Lo que mi hijastra descubrió al volver temprano
Llevo doce años casado con Mariana. Cuando nos conocimos, ella ya tenía una hija pequeña de su matrimonio anterior, una nena de ocho años con la frente llena de pecas que al principio no quería ni mirarme. Camila creció conmigo dentro de casa, me llamó papá cuando le salió del alma y nunca le exigí que lo hiciera. La quise como si fuese mía desde el primer día.
Hasta que dejó de ser una nena.
No sabría decir en qué momento exacto empecé a verla distinto. Quizás fue el verano que volvió de un viaje con sus amigas y entró por la puerta con un short corto y la piel dorada por el sol. Quizás fue antes, cuando dejó el flequillo y se cortó el pelo a la altura de los hombros. Lo cierto es que un día la miré y ya no era la nena pecosa, sino una mujer de veintidós años con el cuerpo firme, la cintura estrecha, las tetas paradas debajo de cualquier remera y una manera de moverse por la casa que me sacaba de eje y me ponía la verga dura sin previo aviso.
Empecé a evitarla. Salía del baño con la toalla bien ajustada porque bastaba con cruzarla en el pasillo para que se me marcara todo. Procuraba no quedarme solo con ella en la cocina. Si Mariana me pedía que fuera al cuarto de Camila a buscar algo, ponía cualquier excusa para no entrar. Sentía que si bajaba la guardia un segundo, mi cabeza iba a traicionarme delante de las dos.
Y mi cabeza me traicionaba, igual. Sobre todo de noche, con Mariana dormida al lado y yo agarrándome la polla debajo de las sábanas pensando en la hijastra que dormía a dos puertas de distancia.
Esa tarde de jueves volví antes del trabajo. Una reunión que se cayó a último momento y me dejó libre a las cinco. Mariana estaba en la peluquería y no volvía hasta las ocho. Camila, supuestamente, había salido a estudiar con una compañera y no iba a regresar hasta tarde. La casa estaba vacía, en silencio, con esa luz tibia de las cinco de la tarde entrando por la ventana del living.
Dejé las llaves sobre la mesa de la entrada y subí a darme una ducha. Cuando abrí la puerta del baño, vi su teléfono apoyado en el borde del lavamanos. Lo había olvidado ahí en la mañana, probablemente cuando se preparó para salir. Era un teléfono igual al mío, mismo modelo, misma funda transparente. Lo tomé sin pensar, con la idea boba de dejárselo en la mesa de luz para que lo encontrara después.
Pero la pantalla se encendió cuando lo agarré, y vi una notificación de una aplicación de fotos. Una de esas alertas tontas de «hace un año tomaste esta imagen». Y la imagen, en la miniatura, era ella.
Solo una mirada, pensé. Solo veo qué es y lo dejo donde estaba.
Deslicé el dedo. La pantalla se desbloqueó sin pedir contraseña, como si me estuviera esperando.
Eran cientos. Cientos de fotos suyas tomadas frente al espejo, en su cuarto, en la cama, en el baño de algún hotel. Camila en ropa interior, Camila desnuda, Camila probándose conjuntos de encaje que ni sabía que tenía. En algunas se apretaba las tetas con las dos manos hacia el espejo, con los pezones parados asomando entre los dedos. En otras se había fotografiado de espaldas, en cuatro sobre la cama, el culo levantado, el coño depilado abierto entre los muslos. Había una serie sentada al borde del bidé, con los dedos entre las piernas, la boca abierta, los ojos entrecerrados. La fecha más reciente era de hacía tres días.
Me senté en el borde de la bañera con el teléfono temblándome en la mano. Tenía que dejarlo. Tenía que apagarlo, ponerlo donde estaba y olvidar lo que había visto. En cambio, lo seguí mirando. Una foto, dos, diez. Y la verga se me puso dura contra el pantalón antes de que mi cabeza pudiera detenerlo.
Salí del baño con el teléfono todavía en la mano y crucé el pasillo hasta su cuarto. La puerta estaba entornada. El aire adentro olía a su perfume, a una mezcla de vainilla y algo cítrico que se le había pegado a las sábanas. La cama estaba hecha. El cesto de la ropa, semiabierto, asomaba en un rincón.
Lo abrí. Saqué una tanga de encaje negro que estaba arriba de todo. La acerqué a mi cara antes de poder pensar lo que estaba haciendo. Olía a ella, a su piel, al jabón con el que se duchaba, y un poco más abajo, en la entrepierna de la tela, a algo más íntimo, a coño usado. Sentí cómo me subía la sangre y cómo todo lo que había intentado contener durante meses se me venía encima de golpe.
Me bajé los pantalones ahí mismo, parado contra la pared del cuarto de mi hijastra. La verga me saltó afuera, hinchada, con la punta ya mojada. Me envolví el glande con la tanga negra y empecé a pasármela por toda la polla, arriba y abajo, restregando el encaje húmedo contra la piel tirante. Con la otra mano sostenía el teléfono, deslizando el pulgar sobre las fotos, parando en las que más me gustaban. En una estaba de rodillas frente al espejo, con la boca abierta y la lengua afuera, como esperando una corrida imaginaria. En otra se abría el coño con dos dedos, mostrando el rosa de adentro.
Me pajeé con la tanga apretada contra la polla, sintiendo el olor de su coño en la tela, imaginándome que era ella la que me la agarraba, que era su boca la que se abría así frente a mí. Cerré los ojos un segundo y la imaginé arrodillada, mirándome hacer lo que estaba haciendo, con la lengua afuera pidiendo que me viniera en su cara.
Y entonces escuché la puerta principal abrirse abajo.
***
El cuerpo se me congeló. Por una fracción de segundo pensé en esconderme, en cerrar la puerta, en saltar por la ventana. No alcancé a hacer nada. Los pasos en la escalera fueron rapidísimos, y antes de que pudiera siquiera subirme el pantalón, ella estaba en el marco de la puerta.
Camila se quedó quieta. Tenía la mochila colgada de un hombro y el pelo recogido en una colita alta. Me miró a los ojos, después a la verga dura que todavía tenía en la mano, después al teléfono, después a la tanga negra que colgaba de mis dedos. Nadie habló durante lo que me pareció una eternidad.
—Llegaste temprano —dije al fin, con la voz quebrada.
—Vos también —contestó ella.
No me reté. No gritó. No salió corriendo. Soltó la mochila al piso, cerró la puerta del cuarto detrás de ella y se apoyó contra la madera con los brazos cruzados. Los ojos se le fueron una vez más a mi entrepierna, y ahí se quedaron un segundo de más antes de volver a mi cara.
—¿Hace cuánto que hacés esto?
Quise inventar una excusa. Quise decirle que había entrado a buscar otra cosa, que el teléfono era mío, que ella se confundía. Pero estaba parado contra la pared con los pantalones a media pierna, la polla dura al aire, su tanga en la mano y la pantalla todavía encendida con una foto suya con dos dedos adentro del coño. No había excusa posible.
—Es la primera vez —dije, y era verdad—. Encontré tu teléfono en el baño. No pensaba mirarlo. Te lo juro.
—Pero lo miraste.
—Sí.
Se quedó callada un momento. Avanzó dos pasos y se sentó en el borde de la cama. Tenía los muslos al aire, la falda corta de la facultad. Cuando cruzó las piernas, vi cómo el dobladillo subía un par de centímetros más, y de reojo alcancé a ver el encaje blanco entre los muslos.
—¿Y qué viste? —preguntó, mirando el piso.
—Camila.
—Decime qué viste.
Tragué saliva. La voz me salió ronca.
—Vi todo. Te vi desnuda, te vi con los dedos adentro, te vi en cuatro con el culo levantado. Vi todo.
Levantó la cabeza. No estaba enojada. No estaba asustada. Tenía una expresión que no había visto nunca antes en su cara, mitad curiosidad, mitad otra cosa para la que no tenía nombre. Se le mojaron los labios cuando pasó la lengua por encima.
—¿Y te gustó? —preguntó, más bajo—. ¿Te gustó ver el coño de tu hijastra?
Hubiera podido mentir. Tendría que haber mentido. Pero ya no tenía ningún sentido. Y la polla, obscenamente, se me sacudió sola cuando le escuché decir esa palabra.
—Sí.
Bajó la mirada otra vez, ahora directo a mi verga, y no la disimuló. La estudió con calma, como si estuviera midiéndola. Después se levantó, despacio, y dio un paso hacia mí.
—No tendrías que haber visto eso —dijo, casi en un susurro—. Pero yo no soy idiota. Sé cómo me mirás desde hace dos años.
—Camila, no…
—Sí. Sé cómo me mirás cuando salgo de la pileta con la bikini pegada al culo. Cuando me agacho a buscar algo. Cuando estoy en la cocina con el pijama corto y sin corpiño. Lo noto, papá. Se te marca en el pantalón cada vez.
La palabra «papá» en su boca, en ese momento, con la verga todavía dura al aire, me golpeó como un trompazo. Quise apartarme. Quise pedirle que se fuera. En lugar de eso, me quedé quieto contra la pared mientras ella daba el último paso y se paraba a treinta centímetros de mí, con los ojos fijos en mi polla.
—¿Querés que te la regale? —preguntó, mirándome la mano con la tanga negra todavía colgando.
—Camila, esto no…
—Te hago una propuesta mejor —dijo, y sus dedos se engancharon en el borde de su falda—. Esa la tirás a la lavadora. Yo te doy la que tengo puesta. Recién sacadita del coño.
Sentí cómo se me cortaba la respiración.
—Y a cambio —siguió, casi sin voz— vos me dejás probar. Una sola vez. Quiero saber qué se siente. Después esto se queda en esta tarde. Mañana volvemos a ser los de siempre.
Asentí con la cabeza sin poder articular palabra. Levantó la falda apenas, lo justo para mostrarme un encaje blanco contra su piel bronceada, ya con una mancha oscura en el centro que delataba que ella también estaba mojada. Después, con un movimiento que me pareció ensayado mil veces frente al espejo, se la fue bajando hasta que la dejó caer al piso entre sus pies.
—Tomala —dijo.
***
Lo que pasó después no se puede contar como si fuera otra cosa de lo que fue.
Me arrodillé a recoger la prenda. Estaba tibia y húmeda, un pedacito de tela con la marca de su coño en el centro. Me la llevé a la nariz sin pudor, la aspiré profundo, y ella me miró hacerlo con una media sonrisa apenas dibujada. Cuando levanté la vista, se había sentado de nuevo en el borde de la cama, con la falda subida hasta la cintura y las rodillas apenas separadas. Entre los muslos se le veía el coño depilado, brillante de humedad, con los labios apenas abiertos.
Me miraba sin pestañear. No me invitó con palabras; no hizo falta. Sus rodillas se abrieron un poco más, y yo seguí ahí abajo, arrodillado en la alfombra del cuarto donde la había visto crecer, con la verga todavía dura y colgando fuera del pantalón.
Me acerqué de rodillas. Le apoyé las manos en los muslos. Tenía la piel tibia, suave, con un leve temblor que ella intentaba disimular. Subí las palmas despacio, esperando que en cualquier momento me dijera basta. No me lo dijo. Lo único que hizo fue cerrar los ojos y separar más las piernas cuando mis dedos llegaron al borde de su cadera.
Le pasé la lengua por la cara interna del muslo derecho, después por el izquierdo, mordiendo apenas la piel. La sentí estremecerse. Le di un beso en la parte más alta de la pierna, tan cerca del coño que el aliento le rozó los labios, y la oí soltar el aire de golpe, como si lo hubiese estado conteniendo desde que entró a la habitación. Subí más. Cuando mi boca llegó adonde la estaba esperando, apoyé la lengua plana sobre todo el coño, de abajo hacia arriba, en una sola pasada larga, y la sentí temblar entera.
—Ay, papá… —se le escapó, y me tuvo que morder el hombro para callarse ella misma.
Le abrí los labios con los pulgares y me hundí en ella. Le chupé el clítoris despacio, dando vueltas con la punta de la lengua, sintiendo cómo se le endurecía debajo. Después bajé, le metí la lengua adentro, la saqué, la volví a meter. Estaba empapada. Tenía un gusto salado, un poco dulce, tan distinto y tan igual a como me la había imaginado. Ella me hundió los dedos en el pelo y tiró suavemente hacia adentro, apretándome la cara contra el coño, como si necesitara confirmar que era yo el que estaba ahí.
—No te detengas —murmuró—. No te detengas, no pares, seguí así.
No me detuve. Le metí dos dedos mientras seguía chupándole el clítoris, y encontré ese punto adentro donde la piel es un poco distinta y empecé a masajearlo con la yema. Ella empezó a mover las caderas contra mi cara, sin ritmo, cada vez más rápido. Se le escapaban palabras a medias, «así», «ahí», «me vengo», y yo aceleré la lengua y los dedos al mismo tiempo. Cuando se vino, fue con un quejido bajo, largo, mordiéndose el dorso de la mano para no hacer ruido en una casa donde no había nadie que pudiera oírnos. Le sentí el coño apretándome los dedos, la mojada le corrió por la muñeca, y ella se dejó caer para atrás sobre el colchón, con las piernas todavía temblando.
Le dejé un rato la lengua ahí, apenas rozándola, hasta que ella misma me apartó la cabeza porque no soportaba más.
—Vení —dijo, con la voz enronquecida—. Subí. Quiero verla.
Subí. Me terminé de sacar los pantalones y el bóxer que me colgaban de un tobillo, y me arrodillé sobre la cama entre sus piernas. Ella se incorporó en los codos y me miró la verga, dura, latiendo, con la punta brillante.
—Dios —murmuró—. Ya no me acordaba lo grande que se veía cuando eras vos el que salía en toalla del baño.
Estiró la mano y me la agarró. Cerró los dedos alrededor y me la trabajó despacio, subiendo y bajando, mirándome a la cara mientras lo hacía. Después se inclinó y me pasó la lengua por toda la punta, en un círculo lento, saboreándome sin apuro. Abrió la boca y me la fue metiendo de a poco, medio palmo primero, después más, hasta que la sentí golpearle contra la garganta y la vi apretar los ojos.
Se la sacó, tomó aire, y volvió a metérsela. Me la chupaba mirándome hacia arriba, con la colita alta que se le sacudía a cada movimiento, con la lengua bailándome debajo del glande cada vez que subía. Le agarré la cabeza y empecé a moverme yo también, despacio, empujándole la garganta, y ella se dejó llevar, con los ojos aguándose y un hilo de saliva cayéndole por el mentón. Le vi el brazo colarse entre sus piernas y supe que se estaba tocando mientras me la mamaba.
—Basta —le dije, tirándole apenas del pelo—, basta o me vengo.
Me la sacó de la boca con un sonido húmedo y se limpió los labios con el dorso de la mano.
—No te vengas todavía —dijo—. Metémela.
Me empujó de espaldas contra el colchón y se sentó encima, todavía con la blusa puesta, todavía con la falda enredada en la cintura. Me besó por primera vez en la boca. Tenía gusto a menta, a una pastilla que se debía haber metido a la boca antes de subir, mezclado con el gusto de mi propia verga. Se acomodó arriba de mí, se agarró la polla con la mano y se la fue pasando por el coño empapado, arriba y abajo, mojándola bien.
—Mirame —me dijo—. Mirame cuando me la meto.
La miré. Se apoyó la punta contra la entrada del coño, bajó despacio, y la vi cerrar los ojos y abrir la boca cuando la sintió abrirse. Bajó otro poco, otro poco, y de a puchitos me la fue metiendo entera hasta que se sentó completa sobre mí. Sentí el coño apretado, caliente, latiéndome alrededor de la verga.
—Ay, mierda… —murmuró—. Ay, papá, qué grande.
Empezó a moverse. Primero despacio, arriba y abajo, con los ojos cerrados y las manos apoyadas en mi pecho. Después más rápido, sacudiendo el culo contra mis muslos, con la falda todavía en la cintura y la blusa que se le empezaba a marcar de sudor. Le agarré la cintura y la ayudé a moverse, subiendo yo también las caderas para clavármela hasta el fondo cada vez. Le levanté la blusa y le encontré las tetas, un poco más chicas de lo que me las había imaginado, con los pezones oscuros y parados. Se las apreté, se las chupé, le mordí uno. Ella se arqueaba encima de mí y aceleraba el ritmo.
—Girate —le dije—. Quiero verte el culo.
Se rió bajito y se giró sin sacármela, quedando de espaldas a mí, con la falda todavía enredada arriba. Me apoyó las manos en las rodillas y empezó a moverse otra vez, de adelante hacia atrás, subiendo y bajando. Yo le miraba el culo firme sacudirse contra mí, la verga entrando y saliendo del coño brilloso, y le agarré una nalga con cada mano y se la abrí un poco para verlo mejor.
—Vení, ponete en cuatro —le pedí después de un rato.
Se separó y se puso en cuatro sobre la cama, con la cara contra la almohada y el culo levantado para mí. Me arrodillé detrás. Le tiré la falda hasta la cintura, le acomodé bien la cadera, y volví a metérsela de un solo empujón. Ella se agarró de las sábanas y ahogó un grito contra la almohada.
La cogí ahí, en cuatro, en la cama de la nena que había criado, empujando fuerte, cada vez más fuerte, viendo cómo mi verga se hundía entera en el coño de Camila una y otra vez. Le agarré la colita alta y le tiré un poco, no mucho, y ella arqueó la espalda y empezó a empujar hacia atrás contra mí.
—Más fuerte —dijo, con la voz apagada por la almohada—. Cogeme más fuerte. Como te la venías imaginando.
Le di más fuerte. Le agarré las caderas con las dos manos y me la clavé hasta el fondo con cada estocada, hasta que el chapoteo del coño mojado sonaba en toda la habitación y las nalgas le rebotaban contra mis muslos. Ella empezó a temblar otra vez, a apretarse alrededor de la verga, y sentí que se venía por segunda vez, mordiendo la almohada para no gritar.
—Me vengo —dije, sintiendo cómo se me juntaba todo—. Me vengo, Cami.
—Afuera —dijo, jadeando—. Afuera, en la panza, no me la tires adentro.
La saqué a último momento, la hice darse vuelta rápido, y me terminé de correr con la mano encima de ella, chorros gruesos que le cayeron en el vientre y le mancharon la blusa levantada. Ella se agarró la verga con la mano y me la exprimió hasta la última gota, mirándome a la cara mientras lo hacía, con la boca entreabierta y las mejillas rojas.
Me dejé caer al lado de ella, sin aire. Nos quedamos así, en silencio, escuchándonos la respiración. Ella se pasó dos dedos por la panza, recogió un poco del semen y se los llevó a la boca, chupándoselos despacio, sin dejar de mirarme.
—Está rico —dijo, con media sonrisa.
Yo no supe qué contestarle. Me senté en el borde de la cama, de espaldas a ella, y me agarré la cabeza con las dos manos.
—Tu mamá llega a las ocho —dije, sin darme vuelta.
—Lo sé.
—Esto no puede volver a pasar, Camila.
—Lo sé —repitió—. Eso fue lo que te dije recién.
Pero las dos sabíamos, ahí, mientras la luz de las seis de la tarde se metía por la persiana y el olor a sexo todavía flotaba en el cuarto, que esa promesa no iba a durar. Que mañana íbamos a cruzarnos en el pasillo y los dos íbamos a desviar la mirada, pero la próxima vez que nos encontráramos solos en la casa, la cabeza de los dos iba a estar exactamente en el mismo lugar.
Junté mi ropa del piso, recogí su teléfono de donde había quedado y se lo apoyé en la mesa de luz. Antes de salir del cuarto, ella me llamó por mi nombre. Por mi nombre de pila, no «papá».
—Andate a duchar —dijo—. Y tirá la otra al cesto. Esta nueva quedátela.
Cerré la puerta detrás de mí y bajé las escaleras temblando, con la tanga blanca apretada en el puño y la verga todavía sensible latiéndome dentro del pantalón. Llegué al baño, abrí la canilla de la ducha y me metí debajo del agua caliente sin terminar de creer lo que acababa de hacer.
A las ocho menos cuarto sonó la puerta. Mariana llegó cargada de bolsas y de novedades del salón. Camila ya estaba abajo, con otra ropa, una camiseta holgada, los pies descalzos, ayudándola a guardar las compras. Cuando me vio entrar a la cocina, me sonrió como cualquier otro día.
—Hola, pa —dijo.
Y supe, en ese segundo, que íbamos a vivir el resto de nuestras vidas sosteniendo ese secreto entre los dos.
