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Relatos Ardientes

La tarde que crucé la línea con mi tío

La tarde caía sobre la ciudad cuando toqué el timbre del departamento de mi tío. Hacía meses que no lo veía, desde la última cena familiar en casa de mis padres, y aquella visita era apenas una excusa para escaparme un rato del ruido de la universidad. Mi tía Lorena llevaba dos semanas de viaje por trabajo, y Esteban abrió la puerta en pantalón claro y camisa abierta hasta el segundo botón, sonriendo como si llevara horas esperándome.

—Pasa, Camila. Acabo de hacer café —dijo, haciéndose a un lado.

Entré. El salón olía a madera y a algo cítrico que no supe identificar. Me senté en el sillón de cuero, dejé la mochila en el suelo y traté de calmar la respiración. Tenía diecinueve años, un vestido de verano demasiado liviano para la temperatura del aire acondicionado, y una sensación rara en el pecho desde que él había cerrado la puerta a mis espaldas.

—Estás distinta —dijo, alcanzándome la taza—. Más mujer.

No me mira como me mira mi padre. Nunca me miró así.

***

No recuerdo bien cómo terminamos sentados uno al lado del otro, ni cómo su mano subió desde mi rodilla hasta el borde del vestido. Sí recuerdo la primera vez que sus labios me rozaron el cuello y la corriente eléctrica que me bajó hasta el ombligo. Le pedí que parara con la voz, pero el cuerpo me decía otra cosa, y él lo notó antes que yo.

Empezó por la curva de un pecho, besándolo despacio sobre la tela. Después tiró del escote hacia abajo y pasó la lengua alrededor del pezón antes de atraparlo entre los dientes. La presión justa. La presión exacta para que se me escapara un gemido que no supe contener. Arqueé la espalda sin darme cuenta, ofreciéndole más, y él gruñó contra mi piel como si llevara mucho tiempo esperando ese sonido.

—Tío…

—Llámame así otra vez, Cami. Otra vez.

Pasó al otro pecho con la misma calma. Mordía y succionaba con una intensidad que me hacía retorcerme contra el cuero del sillón. Las caderas se me movían solas, buscando algo que ni siquiera sabía nombrar. Cada vez que cerraba la boca alrededor del pezón, una oleada caliente me bajaba por el vientre y se me concentraba entre los muslos. Era la primera vez que un hombre me tocaba así. La primera vez de muchas cosas, en realidad.

Cuando levantó la cabeza, mi vestido estaba arrugado en la cintura y la parte de arriba colgaba a los lados. Mis senos quedaron al descubierto, los pezones rosados, sensibles, todavía húmedos por su saliva. El pelo castaño se me había soltado y me caía sobre los hombros desnudos. Tenía los ojos color miel medio cerrados y respiraba como si hubiera corrido una cuadra entera.

***

Esteban se puso de pie frente a mí. Despacio, sacó la camisa por la cabeza y la dejó caer al suelo. Tenía cuarenta y dos años y un torso al que le había dedicado años de gimnasio. Después se desabrochó el pantalón y lo bajó hasta los tobillos. Quedó en bóxer negro, y la tela se le marcaba con una forma que me hizo tragar saliva.

Hice el gesto de bajarme yo el resto del vestido, pero me detuvo apoyándome la mano en el hombro.

—Quédate así —dijo—. Me gusta verte como estás.

Me guio para que me arrodillara en la alfombra, frente a él. Su mano se enredó en mi pelo y me acercó la cara a su entrepierna. Sentí la dureza palpitando contra mi mejilla a través del bóxer, el calor, el olor a hombre que no había olido nunca de tan cerca. Se me aceleró la respiración. Cerré los ojos y dejé que la tela me rozara los labios.

El deseo de ver, de tocar piel contra piel, fue más fuerte que la vergüenza. Le bajé el bóxer con las dos manos temblando. Cuando lo tuve enfrente, abrí la boca sin querer. Era grueso, con venas marcadas, mucho más grande de lo que había imaginado las pocas veces que me había animado a pensar en algo así.

—Nunca había visto uno en persona —murmuré, y me arrepentí de la voz que me salió.

—Y no vas a ver otro hasta que yo te diga —contestó él, con una sonrisa que tenía algo oscuro—. ¿Te gusta lo que ves, sobrina?

Asentí sin contestar. Le rocé la punta con los labios primero, después saqué la lengua y empecé a lamer con cuidado, trazando círculos lentos que dejaban un rastro brillante. Mi tío gruñó arriba de mí y me apretó el pelo con más fuerza. Yo sentía el calor entre las piernas crecer con cada lamida. Estaba mojada como nunca lo había estado, y él ni siquiera me había tocado todavía.

Lo metí en mi boca. Despacio al principio, hasta donde podía. Era torpe, lo sabía, pero el modo en que él respiraba me decía que igual le gustaba. Cuando bajé las manos a sus testículos y los tomé con cuidado, soltó un quejido grave que me hizo apretar los muslos.

—Así, Cami. Así. No me dejes hablar.

Lo seguí chupando hasta que él me agarró la cabeza con las dos manos. Empujó. Me ahogué un poco, las arcadas me subieron a la garganta, pero no quise soltarlo. Algo dentro mío disfrutaba de no tener el control, de que él decidiera el ritmo. Y entonces sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo y un chorro caliente me llenó la boca. Tragué sin pensar, porque no tenía otra opción y porque quería hacerlo. Cuando me soltó, le mostré la lengua manchada antes de cerrarla y limpiarme la comisura con el pulgar.

Esteban me miró como si nunca hubiera visto algo igual.

***

Me levantó del suelo con un solo movimiento. Sus brazos me apretaron contra su pecho desnudo y me besó el cuello con una urgencia distinta a la de antes. Ya no había prudencia. Bajó la cabeza otra vez a mis pechos, los lamió, los chupó con hambre, y yo dejé que mis brazos colgaran inertes a los costados, abandonándome a él.

Me llevó hasta la alfombra del salón, al lado del sillón, y me recostó con cuidado. Su cuerpo se cernió sobre el mío. Sus manos, ásperas pero pacientes, me recorrieron las piernas desde los tobillos hasta la cara interna de los muslos, levantándome el vestido con la misma lentitud con la que se desenvuelve un regalo que no quiere romperse.

—Qué piernas —murmuró—. Me las imaginé un montón de veces, Cami. Más de las que tendría que haberme imaginado.

Yo apenas podía hablar. —Es… es por el yoga —solté, una respuesta estúpida de la que me reí casi sin querer, antes de que un nuevo gemido me cortara la risa.

Sus dedos llegaron a la tela de la ropa interior y la presionaron contra el calor que palpitaba debajo. Estaba empapada. La evidencia era humillante y excitante a la vez. Él gruñó al sentirla.

—Mira cómo estás, niña. Todo esto es por mí.

Cada caricia lenta sobre la tela me arrancaba un pequeño espasmo. Era la primera vez que alguien me tocaba ahí. Las caderas se me alzaban solas, buscando más fricción. Esteban enganchó el elástico con dos dedos y la deslizó hacia abajo con una lentitud que me hizo gemir antes de que la tela terminara de salir. Cuando la tuvo en la mano, la levantó hasta su cara y aspiró profundo.

—Mmm. —Pasó la prenda mojada por su mejilla, después la rozó con la lengua, sin sacarme los ojos de encima.

Yo no respiraba. Era la cosa más obscena que había visto en mi vida y no podía dejar de mirar.

***

Mi mano se deslizó hacia abajo, instintiva, buscando aliviar lo que sentía. Esteban me la detuvo en el aire.

—No —dijo, con una voz que no admitía réplica—. Eso es mío.

Se acomodó entre mis piernas y me las separó con las dos manos. Acercó la cara hasta que sentí su aliento en la piel. Después sus dedos abrieron mis labios y su lengua me tocó por primera vez. Fue suave, casi cuidadoso, como si estuviera probando algo frágil. Después la suavidad se transformó en hambre.

Empezó a lamerme con una avidez que me levantaba las caderas de la alfombra. Se concentró en el clítoris y lo chupó con una presión que me hizo gritar. La voz se me escapó sin permiso. Mis manos buscaron la alfombra, la apretaron, después subieron a mis propios pechos y los amasaron mientras él me devoraba abajo.

—¡No pares, tío, no pares!

No paró. Su lengua bajaba, subía, se hundía dentro de mí, exploraba pliegues que yo ni sabía que tenía. Me levantó las caderas con las manos para tener mejor ángulo y, en algún momento, su lengua se aventuró hasta una zona que me hizo abrir los ojos de golpe. Lamió ese punto prohibido con la misma calma con que había lamido todo lo demás, y yo me arqueé, avergonzada y enloquecida al mismo tiempo.

Cuando volvió a mi vagina, ya no había vuelta atrás. La besaba como si fuera una boca, succionando, hundiendo la lengua, mordiéndome con los labios. Yo sentía un nudo creciendo en algún punto detrás del ombligo, un nudo que se apretaba cada vez más, hasta que dejó de apretar y estalló.

Grité. Grité fuerte. El cuerpo se me convulsionó y un chorro caliente brotó de mí sin que pudiera contenerlo, salpicándole la cara. Esteban gruñó de placer y siguió lamiendo, recogiendo cada gota como si fuera algo que le pertenecía. Yo no podía respirar, no podía pensar, los pechos me dolían de tanto apretarlos sola, los muslos me temblaban y solo podía repetir que no parara, que por favor no parara.

***

Cuando levantó la cabeza, tenía la cara brillante. Yo estaba tirada sobre la alfombra, el vestido arrugado en la cintura, el pelo castaño desparramado, los pechos al aire y respirando como si me hubiera atropellado un coche. Me llevé sin querer la mano a un pezón y me lo pellizqué para no perderme del todo. Él me miró desde abajo con una sonrisa lenta y se acercó.

Me dobló las piernas hacia el pecho hasta que las rodillas casi me rozaron los hombros. Quedé completamente expuesta. Tomó su erección, otra vez dura, y empezó a deslizar la punta entre mis labios sin meterla. Cada roce era un tormento.

—Tío, por favor —rogué, con una voz que no reconocí.

—¿Qué quieres, Cami?

—Que me la metas. Por favor.

Se hundió en mí de una sola estocada profunda. Solté un grito agudo. Sentí que algo se rompía adentro y un dolor punzante me cortó la respiración. Las lágrimas me llenaron los ojos sin que pudiera controlarlas. Él se quedó quieto, dejando que mi cuerpo se acostumbrara, y me acarició los muslos con una ternura que no esperaba de él.

—Tranquila, mi niña. Eso es normal. Ese ardor significa que te hice mía. Que ahora eres mi mujer.

Sus palabras hicieron algo raro adentro mío. El dolor se fue corriendo, transformándose en un calor que ya no era ardor sino algo distinto, algo que pedía más. Empezó a moverse despacio. Cada embestida me llenaba de un modo nuevo, llegaba más adentro de lo que yo creía que se podía llegar. Mis senos se mecían con el ritmo y mis manos volvieron a ellos, apretándolos sin pensar.

El movimiento se hizo más rápido. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenó el salón. Él me miraba sin parpadear, con una expresión que mezclaba ternura y pura posesión, y yo le devolvía la mirada con la sensación clarísima de que no iba a poder volver a verlo igual nunca más. De que no quería volver a verlo igual nunca más.

Continuará…

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Comentarios (9)

luci_87

increible, me dejaste sin palabras. Uno de los mejores que lei en mucho tiempo

PatricioMza

Muy bueno!! Por favor continua con la historia, quede con ganas de saber mas

carlos_rdp

excelente!!!

SilviaCBA22

Me recordo a ciertas situaciones que uno tiene en la vida y prefiere no contar jeje. Muy bien narrado, se siente autentico

ElTaita77

La forma en que lo describiste es muy realista. Se nota que sabes escribir, no es nada facil capturar esa tension sin pasarte de la raya

roxana_nn

sigue asi!! espero mas relatos tuyos

Marcos_del_sur

y como siguio despues?? necesito una segunda parte jaja

VioletaR

Reconozco que al principio no sabia como iba a terminar y eso me engancho desde el principio. Muy buen trabajo

tomasete22

tremendo relato, me lo lei de una sola. gracias por compartirlo

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