras me apretaba un pecho con una mano. Después se quedó quieto. Salí lentamente y dejé que la cámara captara cómo el flujo escurría entre mis muslos.

Me di vuelta y lo besé. Le di las tetas para que las chupara, sé bien cuánto le gusta. Después le limpié la verga con la boca, saboreando el gusto de su semen, el origen de mi propia historia. Era el momento de contarle lo de París.

—Papá, escuchame algo. ¿Te acordás del matrimonio que conocimos en París el año pasado? Los voyeurs.

—Me lo contaron, sí.

—Bueno, pasa que les conté de lo nuestro y se quedaron impactados. Aceptaron venir a verme en directo. Pagan bien. Tres veces mi tarifa habitual.

—Hija, ¿estás segura de que les interesa?

—Étienne ya compró los pasajes. Llegan en quince días, justo para la segunda inauguración de la oficina.

Eduardo me acariciaba el costado con la mano abierta, pensando. Yo seguía con la mano sobre su miembro, que volvía a endurecerse de a poco.

—Y hay una cosa más, no te pongas celoso —le dije al oído—. Étienne me pidió participar el día de la fertilización. Solo esa vez. Le dije que sí, pero por una cifra que ningún hombre normal pagaría.

—¿Y aceptó?

Le susurré el número. Se quedó callado unos segundos.

—Es dueño retirado de una empresa europea —agregué—. Ni siquiera la negoció.

—Hiciste bien —dijo, y me mordió el lóbulo de la oreja—. Si vas a serlo, sé putita sin complejos. Prometo no celarte.

Le hice una seña al celular para que los de abajo siguieran esperando. Mi mano lo masturbaba ya con la intención clara de un segundo asalto.

—¿Me cogés de nuevo, papi?

Pasé la pierna derecha por encima de él y, sin necesidad de la mano, su verga encontró el camino y entró despacio. Empezó otro vaivén, suave esta vez, y me metió un dedo en el culo, dedo que de a ratos me daba a chupar para volver a humedecerlo.

El espectáculo en pantalla debió ser demasiado para Hernán y Diego, porque oí los pasos en la escalera. Diego entró con el celular en la mano filmando. Hernán, ya sin ropa, se acostó detrás de mí, presentó su verga bañada en pre semen contra mi otro orificio y se abrió camino con calma. Eduardo seguía moviéndose dentro de mí. Sincronizaron los movimientos como si lo hubieran ensayado.

Yo sentí que volaba. Pude apenas susurrar:

—En las tetas, los dos. Por favor.

Eduardo se salió primero, con la respiración entrecortada, y se masturbó sobre mi pecho. Hernán terminó después, todavía dentro, hasta que también se retiró y lanzó su carga sobre el otro pecho. Los dos quedaron arrodillados a mis costados, jadeando, mientras Diego se acercaba con el celular y me filmaba en primer plano cómo me masajeaba el semen contra la piel.

Después fue mi turno. Limpié las dos vergas con la boca, despacio, saboreando lo que cada uno me había dejado. Los tres me miraban con la misma mezcla de ternura y orgullo, esa que aprendí a reconocer hace tiempo.

Cuando recuperaron el habla, Diego soltó la noticia que veníamos guardando.

—En quince días llegan Margaux y Étienne. Vienen a ver el espectáculo familiar completo.

Eduardo y Hernán se miraron entre ellos.

—Les conviene quince días de abstinencia —les dije, riendo—. Para que la eyaculada delante de los franceses sea memorable.

Hubo más caricias, más besos, una segunda copa de espumante en la cama, y así terminó la primera inauguración de mi nueva oficina. La segunda, con despliegue internacional, se las cuento la próxima.

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Comentarios (5)

GatoNocturno

tremendo relato, me dejo sin palabras!!

ValentinaRos

Por favor seguila, quede con ganas de saber como termina todo. Me engancho desde el primer parrafo!

RubenMdq

Muy bien escrito, se nota que sabes contar las cosas con detalle sin pasarte de la raya. Me gusto mucho, espero que haya segunda parte.

PepitoCba

jajaja el titulo ya me vendio, increible

Luciana_pc

Esto es real o fantasia? porque se siente muy autentico... de cualquier manera me encanto, que relato!!

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