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Relatos Ardientes

Esa madrugada crucé la línea con mi hijastra

No podía dormir. Llevaba más de una hora dando vueltas en la cama, con la sábana pegada al pecho y la cabeza dándome golpes contra la idea de que esa noche había cruzado un umbral del que no se vuelve. Mariana respiraba hondo a mi lado, ajena a todo, con esa serenidad que solo tienen los que duermen el sueño de los justos.

El problema era yo. El problema era lo que había pasado en el cuarto de baño antes de la cena. El problema era Camila.

Llevaba meses esquivándome la mirada con una mezcla de pudor y desafío que me tenía descolocado. Yo había llegado a la casa hacía dos años, cuando ella todavía era una chica de uniforme y libros bajo el brazo. Ahora trabajaba, salía con sus amigas y cada vez que se cruzaba conmigo en el pasillo me dejaba ese rastro de perfume que se me quedaba pegado en la ropa hasta el día siguiente.

Esa tarde, sin querer, había abierto la puerta del baño cuando ella se estaba secando frente al espejo. La toalla resbaló unos centímetros. Ninguno de los dos dijo nada. Cerré la puerta despacio, como si cerrarla rápido fuera a ser una confesión, y ella tampoco gritó. Solo me quedó en la cabeza la curva de su cadera y el modo en que sus ojos no se apartaron de los míos en el espejo.

Antes de cenar, encontré una tanga olvidada en la pila del baño. Negra, fina, todavía tibia. La levanté con dos dedos, miré la puerta cerrada del cuarto de Camila al final del pasillo y, en lugar de devolverla, hice algo que llevaba semanas imaginando. Me bajé los pantalones y descargué dentro de aquella tela todo lo que llevaba conmigo. Después la doblé con cuidado y la dejé exactamente donde la había encontrado.

Y ahora, a las tres de la mañana, no podía dormir.

Me levanté sin hacer ruido. Mariana ni se movió. Pasé por el pasillo descalzo y vi que la puerta del cuarto de Camila tenía una rendija de luz en el suelo. No era la luz del techo. Era el resplandor azul de la pantalla del teléfono, esa luz que se filtra cuando alguien lo deja boca arriba sobre la sábana.

Empujé la puerta con la yema de los dedos.

Camila estaba acostada boca arriba. La tanga negra, la misma de la tarde, la tenía pegada a la cara y pasaba la lengua despacio por la zona donde yo había dejado mi rastro. Tenía los ojos cerrados. Los abrió de golpe cuando la puerta cedió.

No dijo nada.

No gritó, no se cubrió, no se incorporó. Se quedó mirándome con la tanga todavía cerca de los labios y la respiración cortada en mitad de un suspiro. Y yo entendí, en un segundo, que llevaba tanto tiempo esperando ese instante como yo.

***

Me acerqué a los pies de la cama. La cogí de los tobillos sin decir una palabra y la arrastré hasta que el borde del colchón le quedó justo bajo la cadera. Ella se dejó. No abrió la boca. Ni siquiera soltó la tanga. Solo me miraba con las pupilas tan dilatadas que parecía que se le hubiera tragado el iris entero.

Me arrodillé en la alfombra. Le puse las corvas sobre los hombros y le sujeté las caderas con las dos manos, como quien sostiene algo que se le puede romper si aprieta de más. La olía desde ahí, un olor a piel limpia y a algo más, algo que se va concentrando entre las piernas de una mujer cuando lleva horas pensando en lo que no debería.

Le besé el interior de las rodillas. Subí despacio, dibujando una línea de saliva por la cara interna del muslo, deteniéndome cada pocos centímetros para soplarle suavemente. Sentí cómo se le erizaba la piel, cómo se le contraía el músculo bajo mis labios, cómo el aire se le quedaba atrapado en la garganta sin llegar a ser un gemido.

Cuando llegué a la ingle, paré.

Inhalé hondo. Cerré los ojos. Solté el aire muy despacio, dejando que mi aliento le rozara la vulva sin tocarla. La sentí estremecerse en mis manos. Sus piernas se aflojaron de pronto sobre mis hombros, dóciles, abiertas hasta el final, y aun así me clavó los talones en los omóplatos como si tuviera miedo de que me apartara.

Bajé las manos al borde inferior de sus nalgas. Le separé los labios con el pulgar y el índice. Apoyé la punta de la lengua en el perineo y subí en una sola línea, lenta, mojada, hasta el clítoris. Camila apretó las sábanas con las dos manos y dejó escapar un quejido ahogado, porque hasta ella sabía que no podía despertar a su madre.

***

Trabajé despacio. No tenía prisa. Tenía el resto de la noche y la sensación de que ese cuarto, esa cama y esa hija ajena se me iban a meter dentro para siempre. La masajeé con los labios alrededor del clítoris mientras la lengua trazaba círculos suaves en el centro. Después separé un poco más con los dedos y empecé a buscarle la entrada con el índice, sin presionar, solo recorriendo el borde como si estuviera afinando un instrumento.

Cuando metí el primer dedo, ella respiró hondo y me clavó la mirada.

No dejó de mirarme.

Le sostuve los ojos mientras le metía el segundo dedo, mientras los movía dentro con un ritmo que no se parecía al de mi boca. La boca seguía suave. Los dedos cabalgaban. El contraste la rompió en pedazos pequeños: primero un temblor en el vientre, después un arqueo de la espalda, después las dos manos en mi pelo apretándome contra ella como si quisiera fundirme en su sexo.

Apenas escuchaba ya. Sus muslos me tapaban los oídos. Pero veía. Veía cómo se le iba marcando el cuello, cómo se mordía el labio para no gritar, cómo el sudor le aparecía entre los pechos como una línea fina.

De pronto contrajo el abdomen sin avisar y soltó un chorro pequeño, contenido, como si se estuviera dando permiso por primera vez. Una mezcla agridulce, tibia, que me llenó la barbilla. La vi cerrar los ojos con vergüenza. La obligué a abrirlos otra vez subiéndole la barbilla con la mano sucia.

—No te tapes —le dije—. Ahora soy yo el que decide.

Ella tragó saliva y asintió.

***

Le hice una seña con la cabeza. Ponte. Ella entendió. Se giró torpemente, todavía temblando, y se acomodó de rodillas en el filo del colchón, con el pecho apoyado en las sábanas y las manos colgando por encima del borde. La postura era un regalo. Las nalgas separadas por la propia inclinación, el sexo brillante, el pelo cayéndole sobre la cara.

Me arrodillé otra vez detrás. No iba a desaprovechar nada. Le abrí las nalgas con las dos manos y empecé a besarle el borde del ano sin tocarlo del todo, dejando que mis labios se acercaran y se alejaran como una amenaza que no termina de cumplirse. Ella dio un pequeño respingo.

—Por ahí no —susurró contra la almohada—. Ahí nunca.

—Calla —le contesté en voz muy baja, casi en su oreja—. Esta noche eres mía. Vas a hacer lo que yo te diga. Soy tu papi y vas a obedecerme. ¿Está claro?

Hubo un silencio largo.

—Sí, papi —dijo, con una voz que no era la suya, una voz pequeña y dócil que me hizo apretar los puños sobre la sábana—. Perdón. Hago lo que tú quieras.

Ese «papi» dicho así, con ese tono, me hizo entender que se me iba a romper algo si no entraba en ella en los próximos treinta segundos.

—Ábrete tú —le dije.

Llevó las dos manos atrás y se separó las nalgas ella misma, despacio, ofreciéndomelo todo. No se imaginaba la postal que me estaba regalando. Hundí la cara entre sus nalgas y le metí la lengua hasta donde pude. Ella ahogó un gemido en la almohada. Le lamí el ano con una insistencia animal, sintiendo cómo le palpitaba contra mis labios, cómo se iba aflojando de a poco, cómo dejaba de ser un límite y empezaba a ser una invitación.

Me puse de pie.

***

Me agarré la verga con la mano y se la pasé por la entrepierna, frotándola entre los labios, untándola en lo que ella misma había soltado. Al tercer roce, su sexo me envolvió la punta sola. Empujé. Entré entero de una sola vez. Camila mordió la almohada para no gritar y se le escapó igual un gemido largo, descontrolado, que me hizo mirar la puerta por encima del hombro.

La puerta seguía cerrada. Su madre dormía a tres metros.

La sujeté de la cadera con las dos manos y empecé a darle fuerte. Las caderas chocaban con un sonido seco, rítmico, que parecía un aplauso lento subiendo por el pasillo. Estaba tan mojada que el roce se volvía silbido. Yo había dejado de pensar. Era todo instinto: la mano izquierda en su nalga, la derecha enroscada en su pelo largo como en las riendas de un caballo, los dientes apretados para no decir su nombre.

Sentí el final cuando me empezó a temblar el vientre. Saqué a tiempo. Apenas a tiempo. Eyaculé sobre la base de su espalda y el primer chorro fue tan caliente que ella respingó como si la hubiera quemado. Cayó en la curva del lomo y empezó a escurrir entre sus nalgas, atrapándose en el vello púbico que apenas tenía.

El segundo chorro le pegó en una nalga.

El tercero no llegó a la espalda. Camila se giró tan rápido que apenas la vi moverse, se acomodó sobre los codos, abrió la boca y se metió mi verga hasta la garganta. La sentí tragar. Tragar todo. Las piernas me empezaron a fallar y no había nada de lo que agarrarme, así que me apoyé en su cabeza, con los dedos enredados otra vez en su pelo. Siguió chupando hasta que ya no quedaba absolutamente nada.

***

Di un par de pasos hacia atrás. Las rodillas me temblaban como si hubiera corrido durante una hora. Camila se dejó caer boca abajo sobre la cama, completamente desnuda, con el pelo revuelto sobre la cara y los brazos abiertos en cruz. Tenía la espalda perlada de sudor y un brillo blanco y tenue en la base de la columna.

Se veía perfecta. Divina. Una visión sacada de un sueño que no debí haber tenido nunca. Y al mismo tiempo era un demonio pequeño y silencioso que acababa de robarme el alma con la naturalidad de quien recoge una llave del suelo.

—Vete —murmuró contra la sábana, sin abrir los ojos—. Antes de que mamá se despierte.

Recogí la tanga del suelo. La doblé. La dejé sobre la mesita de noche, encima del teléfono que seguía iluminándole la mejilla con esa luz azul.

—Mañana lavas tú las sábanas —le dije, en voz tan baja que no sé si me escuchó.

Cerré la puerta despacio.

En el pasillo me detuve un segundo, escuchando. Mariana respiraba al otro lado del tabique, tranquila, profunda, como una mujer que se acuesta cada noche convencida de que conoce a los dos seres humanos con los que vive. No la culpaba. Yo también, esa misma tarde, habría jurado lo mismo.

Volví a meterme entre sus sábanas. La besé en la frente. Ella se apretó contra mí sin despertarse, con el gesto cariñoso de siempre. Me pasé el resto de la madrugada con los ojos abiertos, mirando el techo, sintiendo todavía el sabor de su hija en los labios y el peso, dulce y oscuro, de saber que aquello no iba a ser la última vez.

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Comentarios (8)

Tomas_1989

Brutal. De las mejores historias de esta categoría que leí ultimamente.

vikingo_lector

Por favor que haya segunda parte! Quede con ganas de saber como siguió todo entre ellos.

DarkReader_22

Este tipo de relatos me enganchan desde la primera linea y este no fue la excepcion. Muy bueno!!

JorgeNoche

La tensión del principio me tuvo pegado a la pantalla, excelente ritmo. Seguí así.

NorbertoGP

Buenisimo! Hay segunda parte? Me dejó con intriga.

MarceloViedma

Muy buen relato. La forma en que describís los momentos previos, esa tensión antes de que pase todo, es lo que lo hace especial. Se nota que sabés escribir.

Roco_lector

Bien narrado y sin vulgaridad innecesaria. Asi me gustan, con clase jaja

lectora_cba

increible!! uno de mis favoritos de esta semana :)

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