El remedio más prohibido para la tristeza de mamá
Mi madre llevaba tres meses encerrada en su cuarto. Desde que perdimos a papá, la vida dentro de esa casa se había detenido como un reloj al que nadie le da cuerda: las cortinas echadas a mediodía, la bandeja de comida que yo le dejaba por las mañanas intacta al caer la tarde, los libros apilados sin abrir sobre la mesita de noche.
Ese domingo decidí que ya era suficiente.
—Mamá, levántate. —Empujé la puerta sin llamar y encendí la luz del pasillo, que se filtró en diagonal hasta la cama.— Llevas demasiado tiempo así.
—Déjame, Valeria. —Su voz sonaba opaca, como si hablara desde el fondo de un pozo.
—No te voy a dejar. —Me senté en el borde del colchón y le aparté el pelo de la cara.— Matías y yo queremos que vengas a comer con nosotros. Te hará bien salir un rato.
—Tu novio no necesita ver a una vieja deprimida en su mesa.
—Matías no te considera ninguna vieja. —Hice una pausa deliberada.— Y yo tampoco. Estás buenísima, mamá, aunque no te lo creas. Con esas tetas y ese culo cualquier hombre babea.
Ella resopló, pero no protestó. Lo tomé como una pequeña victoria.
Me levanté y empecé a abrir los cajones de su cómoda buscando algo con qué animarla. Mi madre siempre había tenido buen gusto para la ropa; incluso después de años y de criarnos a Rodrigo y a mí, su cuerpo era el tipo de cuerpo que uno nota sin querer. Caderas generosas, cintura marcada, unas tetas enormes que yo siempre le había envidiado en silencio aunque nunca se lo dijera.
—Aquí hay de todo. —Saqué un vestido azul marino, lo descarté. Luego un top de seda que encontré enrollado entre brasieres.— ¿Cuándo fue la última vez que te pusiste alguna de estas cosas?
—No me acuerdo. —Una pausa larga.— Regálate lo que quieras, hija. Ya no lo voy a usar.
—Sí que lo vas a usar. —Seguí buscando hasta que mis manos encontraron algo que me hizo detenerme: un brasier de encaje color crema, con aros y copas que, a simple vista, eran demasiado grandes para mí.— ¿Este es tuyo?
Mi madre giró la cabeza.
—Claro que es mío. ¿De quién más iba a ser?
—Es que... —Lo sostuve frente a mí y miré las copas, luego miré mi propio pecho.— Esto no me va a entrar ni de broma, mamá.
—No exageres.
—Apuesto lo que quieras a que no me entra. —Le lancé una mirada retadora.
Algo cruzó su cara. No era exactamente una sonrisa, pero se le parecía bastante.
—Pruébatelo —dijo—. A ver si tienes razón.
Me di la vuelta, me solté los botones de la camisa y me lo abroché. Cuando me giré hacia el espejo lateral, y luego hacia ella, mi madre ya estaba medio incorporada sobre la almohada, observándome con una expresión que no había visto en meses.
—Te quedó —admitió.
—Me quedó porque soy tu hija. —Me miré de nuevo en el espejo, sorprendida yo misma.— Pero las tuyas son más grandes. No me lo puedes negar.
—Eran más grandes —corrigió—. Todo cae con los años.
—Matías no opina lo mismo. —Lo dije antes de pensar, y en cuanto lo dije vi que había tocado algo en ella. Una curiosidad pequeña, casi involuntaria, que no había estado ahí esa mañana.
—¿Qué tiene que ver Matías?
—Nada, que... —Me encogí de hombros.— Se le pone dura cada vez que te agachas. Se nota, mamá. La otra vez lo pillé mirándote el culo cuando cruzabas la cocina y tenía un bulto en el pantalón que no podía esconder. Lo tuve que llevar al baño y chupársela ahí mismo para que se le pasara.
—Valeria, por Dios.
—No me parece mal. Al contrario. —Me volví a sentar frente a ella.— Significa que estás para follar, que eso no desaparece con el tiempo. Y a mí no me molesta que se la ponga dura mi novio pensando en mi madre. Al revés: me caliento.
Ella no respondió, pero tampoco desvió la mirada. Seguí buscando en el cajón, sin ningún propósito claro ya, dejando que el silencio hiciera su propio trabajo. Fue entonces cuando mis dedos encontraron algo que no esperaba, enterrado bajo unas medias enrolladas y una pañoleta de seda: un consolador de silicona, largo, texturizado, gordo, de un tamaño que no dejaba lugar a la imaginación.
—Mamá.
—No digas nada.
—No iba a decir nada malo. —Lo sostuve con cuidado, sopesándolo en la mano.— Solo que tienes muy buen gusto. Esta polla de goma es enorme.
Ella se cubrió los ojos con el antebrazo.
—Eres igual que tu abuela. Entrometida y sin remedio.
Me acerqué a la cama con el juguete en la mano y me senté de nuevo a su lado.
—Enséñame. —Se lo extendí despacio.
—¿Enseñarte qué?
—Cómo hacérselo a un hombre. Cómo mamársela bien, cómo montarla. A Matías le van a gustar esas cosas y yo no tengo ni idea de por dónde empezar.
—Eso lo aprendes sola, hija.
—Tú eres mi madre. La mejor maestra que puedo tener. —Sostuve su mirada.— Por favor.
Silencio. Mi madre miraba el consolador de silicona como si deliberara sobre algo mucho más complicado que lo que yo le estaba pidiendo. Sus manos se movían levemente sobre la sábana, un gesto pequeño e inconsciente.
—Es una tontería —murmuró.
—Es educación. —Sonreí.
Lentamente, casi sin darse cuenta de que lo hacía, estiró la mano y lo tomó. Sus dedos lo rodearon con una familiaridad que me contó todo lo que necesitaba saber.
—El frenillo, justo debajo de la punta —empezó, con voz baja, casi mecánica, mientras rodeaba el glande de silicona con el pulgar—. Ahí es donde más sienten los hombres. Lamés en círculos, apretás con la lengua, y les tiemblan las piernas. Después bajás por el tronco, despacio, con la boca bien mojada, y les metés la polla hasta el fondo de la garganta. Sin dientes. Nunca dientes.
Se llevó el consolador a los labios y me lo mostró: sacó la lengua y trazó un círculo lento alrededor de la punta, con los ojos entrecerrados, y después abrió la boca y se lo hundió despacio, hasta que la silicona le rozó el paladar. Volvió a sacárselo con un hilo de saliva colgando de la barbilla.
—Así. Y mientras se la chupás, con la otra mano le agarrás los huevos. Suave. Se los amasás como si tuvieras algo delicado en la palma. Los hombres se corren mucho más fuerte si les tocás los huevos mientras les mamás la verga.
Comenzó a demostrármelo otra vez. Sus manos se movían con una soltura que no esperaba, y algo fue cambiando en su postura a medida que hablaba: los hombros bajaron un centímetro, la mandíbula se aflojó, y su voz fue perdiendo la opacidad de los últimos meses. Se la volvió a meter en la boca, esta vez más profundo, y la sacó con un ruido húmedo que me apretó las bragas sin avisar.
—¿Cuánto tiempo llevas sin usarlo? —le pregunté.
—Demasiado. —Una pausa.— Desde antes de que muriera tu padre, la verdad.
—Entonces lo necesitas más de lo que pensaba. Debes tener el coño seco de tanto no follar.
—Valeria...
—Metételo. —Se lo dije con calma, sin ningún dramatismo.— Estás sola conmigo. No hay nadie más en esta casa que importe ahora mismo. Enseñáme también cómo se lo metería una mujer con experiencia a su hombre.
Otro silencio, más corto esta vez. Mi madre apartó la sábana con la mano libre y me dejó ver que debajo del camisón no tenía nada. Las bragas debía habérselas quitado hacía días, o quizá semanas. Se levantó el camisón hasta la cintura y ahí estaba: el coño de mi madre, con el vello oscuro recortado, los labios hinchados y brillantes. Estaba mojada. Muy mojada. La luz del pasillo se reflejaba en la humedad de sus muslos.
—Mirá bien —me dijo, y separó los labios con dos dedos de la mano izquierda—. Este es el clítoris. Antes de meter nada, tiene que estar despierto. Con la lengua, con el pulgar, con lo que sea. Un coño seco no se folla; se lastima.
Se llevó la punta del consolador a la entrada y lo pasó por encima del clítoris trazando círculos lentos. Se le escapó un jadeo bajo, un sonido de tres meses guardados.
—¿Ves? Así se prepara. Uno se lo restriega por fuera hasta que gotea. Cuando gotea, ya no hay dolor, hay hambre.
Se recostó, se acomodó mejor sobre la almohada y, despacio, deslizó el juguete hacia adentro. Los labios de su coño se abrieron alrededor de la silicona y la fueron tragando centímetro a centímetro. Su respiración cambió de inmediato: más lenta, más profunda, más libre.
—Dios mío —susurró—. Dios mío, Valeria.
—¿Bien?
—Hacía tanto tiempo... —No terminó la frase. No hizo falta. La polla de goma entraba y salía con un ruido pegajoso, y con cada empujón se le escapaba un gemido nuevo.
La observé durante un momento. Tenía el cuello tenso, los labios apenas separados, un pezón asomado por encima del escote del camisón, duro y grueso como un dedal. Y en su cara había algo que se parecía mucho al alivio, o quizás a algo anterior al alivio: la simple conciencia de que el cuerpo todavía funcionaba, de que no todo lo que papá se llevó consigo era irrecuperable.
—¿Quieres que te ayude?
Ella abrió un ojo y me miró.
—Ya estás ayudando bastante, ¿no?
—Me refiero a esto. —Extendí la mano con una intención clara y le rocé la muñeca.
Mi madre dudó. Luego asintió, apenas, con un movimiento de cabeza casi imperceptible.
Tomé la base del consolador y lo moví con cuidado, despacio, sin apresuramiento. La silicona salía embadurnada de sus jugos y volvía a entrar con un chasquido húmedo. Con la otra mano, sin pensarlo demasiado, le bajé el escote del camisón hasta liberarle una teta. Estaba caliente, más pesada de lo que había imaginado, con la areola grande y oscura. Se la agarré entera y le apreté el pezón entre dos dedos.
—Valeria —jadeó—, qué hacés.
—Te ayudo mejor. —Le pellizqué el pezón un poco más fuerte y ella arqueó la espalda.— A los hombres les vuelve locos que les jueguen con las tetas mientras las folla algo por abajo. Vos misma me lo enseñaste.
Empujé el consolador más profundo y ella soltó un gemido gutural que no había oído nunca en esa casa. Sus caderas empezaron a subir a mi encuentro, buscando el ritmo, y su mano libre se enredó en las sábanas hasta ponerse blanca de tanto apretar.
—Más rápido. Por favor, hija, más rápido.
Aceleré. El coño de mi madre chupaba la silicona con cada estocada, cada vez más ruidoso, cada vez más obsceno. Le acerqué la cara a la teta y le pasé la lengua por el pezón sin pensarlo. Sabía a piel y a jabón viejo. Se lo chupé como si fuera un caramelo, y ella me hundió los dedos en el pelo y me apretó contra sí.
—Valeria, Valeria, Valeria —repitió, y no era un reproche, era un rezo.
Se corrió con un espasmo largo, con los muslos temblando y el coño apretándose alrededor del juguete, y yo dejé el consolador clavado hasta el fondo mientras ella terminaba de sacudirse. Cuando se aflojó, lo saqué despacio. Salió chorreando, y una mancha oscura se extendió por la sábana debajo de sus nalgas.
—Valeria —dijo con voz quebrada—, necesito algo más.
—¿Qué necesitas?
—Una polla. —Lo dijo con una franqueza que me sorprendió.— Una polla de verdad, caliente, que se corra dentro. Esto no alcanza. Después de tres meses, no alcanza.
***
Lo había pensado muchas veces en los últimos meses, sin decírselo a nadie. Desde que encontré a mi hermano Rodrigo mirando fotos viejas de mamá en su teléfono, con la pantalla apagada en cuanto me acerqué. Desde que lo escuché pronunciar su nombre en voz muy baja mientras dormía en el sofá una tarde, con la mano metida dentro del pantalón. Desde que noté que cada vez que ella pasaba por el pasillo en bata, él esperaba a que se alejara para seguirla con la mirada un segundo más de lo razonable, con la entrepierna abultada.
No le había dicho nada. Ni a él ni a nadie.
Pero ahora mamá estaba tendida en su cama, con el coño abierto y goteando, con las caderas moviéndose despacio contra mis manos, pidiéndome una polla, y yo tenía una certeza que no sabía exactamente desde cuándo había estado guardando sin nombre.
—¿Y si fuera Rodrigo? —lo dije con cuidado, midiendo cada palabra.
El movimiento de sus caderas se detuvo.
—¿Qué?
—He visto cómo te mira, mamá. Igual que Matías, pero diferente. Con algo más adentro, algo más intenso. Con hambre. Se le pone dura por vos. Lo he visto pajearse pensando en vos, mamá.
—Es mi hijo, Valeria.
—Lo sé. —No aparté la vista de ella.— Por eso te lo estoy diciendo. Nadie te va a coger con tantas ganas como el pibe que lleva veinte años deseando el coño del que salió.
Silencio. Un silencio muy largo en el que solo se oía su respiración y el sonido de sus dedos volviendo, sin darse cuenta, a la humedad entre sus muslos. Vi cómo sus caderas volvían a moverse, casi sin que ella lo decidiera, y cómo se acariciaba el clítoris con la yema del pulgar mientras pensaba.
—¿Él sabe algo de esto?
—No. Pero si le mando un mensaje ahora, en cinco minutos está aquí con la polla dura.
Mi madre cerró los ojos. Su respiración seguía siendo la misma de antes de que yo dijera el nombre de Rodrigo, quizás un poco más agitada. Su dedo seguía trabajando el clítoris con círculos lentos, y sus caderas seguían el ritmo.
—Eres una hija muy rara —dijo en voz baja.
—¿Le mando el mensaje?
Una pausa que duró más de lo que esperaba.
—Sí.
Saqué el teléfono con la mano libre y le escribí a Rodrigo: «Ven al cuarto de mamá. Ahora mismo. No preguntes.» Vi cómo los puntos de respuesta aparecían y desaparecían dos veces. Luego llegó su respuesta: «Voy.»
Tres minutos después escuché sus pasos en el pasillo.
—¿Puedo? —Su voz al otro lado de la puerta, insegura.
—Pasa —dijo mamá.
La puerta se abrió. Rodrigo entró y se detuvo al ver la escena: mamá recostada, el camisón subido hasta la cintura, una teta afuera, el coño mojado y brillante entre los muslos abiertos, el consolador tirado a un lado de la sábana con un cerco húmedo alrededor. Yo sentada junto a ella, con la mano todavía cerca de su cuerpo. Su mirada tardó un segundo en procesar lo que tenía delante, y durante ese segundo no parpadeó. El bulto en su pantalón se marcó al instante.
—Valeria, ¿qué es esto?
—Lo que ves. —Me puse de pie y le hice espacio en la cama.— Mamá necesita compañía. Compañía de verdad. La que hace tres meses que no tiene.
Rodrigo nos miró alternadamente. Su garganta se movió cuando tragó saliva. La polla se le marcaba tanto en la tela que se podía adivinar el glande.
—Mamá... —empezó.
—Rodrigo. —La voz de mamá sonó más firme de lo que yo esperaba. Más clara que en meses.— Ven aquí. Sacate la ropa.
Él se acercó despacio, como si cada paso requiriera su propia decisión. Se sacó la remera por la cabeza y la dejó caer al suelo. Se desabrochó el cinturón y el pantalón le cayó en los tobillos. Cuando se bajó el bóxer, la polla le saltó hacia afuera dura y pesada, gruesa, con el glande morado y ya brillante en la punta. Mi madre se le quedó mirando la verga sin disimular, con los labios entreabiertos.
—Dios mío, hijo —susurró—. Es igual a la de tu padre.
—Mamá.
—Ven. Ven acá arriba.
Rodrigo se subió a la cama y quedó de rodillas al lado de su cara. Mi madre giró el cuerpo y le agarró la polla con la mano derecha, como si la conociera de siempre. La sopesó, la apretó por la base, y con la lengua le lamió el frenillo despacio, exactamente como me había mostrado con la silicona hacía un momento. Rodrigo soltó un gemido ronco, y con las manos se sujetó a la cabecera de la cama.
—Chupála, mamá —le dije, sin darme cuenta de que hablaba en voz alta.
Ella me miró un segundo con los ojos entrecerrados, y luego se la metió entera en la boca. La polla de mi hermano desapareció hasta la base entre sus labios, y volvió a salir bañada de saliva. Se la sacaba, la miraba, la lamía por el costado hasta los huevos, se los chupaba uno por uno, y volvía a tragarla entera. Rodrigo tenía los ojos cerrados y la mandíbula apretada, como si estuviera aguantando para no acabar en tres minutos.
—Así se hace, hija —dijo ella, apartándose un instante con un hilo de saliva colgando del labio—. Se la agarrás de la base para tener el control, y con la otra mano jugás con los huevos. ¿Ves?
Se los amasaba con la palma mientras seguía chupándosela. Rodrigo empezó a moverle las caderas hacia la boca, cogiéndosela despacio en la cara, y ella lo dejó hacer. Cuando la sacó de la boca por completo, tenía el mentón chorreado y una sonrisa que no le había visto en meses.
—Ahora vení. Vení acá. Metémela.
Rodrigo se movió sobre la cama. Se puso entre sus piernas, le abrió los muslos con las manos y le miró el coño abierto, todavía brillante de las corridas del juguete. Le pasó dos dedos por encima del clítoris y ella arqueó la espalda.
—No aguanto, mamá. Hace años que no aguanto.
—Metémela ya, hijo. Rompé a tu madre.
Se la metió de una sola estocada, hasta el fondo. Mi madre soltó un grito ahogado y le clavó las uñas en la espalda. Le rodeó la cintura con las piernas y lo apretó contra ella, como si tuviera miedo de que se le escapara. Rodrigo empezó a moverse. Al principio despacio, con embestidas largas, sacándola casi entera y volviéndola a hundir hasta los huevos. Después más rápido, más animal, con la cama empezando a golpear contra la pared.
—Así, hijo, así. Más fuerte. Rompeme.
—Mamá, tu coño... hace años que sueño con esto.
—Ya lo sé. Ya sé que soñabas con esto. Yo también, hijo, yo también, ay dios, no pares.
Me quedé de pie al costado, mirando. Rodrigo la cogía con una violencia contenida, y mi madre le respondía con las caderas, subiendo a su encuentro cada vez que él bajaba. Las tetas se le sacudían con cada embestida, saltando sueltas del camisón que se le había arrugado en el pecho. Él bajó la boca y le atrapó un pezón, y ella le pasó los dedos por la nuca para apretárselo contra la teta.
—Chupámelas, hijo, chupámelas como cuando eras chiquito.
Yo tenía la mano metida por dentro del pantalón sin haberme dado cuenta. Mis dedos me encontraron empapada. Me apoyé contra la cómoda para no caerme.
Los cambió de posición sin sacarla. La agarró de la cintura, le dio la vuelta y la puso en cuatro patas al borde de la cama. Ella se dejó, con la cabeza apoyada contra el colchón y el culo levantado. Rodrigo se la volvió a meter por atrás, agarrándola de las caderas, y empezó a cogérsela con estocadas duras que le arrancaban un gemido nuevo con cada golpe. La mano derecha subió por su espalda hasta el pelo y le tiró de la cabeza hacia atrás.
—Decíme quién soy, mamá.
—Mi hijo. Mi hijo, sos mi hijo, mi bebé, mi hombre.
—Decíme que soy mejor que papá.
—Sos mejor, sos más grande, sos el que necesito ahora, cogéme, cogéme, no pares.
El sonido de los muslos de Rodrigo golpeando contra el culo de mi madre llenaba el cuarto. Yo me solté el pantalón del todo y me senté en el sillón del rincón, con los dedos ya adentro, mirando cómo mi hermano le partía el coño a mi madre. Ella empezó a temblar. Los brazos le fallaron y se le hundió la cara en la almohada, con la boca abierta gritando en el algodón.
—Me vengo, hijo, me vengo, me vengo.
Se corrió con todo el cuerpo, sacudiéndose bajo él, con el culo apretado hacia arriba y el coño ordeñándole la polla. Rodrigo aguantó unos empujones más y después él también dio un gemido ronco.
—¿Adentro, mamá?
—Adentro, adentro, todo adentro, llenala.
Se descargó con tres embestidas finales, cada una más lenta que la anterior, y se quedó apoyado contra su espalda, tratando de recuperar el aire. Cuando la sacó, un chorro espeso empezó a caerle a mi madre por la cara interna del muslo. Ella se dejó caer boca abajo sobre la cama, con las piernas todavía abiertas y la semilla de su hijo goteándole del coño hasta la sábana.
Se besaron despacio al final, con algo que no podría describir exactamente pero que se parecía a un reconocimiento mutuo: dos personas que llevan tiempo sabiendo algo sin atreverse a nombrarlo. Cuando mamá le rodeó el cuello con los brazos, se le escapó un sonido pequeño, casi inaudible, que no tenía nada de tristeza.
—Quedáte un rato más —le pidió—. Otra vuelta. Despacio esta vez.
—Sal un momento —me dijo Rodrigo sin mirarme.
Salí, con las bragas empapadas y las piernas flojas.
***
Me quedé en el pasillo, apoyada contra la pared, escuchando sin proponérmelo los sonidos que se filtraban por debajo de la puerta. El ritmo suave al principio, más intenso después, la cabecera de la cama golpeando contra el yeso, y la voz de mi madre que no reconocí, porque no la había escuchado jamás de esa forma, con esa urgencia, con esa libertad. Me metí la mano dentro del pantalón otra vez y me hice acabar ahí mismo, tapándome la boca con la otra mano para no gritar.
Veinticinco minutos después, silencio.
La puerta se abrió y Rodrigo salió con el pelo revuelto, el pecho brillante de sudor y una expresión que no era exactamente culpa, aunque tampoco era del todo ajena a ella. Se había puesto el pantalón pero no la remera. Me miró un segundo sin decir nada.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—No lo sé todavía. —Se pasó una mano por la cara.— ¿Y tú?
—Yo estoy bien.
—Gracias, Valeria. —Bajó la voz.— De verdad.
Asomé la cabeza por la puerta entreabierta. Mamá estaba tendida, con la sábana hasta los hombros y los ojos abiertos mirando el techo. Debajo se adivinaba el cuerpo desnudo, con las piernas todavía un poco separadas. Pero su cara era diferente a la del mediodía, a la de ayer, a la de los últimos noventa días. La tensión que había llevado pegada a la piel desde la muerte de papá había desaparecido, como si alguien hubiera quitado un peso que todos habíamos notado pero nadie había sabido cómo levantar.
—Mamá.
—Valeria. —Pausa.— Eres la hija más rara que me pudo tocar.
—Lo sé.
—Y también —dijo, girando la cabeza hacia mí— la que mejor me conoce. —Hubo en sus ojos algo que se parecía mucho a la gratitud, aunque ninguna de las dos lo fuera a nombrar así.— ¿Puedes abrir las cortinas?
Lo hice. La luz de la tarde entró de golpe, amarilla y directa, y mamá cerró los ojos un instante antes de dejarla entrar del todo.
—Tengo hambre —dijo—. ¿Todavía llegamos a comer?
Sonreí.
—Llegamos.



