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Relatos Ardientes

La noche que mi padre me convirtió en mujer

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Éramos cuatro aquella noche en el salón de la casa de verano: la luz del flexo baja, las copas de vino sobre la mesa y el calor aplastando los campos al otro lado de los cristales. Yo tenía cuarenta y ocho años y llevaba el vestido de tirantes que me ponía siempre que quería sentirme así, sentada en el sofá grande con las piernas cruzadas y esa sonrisa que mis hijos ya conocían perfectamente.

Laura, mi mayor con veintitrés años, estaba colorada. Me miraba desde el sillón de enfrente con las rodillas juntas y los ojos brillantes, con la mano izquierda apoyada sobre el muslo con una tensión que no era inocente. Diego, mi hijo del medio con veintiún años, tenía los codos en las rodillas y la vista clavada en el suelo, aunque yo sabía que escuchaba cada sílaba. Vera, la pequeña con diecinueve, estaba sentada en la alfombra con la espalda apoyada contra el sofá, mordiéndose el labio y abrazándose las rodillas.

Había sido Laura quien lo inició, como siempre. Con esa voz suya que se vuelve ronca cuando se pone nerviosa:

—Mamá… cuéntanos una de tus historias antiguas.

Diego levantó la vista del suelo:

—La primera vez. Cuéntanos cómo fue la primera vez de verdad. Cómo te desvirgaron.

Vera asintió despacio, con los ojos muy abiertos:

—Con detalles —añadió en voz baja—. Queremos imaginarlo todo. Cada polla, cada gemido.

Yo los miré uno por uno. Los tres me devolvieron la mirada con esa mezcla de vergüenza y deseo que yo reconocía perfectamente porque también la había sentido a su edad.

Tomé un sorbo largo de vino, dejé la copa sobre la mesa y los miré con mi sonrisa más pausada.

—Está bien —dije—. Os voy a contar cómo me follaron por primera vez. Fue en el verano de mil novecientos noventa y seis. Yo tenía diecinueve años recién cumplidos, y el coño me hervía desde hacía meses.

***

La historia empieza en una masía de la sierra, el tipo de lugar que ya no aparece en los mapas turísticos: paredes de piedra gruesa, pozos de agua fría y noches sin electricidad cuando el generador fallaba. Allí crecí, entre el olor a tomillo y polvo seco, sin vecinos a menos de un kilómetro y con el silencio de los campos como única compañía.

Yo era guapa. Lo digo sin vanidad, con la distancia que dan los años. Era morena, pelo negro hasta los hombros, con unas caderas que se me habían terminado de formar ese mismo verano y unas tetas grandes y firmes que me causaban más problemas de los que me resolvían. Tenía esa manera de caminar que hacía que los hombres del pueblo dejaran de hacer lo que estaban haciendo, con los pezones marcándose bajo la tela fina y el culo apretado moviéndose a cada paso.

Mi padre, Bernardo, tenía sesenta y seis años ese verano. Me había tenido con cuarenta y siete, tarde para la época, después de dos hijos mayores que ya vivían fuera. Era un hombre grande, de hombros anchos que los años no habían logrado doblar del todo, con las manos ásperas de décadas en el campo y el pelo completamente blanco desde que yo tenía memoria. Había en él algo que imponía sin necesidad de alzar la voz: una presencia física que llenaba las habitaciones.

Desde pequeña existía entre nosotros una cercanía que mi madre, Amparo, miraba sin comentar nunca. Me sentaba en su regazo más de lo que era normal para mi edad, me tumbaba contra él mientras veía la televisión, y sus manos grandes me cogían por los muslos, por la cintura, con esa familiaridad que yo nunca cuestioné porque era lo único que había conocido.

Ese verano todo cambió.

En parte cambió por culpa de Marcos, mi hermano mayor, que esa primavera me había enseñado ciertas cosas en las que no voy a entrar ahora. Lo que importa es que llegué a aquel agosto siendo diferente a como había salido de casa en junio. Mi cuerpo pedía algo que todavía no tenía nombre claro para mí, pero que yo sabía que encontraría dentro de aquellas paredes de piedra. El coño se me humedecía de nada, se me humedecía viéndolo a él afeitarse por las mañanas con el torso desnudo, se me humedecía cuando lo veía cargar leña y los músculos de la espalda se le tensaban bajo la camisa sudada.

***

Fue una noche de agosto, una de esas noches en que el calor no cede ni con la oscuridad y las sábanas queman. Mi madre llevaba en cama desde las diez con una jaqueca fuerte. Mi padre estaba en el salón, en calzoncillos, con el ventilador de pie apuntando hacia su sillón y una cerveza en la mano. Bajo la tela blanca se le adivinaba el bulto grande y pesado que yo llevaba semanas imaginando.

Yo bajé en camisón. Sin nada debajo. Ni bragas, ni sujetador. Solo la tela fina rozándome los pezones ya erectos y el vello del pubis.

Me detuve en el marco de la puerta y lo miré. Él me miró de arriba abajo, una vez, luego otra. El ventilador movía el camisón suavemente contra mis muslos desnudos, levantándomelo lo justo para que se intuyera todo.

—¿No puedes dormir? —preguntó con voz normal, aunque la cerveza se quedó paralizada a mitad de camino hacia su boca.

—No. —Me acerqué despacio hasta quedarme justo delante de él, entre el ventilador y su sillón—. Papá, llevo semanas queriendo pedirte algo.

Me miró sin decir nada.

—Quiero que seas tú el primero. El primero de verdad. Quiero que me folles tú. Quiero tu polla dentro.

Hubo un silencio que duró lo que dura una respiración larga y retenida.

—Elena —dijo, con esa voz que usaba cuando quería que las cosas fueran en serio—. Soy tu padre.

—Lo sé.

—Tengo sesenta y seis años.

—También lo sé. Y sé que la tienes dura ahora mismo, papá. Lo estoy viendo.

Se frotó la cara con la mano grande. Ese gesto suyo de cuando pensaba. Lo miré sin apartar los ojos. El camisón me llegaba a mitad del muslo y yo noté, sin moverme, cómo su mirada bajaba por mi cuerpo sin la voluntad de detenerse, cómo se detenía en la punta de los pezones marcados y bajaba después al triángulo oscuro que se transparentaba bajo la tela.

—Tu madre está arriba —dijo.

—Con jaqueca. No baja.

Me senté a horcajadas sobre sus muslos antes de que pudiera decir nada más. Noté contra mis piernas la tela fina de sus calzoncillos, y debajo de esa tela algo que no era indiferencia: una verga gruesa, dura, caliente, apretada contra la costura, buscando salida. Le cogí las manos y las puse sobre mis caderas. Él no las apartó. Bajé mi pubis contra la tela y me froté una vez, despacio, sintiendo cómo su polla se me clavaba a lo largo del coño mojado a través del algodón.

—No te voy a hacer daño —le dije.

—Soy yo quien podría hacerte daño a ti —respondió con la voz más grave—. Hay cosas que tienen un tamaño que tú todavía no has conocido.

—Es exactamente lo que quiero conocer. Sácala, papá. Déjame verla.

Sus manos apretaron mis caderas lentamente. Una rendición sin palabras de un hombre acostumbrado a ser razonable. Con la mano derecha se bajó los calzoncillos por debajo de los testículos y saltó afuera: gorda, venosa, más larga de lo que yo esperaba, con la piel del glande retirada y una gota clara temblando en la punta. Se me secó la boca. Bajé la cabeza sin pensarlo y se la metí entera hasta donde me llegó, cerrando los labios alrededor y chupando con la sorpresa de sentir por primera vez ese peso caliente contra la lengua. Sabía a sudor, a piel de hombre, a sal. Mi padre echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido bajo que no había oído nunca salir de él.

—Joder, hija. Joder.

Le chupé la polla varios minutos, subiendo y bajando la cabeza, dejando que se me llenara la boca de saliva y que me chorreara por la barbilla hasta los pechos. Le pasé la lengua por debajo, desde los huevos hasta la punta, y volví a metérmela. Él me tenía una mano en la nuca, sin empujar, solo acompañando. Cuando levanté la cara le miré con la boca todavía abierta y un hilo de baba colgándome del labio.

Fue mi madre quien apareció en la puerta de la cocina. Se había levantado sin hacer ruido y se quedó quieta en el marco, con el delantal todavía puesto y una expresión que no era exactamente sorpresa. Nos miró a los dos un momento, con su marido con la polla fuera y su hija arrodillada entre sus piernas relamiéndose. Luego fue a sentarse en la silla de madera junto a la ventana y cruzó los brazos sobre el regazo.

Mi padre exhaló despacio. Me levantó el camisón con cuidado, como quien retira algo frágil, y me lo sacó por la cabeza hasta dejarme desnuda encima de él. Posó sus palmas grandes sobre mi espalda, bajó por la columna hasta las nalgas y me las apretó, una en cada mano, separándomelas. Noté la temperatura de sus manos contra mi piel, el tacto áspero de sus dedos callosos.

—Muy despacio —dijo, casi para sí—. Muy despacio, hija.

Me chupó un pezón, luego el otro, con esa boca grande que se los tragaba enteros. Me mordió despacio, tirando de ellos, hasta que yo empecé a temblar sentada a horcajadas sobre él. Bajó la mano derecha entre nosotros y me metió dos dedos en el coño de una vez. Estaba tan mojada que entraron sin resistencia hasta los nudillos. Los movió dentro, buscando, arqueándolos hacia adelante, y yo solté un quejido que no fui capaz de callar.

—Estás empapada —dijo con la boca contra mi cuello—. Llevas mucho tiempo así, ¿verdad?

—Meses, papá. Meses pensando en esto.

Sacó los dedos brillantes y se los llevó a la boca. Los chupó despacio, mirándome. Después me cogió por las caderas, me levantó lo justo, y con la otra mano se colocó la polla debajo de mí. Sentí la punta caliente empujándome el coño, buscando la entrada, resbalando por los labios mojados hasta encajar donde tenía que encajar.

—Baja tú —me dijo—. Al ritmo que tú aguantes.

Bajé un dedo. Otro dedo. La cabeza gruesa empezó a abrirme y entendí a qué se había referido con el tamaño: era una presión que expandía desde adentro, que estiraba, que dolía de una manera que no se parece al daño sino a un límite que se desplaza. Me detuve con la punta apenas dentro, respirando con la boca abierta.

—Respira —me dijo—. No aprietes. Así. Buena chica.

Bajé otro poco. Sentí la corona pasar el anillo apretado del himen y algo dentro de mí se rompió con un pinchazo caliente. Solté un grito corto contra su hombro. Él no se movió. Esperó. Me dejó caer un poco más, y otro poco, hasta que noté los huevos contra mis nalgas y supe que la tenía toda dentro.

Tardamos. Lo que yo había imaginado que sería un momento se convirtió en algo completamente distinto: más lento, más lleno de pausas y ajustes, más íntimo de lo que había previsto. Solo se oía el zumbido del ventilador, mi propia respiración entrecortada y el sonido húmedo de mi coño estirado alrededor de su polla cada vez que yo me removía un milímetro.

Cuando por fin lo tuve dentro del todo, me quedé quieta con los ojos cerrados, sintiendo esa plenitud extraña, ese peso interior que nunca antes había conocido. Noté cada latido suyo desde adentro, como si tuviera su propio pulso dentro de mí. La polla le vibraba dentro del coño con cada bombeo de su corazón.

—¿Estás bien? —preguntó con voz muy baja.

—Sí —dije. Y lo decía en serio—. Muévete, papá. Fóllame ya.

Empezó a moverse con movimientos cortos primero, midiendo, calibrando, sacándomela apenas un par de centímetros y volviendo a meterla. Cuando mi cuerpo se adaptó ya no quería que parara. Me aferré a sus hombros anchos, hundí los dedos en esa carne que había cargado sacos de cemento durante décadas, y empecé a moverme yo también, subiendo y bajando encima de él, dejando que la polla me entrara y saliera con un ruido húmedo que llenaba el salón entero.

—Así, hija. Así. Móntame la polla.

—Papá… papá, qué grande la tienes… qué llena me la tengo…

Me cogió por la cintura y me clavó contra él con más fuerza, marcándome el ritmo, follándome desde abajo con embestidas cortas y profundas que me hacían botar las tetas delante de su cara. Se las volvió a chupar, se las mordió, me clavó los dientes en el cuello mientras me la metía hasta el fondo.

Mi madre, desde la silla junto a la ventana, ya no tenía los brazos cruzados sobre el regazo. Se había subido la falda hasta la cintura, tenía las bragas apartadas a un lado y se estaba masturbando el coño con dos dedos, mirándonos con los ojos entreabiertos y la boca abierta.

Me corrí de una manera que no tenía nada que ver con lo que había experimentado antes: un temblor que empezaba en el centro del coño y se extendía hacia afuera, hacia los muslos, hacia la nuca, un latigazo largo que me hizo apretar la polla dentro con espasmos que no controlaba. Mordí su hombro para no gritar y aun así se me escapó un aullido ronco contra su piel.

Él aguantó unos embestidas más, cada vez más rápidas, más brutales, hasta que soltó ese sonido grave, contenido, de hombre que lleva mucho tiempo guardando algo. Lo sentí vaciarse dentro de mí, chorro tras chorro, cálido y espeso, llenándome el coño hasta que empezó a rebosarme por los lados y a chorrearme por los muslos abajo. Sus manos me apretaban con una fuerza que iba a dejar marca durante días.

Cuando levanté la cabeza de su hombro, mi madre nos miraba con los ojos húmedos, los dedos todavía entre las piernas, y una expresión que treinta años después creo que por fin entiendo.

***

Mi padre descansó menos de veinte minutos.

Durante esos minutos yo me quedé sentada encima de él con la polla todavía dentro, ablandándose despacio, mientras él me acariciaba la espalda y me metía la lengua en la boca. Mi madre se levantó de la silla, fue a la cocina, volvió con un paño húmedo y me limpió el semen que me chorreaba por los muslos sin decir una palabra. Después se sentó otra vez.

Cuando mi padre me pidió que me pusiera de rodillas en el sofá, con el culo levantado y la cara contra los cojines, yo ya sabía lo que quería. Durante todo lo anterior sus manos habían vuelto repetidamente a la curva baja de mis caderas, a mis nalgas, con una intención que no era difícil de leer.

—Quiero abrirte el culo también —dijo, directo, sin adornar—. Quiero metértela por atrás. Si tú quieres.

Yo lo quería.

—Ten cuidado, Bernardo —dijo mi madre desde la silla. No era una prohibición: era el tono de alguien que avisa sobre el borde de una escalera—. Es virgen todavía por ahí.

Mi padre fue cuidadoso. Mucho más de lo que yo hubiera esperado de un hombre de esa constitución y esa edad. Se arrodilló detrás de mí en el sofá y me separó las nalgas con las dos manos. Después bajó la cara y me pasó la lengua por el ojete, despacio, arriba y abajo, mojándome, aflojándome. Yo hundí la cara en el cojín y solté un gemido largo. Nunca nadie me había hecho eso, nunca me había imaginado que se sintiera así. Me la clavó ahí, la lengua entera, empujando, mientras con dos dedos me seguía trabajando el coño chorreante desde debajo.

Después me metió un dedo. Luego dos. Con la saliva y con el semen suyo que todavía me salía del coño se hizo lubricante suficiente para abrirme despacio, girando los dedos, ensanchándome. Yo apretaba la cara contra el cojín y respiraba fuerte.

—Voy a ir muy despacio —dijo—. Tú avísame si es demasiado.

Sentí la punta gruesa apoyada contra el anillo. Empujó. El dolor fue real. Un dolor agudo, encendido, que me hizo apretar los dientes y hundir los dedos en el cojín del sofá. La cabeza le entró de golpe con un chasquido húmedo y yo solté un chillido corto contra la tela. Pero fue un dolor que en ningún momento me hizo querer que se detuviera. Hay dolores que no quieres que paren porque del otro lado hay algo que merece la pena esperar.

—Aguanta ahí, hija. Aguanta que ya pasa.

Se quedó quieto con solo la punta metida, dándome tiempo. Después empujó otro centímetro. Y otro. Y otro. Con paciencia de campesino, hasta que noté los huevos contra mi coño y supe que la tenía toda dentro por el culo. La sensación era distinta: más apretada, más profunda, más oscura. Cada latido de su polla lo notaba como un golpe sordo dentro de mí.

Empezó a moverse. Sacaba media polla y volvía a hundirla despacio, escuchándome. Yo empecé a mover el culo contra él, buscándolo, pidiéndole más. Del otro lado del dolor estaba eso: una presión profunda y oscura que transformaba cada movimiento suyo en una sensación que llegaba a lugares que yo no sabía que tenía. Me metí dos dedos en el coño mientras él me follaba por atrás y sentí a través de la carne su polla moviéndose dentro, gruesa, dura, deslizándose.

—Papá, más fuerte. Más fuerte, joder.

Me agarró del pelo, me tiró de la cabeza hacia atrás y empezó a embestirme de verdad, con golpes secos que me hacían chocar el cuerpo contra el respaldo del sofá. El sonido de sus caderas contra mis nalgas llenaba el salón. Mi madre respiraba fuerte desde su silla, con la mano moviéndose rápido entre sus piernas abiertas.

—Se está corriendo otra vez, Bernardo —dijo mi madre con voz rota—. Mira cómo aprieta.

Me corrí por segunda vez con la cara hundida en el cojín, mordiéndolo para callar el sonido que quería salir, con el culo cerrándose alrededor de la polla de mi padre en espasmos que él sintió y le arrancaron un gruñido.

—Me vengo, hija. Me vengo dentro.

—Sí, papá. Dentro. Lléname el culo.

Mi padre terminó con un gruñido largo y bajo, las manos clavadas en mis caderas, y sentí el chorro caliente disparándose dentro de mí, muy adentro, otra vez y otra vez. Se quedó quieto un momento, respirando pesado contra mi espalda, antes de separarse despacio. Cuando salió, con un ruido húmedo, sentí el semen escurriéndose fuera por el ojete abierto y bajándome por el perineo hasta mezclarse con lo que me seguía chorreando del coño.

Mi madre se había levantado de la silla y se acercó a él. Le puso una mano en el hombro, brevemente, como se toca a alguien después de algo que no tiene palabras. Con la otra mano me pasó el paño húmedo entre las nalgas, limpiándome sin prisa.

Yo me quedé tumbada en el sofá, mirando el techo, con la sensación extraña de que algo en mí había cambiado de lugar para siempre y no iba a volver.

Desde esa noche supe lo que era. Lo que mi cuerpo necesitaba. Lo que aquellas paredes de piedra, aquella masía y aquellas horas de agosto con el ventilador zumbando me habían enseñado sobre mí misma.

***

En el salón de la casa de verano, treinta años después, mis tres hijos me miran en silencio.

Laura tiene la mejilla encendida y la mano hundida entre los muslos, sin ningún disimulo, moviéndose bajo la falda con un ritmo que no intenta ocultar. Diego sigue con los codos en las rodillas, pero la respiración le sube y le baja de una manera muy deliberada y el bulto del pantalón es evidente. Vera no se ha movido, pero sus hombros suben y bajan con una cadencia que no es la del descanso y tiene una mano metida entre los muslos apretados.

Cojo la copa de vino y los miro uno por uno.

—¿Queréis que os cuente qué pasó cuando Marcos llegó a casa al día siguiente y me encontró todavía con el coño de papá dentro?

Los tres levantan la vista al mismo tiempo.

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3.7(36)

Comentarios(8)

rosita92

increible!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

LectorBA77

Que final... por favor que haya una segunda parte, me quede con muchas ganas de saber mas. El giro del principio no me lo esperaba para nada

SilvinaOk

tremendo relato, gracias por compartirlo

Lector empedernido

La forma en que esta narrado te atrapa desde la primera linea. No pude parar de leer. Sigue asi!

NocheEnPaz

Volvi a leerlo dos veces jajaja, muy bueno

Marcos_BA

Me sorprendio el enfoque narrativo, lo esperable era otra cosa y termino siendo mucho mejor. Felicidades

PalomaRdz

Hize bien en elegir este relato para esta noche. Hay algo en la tension de la escena que te engancha aunque todavia no haya pasado nada. Espero que sigan mas asi

ElCordobes99

excelente, se hizo corto. quiero mas!!

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