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Relatos Ardientes

La cena familiar terminó en un intercambio prohibido

Marisa tenía una de esas familias que parecían sacadas de un anuncio: su marido Gustavo, su único hijo Damián y la mujer de este, Carolina. A sus años seguía conservándose espléndida, y lo sabía. Le gustaba pasearse por la casa con vestidos ajustados que marcaban sus piernas torneadas y, sobre todo, ese trasero firme y redondo del que su marido nunca lograba apartar la vista.

Aquella noche se preparaba la cena en la casa de los padres. Carolina observaba a su suegra poner la mesa con un vestido azul de flores rojas que se le ceñía al cuerpo como una segunda piel. Luego giró la cabeza hacia su marido, que también miraba.

—Amor, te quiero preguntar algo —dijo en voz baja.

—Dime, ¿qué pasa? —contestó Damián.

—¿Te gusta tu madre?

—¿Qué? ¿De dónde sacas semejante locura?

—Pues veo que se te va mucho la mirada hacia ella.

Damián resopló y miró hacia otro lado.

—Cómo se te ocurre, es mi madre.

—Eso mismo digo yo: es tu madre, y aun así no le quitas el ojo de encima. ¿Te gusta o no?

—Claro que no. Y no la estaba mirando a ella, me llamó la atención el vestido.

—Ese vestido le marca un cuerpazo. ¿O me lo vas a negar?

Él volteó a verla muy serio.

—¿Me vas a decir que tu madre no tiene un…?

—¿Un qué, mi amor? —se burló ella.

—Tú ya sabes. Un… ¿cómo lo dicen ustedes?

—Dilo sin pena.

—Pues sí, un culazo de escándalo —soltó Carolina.

—¿Mi madre tiene un culazo de escándalo? —repitió él, entre ofendido y curioso.

—¡Por favor, Damián! Eres hombre. ¿Vas a decirme que nunca te fijaste en el culazo que se carga tu madre? Ese culo pide a gritos que se lo cojan.

—Eso es enfermo.

—No lo creo. Reconocer que tu madre está buenísima no tiene nada de enfermo. La verdad es que lo está, y no me trago que solo mirabas el vestido.

—De verdad solo veía el vestido. Se parece a uno que tienes tú.

Y era cierto, pensó él. Demasiado parecido.

Carolina volvió a mirar a su suegra, que iba y venía colocando platos y vasos, ajena por completo a la conversación. El azul del vestido le sentaba como pintado, y cada vez que se agachaba a acomodar un cubierto, la tela se le tensaba sobre el culo hasta marcarle la raya y la línea de la tanga.

—Tengo dos preguntas —dijo Carolina.

—¿Cuáles? —preguntó él, intrigado.

—La primera: sí, es igualito al mío. ¿Por qué se compró uno casi idéntico? La segunda: ¿tu madre siempre estuvo así de buena?

—La primera tendrías que preguntársela a ella. Y la segunda… que yo recuerde, sí, siempre fue muy atractiva.

—¿Y cómo aguantabas a tus amigos?

—¿Aguantar qué?

—Vamos, ¿me vas a decir que tus amigos no se hacían pajas pensando en ella? Apuesto a que algunos se corrían tres veces por noche imaginándose el coño de tu mamá. Y seguro que más de uno lo sigue haciendo.

—Oye, más respeto, que es mi madre. Y no lo sé, obviamente no me lo contaban.

—Cuando los traías a casa, ¿no desaparecían bragas del baño o de su cuarto?

Damián se quedó pensando, y la cara se le transformó.

—Ahora que lo dices… sí, alguna vez se le perdía ropa.

—¿Ves cómo sí se masturbaban con ella, se corrían pensando en tu madre y se llevaban las bragas manchadas de leche? Tonto, pudiste hacer negocio con tu mamá.

—¿Negocio?

—Claro. Venderles ropa usada, fotos, videos. ¿La has visto bien? Parece una diosa. Ese culo, esas tetas, esa cara… la muy puta está para follársela hasta reventar.

—Mi amor, juraría que mi madre te gusta más a ti que a mí —rió él.

—¡Ajá! Caíste. ¿Ves cómo sí te gusta?

—Bueno, sí. Es mi madre, pero tampoco soy de piedra. Claro que noto lo guapa que es y lo bien que está.

—¿Bien? —exclamó ella, divertida.

—Estamos en confianza, ¿no?

—¡A cenar! —llamó Marisa desde el comedor.

***

Se sentaron los cuatro: Carolina, Damián, Marisa y Gustavo, el padre de Damián. Durante unos minutos solo se escuchó el tintineo de los cubiertos, hasta que Carolina rompió el silencio.

—Oiga, suegra, ¿dónde compró ese vestido?

—Me lo regaló tu suegro. ¿Te gusta? —respondió Marisa.

Carolina y Damián cruzaron una mirada rápida.

—Es que yo tengo uno muy parecido —dijo ella.

Gustavo se atragantó con la comida y empezó a toser.

—¿Estás bien, papá? —preguntó Damián.

—Sí, sí, todo bien —carraspeó él.

—¿Ah, sí? No lo sabía, hija —dijo Marisa con una sonrisa lenta, clavando los ojos en su marido—. Tal vez algún día deberíamos vestirnos iguales. ¿No te parece, Gustavo?

—A mí ni de broma me quedaría como a usted, suegra.

—Claro que sí. Y hasta mejor. Eres más joven y tienes un cuerpo espectacular. ¿Verdad, Gustavo?

—Sí, claro, hija —murmuró él sin levantar la vista del plato—. Seguro te ves preciosa con un vestido así.

—¿Usted cree, suegro? ¿Qué cree que me resaltaría más?

—Bueno, no me parece correcto opinar de eso con mi hijo delante.

—No te preocupes, papá, no tiene nada de malo. Además, es ella la que pregunta.

—¿Lo ve? Es más, permítanme un momento, voy al baño —dijo Carolina, y subió rápido al piso de arriba.

En cuanto desapareció, Marisa tomó su teléfono por debajo de la mesa y le escribió a su marido.

«Te gusta la niña, ¿verdad, infeliz? Te la cogerías aquí mismo si te dejara.»

Gustavo sintió vibrar el aparato y lo revisó disimuladamente.

«Estás loca, es mi nuera», respondió.

«¿Por eso me compraste el mismo vestido? ¿Para imaginar que soy ella cuando te la meto y me la clavas por detrás?»

«Jamás. Estás enfermita.»

«¿Ah, sí? Ahorita verás lo enfermita que estoy. Y verás si no acabas con la polla dura pensando en la nuera.»

***

Carolina bajó las escaleras con un vestido casi idéntico al de su suegra, del mismo azul, pero con flores amarillas en lugar de rojas. El comedor entero se quedó en silencio.

—Mi amor, te ves increíble —dijo Damián.

—¡Ay, reina, qué guapa! Qué cuerpo tienes. ¿No te parece, Gustavo? —dijo Marisa.

—Eh… sí, te ves muy bien, hija —balbuceó él.

—Qué curioso, ¿no, hijo? Tú le compras un vestido a tu mujer, y tu padre me compra uno casi igual a mí —comentó Marisa con malicia.

—Sí, bastante curioso. Y también que ustedes dos tengan un cuerpo tan parecido —añadió Damián.

—Pero tu mujer tiene mucho más pecho que yo.

—Y usted tiene mucho más culo que yo —interrumpió Carolina.

—Ven, hija, ponte a mi lado.

Marisa se levantó y ambas se colocaron juntas, abrazadas por la cintura. Entonces la suegra bajó un poco el escote de Carolina para que se le marcara más el pecho.

—¿Y bien, Gustavo? ¿A quién le queda mejor el vestido, a tu nuera o a mí?

—Uf, difícil decisión —dijo él tragando saliva—. Pero por ser educado, me quedo con Carolina.

—¿Y tú, Damián? ¿Te quedas con tu mujer o con mamá?

Marisa se dio la vuelta para enseñarle a su hijo lo entallado que le quedaba el vestido por detrás, marcando aquel culo imposible. Meneó las caderas despacio, restregándose contra el aire, y Damián sintió cómo la polla se le empinaba dentro del pantalón.

—Ay, mamá… la verdad, me quedo contigo.

Carolina lo miró con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta.

—¿Y qué es lo que más te gusta de Carolina, mi amor? —le preguntó Marisa a su marido.

—No, Marisa, no puedo contestar eso. Es la mujer de mi hijo.

—¿A ti te molesta, Carolina? —preguntó la suegra, que aún la tenía agarrada por la cintura.

—En absoluto. Es más, es un honor que me comparen con usted, suegra.

—¿De verdad, niña?

—Por supuesto. Es usted una mujer hermosa. Ojalá yo esté así cuando tenga su edad.

—Pero tú también eres preciosa. La verdad, yo no culparía a mi marido por mirarte todo esto.

Y al decirlo, Marisa posó una mano sobre el pecho de Carolina y lo apretó suavemente, deslizando el pulgar sobre la tela del vestido hasta encontrar el pezón y pellizcarlo.

—Mmm —gimió la joven, sorprendida.

—¿Segura que no le molesta que…? Hmm —volvió a gemir, porque la suegra no dejaba de apretar y de amasarle la teta entera con la palma abierta.

—Mamá, me la arrugas. Déjala —dijo Damián, sin convicción, con la polla ya dura como una piedra bajo el mantel.

—Shhh. Tu mami puede hacerme lo que quiera —susurró Carolina.

—Ya quisiera yo tener tus tetas, cielo. Son preciosas. ¿Te molesta que te las toque?

—No. Usted puede hacerme lo que quiera.

Padre e hijo observaban la escena sin pestañear, cada uno con la mano por debajo de la mesa acomodándose la polla.

—Creo que deberías enseñarnos el buen gusto que tienes para la ropa interior —dijo Marisa.

Y le bajó el vestido por los hombros, descubriendo un sujetador de encaje amarillo que apenas contenía las tetas grandes y firmes de su nuera. Los pezones se transparentaban a través del encaje, duros y oscuros.

—Ah —jadeó Carolina—. ¿Tanto le gusta mi ropita?

—No solo a mí. Mira cómo están ellos —respondió Marisa, señalando el bulto en el pantalón de su marido y el de su hijo con la barbilla.

—¿Le gusta lo que ve, suegro? —preguntó Carolina con picardía—. ¿Se le está poniendo dura la polla mirando a la nuera?

—Por supuesto que sí, niña —admitió Gustavo, ya sin esconderlo—. Se me está parando como no se me paraba hace años.

—¿Y a ti, mi amor? ¿Te gusta esto, o prefieres ver lo otro?

Carolina tomó la mano de su suegra y la hizo girar para mostrarle a Damián aquel culo descomunal. Le levantó un poco el vestido por detrás para que se le viera la curva completa de los muslos.

—Uf, mami, qué tremenda estás —dijo él, y enseguida añadió—: Lo siento, papá.

—No te preocupes, hijo. Yo le vi las tetas a tu mujer; es justo que tú le veas el culo a la mía.

—¿Sabe, suegra? Creo que debería enseñarle a su hijo cómo se trata a una mujer —dijo Carolina—. Es muy atropellado. Muéstrele cómo se besan unos pechos.

—¿Quieres que sea la maestra de mi propio hijo? —rió Marisa—. Mira, hijo, te acercas así.

La suegra aproximó la cara al pecho de su nuera y empezó a besarlo despacio, dejando marcas húmedas de labios sobre la piel blanca. Le lamió el borde del sujetador, mordisqueando el encaje, y luego subió por el escote hasta el cuello.

—Le das besitos suaves, así. Y si quieres, puedes pasar la lengua, así.

—Mmm —gimió Carolina, hundiéndole la mano en el pelo y arqueando la espalda para pegarle más las tetas a la boca.

—¿Te gusta lo que te hace mi madre? —preguntó Damián, ya excitado, palpándose la polla por encima del pantalón sin ningún disimulo.

—Sí. Me encanta cómo me chupa tu madre.

—Cielo, creo que la niña disfrutaría más si lo haces en los pezones —intervino Gustavo, con la voz ronca.

—¿Estás de acuerdo, mi amor? —le preguntó Marisa a su nuera.

—Si Damián lo está, me encantaría sentir la lengua de mi suegra en los pezones.

—Adelante —dijo él, con la voz quebrada.

Marisa bajó las copas del sujetador y dejó al descubierto unas tetas enormes con los pezones erizados, rosados y gordos como uvas. Se relamió antes de abalanzarse. Sin pensarlo dos veces, se los llevó a la boca y los succionó con fuerza, primero uno y luego el otro, alternando entre lametazos largos y chupetones profundos que hicieron a Carolina apretar los muslos y morderse el labio.

—¡Mmm! —chilló Carolina—. Así, mami. Chúpame las tetas fuerte, cómemelas enteras.

—¿Te gusta llamarme mami?

—¿A usted no le gusta cómo saben las tetas de su niña?

—Me fascinan, cielo. Siempre quise unas así. Podría chupártelas toda la noche, putita.

Marisa le rodeó el pezón con la punta de la lengua, muy despacio, y luego lo apresó entre los dientes, tirando con suavidad hasta que Carolina soltó un gemido ahogado. La suegra se lo pasó entero por la boca, chupando con hambre, mientras con la otra mano le amasaba la teta libre y le pellizcaba el pezón hasta ponerlo casi morado.

—Papá, ¿estás viendo esto? —murmuró Damián, con la mano ya dentro del pantalón.

—Estoy viendo, hijo. Estoy viendo cómo tu madre se come a tu mujer, y se me está poniendo la polla como una piedra.

***

Carolina detuvo un momento a su suegra y la giró hacia los hombres.

—No los dejemos así, pobrecitos —dijo, mirando a su marido y a su suegro—. Los tenemos con la polla al aire y sin atender.

Volteó a Marisa de modo que el culo de la suegra quedara frente a ellos, enfundado en aquel vestido azul.

—Les gusta el culazo de mi suegra, ¿verdad? —preguntó, dándole una palmada sonora que le hizo temblar toda la carne bajo la tela.

—Uf, qué suerte tienes, papá, de poder disfrutarlo cuando quieras —dijo Damián.

Carolina le subió el vestido a Marisa por detrás, dejando a la vista una tanga blanca diminuta que se le había metido entera entre las nalgas. El culo de la suegra quedó completamente al aire, dos globos enormes, blancos, firmes, que temblaban con cada movimiento.

—Ay, mamá, te ves espectacular —murmuró él—. Ese culo no es de una mujer de tu edad, mamá. Ese culo es de puta joven.

—¿Tanto te gusta el culo de tu madre? —preguntó Carolina, separándole las nalgas con las dos manos para que se le viera el coño mojado y el agujerito del culo entre el vello.

—Se me antoja. Se me antoja metérsela hasta el fondo.

—¿Y qué te parece si me intercambias con tu papá?

—¿De verdad? ¿No te molesta, hija? —preguntó Gustavo, casi sin aire, sacándose ya la polla del pantalón.

—Seamos honestos —dijo Carolina—. Damián lleva años queriendo volver a entrar por donde nació, y usted lleva el mismo tiempo queriendo cogerme a mí. ¿Me equivoco?

Padre e hijo negaron con la cabeza, pero ninguno apartó los ojos.

—Entonces ve, papito —ordenó ella—. Dale a tu niña. Y usted, suegra, vaya a follarse a su hijo, que se lo ha ganado.

Carolina se acercó a Gustavo, que se había quedado clavado en una de las sillas del comedor con la polla erecta apuntando al techo, gruesa, dura, con la punta ya humedecida. Se le sentó encima a horcajadas, apoyándose primero en los muslos, restregándole el coño mojado por encima de la tanga contra la verga desnuda de su suegro. Al otro lado de la mesa, Marisa hacía lo mismo con Damián, arrodillada en el suelo primero, sacándole la polla al hijo y admirándola con la boca abierta.

—Ay, mi niño, la tienes enorme —murmuró la madre—. Deja que mami te la lama primero.

Marisa se agachó y se metió la polla de su hijo entera en la boca. La lengua de la madre recorrió el glande, después bajó por toda la longitud hasta la base, y volvió a subir chupando fuerte. Damián agarró a su madre del pelo y empezó a marcarle el ritmo, hundiéndosela hasta la garganta. Marisa dejaba que le entrara hasta que se ahogaba, y luego la sacaba llenándola de saliva, escupiéndole encima y volviendo a tragarla.

—Así, mami, chúpamela así. Como no me la chupa nadie.

—Está riquísima tu polla, hijo. Está más grande que la de tu padre —dijo ella, con los ojos llorosos y el labial corrido.

Del otro lado, Carolina había apartado la tanga a un lado, se había agarrado la polla de su suegro con la mano y se la estaba frotando por los labios del coño, mojándola de sus jugos.

—¿Desde cuándo me querías así, papito? —preguntó Carolina, con las tetas al aire, meneándole el pezón en la cara.

—Desde que te conocí —jadeó él—. Siempre quise cogerte, hija. Todas las noches me la pelo pensando en ti. Todas.

—Cochino —susurró ella, y se dejó caer sobre la polla del suegro despacio, sintiendo cómo el glande le abría el coño y le llenaba las paredes centímetro a centímetro—. Ay, papito, qué grande…

—¿Y tú, mi amor? —le decía Marisa a su hijo, subiéndose ya al regazo de Damián con la polla del hijo húmeda de su saliva—. ¿Por qué nunca me dijiste que querías esto? ¿Por qué nunca me dijiste que querías metérsela a tu madre?

—Porque me daba vergüenza desear a mi propia madre.

—No, mi niño. Para eso está tu madre: para cuidarte y atenderte. Que te hayas casado no significa que no puedas venir a follar con mamá cuando lo necesites.

—¿De verdad, mami?

—Por supuesto, mi amor. Este coño de mamá es tuyo. Siempre fue tuyo, y hoy vas a saber cómo se siente.

***

Marisa se apoyó en los hombros del hijo y empezó a bajar sobre la polla de Damián muy despacio. El glande le rozó los labios del coño, se acomodó en la entrada, y ella siseó cuando empezó a abrirse.

—Ay, dios, papito, qué grande la tienes —dijo Carolina, ya con la polla del suegro entera dentro, meneándose en círculos sobre ella—. Me llenas todo, papito, no me cabe ni un dedo más.

—Vaya, Damián… no sé si me va a entrar entera —rió nerviosa Marisa, con la mitad de la polla dentro y las venas del hijo marcándose contra los labios abiertos de su coño.

—Ven, mami, siéntate despacio —pidió él, agarrándola por el culo con las dos manos y apretándole las nalgas para separárselas.

Marisa volvió a montarse sobre su hijo y empezó a bajar lentamente, mordiéndose el labio, sintiendo cómo su propio hijo la iba abriendo por dentro.

—Con cuidado, papito —jadeó—. Nunca me entró algo así. La tienes más gruesa que tu padre, hijo mío. Me estás partiendo el coño de tu madre.

En la otra silla, Gustavo tomó a su nuera por la cintura y la hizo descender de golpe, penetrándola de una embestida.

—¡Ay, dios! —gritó Carolina, arqueando la espalda hacia atrás. Las tetas se le sacudieron delante de la cara del suegro, que atrapó un pezón con la boca y empezó a chupárselo mientras la penetraba desde abajo.

El comedor se llenó del sonido rítmico de los cuerpos. Los muslos golpeando contra los muslos, las nalgas chocando contra las piernas de los hombres, los platos temblando sobre la mesa, los gemidos superponiéndose. Carolina subía y bajaba sobre su suegro, ensartándose sobre la polla de Gustavo con las manos apoyadas en los hombros de él, mientras Marisa cabalgaba sobre su hijo, incapaz ya de contener los gemidos, moliendo el coño contra la ingle de Damián.

—Me abres entera —jadeaba la suegra, aferrándose al cuello de Damián—. Cógeme, hijo mío, cógete a mamá bien fuerte, no te contengas.

—Se ve que ya le tenías ganas a tu madre —añadió, casi sin voz, sintiendo cómo la polla del hijo le llegaba a un sitio dentro que hacía años nadie le tocaba.

Damián le agarró las tetas por detrás y se las apretó, pellizcándole los pezones mientras la embestía desde abajo, levantando las caderas para clavársela hasta el fondo cada vez.

—Toda la vida, mami. Toda la vida quise cogerme a mi madre. Y ahora te tengo aquí, montada en la polla de tu hijo.

—Sí, mi amor, sí. Tu madre es tuya. Rómpeme el coño, no pares.

Carolina se quitó el sujetador y lo lanzó al suelo. Sus tetas quedaron enteras al aire, bamboleándose con cada bote sobre la polla del suegro.

—Así ves mejor cómo le saltan las tetas a tu niña —le dijo a Gustavo, hundiéndole la cara entre los pechos.

Gustavo se las comió a mordiscos, chupándole los pezones uno por uno, mientras la agarraba del culo con las dos manos y la ayudaba a subir y bajar sobre él. Cada embestida le arrancaba a Carolina un jadeo agudo, y los jugos del coño de la nuera le corrían por los cojones al suegro.

—¿Te gusta lo que te hace tu niño, mami? —preguntó Damián, agarrándole el pelo a su madre y tirándole hacia atrás para verle la cara.

—Me encanta, cielo. Me encanta tu polla dentro de mamá. Es la mejor polla del mundo, mi amor.

—Dilo, mami. Dime lo que te estoy haciendo.

—Me estás follando, hijo. Tu propia madre está montada en tu polla, y no quiero que pares. Cógeme, hijo mío, cógete a tu madre como una puta.

Los dos hombres se miraban por encima de la mesa, cada uno marcando el ritmo a la mujer del otro. La escena era irreal: el padre con la nuera cabalgándole, las tetas de Carolina rebotando contra su cara, y el hijo con la madre a horcajadas, meneando aquel culo enorme sobre su polla.

—¿Qué tal aprieta tu madre, hijo? —preguntó Gustavo, jadeando.

—Delicioso, papá. Nunca imaginé que siguiera tan estrecha. Le entra a duras penas.

—Disfrútala. Es tuya esta noche. Ábrela bien, que se acuerde de la polla de su hijo mañana.

—¿Y qué tal la nuera, papá?

—Un coño de puta joven, hijo. Caliente, mojado, apretado. Se la voy a llenar entera de leche.

Marisa se cambió de posición. Se levantó de la polla del hijo, se dio la vuelta y volvió a sentarse sobre ella dándole la espalda a Damián, para que él pudiera verle el culo entrar y salir sobre su verga. El culazo de la madre subía y bajaba, tragándose la polla del hijo entera, y las nalgas chocaban contra las piernas de Damián con un sonido húmedo y rítmico.

—¿Te gusta ver el culo de tu madre montándose sobre ti, hijo?

—Uf, mami, no pares. Me vuelves loco moviendo así el culo.

—¿Sí? ¿Así, mi amor? —preguntó ella, y empezó a rotar las caderas, restregándose sobre él, apretando el coño y soltándolo, ordeñándole la polla desde dentro.

Carolina, del otro lado, se bajó de la polla de Gustavo y se puso de rodillas frente a él para chupársela un momento, saboreándose a sí misma en la verga del suegro. Le rodeó los cojones con la mano y se la metió entera en la boca, mirándolo a los ojos mientras le chupaba.

—¿Le gusta ver a la nuera de rodillas mamándole la polla, suegro?

—Me encanta, niña. Se te da de puta madre.

—Espere, papito, que le quiero enseñar algo.

Se levantó y se apoyó sobre la mesa del comedor, boca abajo, con las tetas aplastadas contra el mantel y el culo levantado. Se apartó el vestido a un lado y se abrió las nalgas con las dos manos.

—Venga, papito, cójame así. Como una perra.

Gustavo se levantó de la silla, se colocó detrás de ella y le enterró la polla de un solo golpe. Carolina soltó un grito largo y agudo mientras el suegro la agarraba de las caderas y empezaba a embestirla con fuerza, haciendo que el mantel se arrugara bajo su cuerpo y los vasos temblaran.

—¡Así, papito, así! ¡Rómpame el coño!

—Toma, niña, toma la polla de tu suegro. Esto es lo que querías, ¿verdad? Que tu suegro te reventara.

—Sí, papito, sí. Deme fuerte. Máteme.

Marisa, montada sobre Damián, veía todo por encima del hombro y se aceleró sola.

—¿Tú también quieres terminar dentro de mí? —le preguntó al oído a su hijo, volviéndose para lamerle la boca.

—Sí —jadeó Damián—. ¿Me vas a dejar correrme dentro de ti, mamá?

—Por supuesto, mi niño. Lléname a tu madre. Deja tu leche donde te hice.

—¡Me corro! —gritó Damián de pronto, hundiéndose en su madre hasta el fondo, agarrándola del culo y clavándole los dedos en la carne.

—Termina dentro de mamá —le animó Carolina desde el otro lado, con la cara aplastada contra la mesa y la polla de Gustavo entrando y saliendo.

Damián se vació con un grito largo, abrazado a su madre, sintiendo cómo la leche le salía a chorros y le llenaba el coño a Marisa. Ella temblaba sobre él sin poder hablar, con la boca abierta y los ojos en blanco, corriéndose también, ordeñándole la polla con las contracciones del coño mientras la leche del hijo le corría por dentro y le empezaba a chorrear por los muslos.

—Ay, mi amor… llenaste a mamá enterita —susurró Marisa, ya sin fuerzas—. Me llenaste como no me llenaba tu padre en años.

—Siente a tu suegro, niña —gruñó Gustavo, clavándose en Carolina hasta el fondo, agarrándola del pelo y tirándole la cabeza hacia atrás—. Siente cómo me la voy a correr dentro de ti.

—¿Tú también quieres terminar dentro de tu hija? —jadeó ella, mirándolo por encima del hombro con los ojos entrecerrados—. ¿Me quieres dejar preñada, papito cochino?

—Sí, mi niña. Te voy a llenar el coño de leche.

—Adelante. Corráse dentro de la nuera. Deme toda su leche.

Gustavo embistió con todas sus fuerzas, una, dos, tres veces más, cada vez más fuerte, hasta que se dejó ir dentro de su nuera con un rugido, corriéndose en chorros calientes que Carolina sintió golpeándole las paredes del coño. Ella se corrió al mismo tiempo, apretando el coño alrededor de la polla del suegro, chillando contra el mantel mientras el orgasmo le sacudía todo el cuerpo. La leche de Gustavo empezó a salírsele por los bordes y a resbalarle por los muslos, mezclándose con sus propios jugos, esa misma noche, sin que nadie alrededor de aquella mesa pareciera arrepentirse de nada.

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Comentarios(9)

Valeria_BA

excelente!!! uno de los mejores que lei en este sitio

MariaCba

Que historia mas intensa, por favor sigue con esta trama! quiero saber que pasa despues con todos

NicoVienna

Me recordo a una situacion familiar que casi se sale de control jaja, muy bien escrito

CheCampero54

tremendo final, no me lo esperaba para nada

RogelioMDQ

Y Marisa al final lo sabia? Quede con esa duda, ojala haya una segunda parte que lo aclare

TioBeto77

Me gusto mucho como esta construido el ambiente de la cena, esa tension que va creciendo de a poco. Se nota calidad en la escritura. Esperando mas relatos asi

Lucia_RD

buenisimo, sigue asi!

CarmenDelSur

Esa nuera jajaja tremenda. El suegro no sabia donde meter los ojos

ElenaMar

Increible como lo contaron, parece que uno esta ahi. Saludos desde Cordoba!

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