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Relatos Ardientes

La noche en que mi padre me tomó por primera vez

Somos cuatro en el salón de la casa de campo. La lámpara de la esquina apenas alumbra y todo tiene ese tono cálido y secreto de las confesiones nocturnas. Las copas de vino están a medias sobre la mesita de madera y mis tres hijos me miran desde sus sitios con esa atención quieta que conozco bien: la de quien sabe que lo que va a escuchar no es una historia cualquiera.

Lucía, la mayor, tiene veinticinco años y está sentada en el sillón con las piernas recogidas bajo el cuerpo. Rodrigo, el mediano, tiene veinte y está en el suelo apoyado contra el sofá, los codos en las rodillas. Ana, la pequeña, también veinte, está a mi lado en el sofá y se muerde el labio con ese gesto suyo de cuando concentra toda la atención en algo.

—Mamá —empieza Lucía, con la voz algo ronca—. Cuéntanos algo de cuando eras joven. Algo de verdad.

La miro sin prisa. Ella baja los ojos un momento y vuelve a subirlos. Las dos sabemos lo que está pidiendo.

—¿Qué queréis saber exactamente? —pregunto, aunque ya conozco la respuesta.

—La primera vez —dice Rodrigo, sin moverse del suelo—. La primera de verdad.

Ana asiente despacio, sin decir nada. Espera. Rodrigo tiene la mandíbula tensa. Lucía ha cruzado los brazos sobre el pecho como si quisiera contenerse.

Yo sonrío. Me paso la lengua por los labios, dejo que el silencio dure un poco más de lo necesario, y empiezo a hablar.

***

Era el verano de 1998. Yo tenía diecinueve años recién cumplidos y vivía en un pueblo del interior, de esos donde todo el mundo se conoce y las noches de agosto huelen a tierra seca y romero quemado por el sol.

Mi padre, don Esteban, tenía entonces sesenta y cuatro años. Alto, todavía fuerte a pesar de la edad, pelo completamente blanco y manos grandes y ásperas de trabajar el campo toda la vida. Era un hombre de pocas palabras y silencios largos que decían más que la mayoría de los discursos. Cuando hablaba, la gente escuchaba. Cuando miraba, la gente bajaba los ojos.

Yo era consciente de que era guapa. No de una manera inocente, sino de esa manera en que una chica joven aprende a sentir el peso de las miradas de los hombres y a caminar con él. Tenía el pelo negro y liso hasta los hombros, los ojos oscuros de mi madre, unas tetas firmes que se marcaban debajo de cualquier camiseta y un culo redondo que ese verano había terminado de decidir qué quería ser. Sabía que los hombres del pueblo me miraban. Sabía que algunos de esos hombres eran demasiado mayores para hacerlo así. Y sabía que uno de ellos era mi padre.

Llevaba tiempo sabiéndolo. Lo que no sabía todavía era que yo también le miraba a él. Que llevaba semanas metiéndome dos dedos en el coño por las noches pensando en la polla de mi padre, imaginando qué tamaño tendría bajo el pantalón de pijama, imaginando cómo sabría, cómo dolería, cómo llenaría.

***

La noche que cambió todo fue un jueves de agosto, tres semanas después de mi cumpleaños. Mi madre, Amalia, estaba en la cocina fregando los platos de la cena. El ruido del agua llegaba hasta el salón como un sonido de fondo constante y tranquilizador.

Llevaba semanas sin poder dormir bien. Un calor distinto al del verano, algo que se instalaba en el vientre y me humedecía el coño cada vez que mi padre entraba a una habitación, cada vez que sus manos rozaban las mías al pasar algo en la mesa, cada vez que le veía en su sillón con los ojos entornados y ese gesto suyo de hombre que ha trabajado mucho y descansa poco.

Me levanté. Me puse el camisón corto, el de tela fina que dejaba adivinar más de lo que tapaba, sin bragas debajo, y bajé al salón sin zapatillas. El suelo de baldosa estaba fresco bajo los pies. Los pezones se me marcaban duros contra la tela y notaba la humedad entre los muslos con cada paso.

Mi padre estaba en su sillón, en camiseta y pantalón de pijama. Los ojos abiertos, la mirada fija en la televisión apagada. Cuando me oyó entrar levantó la vista.

—¿Qué haces levantada? —preguntó.

—No puedo dormir —dije. Y me planté delante de él.

Hubo un silencio. El tipo de silencio que ocupa más espacio que las palabras.

—Papá —dije bajito—. Necesito que me hagas algo.

Él no respondió de inmediato. Me miraba con los ojos quietos, esa manera suya de analizar todo antes de abrir la boca. Pero yo le vi también la mirada bajar un instante hasta mis pezones marcados y volver arriba.

—Llevo semanas así —continué—. Pensando en ti. Metiéndome los dedos en la cama pensando en ti. No puedo seguir fingiendo que no pasa nada.

—Elena —dijo, con una voz muy baja y muy cuidadosa—. Soy tu padre.

—Ya lo sé. Y por eso te quiero a ti y a nadie más.

Otro silencio.

—Eres demasiado joven —dijo, aunque no se movió del sillón y aunque yo le veía ya el bulto duro apretándole el pantalón.

—Tengo diecinueve años —respondí—. Y sé exactamente lo que quiero. Quiero que me folles, papá. Quiero que seas tú el primero.

Me acerqué otro paso. Él siguió inmóvil. Podía verle en los ojos la lucha entre lo que sentía y lo que un padre debería hacer. Y podía ver también cuál de los dos bandos estaba ganando.

Puse las manos en sus rodillas y me arrodillé despacio delante de él. Me subí el camisón lo justo para que él viera, entre mis muslos abiertos, el coño depilado y brillando de humedad.

—Por favor —susurré—. Mira lo mojada que me tienes.

Él cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, algo había cambiado. Alargó la mano y me tocó la mejilla con el dorso de los dedos, muy despacio, como si verificara que era real. Luego bajó esa misma mano y me pasó dos dedos por el coño abierto, de abajo arriba, deteniéndose un segundo en el clítoris. Yo me estremecí entera.

—Estás empapada —dijo, con la voz más ronca que nunca le había oído.

—Llevo semanas así.

Se llevó los dedos a la boca y los chupó, sin apartarme la mirada.

—Ven aquí —dijo en voz baja.

***

Me subí sobre sus piernas. Él me puso las manos en la cintura, esas manos grandes y callosas, y me acercó hacia él. Olía a tabaco, a jabón barato, a algo que era simplemente él y que me volvía loca desde hacía más tiempo del que me gustaba reconocer.

—Si seguimos —dijo muy cerca de mi oído—, no hay vuelta atrás. Te voy a follar hasta que no te acuerdes de tu nombre, hija. Piénsalo bien.

—No quiero vuelta atrás —respondí—. Fóllame ya, papá.

Empezó a besarme en el cuello. Despacio, sin prisa, como si tuviéramos toda la noche, que era exactamente lo que teníamos. Sus manos me recorrían la espalda por debajo del camisón, aprendiendo de memoria una geografía que ya conocía de vista pero nunca había tocado así. Me subió el camisón por encima de la cabeza de un solo tirón y lo tiró al suelo.

Se quedó mirándome las tetas un momento, callado, antes de agarrar una con esa manaza de campesino y llevarse la otra directamente a la boca. Me chupó el pezón fuerte, con los dientes rozándome, y yo dejé escapar un gemido que no supe contener. Me pasó la lengua ancha y áspera de una teta a la otra, mordisqueando, tirando, dejándome los pezones enrojecidos y duros como piedras. Yo le agarré la cabeza con las dos manos y se la apreté contra el pecho, jadeando.

Sentía la polla dura de mi padre marcada contra mi muslo desnudo, gruesa, caliente a través del pantalón fino del pijama. Me frotaba contra ella sin poder evitarlo, el coño húmedo dejándole una mancha oscura en la tela.

Bajó una mano entre nosotros y me metió dos dedos de golpe en el coño. Yo eché la cabeza hacia atrás y grité bajito. Nunca me había metido nada tan grueso como los dedos de mi padre. Empezó a moverlos dentro de mí, despacio al principio, luego más rápido, mientras con el pulgar me frotaba el clítoris con una precisión que no me esperaba de un hombre de sesenta y cuatro años.

—Sí —jadeé—, así, papá, así.

—Estás cerradísima, Elena —murmuró, con los labios pegados a mi cuello—. Vas a sentir mi polla como si te partiera en dos.

—Quiero sentirla —jadeé—. Quiero que me la metas entera.

Me incliné sobre él. Le desabroché el pantalón del pijama despacio, sin apartar los ojos de los suyos. Él me dejó hacer. Cuando le bajé la cinturilla y la polla saltó libre me quedé mirándola un segundo largo. Era enorme. Gruesa, tirando a oscura en la punta, con las venas gordas marcadas y el glande hinchado y brillante de líquido preseminal. Más grande de lo que había imaginado ninguna de esas noches metiéndome los dedos en la cama.

La tomé con una mano —no me llegaba a cerrar el puño alrededor de ella— y la apreté, la moví arriba y abajo, sintiéndola dura como un hierro caliente. Mi padre gruñó bajito y me apretó la nuca.

Me deslicé de sus rodillas al suelo y le abrí las piernas. Bajé la cara despacio, sin quitarle los ojos de encima. Le lamí primero desde la base hasta la punta, con la lengua ancha, saboreándole entera. Luego le chupé el glande, jugando con la lengua alrededor, mientras con la mano le apretaba la base.

—Métetela —dijo él, con la voz ronca—. Toda, si puedes.

Abrí la boca y me la metí. Me la metí despacio, aprendiendo, dejando que el tiempo se estirara, sintiendo cómo me llenaba la boca hasta rozarme la garganta. Me atraganté un poco al principio, saliva escapándoseme por las comisuras, pero seguí bajando hasta que la nariz me tocó el vello canoso de su pubis. Él apoyó la cabeza en el respaldo del sillón y cerró los ojos con un sonido bajo que no era exactamente un gemido sino algo más contenido, más íntimo.

Empecé a mamársela con ganas. Subiendo y bajando, chupándole con toda la boca, dejando que la saliva le cayera por los cojones y le empapara todo. Él me puso una mano en la nuca y empezó a marcarme el ritmo, apretándome, obligándome a tragármela más honda. Yo dejaba que lo hiciera. Se la mamaba mirándole desde abajo, con los ojos llenos de lágrimas del esfuerzo, la cara roja, los labios estirados alrededor de esa verga gruesa que era la de mi padre.

—Joder, Elena —susurró—. Joder, hija.

Se la saqué de la boca con un ruido húmedo y le lamí los huevos, uno primero y el otro después, chupándoselos enteros dentro de la boca. Él temblaba entero. Volví a subir por el tronco, chupando por el lateral, y me la volví a meter hasta el fondo.

—Para —dijo al cabo de un rato, con la voz ronca—. Para, hija, o no llegaremos a nada más y quiero correrme dentro de ti.

***

Mi madre apareció en la puerta de la cocina en ese momento.

Se secó las manos en el delantal. Nos miró. No dijo nada durante lo que me pareció mucho tiempo. Luego cruzó el salón despacio, tomó la silla que había junto a la ventana y se sentó.

—Seguid —dijo simplemente.

Yo la miré, desconcertada, con los labios todavía brillantes de la polla de mi padre y la saliva colgándome de la barbilla. Ella me devolvió la mirada con una calma que no entendí hasta años después.

—Tu padre te quiere —dijo—. Y hace tiempo que os veo. Seguid.

Mi padre no dijo nada. Me levantó con sus brazos y me colocó sobre él, a horcajadas, con las rodillas hundidas en el sillón a cada lado de sus caderas. La polla dura y mojada de saliva me quedó justo debajo del coño, rozándome los labios, y yo empecé a frotarme contra ella sin pensar, mojándosela entera con mi propia humedad.

***

Lo que vino después fue más lento y más cuidadoso de lo que había imaginado. Mi padre no tenía ninguna prisa. Como si supiera que solo habría una primera vez y quisiera que fuera irrepetible.

Me agarró la cintura con las dos manos y me sostuvo suspendida sobre él. Con una mano se agarró la polla y se colocó la punta contra la entrada de mi coño. Yo sentí el glande grueso empujando ahí, apenas separando los labios, y jadeé.

—Baja tú —dijo él—. A tu ritmo. Yo te sostengo.

Empecé a bajar. Despacio, sintiendo cómo aquella verga enorme me iba abriendo por dentro milímetro a milímetro. Cuando empezó a penetrarme de verdad tuve que morderme el labio con fuerza para no gritar. Era la primera vez de verdad. Ningún chico de mi edad se le acercaba en tamaño ni de lejos.

—Respira —dijo él, con la voz ronca—. Relájate. Así. Despacio. Ábrete para tu padre.

El dolor fue breve y concreto —un ardor agudo mientras el glande atravesaba la carne cerrada— y luego se disolvió en algo completamente diferente. Una plenitud que no sabía que existía. Bajé un poco más y sentí cómo la polla me abría paso hacia adentro, llenando cada centímetro de espacio que yo no sabía que tenía. Seguí bajando. Y bajando. Hasta que el culo se me apoyó en sus muslos y me di cuenta de que le tenía toda la verga metida hasta el fondo.

—Estoy toda —susurré, con los ojos abiertos—. La tengo entera dentro.

—Así, hija. Ahora fóllame despacio.

—Papá —susurré, con los ojos cerrados.

—Estoy aquí —dijo él.

Se movió despacio al principio, dejándome acostumbrar. Yo apoyé la frente en su hombro y me dejé llevar. Empecé a subir y bajar sobre él, sintiendo cómo la verga me salía casi entera y volvía a entrar hasta el fondo, tocándome sitios que ningún dedo mío había alcanzado nunca. Escuchaba su respiración acelerarse poco a poco, sentía sus manos en mis caderas guiando el ritmo, sentía cómo su cuerpo respondía al mío con esa urgencia de hombre que ha contenido algo durante demasiado tiempo.

Empecé a moverme más rápido. Le cabalgaba en el sillón, las tetas botándome delante de su cara, y él me chupaba un pezón y luego el otro, mordiéndolos, dejándome marcas. El sillón crujía. Mi coño hacía un ruido húmedo y obsceno cada vez que bajaba, un chapoteo que yo nunca había escuchado y que me ponía todavía más caliente.

—Qué apretada estás, hija —jadeó él—. Qué coño tienes.

—Es tuyo —jadeé yo—. Es todo tuyo, papá.

Mi madre, desde su silla junto a la ventana, nos miraba en silencio. Tenía las manos cruzadas sobre el regazo y una expresión que no supe leer del todo: algo entre la tristeza y la satisfacción, entre la renuncia y el alivio.

Cuando me corrí la primera vez fue sin avisar, sin esperarlo, con un estremecimiento que me recorrió entera y me dejó sin aliento durante varios segundos. Mi coño se le cerró alrededor de la polla en espasmos violentos, apretándosela, chupándosela desde dentro. Grité contra su cuello, gemí sucio, y noté cómo el orgasmo me sacudía hasta las plantas de los pies. Mi padre sintió cómo me tensaba alrededor de él y me abrazó más fuerte sin parar, siguiendo el ritmo, follándome ahora él desde abajo, empujando hacia arriba con las caderas, clavándomela.

—Bien —dijo al oído—. Así. Suéltate. Córrete en la polla de tu padre.

El orgasmo se me alargó, encadenado, uno detrás de otro, mientras él seguía embistiendo. Yo no sabía que un cuerpo pudiera dar tanto. Estaba temblando entera, con los ojos vueltos hacia atrás, la boca abierta.

Él me agarró del pelo, me echó la cabeza hacia atrás y me besó en la boca por primera vez esa noche. Un beso profundo, con lengua, mientras me seguía follando. Sabía a tabaco y a vino y a algo más antiguo que yo.

Cuando él se corrió por fin, con ese gruñido bajo y contenido que tardé muchos años en dejar de escuchar en sueños, se quedó quieto durante un momento largo con los brazos alrededor de mí. Sentí los chorros calientes de semen dispararse dentro de mí, uno tras otro, llenándome el coño hasta que noté cómo se me escapaba y me bajaba por el interior de los muslos. Después me apartó el pelo de la cara y me miró directamente a los ojos.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí —respondí. Y era completamente verdad.

Me quedé quieta sobre él, con la polla suya aún dura clavada dentro de mí, notando el semen y mis propios jugos mezclados escurriéndose por la base de su verga hasta sus huevos.

***

Pero la noche no había terminado.

Mi padre me dejó recuperar el aliento durante un rato. Me pasó la mano por la espalda en silencio, sin hablar. Yo notaba cómo, dentro de mí, seguía duro. Ni siquiera se le había bajado. Luego, cuando mi respiración se calmó, se inclinó hacia mi oído.

—Date la vuelta —dijo—. Quiero más de ti. Quiero el otro agujero.

Yo le miré. Él me sostuvo la mirada sin apartar los ojos.

—Eso también duele al principio —dijo, con una honestidad que agradecí—. Pero solo al principio. Luego te va a gustar más que lo primero.

Mi madre, desde su silla, nos miraba. No dijo nada. Solo se subió la falda despacio y cruzó las manos sobre el regazo con los ojos fijos en nosotros. Bajo la falda subida se le veían los muslos abiertos y una mano que ya se había metido entre ellos, moviéndose despacio.

Me levanté de sobre mi padre —sintiendo cómo la polla salía de mí con un ruido húmedo y una avalancha de semen escapándoseme del coño y cayéndome por los muslos— y me puse a cuatro patas sobre el sofá, con el culo bien levantado hacia él. Escuché a mi padre escupir en su mano y sentí su tacto frío y cálido a la vez en el ojete, mojándome con saliva y con mi propio semen que él recogió del coño. Sus dedos me prepararon despacio, sin apresurarse. Primero uno, dando vueltas en la entrada, empujando muy despacio hasta abrirme el músculo. Yo apreté los dientes.

—Respira —dijo—. Empuja como si fueras a echarme el dedo. Así.

El dedo entró entero. Ardía. Me quedé quieta un momento, acostumbrándome a la sensación. Luego él lo empezó a mover dentro, entrando y saliendo, ensanchándome. Añadió un segundo dedo. Yo gemí, entre el dolor y algo más oscuro que ya empezaba a mezclarse. Metió los dos hasta el nudillo y me abrió, haciendo tijera.

—Relájate —repitió—. Confía en mí.

Sacó los dedos. Sentí la punta gorda de su polla apoyada contra el ojete, húmeda de saliva y semen. Empujó.

Cuando el glande atravesó el músculo, el dolor fue intenso y afilado durante unos segundos. Grité con la boca cerrada, mordiéndome el puño, apretándome contra el cojín. Sentí cómo aquella verga gruesísima me iba abriendo el culo centímetro a centímetro, avanzando con una lentitud deliberada que hacía que sintiera cada milímetro de piel estirándose.

—Estás dentro —jadeó él, con la voz temblorosa—. La tienes toda metida en el culo, Elena.

Luego el dolor empezó a mezclarse con otra cosa más difícil de nombrar. Algo oscuro y profundo que nunca había sentido y que, paradójicamente, me hacía querer más. Un placer sucio, distinto al del coño, más intenso, más animal.

—Papá —jadee—. No pares. Fóllame el culo. Fuerte.

—No voy a parar —dijo él.

Empezó a moverse. Sus movimientos fueron lentos y profundos, completamente distintos a los de antes. Cada embestida llegaba más lejos de lo que creía posible. Sentía cómo la polla me salía casi entera —el ojete cerrándose alrededor del glande— y volvía a entrar hasta el fondo, empujándome hacia adelante. Yo me aferré al cojín del sofá con los dedos y dejé que mi cuerpo encontrara el ritmo por sí solo.

Él me agarró de las caderas con las dos manos, clavándome los dedos, y empezó a acelerar. Ya no era cuidado: era hambre. Me follaba el culo con embestidas duras, sordas, que hacían un ruido de carne contra carne cada vez que sus muslos chocaban contra los míos. Yo empujaba hacia atrás, saliéndole al encuentro, gimiendo como no me había oído gemir nunca.

—Toma —jadeé—, toda, papá, dámela toda.

Me metí una mano entre las piernas y me empecé a frotar el clítoris con dos dedos. Estaba a punto otra vez. El coño se me contraía en vacío mientras la polla de mi padre me abría el culo con cada embestida, y las dos sensaciones juntas me estaban volviendo loca.

Mi madre se corrió en silencio desde su silla. Lo supe por el pequeño sonido que hizo, ese sonido contenido que aprendí a reconocer mucho después, y por cómo se quedó quieta durante varios segundos con la cabeza echada hacia atrás y la mano parada entre los muslos.

Yo me corrí un segundo después, con un grito ahogado, apretando el culo alrededor de la polla de mi padre con tanta fuerza que él dejó escapar un gruñido. Todo mi cuerpo se sacudía. El orgasmo del culo era distinto: más profundo, más largo, algo que salía de un sitio dentro de mí que no sabía que existía.

Cuando mi padre se corrió por segunda vez esa noche lo hizo con un sonido más largo y más bajo que el primero. Se hundió hasta el fondo y se quedó ahí, agarrándome fuerte de las caderas, y yo sentí el calor de él dentro de mí, chorro tras chorro, llenándome el culo con su semen. Cerré los ojos. Cuando por fin sacó la polla, sentí cómo el semen empezaba a escurrirse fuera y a bajarme por el muslo, y él se agachó y me pasó la lengua por ahí, recogiéndomelo, subiéndome por la pierna hasta la raja del culo, lamiéndome el ojete abierto y lleno de su propio semen.

Yo me estremecí una última vez, sin fuerzas ya.

Nos quedamos los tres en silencio durante un rato que no supe medir.

***

Mi madre fue la primera en moverse. Se bajó la falda, se levantó de la silla con calma y volvió a la cocina sin decir nada. Escuché el sonido del grifo. El ruido normal de una noche normal, excepto que nada volvería a ser exactamente igual.

Yo me quedé en los brazos de mi padre todavía un rato, con la cabeza en su pecho, escuchando cómo se le normalizaba la respiración. Sentía el semen bajándome por dentro de los dos agujeros, el coño y el culo latiéndome a la vez, doloridos y felices.

—¿Qué pasa ahora? —pregunté después de un rato largo.

Él tardó en responder.

—Ahora duermen los dos —dijo—. Y mañana amanece.

No era la respuesta a lo que yo preguntaba en realidad. Pero era una respuesta. Y esa noche me bastó.

***

Los días siguientes fueron extraños. No en un sentido malo. Extraños en el sentido de que el mundo seguía exactamente igual —el calor, las comidas, los silencios habituales— pero yo lo veía todo desde otro ángulo. Como si hubiera cruzado una puerta que no volvería a estar cerrada.

Mi padre me trataba igual que siempre delante de cualquiera. Pero a veces, cuando no había nadie más, me rozaba el dorso de la mano al pasar, o me miraba de esa manera suya larga y quieta, o me metía la mano por debajo de la falda en el pasillo y me comprobaba con dos dedos si seguía mojada por él —lo estaba siempre—, y yo sabía que no había sido un sueño. Que todo había ocurrido exactamente como lo recordaba.

Mi madre tampoco cambió, al menos de manera visible. Siguió cocinando, siguió recogiendo, siguió viendo la televisión por las noches. Solo que a veces, cuando me miraba, había algo diferente en sus ojos. No era enfado. No era exactamente comprensión tampoco. Era algo más antiguo y más complicado que ninguna de esas dos cosas. Como si hubiera visto algo que no la sorprendía tanto como debería, y tuviera que decidir qué hacer con eso.

Esa fue mi primera vez de verdad. No la del chico de diecinueve años del verano anterior. No la de los besos rápidos en las fiestas del pueblo. Esa noche en el salón, con la lámpara de la esquina apagada y el ruido del grifo de mi madre de fondo, con la polla de mi padre partiéndome por primera vez el coño y luego el culo, con el semen escurriéndoseme por dentro de los muslos.

***

En el salón, Lucía tiene los ojos muy abiertos y la copa olvidada en la mano. Rodrigo se ha incorporado y apoya los antebrazos en las rodillas, la mirada fija en mí. Ana tiene la respiración lenta y contenida de quien lleva mucho rato sin moverse.

—¿Y después? —pregunta Lucía, con la voz muy baja.

—Después —digo yo— fue el verano más largo de mi vida. Y no precisamente por el calor.

Los tres se quedan callados, esperando.

Yo cojo mi copa, doy un sorbo largo, y sonrío.

—Pero eso —digo— es para otra noche.

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Comentarios(10)

elena_curiosa

buenisimo!!! me quede con ganas de mas

carlos_fdez

excelente relato, hay segunda parte? porque asi no se puede dejar jaja

martu_rio

me gusto mucho como esta narrado, se siente real sin ser exagerado. seguí escribiendo así

RosarioNoche

jaja la valentía que tuvo ella, yo en su lugar me muero de los nervios

Tiago_Cba

se hizo cortisimo!! quiero saber que paso despues

MarioRO

de los mejores de la categoría sin duda. muy bien escrito

LuciaBA77

me atrapó desde el primer párrafo, que forma de contar las cosas

fernandoarg91

Esperando el proximo con ansias. saludos desde córdoba!

NakaVi

curioso como plantea la situación, buen ritmo narrativo

VictorSL

increible, me lo lei de un tiron. mas por favor :)

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