La noche que cité a mi madre en un hotel
Tengo diecinueve años y mi madre tiene treinta y seis. Se llama Valeria. La tuvo joven, o eso le dicen cuando nos ven juntos en la calle, porque nadie que la mire puede creer que sea mi madre.
Llega del trabajo todos los días cerca de las seis. Lo sé porque me sitúo en la sala con el libro abierto en cualquier página y espero el sonido de la llave. Lleva tacones altos casi siempre. Eso lo escucho antes de verla.
Esa tarde entró con un traje oscuro que le marcaba la cintura y unas medias veladas color hueso que hacían que sus piernas parecieran de porcelana. Se detuvo en la entrada, me miró y sonrió.
—Hola, Lucas. ¿Comiste algo?
—Sí —mentí.
Caminó a la cocina sin quitarse los tacones. El sonido de cada paso sobre las baldosas me llenó el pecho de algo que no supe nombrar esa primera vez, pero que con los días fui reconociendo sin querer. Se me ponía dura solo con oírla acercarse por el pasillo, y me tenía que tapar el bulto con el libro para que no lo notara.
***
Durante semanas me dije que era normal. Que cualquier chico de mi edad se fijaría en una mujer como ella. Que la sangre no tenía nada que ver con los ojos.
Entonces una noche llegó más tarde de lo habitual, exhausta, y dejó el bolso en la mesa de entrada sin cerrar la puerta de su cuarto del todo. Solo una rendija. Solo la luz suficiente para verla moverse dentro.
Me quedé quieto en el pasillo.
La vi quitarse la blusa despacio. La vi bajar la falda por las caderas y dejarla caer. Quedó en ropa interior y en las medias, de espaldas al espejo, y se quedó un momento así, mirándose, pasando una mano por su cintura antes de seguir. Se soltó el sostén y dejó ver unas tetas grandes, redondas, con los pezones oscuros y erectos por el frío del cuarto. Se los rozó apenas con la yema de los dedos y suspiró.
No aparté la vista. Me bajé el pantalón del pijama ahí mismo, en el pasillo, y me agarré la polla sin poder evitarlo. Me acabé viéndola bajarse la tanga hasta los tobillos, con la mano tapándome la boca para que no me oyera gemir. El semen me chorreó entre los dedos y lo limpié en un trapo antes de meterme en mi cuarto.
Esa noche no dormí bien. Tampoco las siguientes.
***
El teléfono fue el siguiente error.
Un sábado salió de compras y lo dejó cargando en la sala con la pantalla sin bloquear. Sabía que tenía poco tiempo. Lo tomé con las manos que me temblaban un poco y entré en sus mensajes.
Primero encontré el grupo con sus compañeras de trabajo. Chistes, quejas del jefe, fotos de la última reunión. Pero entre eso había un intercambio donde ella decía: «A veces me divierte que me miren así. Después de tanto tiempo sola, se siente bien.»
Seguí bajando.
Había un chat privado con alguien llamado Ricardo. Mensajes frecuentes, algunos de hacía apenas dos días.
Ricardo: «Valeria, esas piernas con las medias veladas me quitan la concentración cuando pasas por mi escritorio. Me la pones dura solo con verte cruzarlas.»
Valeria: «Qué directo eres. Aunque me halaga, la verdad.»
Ricardo: «Si no fueras mi compañera, te agarraría contra el archivador y te follaría con esos tacones puestos.»
Valeria: «Quién sabe. Por ahora sigamos siendo profesionales. Aunque me estás mojando el asiento, cabrón.»
Y más abajo, dos días antes:
Ricardo: «Anoche soñé contigo. Con la falda gris y los tacones. Te arrancaba la blusa en mi oficina, te sentaba en el escritorio y te comía el coño hasta que te corrías en mi boca.»
Valeria: «Para. Me estás poniendo nerviosa en pleno horario. Se me nota en las bragas, eres un peligro.»
Pero no lo cortaba. Eso era lo que me ardía.
Encontré otro chat, con alguien llamado Darío. Más antiguo, más intenso. Mensajes de casi un año atrás, de una noche en que yo estaba dormido en la habitación de al lado.
Darío: «Quiero que hagas algo por mí. Ve a tu cuarto, ciérralo con llave y siéntate en la cama. Quiero que te quites la blusa lentamente, como si yo estuviera allí mirándote.»
Valeria: «Darío, esto ya está pasando de la raya. Pero... está bien. Ya estoy en mi habitación. La blusa ya está fuera. Los pezones se me pusieron duros solo de leerte.»
Darío: «Ahora la falda. Bájala despacio por las caderas. Describe cómo se siente. Y quiero que te metas la mano dentro de las bragas y me digas cómo estás ahí abajo.»
Valeria: «La tela se desliza por mis muslos. Me siento expuesta y muy excitada. Estoy empapada, Darío. Los dedos me resbalan sobre el clítoris de lo mojada que estoy. No debería estar haciendo esto.»
Darío: «Métete dos dedos dentro. Despacio. Quiero que te folles con la mano pensando en mi verga. Que abras las piernas todo lo que puedas.»
Valeria: «Ya los tengo dentro. Dios. Me estoy imaginando tu polla en lugar de mis dedos, entrándome hasta el fondo. Estoy mordiendo la almohada para no gritar.»
Y más abajo, casi a la madrugada:
Valeria: «Ya terminé. Fue intenso. Me vine pensando en ti, en cómo me llenabas el coño y me obligabas a tragarme la corrida después. Manché las sábanas. Mañana voy a la oficina con las mismas medias y sin bragas, para acordarme.»
Escuché la llave en la puerta. Dejé el teléfono exactamente donde estaba y me tiré en el sofá, con la polla tan hinchada dentro del pantalón que dolía.
Valeria entró sonriente, con bolsas de compras y una falda corta que hacía que todo lo demás sobrara.
—¿Me extrañaste? —dijo acercándose a darme un beso en la mejilla.
—Sí —respondí con la voz ronca.
Era verdad. Pero ya no era solo eso.
***
Esa noche empecé a construir la trampa.
Creé un perfil en la misma red social donde ella publicaba sus fotos. Sin cara. Sin nombre real. Lo llamé «AdmiradorOculto» y le puse una bio neutra sobre la elegancia femenina.
Le di me gusta a tres fotos recientes. Luego escribí el primer comentario con cuidado, eligiendo cada palabra:
«Eres una mujer que sabe moverse con una elegancia que pocas tienen. Esas medias, esa forma en que caminas con tacones... hace que sea imposible no mirarte.»
Ella lo vio. Le dio me gusta a mi perfil. No respondió todavía.
Al día siguiente llegó del trabajo con más energía que de costumbre. Se cambió en su cuarto con la puerta entreabierta, como si fuera una costumbre nueva. La vi sentarse frente al espejo para quitarse las medias, despacio, y pasarse los dedos por las piernas antes de ponerse el pijama. En un momento se abrió las piernas frente al espejo, se tocó por encima de la tanga y se pasó la lengua por el labio inferior. Lo hacía sabiendo que yo podía verla. Estaba seguro.
Esa noche le envié un mensaje privado.
«Valeria, perdona si soy demasiado directo. Pero cada foto que subes me hace imaginar cómo eres en la intimidad. Eres de las pocas mujeres que saben que las desean y actúan como si no importara. Mereces que alguien te lo diga sin rodeos.»
Su respuesta llegó a la mañana siguiente:
Valeria: «Vaya. Gracias por tus palabras. Me sorprende que alguien note esos detalles. ¿Eres de aquí?»
Le contesté que sí. Que era solo un hombre que apreciaba la verdadera belleza. Así empezó.
***
Durante semanas intercambiamos mensajes nocturnos. Yo esperaba que ella se retirara a su cuarto y entonces abría el chat.
Al principio eran solo elogios. Después se volvieron más personales. Ella empezó a contarme cómo se sentía al caminar por la oficina sabiendo que la miraban, cómo disfrutaba arreglarse por las mañanas. Yo respondía describiendo lo que imaginaba al ver sus fotos, sin cruzar ninguna línea de golpe.
Una noche de viernes, cuando ya llevábamos casi tres meses así, ella escribió:
Valeria: «Hoy me quité las medias pensando en cómo las describiste la última vez. Es extraño, pero me hace sentir deseada de una forma diferente. Estoy en la cama, sola, con la mano entre las piernas. ¿Qué más imaginas cuando piensas en mí al final del día?»
Respondí despacio, eligiendo cada palabra:
«Imagino que te sueltas el cabello y lo dejas caer sobre los hombros. Que te miras en el espejo y pasas las manos por la cintura, bajando hacia las caderas. Imagino el momento en que la bata se abre y la lámpara ilumina tus tetas duras, los pezones apuntando hacia arriba. Imagino tu mano bajando entre los muslos, los dedos abriéndote los labios del coño, buscando el clítoris con esa misma paciencia con la que caminas por el pasillo de la oficina. Me pregunto si te la metes despacio o si ya no aguantas y te la clavas hasta los nudillos.»
Su respuesta tardó casi veinte minutos.
Valeria: «Sí. Justo ahora tengo dos dedos dentro. Estoy sentada en la cama con solo una bata y tus palabras son tan precisas que casi puedo sentir tu boca. Me estoy pellizcando un pezón mientras te leo. La bata está abierta y las piernas también. Estoy chorreando sobre las sábanas. ¿Qué harías si estuvieras aquí?»
Al otro lado de la pared estaba ella, mi madre, escribiendo eso mientras yo lo leía sentado en mi cama con la polla en la mano. Respondí con el pulso en las sienes:
«Me quedaría en silencio al principio. Te pediría que te dejaras caer la bata de los hombros y me enseñaras esas tetas que me tienen loco. Que te las agarraras y me mostraras cómo te gusta que te las aprieten. Luego te pediría que abrieras las piernas todo lo que pudieras, que te siguieras follando con los dedos pero despacio, para que yo pudiera ver cómo entran y salen brillando de lo mojada que estás. No te tocaría todavía. Solo te miraría correrte para mí, con la boca abierta.»
Valeria: «Dios mío. Ya lo estoy haciendo. Tengo las piernas abiertas de par en par. Me estoy metiendo tres dedos ahora, hasta el fondo, con el pulgar sobre el clítoris. Estoy tan mojada que se escucha. Me estoy imaginando tu lengua ahí, subiendo desde el culo hasta el clítoris, comiéndome entera. ¿Sabes lo que significa para una mujer que vive sola con su hijo seguir sintiéndose así de deseada, así de puta?»
Sola con su hijo.
Lo leí tres veces. Le escribí que se metiera los dedos en la boca cuando terminara, para probarse. Que me contara a qué sabía. Y me lo contó. Esa noche no dormí hasta las cuatro, con el semen secándose sobre el vientre y su último mensaje leído una y otra vez.
***
Tres semanas después, ella propuso quedar.
Valeria: «Quiero conocerte. Solo un café discreto. Quiero ver tus ojos mientras me hablas como lo haces aquí.»
Respondí con cuidado. Le dije que no quería un café. Que quería algo íntimo, sin interrupciones. Le di un plan concreto: un hotel en el centro, habitación 307, sábado a las nueve. Llegaría primero y la esperaría sentado en el sillón, con una máscara negra simple que solo dejara ver mis ojos.
El silencio duró diez minutos.
Valeria: «Esto es una locura. Pero sí. El sábado. Iré sin bragas debajo del vestido, para no perder tiempo. No me decepciones.»
***
Le dije a Valeria que saldría con unos amigos y que volvería tarde. Ella me respondió con un beso en la mejilla y una mirada suave.
—Diviértete, mi amor. Yo también saldré un rato. No me esperes despierto.
Llegué al hotel antes que ella. Pagué en efectivo con un nombre cualquiera. La habitación era amplia, con cortinas pesadas y una sola lámpara encendida en la mesita. Me puse la máscara frente al espejo, me senté en el sillón y esperé con el corazón en la garganta y la polla ya media dura contra la pierna.
A las nueve y diez sonaron dos golpes suaves en la puerta.
—Adelante —dije con la voz un tono más baja de lo normal.
La puerta se abrió despacio.
Valeria entró con un vestido negro ajustado que le llegaba a las rodillas, tacones altos y medias veladas oscuras. El escote era discreto. El cabello, suelto. Su perfume llegó antes que sus palabras.
Se detuvo en el centro de la habitación y me miró.
—Eres más joven de lo que imaginaba —susurró.
No respondí. Me levanté despacio y me acerqué hasta quedar a un paso de ella. La luz de la lámpara le iluminaba la mitad del rostro. Podía ver el pulso latiéndole en el cuello.
—No sé bien qué estoy haciendo aquí —dijo—. Pero quiero ese beso que me prometiste. Y quiero todo lo demás que me escribiste.
Me acerqué hasta que el espacio entre los dos era casi nada. Levanté una mano y rocé apenas su mejilla con los nudillos. Ella cerró los ojos un segundo, suspirando.
Entonces la besé.
***
El beso empezó despacio, casi sin decisión. Sus labios estaban cálidos y ligeramente entreabiertos. Ella se tensó un momento y luego soltó el aire y se rindió. Su lengua rozó la mía con timidez, luego con más hambre. Me chupó la lengua entera, como si llevara meses aguantándose. Sus manos subieron por mi pecho y se aferraron a mi camisa.
La rodeé por la cintura y la acerqué. Era más alta que yo, especialmente con los tacones, y tuve que levantar la barbilla para besarla mejor. Ese pequeño detalle me quemó por dentro más que cualquier otra cosa. Le agarré el culo con las dos manos por encima del vestido y se lo apreté fuerte. Ella soltó un gemido dentro de mi boca y me pegó las caderas al bulto de la polla.
—Está durísima —murmuró contra mis labios, restregándose despacio—. Dios, cuánto la necesitaba.
—Esto es una locura —le contesté en el mismo tono—. Pero no vamos a parar.
—No —jadeó—. No pares.
Encontré el cierre del vestido en su espalda y lo bajé centímetro a centímetro. La tela se abrió. Valeria dio un paso atrás, me miró a los ojos y dejó que el vestido cayera al suelo.
Quedó frente a mí en un sostén negro de encaje, sin bragas —tal como había prometido—, medias veladas oscuras sujetas con liguero y los tacones todavía puestos. El coño depilado brillaba entre los muslos, ya húmedo.
La miré durante unos segundos sin hablar. Sus tetas subían y bajaban con la respiración agitada. La cintura era estrecha, las caderas pronunciadas, las piernas largas bajo las medias.
—Vine mojada desde casa —susurró, y se llevó dos dedos entre los muslos para enseñármelo. Los sacó brillantes y me los acercó a la boca—. Prueba.
Se los chupé enteros, sin apartarle la mirada. Sabía a sal y a hembra madura. Ella se mordió el labio inferior.
Me acerqué y la besé en el cuello. Fui bajando despacio: la clavícula, el borde del sostén. Le desabroché el cierre con una sola mano y lo dejé caer. Sus tetas quedaron libres, más grandes de lo que las había imaginado desde el pasillo aquella noche, con los pezones oscuros y ya duros como piedras. Me llevé uno a la boca y lo chupé fuerte, tirándolo con los dientes. Ella arqueó la espalda y me clavó las uñas en la nuca.
—Ay, joder —gimió—, así, muérdemelas, chúpamelas como si fueran tuyas.
Pasé al otro pezón y le hice lo mismo, mientras con la mano libre le apretaba la teta que acababa de dejar. Le lamí entre los pechos, bajé por el vientre, le metí la lengua en el ombligo. Ella me empujaba la cabeza hacia abajo con las dos manos, sin disimulo.
Me arrodillé frente a ella. Mis manos subieron por sus muslos, sintiendo la textura de las medias sobre la piel caliente. Le hice separar más las piernas. El coño le brillaba a la altura de mi cara, con los labios ya hinchados y entreabiertos. Le soplé encima y ella se estremeció entera.
—No juegues —jadeó—. Cómemelo. Llevo meses imaginándolo.
La agarré del culo con las dos manos y hundí la cara entre sus piernas. Le pasé la lengua desde abajo hasta arriba, en una lamida larga y lenta, recogiendo todo lo que ya se le había derramado. Ella soltó un grito ahogado y se sujetó del respaldo del sillón para no caerse.
Le busqué el clítoris con la punta de la lengua y empecé a moverlo en círculos, primero despacio, luego más rápido. Le metí dos dedos dentro y los curvé hacia arriba, buscándole el punto exacto que sabía que la iba a hacer perder la cabeza. Se lo encontré. Valeria gimió alto y me apretó la cabeza contra el coño con las dos manos.
—Ahí, ahí, joder, no pares —jadeaba—. Cómeme, chúpame, méteme los dedos más adentro.
Le chupé el clítoris con los labios, tirándolo suave, mientras la penetraba con los dedos a un ritmo cada vez más profundo. La sentí temblarme en la boca, los muslos apretándome la cabeza. Se corrió de pie, con las piernas fallándole, chorreándome la barbilla. Le lamí todo lo que caía sin dejar una gota.
—Espera —jadeó—, espera, no aguanto de pie.
La llevé hasta la cama y la tiré boca arriba. Me desnudé rápido frente a ella. Valeria se apoyó en los codos y me miró con los ojos oscuros de deseo cuando me bajé el bóxer. La polla saltó dura y erguida. Se pasó la lengua por el labio superior.
—Ven aquí —susurró—. Métemela en la boca antes.
Me arrodillé sobre la cama, junto a su cara. Ella me agarró con las dos manos, me la acarició de arriba abajo y se la metió entera en la boca. Me chupó despacio, mirándome a los ojos por encima de la máscara, dejando que la saliva le chorreara por la barbilla y le cayera sobre las tetas. Bajó hasta la base, se atragantó un poco, siguió. Con una mano me apretaba los huevos, con la otra me la masturbaba al ritmo de la boca.
—Se me va a salir por la nariz —murmuró soltándomela un segundo, y volvió a metérsela hasta el fondo.
La aparté antes de correrme. La empujé de espaldas contra el colchón y me acomodé entre sus piernas. Ella las abrió de par en par y se llevó la polla a la entrada del coño ella misma, restregándose el capullo por los labios empapados.
—Métemela ya —pidió—. Toda, de una.
La entré de una embestida. Ella arqueó la espalda y soltó un gemido largo, ronco, cuando estuve completamente dentro. Estaba tan estrecha y tan mojada que casi me corro ahí mismo. Me tuve que parar un momento, apretando los dientes.
Empecé a moverme. Primero con embestidas largas y profundas, sacándola casi entera para clavársela hasta el fondo otra vez. Cada golpe le hacía rebotar las tetas. Valeria envolvió las piernas alrededor de mis caderas —todavía con los tacones puestos— y me atrajo más adentro. Los tacones se me clavaron en el culo. Sus uñas se hundieron en mi espalda.
—Más fuerte —pidió con voz entrecortada—. Fóllame duro, no te contengas. Rómpeme el coño.
Aceleré. Le agarré las dos muñecas y se las sujeté por encima de la cabeza mientras la embestía con fuerza. La cama empezó a golpear contra la pared. Le lamía el cuello, le mordía los pezones entre embestida y embestida. Ella respondía con gemidos cada vez más altos, insultando entre dientes, moviendo las caderas para encontrarse con las mías en cada golpe.
—Así, así, más adentro, dame más —gemía—. No pares, hijo de puta, no pares.
Es tu madre. La estás haciendo tuya.
Y ese pensamiento solo lo hacía más intenso. Le solté las muñecas, la saqué, la puse boca abajo y la levanté por las caderas. Le di una nalgada fuerte antes de volver a metérsela desde atrás. Ella hundió la cara en la almohada y gritó cuando le entré de nuevo hasta el fondo, más profundo aún en esa posición.
—Sí, así, a cuatro patas, como una perra —jadeaba contra la almohada—. Fóllame así, agárrame del pelo.
Le agarré el pelo con una mano y se lo tiré hacia atrás, arqueándole la espalda. Con la otra le sujetaba la cadera para clavársela al ritmo que a mí me diera la gana. Le miré el culo rebotando contra mi vientre, el coño abriéndose entero para recibirme, las medias todavía puestas hasta la mitad del muslo. Le solté un escupitajo en el ojete y le metí el pulgar ahí mientras seguía follándola por delante.
Ella gritó de nuevo, más fuerte, apretándome con todo.
—Ay, Dios, me voy a correr otra vez, no pares, no pares.
Sentí cómo se tensaba alrededor de mí, cómo sus paredes se contraían en espasmos rápidos y calientes. Se corrió chorreándome los huevos, temblando entera, apretándome tan fuerte que casi me arrastra con ella.
La aguanté. La giré otra vez de espaldas porque quería verle la cara cuando terminara. Le puse las piernas sobre mis hombros y volví a clavársela hasta el fondo, doblándola en dos. Le clavaba la polla mirándola a los ojos, viendo cómo se le abría la boca en cada embestida.
—Córrete dentro —jadeó, agarrándome la cara con las dos manos—. Lléname, quiero sentirte caliente ahí dentro. Estoy tomando pastillas, córrete dentro.
Empujé una vez más, hasta el fondo, y otra, y otra. El orgasmo me subió desde la base de la columna como fuego. Me derramé dentro de ella en oleadas largas y calientes, con la polla latiendo pegada a su matriz. Ella gemía debajo de mí, apretándome con las piernas, sintiendo cada chorro.
—Sí, así, todo dentro —murmuraba—, no salgas, quédate ahí.
Me quedé dentro un rato, apoyado sobre ella, respirando en su cuello. Cuando por fin la saqué, el semen empezó a chorrearle del coño hinchado y a caerle por el muslo, sobre las medias. Ella se llevó dos dedos, recogió un poco y se lo metió en la boca sin apartarme la mirada.
Nos quedamos abrazados, respirando agitados, sin hablar.
La habitación olía a su perfume, al sudor, a lo que habíamos hecho.
Valeria tenía la cara apoyada en mi cuello. No me había quitado la máscara.
Todavía no sabía quién era yo.

