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Relatos Ardientes

La cena familiar terminó en un intercambio prohibido

Marisa tenía una de esas familias que parecían sacadas de un anuncio: su marido Gustavo, su único hijo Damián y la mujer de este, Carolina. A sus años seguía conservándose espléndida, y lo sabía. Le gustaba pasearse por la casa con vestidos ajustados que marcaban sus piernas torneadas y, sobre todo, ese trasero firme y redondo del que su marido nunca lograba apartar la vista.

Aquella noche se preparaba la cena en la casa de los padres. Carolina observaba a su suegra poner la mesa con un vestido azul de flores rojas que se le ceñía al cuerpo como una segunda piel. Luego giró la cabeza hacia su marido, que también miraba.

—Amor, te quiero preguntar algo —dijo en voz baja.

—Dime, ¿qué pasa? —contestó Damián.

—¿Te gusta tu madre?

—¿Qué? ¿De dónde sacas semejante locura?

—Pues veo que se te va mucho la mirada hacia ella.

Damián resopló y miró hacia otro lado.

—Cómo se te ocurre, es mi madre.

—Eso mismo digo yo: es tu madre, y aun así no le quitas el ojo de encima. ¿Te gusta o no?

—Claro que no. Y no la estaba mirando a ella, me llamó la atención el vestido.

—Ese vestido le marca un cuerpazo. ¿O me lo vas a negar?

Él volteó a verla muy serio.

—¿Me vas a decir que tu madre no tiene un…?

—¿Un qué, mi amor? —se burló ella.

—Tú ya sabes. Un… ¿cómo lo dicen ustedes?

—Dilo sin pena.

—Pues sí, un trasero de escándalo —soltó Carolina.

—¿Mi madre tiene un trasero de escándalo? —repitió él, entre ofendido y curioso.

—¡Por favor, Damián! Eres hombre. ¿Vas a decirme que nunca te fijaste en el culazo que se carga tu madre?

—Eso es enfermo.

—No lo creo. Reconocer que tu madre está buena no tiene nada de enfermo. La verdad es que lo está, y no me trago que solo mirabas el vestido.

—De verdad solo veía el vestido. Se parece a uno que tienes tú.

Y era cierto, pensó él. Demasiado parecido.

Carolina volvió a mirar a su suegra, que iba y venía colocando platos y vasos, ajena por completo a la conversación. El azul del vestido le sentaba como pintado.

—Tengo dos preguntas —dijo Carolina.

—¿Cuáles? —preguntó él, intrigado.

—La primera: sí, es igualito al mío. ¿Por qué se compró uno casi idéntico? La segunda: ¿tu madre siempre estuvo así de buena?

—La primera tendrías que preguntársela a ella. Y la segunda… que yo recuerde, sí, siempre fue muy atractiva.

—¿Y cómo aguantabas a tus amigos?

—¿Aguantar qué?

—Vamos, ¿me vas a decir que tus amigos no se hacían pajas pensando en ella? Apuesto a que algunos lo siguen haciendo.

—Oye, más respeto, que es mi madre. Y no lo sé, obviamente no me lo contaban.

—Cuando los traías a casa, ¿no desaparecían bragas del baño o de su cuarto?

Damián se quedó pensando, y la cara se le transformó.

—Ahora que lo dices… sí, alguna vez se le perdía ropa.

—¿Ves cómo sí se masturbaban con ella? Tonto, pudiste hacer negocio con tu mamá.

—¿Negocio?

—Claro. Venderles ropa usada, fotos, videos. ¿La has visto bien? Parece una diosa.

—Mi amor, juraría que mi madre te gusta más a ti que a mí —rió él.

—¡Ajá! Caíste. ¿Ves cómo sí te gusta?

—Bueno, sí. Es mi madre, pero tampoco soy de piedra. Claro que noto lo guapa que es y lo bien que está.

—¿Bien? —exclamó ella, divertida.

—Estamos en confianza, ¿no?

—¡A cenar! —llamó Marisa desde el comedor.

***

Se sentaron los cuatro: Carolina, Damián, Marisa y Gustavo, el padre de Damián. Durante unos minutos solo se escuchó el tintineo de los cubiertos, hasta que Carolina rompió el silencio.

—Oiga, suegra, ¿dónde compró ese vestido?

—Me lo regaló tu suegro. ¿Te gusta? —respondió Marisa.

Carolina y Damián cruzaron una mirada rápida.

—Es que yo tengo uno muy parecido —dijo ella.

Gustavo se atragantó con la comida y empezó a toser.

—¿Estás bien, papá? —preguntó Damián.

—Sí, sí, todo bien —carraspeó él.

—¿Ah, sí? No lo sabía, hija —dijo Marisa con una sonrisa lenta, clavando los ojos en su marido—. Tal vez algún día deberíamos vestirnos iguales. ¿No te parece, Gustavo?

—A mí ni de broma me quedaría como a usted, suegra.

—Claro que sí. Y hasta mejor. Eres más joven y tienes un cuerpo espectacular. ¿Verdad, Gustavo?

—Sí, claro, hija —murmuró él sin levantar la vista del plato—. Seguro te ves preciosa con un vestido así.

—¿Usted cree, suegro? ¿Qué cree que me resaltaría más?

—Bueno, no me parece correcto opinar de eso con mi hijo delante.

—No te preocupes, papá, no tiene nada de malo. Además, es ella la que pregunta.

—¿Lo ve? Es más, permítanme un momento, voy al baño —dijo Carolina, y subió rápido al piso de arriba.

En cuanto desapareció, Marisa tomó su teléfono por debajo de la mesa y le escribió a su marido.

«Te gusta la niña, ¿verdad, infeliz?»

Gustavo sintió vibrar el aparato y lo revisó disimuladamente.

«Estás loca, es mi nuera», respondió.

«¿Por eso me compraste el mismo vestido? ¿Para imaginar que soy ella cuando me lo haces?»

«Jamás. Estás enfermita.»

«¿Ah, sí? Ahorita verás lo enfermita que estoy.»

***

Carolina bajó las escaleras con un vestido casi idéntico al de su suegra, del mismo azul, pero con flores amarillas en lugar de rojas. El comedor entero se quedó en silencio.

—Mi amor, te ves increíble —dijo Damián.

—¡Ay, reina, qué guapa! Qué cuerpo tienes. ¿No te parece, Gustavo? —dijo Marisa.

—Eh… sí, te ves muy bien, hija —balbuceó él.

—Qué curioso, ¿no, hijo? Tú le compras un vestido a tu mujer, y tu padre me compra uno casi igual a mí —comentó Marisa con malicia.

—Sí, bastante curioso. Y también que ustedes dos tengan un cuerpo tan parecido —añadió Damián.

—Pero tu mujer tiene mucho más pecho que yo.

—Y usted tiene mucho más trasero que yo —interrumpió Carolina.

—Ven, hija, ponte a mi lado.

Marisa se levantó y ambas se colocaron juntas, abrazadas por la cintura. Entonces la suegra bajó un poco el escote de Carolina para que se le marcara más el pecho.

—¿Y bien, Gustavo? ¿A quién le queda mejor el vestido, a tu nuera o a mí?

—Uf, difícil decisión —dijo él tragando saliva—. Pero por ser educado, me quedo con Carolina.

—¿Y tú, Damián? ¿Te quedas con tu mujer o con mamá?

Marisa se dio la vuelta para enseñarle a su hijo lo entallado que le quedaba el vestido por detrás, marcando aquel trasero imposible.

—Ay, mamá… la verdad, me quedo contigo.

Carolina lo miró con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta.

—¿Y qué es lo que más te gusta de Carolina, mi amor? —le preguntó Marisa a su marido.

—No, Marisa, no puedo contestar eso. Es la mujer de mi hijo.

—¿A ti te molesta, Carolina? —preguntó la suegra, que aún la tenía agarrada por la cintura.

—En absoluto. Es más, es un honor que me comparen con usted, suegra.

—¿De verdad, niña?

—Por supuesto. Es usted una mujer hermosa. Ojalá yo esté así cuando tenga su edad.

—Pero tú también eres preciosa. La verdad, yo no culparía a mi marido por mirarte todo esto.

Y al decirlo, Marisa posó una mano sobre el pecho de Carolina y lo apretó suavemente.

—Mmm —gimió la joven, sorprendida.

—¿Segura que no le molesta que…? Hmm —volvió a gemir, porque la suegra no dejaba de apretar.

—Mamá, me la arrugas. Déjala —dijo Damián, sin convicción.

—Shhh. Tu mami puede hacerme lo que quiera —susurró Carolina.

—Ya quisiera yo tener tus pechos, cielo. Son preciosos. ¿Te molesta que te los toque?

—No. Usted puede hacerme lo que quiera.

Padre e hijo observaban la escena sin pestañear, cada uno mirando a su respectiva mujer.

—Creo que deberías enseñarnos el buen gusto que tienes para la ropa interior —dijo Marisa.

Y le bajó el vestido por los hombros, descubriendo un sujetador de encaje amarillo que apenas contenía el pecho de su nuera.

—Ah —jadeó Carolina—. ¿Tanto le gusta mi ropita?

—No solo a mí. Mira cómo están ellos —respondió Marisa, señalando a su marido y a su hijo con la barbilla.

—¿Le gusta lo que ve, suegro? —preguntó Carolina con picardía.

—Por supuesto que sí, niña —admitió Gustavo, ya sin esconderlo.

—¿Y a ti, mi amor? ¿Te gusta esto, o prefieres ver lo otro?

Carolina tomó la mano de su suegra y la hizo girar para mostrarle a Damián aquel trasero descomunal.

—Uf, mami, qué tremenda estás —dijo él, y enseguida añadió—: Lo siento, papá.

—No te preocupes, hijo. Yo le vi el pecho a tu mujer; es justo que tú le veas el trasero a la mía.

—¿Sabe, suegra? Creo que debería enseñarle a su hijo cómo se trata a una mujer —dijo Carolina—. Es muy atropellado. Muéstrele cómo se besan unos pechos.

—¿Quieres que sea la maestra de mi propio hijo? —rió Marisa—. Mira, hijo, te acercas así.

La suegra aproximó la cara al pecho de su nuera y empezó a besarlo despacio.

—Le das besitos suaves, así. Y si quieres, puedes pasar la lengua, así.

—Mmm —gimió Carolina, hundiéndole la mano en el pelo.

—¿Te gusta lo que te hace mi madre? —preguntó Damián, ya excitado.

—Sí. Me gusta.

—Cielo, creo que la niña disfrutaría más si lo haces en los pezones —intervino Gustavo.

—¿Estás de acuerdo, mi amor? —le preguntó Marisa a su nuera.

—Si Damián lo está, me encantaría.

—Adelante —dijo él, con la voz ronca.

Marisa bajó las copas del sujetador y dejó al descubierto unos pechos enormes con los pezones erizados. Sin pensarlo dos veces, se los llevó a la boca y los succionó con fuerza.

—¡Mmm! —chilló Carolina—. Así, mami.

—¿Te gusta llamarme mami?

—¿A usted no le gusta cómo saben los pechos de su niña?

—Me fascinan, cielo. Siempre quise unos así.

***

Carolina detuvo un momento a su suegra y la giró hacia los hombres.

—No los dejemos así, pobrecitos —dijo, mirando a su marido y a su suegro.

Volteó a Marisa de modo que el trasero de la suegra quedara frente a ellos, enfundado en aquel vestido azul.

—Les gusta el culazo de mi suegra, ¿verdad? —preguntó.

—Uf, qué suerte tienes, papá, de poder disfrutarlo cuando quieras —dijo Damián.

Carolina le subió el vestido a Marisa por detrás, dejando a la vista una tanga blanca diminuta.

—Ay, mamá, te ves espectacular —murmuró él.

—¿Tanto te gusta el culo de tu madre? —preguntó Carolina.

—Se me antoja.

—¿Y qué te parece si me intercambias con tu papá?

—¿De verdad? ¿No te molesta, hija? —preguntó Gustavo, casi sin aire.

—Seamos honestos —dijo Carolina—. Damián lleva años queriendo volver a entrar por donde nació, y usted lleva el mismo tiempo queriéndome a mí. ¿Me equivoco?

Padre e hijo negaron con la cabeza, pero ninguno apartó los ojos.

—Entonces ve, papito —ordenó ella—. Dale a tu niña. Y usted, suegra, vaya a darle a su hijo lo que tanto le pide.

Carolina se acercó a Gustavo, que se había quedado clavado en una de las sillas del comedor, y se le sentó encima a horcajadas. Al otro lado de la mesa, Marisa hacía lo mismo con Damián.

—¿Desde cuándo me querías así, papito? —preguntó Carolina, con el pecho al aire.

—Desde que te conocí —jadeó él—. Siempre quise tenerte así.

—¿Y tú, mi amor? —le decía Marisa a su hijo—. ¿Por qué nunca me dijiste que querías esto?

—Porque me daba vergüenza desear a mi propia madre.

—No, mi niño. Para eso está tu madre: para cuidarte y atenderte. Que te hayas casado no significa que no puedas venir a buscarme.

—¿De verdad, mami?

—Por supuesto, mi amor.

***

Los dos hombres se bajaron los pantalones. Carolina y Marisa se quedaron mirando un instante.

—Ay, dios, papito, qué grande la tienes —dijo Carolina.

—Vaya, Damián… no sé si me va a entrar entera —rió nerviosa Marisa.

—Ven, mami, siéntate despacio —pidió él.

Marisa volvió a montarse sobre su hijo y empezó a bajar lentamente.

—Con cuidado, papito —jadeó—. Nunca me entró algo así.

En la otra silla, Gustavo tomó a su nuera por la cintura y la hizo descender de golpe.

—¡Ay, dios! —gritó Carolina.

El comedor se llenó del sonido rítmico de los cuerpos. Carolina subía y bajaba sobre su suegro, mientras Marisa se mecía sobre su hijo, incapaz ya de contener los gemidos.

—Me abres entera —jadeaba la suegra, aferrándose al cuello de Damián.

—Se ve que ya le tenías ganas a tu madre —añadió, casi sin voz.

Carolina se quitó el sujetador y lo lanzó al suelo.

—Así ves mejor cómo le saltan los pechos a tu niña —le dijo a Gustavo.

—¿Te gusta lo que te hace tu niño, mami? —preguntó Damián.

—Me encanta, cielo. Me encanta.

Los dos hombres se miraban por encima de la mesa, cada uno marcando el ritmo a la mujer del otro.

—¿Qué tal aprieta tu madre, hijo? —preguntó Gustavo.

—Delicioso, papá. Nunca imaginé que siguiera tan estrecha.

—Disfrútala. Es tuya esta noche.

Carolina aceleró sola, dejándose caer con fuerza sobre su suegro.

—¿Tú también quieres terminar dentro de mí? —le preguntó al oído.

—Sí —jadeó Gustavo—. ¿Me vas a dejar?

—Por supuesto, papito.

—¡Me corro! —gritó Damián de pronto, hundiéndose en su madre.

—Termina dentro de mamá —le animó Carolina desde el otro lado.

Damián se vació con un grito largo, abrazado a su madre, que temblaba sobre él sin poder hablar.

—Siente a tu suegro, niña —gruñó Gustavo, clavándose en Carolina hasta el fondo.

—¿Tú también quieres terminar dentro de tu hija? —jadeó ella.

—Sí, mi niña.

—Adelante.

Gustavo embistió con todas sus fuerzas una última vez y se dejó ir dentro de su nuera, esa misma noche, sin que nadie alrededor de aquella mesa pareciera arrepentirse de nada.

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Comentarios (5)

Valeria_BA

excelente!!! uno de los mejores que lei en este sitio

MariaCba

Que historia mas intensa, por favor sigue con esta trama! quiero saber que pasa despues con todos

NicoVienna

Me recordo a una situacion familiar que casi se sale de control jaja, muy bien escrito

CheCampero54

tremendo final, no me lo esperaba para nada

RogelioMDQ

Y Marisa al final lo sabia? Quede con esa duda, ojala haya una segunda parte que lo aclare

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